BÉLA BARTÓK (1881-1945)

19 may

Música para cuerdas, percusiones y celesta

  • Andante tranquilo
  • Allegro
  • Adagio
  • Finale: Allegro molto

Al partir de manera un tanto forzada de su natal Hungría, Bartók estableció su residencia en los Estados Unidos hasta el final de su vida. Los primeros años de exilio provocaron varios sinsabores en el compositor y su esposa, quienes tenían que ingeniárselas para vivir en un país “extraño” con poco dinero. Afortunadamente para él siempre contó con buenas amistades, especialmente aquellos músicos sensibles o mecenas del arte que respetaban enormemente sus partituras. De tal manera, muchas de las partituras que surgieron en los últimos quince años de vida de Bartók fueron escritas por comisión: el Cuarteto de cuerdas núm. 5, el Concierto para viola y el Segundo concierto para violín, Contrastes, el Concierto para orquesta y la Sonata para dos pianos y percusiones. Hacia 1936 le llegó a Bartók una comisión directamente desde Suiza, por parte del director Paul Sacher (fundador de la Orquesta de Cámara de Basilea). Este hombre fue muy reconocido por alentar el talento de esa época y comisionar obras para su orquesta, entre ellas la Cuarta sinfonía de Honegger, el Concierto para siete instrumentos de aliento de Frank Martín, entre otras. A Bartók le solicitó dos obras para cuerdas que cristalizaron en la Música para cuerdas, percusiones y celesta (1936) y el Divertimento (1939).

Béla Bartók

Béla Bartók

Así como su Concierto para orquesta es un extraordinario tratado sonoro de las capacidades virtuosas y colorísticas de los instrumentos orquestales, la Música para cuerdas, percusiones y celesta es –quizá- una impresionante partitura donde la relación entre matemáticas (algo que siempre apasionó al húngaro) y las relaciones armónicas de la dotación que aquí propone llegan a un grado superlativo de perfección, como pocas veces se ha podido escuchar en la música de la civilización occidental. La disposición de los instrumentos de cuerda debe ser totalmente simétrica alrededor del director (a cada lado violines, violas y cellos, con los contrabajos en la parte central) siendo que celesta, piano, arpa y percusiones se encuentran en semicírculo al frente del grupo de cuerdas. Lo más interesante de esta obra es escuchar las “nubes armónicas” que se producen con la combinación de diversos timbres, como los glissandi en los timbales, la relación cromática entre violín y celesta del tercer movimiento, y el uso –en momentos frenético- del piano como un instrumento de percusión mas que como un elemento melódico. Igualmente, la partitura está construida sobre las bases y técnicas que Bartók desarrolló durante su carrera, combinado todo ello con algunos toques “subjetivos” del folclor centroeuropeo, especialmente en lo que se refiere a la rítmica. El propio Paul Sacher, solicitante de esta obra, y su Orquesta de Cámara de Basilea, ofrecieron su estreno el 21 de enero de 1937. Aunque el contenido artístico de la Música para cuerdas, percusiones y celesta es realmente magnífico, es importante anotar que mucha de su popularidad esta relacionada directamente con el cine: en primer lugar, gracias a los intensos conceptos visuales de Stanley Kubrick al incluirla en su cinta El resplandor, obra maestra del terror psicológico de la década de 1980. Y en segundo lugar, en fecha más reciente, en otra película que –curiosamente- alude a ciertas telarañas mentales y cómo afectan en las relaciones personales: ¿Conoces a John Malkovich?, donde la música de Bartók aparece (en primera instancia) con los créditos iniciales acompañando una extraordinaria secuencia de un ballet de marionetas.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

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Béla Bartók: Música para cuerdas, percusiones y celesta

Versión: Orquesta Sinfónica de Chicago. Sir Georg Solti, director.

