FRANZ PETER SCHUBERT (1797-1828)

9 Mar

Sinfonía No. 8 en si menor, D. 759, Inconclusa

  • Allegro moderato
  • Andante con moto

Franz Schubert

¿Ficción o realidad?

Siempre es básico citar los doctos comentarios de David Ewen, a través de su célebre Complete Book of Classical Music. Y para una labor casi detectivesca alrededor de la Sinfonía inconclusa de Schubert, el autor narra en el apartado correspondiente:

“Uno de los pocos honores que obtuvo Schubert en su vida fue como miembro honorario de la sociedad musical de Graz en 1822. Como un gesto de su gratitud, Schubert escribió para ellos una Octava sinfonía en si menor. Esa sociedad musical ensayó la obra pero nunca la estrenó. Entonces el manuscrito fue lanzado a una repisa en la casa de Graz de un amigo de Schubert, Anselm Hüttenbrenner. Ahí permaneció olvidado por muchos años. En 1860, treinta y dos años después de la muerte de Schubert, Hüttenbrenner le avisó a Johann Herbeck, director  de la Gesellschaft der Musikfreunde de Viena, sobre la existencia de la Sinfonía y de su importante mérito, por lo que le solicitó que la estrenara. Le tomó cinco años a Herbeck para investigar este asunto. Finalmente, el 17 de diciembre de 1865, Herbeck dirigió el estreno mundial de la Sinfonía en si menor en Viena. En esa presentación la música fue tocada exactamente como la dejó Schubert, con dos movimientos completos y nueve compases de un scherzo planeado. El enigma de por qué Schubert nunca terminó esta obra (la hoy llamada Inconclusa), nunca se ha resuelto. Los nueve compases del Scherzo revelan que Schubert planeó más de dos movimientos. El hecho de que un compositor como Schubert, quien siempre escribió con fluidez y nunca tuvo pérdida de ideas, se detuviera después de nueve compases al principio de un movimiento; que él estuviera listo para enviar una obra incompleta a la sociedad musical de Graz… todo ello proporciona una buena cantidad de material para la especulación. En opinión de algunos Schubert sí terminó dos movimientos más que fueron extraviados; pero ello es dudoso pues el manuscrito que tenía Hüttenbrenner cuenta con los nueve compases del movimiento tercero seguidos por páginas en blanco. Es improbable pensar, por otro lado, que la inspiración le haya fallado a Schubert. Lo que es más cercano a la realidad es que Schubert haya sentido que los dos movimientos completos representaban una obra de arte total en sí, tan perfecta en concepto y proyección que cualquier adición de movimientos la hubieran hecho anti-climática.”

Silueta de Schubert al piano

Y en la boca de Ewen habita la razón: cuando uno escucha los dos plácidos y bien conectados movimientos de la Octava de Schubert, nos cabe duda que este hombre la haya terminado, pero quizá sea válido pensar que en él existió la negación por continuar la obra. Sin embargo, esos simples compases de un supuesto Scherzo le dieron la suficiente libertad al autor de La bella molinera para dejar claro su propósito expresivo: dos movimientos elegantes, muy conmovedores, nostálgicos… nada puede continuar después de que se