EDVARD GRIEG (1843-1907)

1 may

Suite lírica Op. 54

  • El pequeño pastor (Andantino espressivo)
  • Doblar de campanas (Andante)
  • Marcha rústica noruega (Allegro marcato)
  • Nocturno
  • Marcha de los enanos (Allegro marcato)

El piano fue el instrumento que acompañó la vida y la carrera del noruego Edvard Grieg, y siempre fue considerado un auténtico virtuoso de éste, lo cual es evidente con tan sólo escuchar algunas de sus partituras pianísticas, como su célebre (y hermoso) Concierto en la menor, su Sonata en mi menor (1865), la Balada en sol menor Op. 24 y, de manera definitiva, con sus Piezas líricas que compuso en un período que abarcó de 1867 a 1901. Dicha colección incluye diez cuadernos con un total de sesenta y seis breves joyas para piano, y está perfumada por los amores principales de Grieg: tanto su instrumento predilecto, como sus raíces –fuertes y bien ancladas- en la tradición folklórica de Noruega y, por si fuera poco, el carácter lírico que sabía imprimir con delicadeza y cariño a sus partituras. Odile Martin lo explica de mejor manera: “Puesto que para Grieg, como para Schumann (a quien admiraba tanto y calificaba de ‘poeta’), el piano constituyó a lo largo de su vida una especie de confidente, de diario íntimo donde vertía sus sentimientos, sus emociones, sus pasiones, su amor a su país, a esa música popular de la que estuvo enteramente impregnado y que supo recrear con su ambiente y su diversidad, en su propia música.”

Las mencionadas Piezas líricas son breves y diminutos lienzos impresionistas, en la forma de estudios de carácter, aunque no puede encontrarse una mera secuencia o idea “poética” de una a otra, como puede ocurrir en la música de Schumann. Sin embargo, los puntos sobre los que gira la totalidad de las Piezas líricas son: naturaleza, la patria, y los sentimientos de nostalgia o elegíacos. Cada una de ellas cuenta una estructura de alcances “modestos” (si hay que definirlo de alguna manera), de carácter tripartita, que fue el modelo en el siglo XIX para obras breves, sin tener muchas complicaciones técnicas (aunque algunas de ellas brillan por su virtuosismo). En resumen, las mencionadas Piezas de Grieg son absolutamente populares en muchos sentidos. En cuanto a su contenido estético, éstas pueden reconocerse como una continuación de la música pianística de Robert Schumann, al mismo tiempo en que pueden encontrarse en ellas visos de Brahms, Chopin y Liszt. Pero lo más importante de las Piezas líricas de Grieg, y de una buena cantidad de sus partituras, es su cariño inmenso por la tradición musical noruega, misma que cobró grandes dimensiones a partir de su encuentro, en 1866, con Richard Nordraak, el creador del Himno Nacional Noruego, quien murió a destiempo cuando contaba con 24 años de edad. Fue posterior a ello que Grieg se adentró a conciencia en el estudio y la recopilación del material sonoro popular de Noruega, dándole una importancia que nadie antes de él había considerado. Su concepto artístico estaba orientado a enriquecer el lenguaje musical del siglo XIX con la música noruega, especialmente a través de la infinidad de danzas folklóricas que se escuchan tanto en las Piezas líricas como en otras de sus partituras más célebres: las Danzas sinfónicas y Peer Gynt, por ejemplo.

Edvard Grieg

Edvard Grieg

Hacia 1900, Grieg tuvo que defender sus intereses artísticos frente a la ridiculez de uno que otro crítico sordo, y a ellos dedicó las siguientes líneas:

Hasta el momento presente he publicado más de setenta obras, por lo que debería permitirseme decir que nada es tan incorrecto que los comentarios de los críticos alemanes, quienes aseguran que mi llamada originalidad está limitada a mi aproximación a la música folklórica. Es totalmente otro asunto si un espíritu nacionalista, que ha sido expresado a través de la música del pueblo desde tiempos remotos, flote sobre mis trabajos originales y creativos.

Del total de las sesenta y seis Piezas líricas, Grieg orquestó en 1903 cuatro de las contenidas en el libro quinto, agrupándolas en lo que él denominó Suite lírica. Dichas secciones tienen por títulos: El pequeño pastor, Marcha rústica noruega, Nocturno y Marcha de los enanos (ésta última la más conocida de todas), y que no necesitan de mayor discusión pues son muy elocuentes y con un lenguaje tan sencillo, elegante y hermoso que apela a cualquier espíritu. Sólo se necesita escuchar la música con atención y con el corazón bien abierto.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

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Edvard Grieg: Suite lírica

Versión: Orquesta Sinfónica de Gotenburgo. Neeme Järvi, director.

FRANZ VON SUPPÉ (1819-1895)

17 abr

Obertura de la opereta Poeta y campesino

Así como en la historia reconocemos a Johann Strauss hijo como el “rey del vals”, a Franz von Suppé se le debe dar el privilegiado lugar de “padre de la opereta austríaca” y que, justamente, tuvo su momento más importante gracias a Strauss hijo. Como muchos de sus colegas germanos, von Suppé fue un admirador profundo de las operetas de Offenbach, por lo que al momento de estrenarse en este campo fue verdaderamente innovador al combinar la picardía de la original opereta francesa pero con un toque de genialidad que siempre se basó en la ternura y el sentimentalismo.

El momento dorado en el que su actividad como compositor se tornó una realidad le llegó al tiempo de ser nombrado director del Josephstadttheater en Viena a partir de 1841. De tal suerte, el primer título con el que alcanzó la fama fue Poeta y campesino (Dichter und Bauer), estrenada en Viena el 24 de agosto de 1846, para más tarde conseguir sendos triunfos con títulos como La bella galatea, Caballería ligera, Franz Schubert y Boccaccio, entre muchas otras. Tal parece que aquel ambiente de opereta que impera en su producción, al igual que en la de Strauss hijo, siempre provocó que algunos públicos no aceptaran su música como “verdaderamente seria”. Sin embargo, cuando escuchamos los sonidos de sus partituras puramente orquestales nos percatamos de que von Suppé era un verdadero genio en la orquestación y que conocía la paleta instrumental muchísimo mejor que algunos de sus colegas que también se dedicaron al género (no estoy hablando ni de Strauss hijo ni de Offenbach, por supuesto).

Franz von Suppé

Franz von Suppé

 

Pero, parece curioso que muchos muy cultos digan que la música de von Suppé es de poca calidad, mientras que este hombre fue director también de los legendarios Theater-an-der-Wien, Karlstheater y Leopoldstadt Theater en Viena, y que fuera invitado personalmente por Richard Wagner en 1879 para participar de sus presentaciones operísticas en Bayreuth. Es definitivo que, al escuchar la brillante Obertura a Poeta y campesino nos quedemos maravillados con la pujanza de su discurso y su ritmo, además de apreciar la instrumentación luminosa y perfecta de esta pieza. Aquí, encontramos aquellos elementos a los que se hace referencia en el título de la opereta: El “poeta” se escucha en el primero de los temas, asociado con el lirismo y la reflexión; el “campesino” con simpleza, con aires campiranos absolutamente bailables. El prestigiado musicólogo David Ewen hizo referencia en su estudio sobre von Suppé que “Poeta y campesino es una de las más celebradas piezas del repertorio que puede denominarse como ‘semi-clásico’; y es encontrada en el repertorio de salón, pop, orquestas de café y otros sitios en todo el mundo.

Justamente, por esa popularidad es que Poeta y campesino es escuchada hoy día en más de sesenta distintas instrumentaciones.” Me pregunto yo: ¿el Sr. Ewen conocerá la celebérrima versión que de esta Obertura realizará el no menos célebre Mariachi Vargas de Tecalitlán y que cualquier mariachi, desde el Gamamil hasta los más modestos de Garibaldi han tocado una y mil veces? Sería interesante preguntárselo. ¿No cree usted?

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

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Franz von Suppé: Obertura Poeta y campesino

Versión: Orquesta Filarmónica de Berlín. Herbert von karajan, director.

ANTONÍN DVORÁK (1841-1904)

28 mar

Sexta sinfonía en re mayor, Op. 60

  • Allegro non tanto
  • Adagio
  • Scherzo – Furiant: Presto
  • Finale: Allegro con spirito – Presto
Antonín Dvorák en 1880, año de composición de su Sexta sinfonía

Antonín Dvorák en 1880, año de composición de su Sexta sinfonía

El auge del nacionalismo que se extendió por Bohemia en la segunda mitad del siglo XIX llevó a Antonin Dvorák a la fama. Se convirtió, en poco tiempo, en el primer compositor de su país que alcanzó reconocimiento internacional. En sus obras tempranas Dvorák hacía eco del romanticismo alemán, particularmente de Wagner. Sólo cuando empezó a considerar su música como heraldo de sus sentimientos nacionales fue que finalmente logró una voz individual.

Vladimir Herfert ha destacado la importancia del compositor para su país y en el contexto de la música en general: “En él, la música bohemia halló a un genio de espontaneidad frontal.” Y en cuanto al rango en que el musicólogo Donald Francis Tovey situaba a la Sexta sinfonía, basta con decir que la consideraba sólidamente al lado de las cuatro Sinfonías de Brahms y de la Novena sinfonía de Schubert, “las más grandes compuestas después de Beethoven”.

Dicha Sexta sinfonía la escribió Dvorák entre el 27 de agosto y el 15 de octubre de 1880. Esos eran los tiempos en que el compositor gozaba de una indudable reputación en las principales capitales europeas y hasta en los Estados Unidos. Su nombre era bien conocido gracias a las profusas interpretaciones que se hacían de sus Danzas y Rapsodias eslavas. Muchos han señalado que quizá fue por ese repentino éxito (y la asociación que de él hacían músicos y públicos como un autor netamente nacionalista bohemio) que para su Sexta sinfonía Dvorák decidió concebirla con una importante carga de sentimiento eslavo, sin dejar atrás el refinamiento que rubricó en muchas de sus partituras. Para más señas, el tercer movimiento de esta Sinfonía es un furiant, una danza folklórica bohemia de contornos exuberantes que utiliza alternadamente compases de 2/4 y ¾, con lo cual queda perfectamente definido el carácter general que Dvorák deseaba dar a su partitura.

El célebre director de orquesta Hans Richter, dedicatario de la partitura de la Sinfonía No. 6 de Dvorák

El célebre director de orquesta Hans Richter, dedicatario de la partitura de la Sinfonía No. 6 de Dvorák

La historia de cómo surgió la Sexta de Dvorák se remonta al 24 de septiembre de 1879. Aquel día la Orquesta Real de Prusia estrenó la Tercera rapsodia eslava de Dvorák bajo la dirección de Wilhelm Taubert, provocando en el público una instantánea y furibunda recepción. Entre los asistentes se encontraba el eminente Hans Richter, quien en aquellos tiempos era el director de los conciertos de la Filarmónica de Viena. Ni tardo ni perezoso, Richter (quien por cierto recibió la dedicatoria de la Sexta sinfonía) solicitó dicha Rapsodia de Dvorák para estrenarla en Viena, y paralelamente solicitó al compositor le escribiera una nueva Sinfonía, que estuvo lista en menos de un año. Sin embargo, los vientos políticos no soplaban a favor de los bohemios en el otrora Imperio austro-húngaro, por lo que Richter, al contar con la flamante partitura de la Sexta sinfonía, se llevó la música bajo el brazo para organizar su estreno en Praga, lo cual ocurrió con la Filarmónica de aquella ciudad dirigida por Adolf Céch el 25 de marzo de 1881, en una sala de conciertos construida en la isleta de Zofin, en el río Moldau (Moldavia). Este director Céch conocía muy bien a Dvorák pues habían sido compañeros en la sección de violas de la Orquesta Cecilia y posteriormente se convirtió en director del Teatro Nacional; a Céch también le tocó el honor de estrenar las Sinfonías 2 y 5 de su colega.

Resulta muy curioso notar cómo los vieneses despreciaron de tal manera la nueva música de Dvorák, tan sólo por considerarlo “un pobre, desconocido, inexperto bohemio”. Estamos seguros que (como sigue ocurriendo hasta la fecha) los preceptos raciales de los integrantes de la Filarmónica de Viena y de la sociedad austríaca entera tuvieran más influencia para no hacer escuchar una música que –tal parece no se percataron- estaba totalmente enraizada en la tradición germana y austríaca del género sinfónico. Si escuchamos atentamente la Sexta de Dvorak, nos daremos cuenta que ésta es un reflejo muy fiel y exquisito de la Segunda sinfonía de Johannes Brahms, a quien Dvorák idolatraba y en algún momento siguió todos sus consejos (básicamente cuando el compositor bohemio concibió su Séptima sinfonía en 1884). Tanto en la Sexta de Dvorák como en la Segunda de Brahms encontramos un ambiente bucólico y, de hecho, hasta la misma tonalidad: re mayor.

La Sexta de Dvorák fue publicada como Primera sinfonía en Berlín en 1882 por el editor Simrock (editor, también, de la música de Brahms, y quien le fuera presentado al bohemio por el autor del Réquiem alemán). Rica en temas y transformaciones melódicas, como era característico en Dvorák, tiene también la típica modulación libre y armonía compleja que usaba en gran autor bohemio, pese a la lírica clásica de la escuela de Leipzig adoptada para su plan general. La jovial dulzura y sincera y sencilla inspiración se contraponen de un modo estilísticamente magistral a la exquisita técnica con que Dvorák realizó su Sexta sinfonía.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

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Antonín Dvorak: Sexta sinfonía en re mayor Op. 60

Versión: Real Orquesta Nacional Escocesa. Neeme Järvi, director.

EDICIONES “MARTES DE OBERTURAS” SEIS

15 mar

Les compartimos el SEXTO álbum digital de la muy gustada serie de Música en Red Mayor

MARTES DE OBERTURAS SEIS: OBERTURAS FRÍVOLAS

MARTES DE OBERTURAS SEIS. PORTADA

MARTES DE OBERTURAS SEIS. PORTADA

MARTES DE OBERTURAS SEIS. CONTRAPORTADA

MARTES DE OBERTURAS SEIS. CONTRAPORTADA

MARTES DE OBERTURAS SEIS: OBERTURAS FRÍVOLAS. ÁLBUM

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

10 mar

Obertura a La clemencia de Tito, K. 621

Mozart en edad "madura"

Mozart en edad “madura”

La ópera La clemencia de Tito data del último año de vida de Mozart y constituye su última aportación a este género. Ella surgió como respuesta a una comisión que le hiciera la ciudad de Praga (tan querida por este músico y que le dio la gloria al estrenarse su ópera Don Giovanni en 1787) para celebrar la coronación del rey de Bohemia el 6 de septiembre de 1791.

Para esa ocasión, se le “ordenó” a Mozart que escribiera su nueva ópera a partir de la figura de Tito, emperador romano, lo cual es comprensible dado que era importante se ensalzara la figura del rey por medio de un personaje bueno, generoso y gran estadista. Para lograr tal proyecto, se le proporcionó a Mozart un texto original de Metastasio que fue revisado por Caterino Mazzola una y otra vez. Ello se debió a que el texto de Metastasio era complicado y había que conformar escenas de ensamble que reemplazaran algunas arias.

Así, La clemencia de Tito se convirtió en una ópera seria en la tradición del Idomeneo mozartiano, escrito diez años antes.  Es debido a este carácter que la última ópera de Mozart no ha recibido la difusión que han tenido sus óperas bufas como Las bodas de Fígaro o Così fan tutte, aún su fantástica Flauta mágica. En La clemencia de Tito encontramos un ambiente dramático y con un diseño genial, como al finalizar el primer acto, donde los cantantes y el coro son combinados en un ensamble de gran calibre y belleza.

Primera página del manuscrito de la Obertura a La clemencia de Tito de Mozart

Primera página del manuscrito de la Obertura a La clemencia de Tito de Mozart

El asunto de La clemencia de Tito versa sobre el deseo del emperador romano por contraer nupcias con Berenice, hija de Agrippa I de Judea, todo ello acompañado por los extrovertidos celos de Vitellia quien está enamorada de Tito y planea acabar con él antes de verlo en brazos de otra mujer. La conspiración es planeada por ella y Sextus -quien, por si fuera poco, tiene afectos secretos por Vitellia-; Sextus decide prender fuego al Capitolio donde se supone fenece Tito. Para mala fortuna de los malhechores, alguien ajeno a todo este asunto portaba la capa del emperador (!!!) y por ese error se creyó que Tito había sido aniquilado, pero el emperador andaba tan tranquilo (“vivito y coleando” reza la voz popular). Sextus es sentenciado a muerte pero el emperador romano, tan bondadoso él, decide perdonar a los villanos en un final propio de un cuento de hadas.

Debido a este tema, Mozart confeccionó para Tito una música de gran majestad con instrumentación fascinante. La Obertura de esta ópera es, además de la síntesis sonora de los acontecimientos trágicos y felices, una de las piezas más exquisitas de todas las que haya escrito el compositor de Salzburgo.

Vale acotar que al momento del estreno de La clemencia de Tito en Praga para la dichosa coronación, resultó que a nadie le gustó aunque las premisas con las que fue elaborada la ópera habían sido cumplidas y el discurso musical era fenomenal. Bueno, tal parece que la frase de la ilustre doña Ursula Arzola también puede aplicarse a este caso: “si gustos no hubiera, el amarillo no se vendiera…”

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

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Wolfgang Amadeus Mozart: Obertura a La clemencia de Tito K. 621

Versión: Orquesta de la Ópera de Zurich. Nikolaus Harnoncourt, director.

FRANZ JOSEF HAYDN (1732-1809)

11 feb

Sinfonía No. 86 en re mayor

  • Adagio: Allegro spiritoso
  • Capriccio; Largo
  • Menuetto
  • Allegro con spirito
Claude Francois Marie Rigoley, conde de Ogny, quien le solicitará a Haydn las hoy conocidas como Sinfonías París

Claude Francois Marie Rigoley, conde de Ogny, quien le solicitará a Haydn las hoy conocidas como Sinfonías París

 

Entre 1785 y 1786 Haydn fue comisionado por cierto famoso personaje de la vida musical parisina para que escribiera una serie de Sinfonías en honor de una no menos célebre serie de conciertos. Sí, señoras y señores: en el lapso de unos cuantos meses, el gran Haydn confeccionó la muy envidiable cantidad de seis partituras, que por razones más que obvias son conocidas hoy día con el nombre genérico de Sinfonías París. De hecho, el ilustre “chevalier” que solicitó los servicios de Haydn para tal empresa era el gran mecenas Claude Francois Marie Rigoley, conde de Ogny, sibarita en toda la extensión de la palabra y que gustaba de ofrendar sus ratos de ocio a la promoción musical. El finísimo conde de Ogny era el principal impulsor de una de las series de conciertos más prestigiadas en la ciudad luz: los Concerts de la Loge Olympique que se llevaban a cabo en la Salle des Gardes de las Tullerías. De hecho, existen muchas referencias que nos indican la importancia definitiva de estas presentaciones para el desarrollo musical de la ciudad, gran influencia para los músicos y compositores locales.

El caso es que cuando el conde de Ogny se acercó a Haydn para solicitarle el número citado de Sinfonías, éste se comprometió a poner en las manos del músico la cantidad de 25 luises de oro por cada obra que entregara. Ni tardo ni perezoso, Haydn comenzó a escribir con avidez, dando como resultado el grupo sinfónico referido que está constituido de la siguiente manera:

- Sinfonía No. 82, en do mayor, El oso

- Sinfonía No. 83, en sol menor, La gallina

- Sinfonía No. 84, en mi bemol mayor, In nomine Domini

- Sinfonía No. 85, en si bemol mayor, La reina de Francia

- Sinfonía No. 86, en re mayor

- Sinfonía No. 87, en la mayor

Curiosamente, estas seis Sinfonías resultaron un parteaguas en la creación sonora de Haydn. Recordemos que un gran número de sus piezas sinfónicas fue escrito al abrigo de su patrón, el príncipe Esterhazy, y tomando en cuenta las dimensiones ligeramente modestas de la principesca orquesta. Dado que el grupo para el cual Haydn compuso sus Sinfonías París en la Loge Olympique era de una gran calidad y con un sustancioso número de ejecutantes, el autor se vio en posibilidades de hacer innovaciones en su propio lenguaje musical, lo cual no sólo es obvio en este grupo sino también en sus Sinfonías tardías como la No. 92 y las que se agrupan como Sinfonías Londres (de la 93 a la 104). Al respecto, ese enorme impulso creativo que significaron las Sinfonías París en Haydn es refrendado por dos grandes autoridades: H.C. Robbins Landon (el más importante estudioso de Haydn en la segunda mitad del siglo XX) dijo que ellas son “milagros de belleza y perfección formal, combinadas con una gran profundidad…”; mientras, por su parte, David Ewen afirmó que “técnicamente hablando, lo más significativo de estas obras es la abundancia de ideas temáticas, y la visión engrandecida de las secciones de desarrollo.”

Haydn estaba muy contento con sus nuevas obras, por lo cual solicitó a dos editores distintos que las pusieran en imprenta de inmediato: su fiel editor Artaria de Viena y el Sr. Forster en Inglaterra. Igualmente, antes de entregar los manuscritos al conde de Ogny para cumplir cabalmente con la comisión, dirigió en casa de los Esterhazy el flamante ciclo sinfónico; y tan rebosante de felicidad estaba que también resolvió entregarlas al rey Federico Guillermo de Prusia, quien las aprobó con beneplácito al enviar un lujoso anillo al músico, mismo que permaneció en uno de sus dedos siempre que tomaba pluma y papel pautado para componer.

Federico II de Prusia

Federico II de Prusia

El caso es que una de las más importantes Sinfonías en este grupo es la No. 86, como Karl Geiringer lo afirma al decir que “ésta es una de las más hermosas del conjunto.” Su movimiento lento, que ha sido muy alabado por Robbins Landon, muestra -según Geiringer- “una afinidad entre las formas sonata y rondó pero sin adoptar ninguna de ellas. Haydn llamó a este movimiento -interesante y sorprendentemente serio- como Capriccio. El Allegro spiritoso del primer movimiento y el Allegro con spirito final sinceramente merecen la designación de ‘con espíritu’ ya que están llenos de vida e ingenio.”

Es definitivo el avance que logró Haydn con ésta y todas las Sinfonías París. Y no sólo eso: el conde de Ogny también quedó gratamente complacido con el trabajo del buen Haydn, al grado de solicitarle una Sinfonía más para sus Concerts de la Loge Olympique, que vendría a ser la No. 92 en su catálogo. Sin embargo la gente cambia y las circunstancias también: resulta que, quizá, al potentado conde se le acabó el dinero o le dio un severo ataque de tacañería, pues Haydn nunca vio ni medio centavo que compensara su trabajo. Se dice que los dos se hicieron de palabras, se agarraron literalmente “de la peluca”, y Haydn tomó muy ofendido su partitura usándola para la recepción del doctorado Honoris Causa que le fue conferido por la Universidad de Oxford. De ahí que esa obra, digno preludio de las excelsas Sinfonías Londres, porte el nombre de la célebre Universidad, la ciudad y el condado inglés.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

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Franz Josef Haydn: Sinfonía No. 86 en re mayor

Versión: Orquesta Filarmónica de Nueva York. Leonard Bernstein, director.

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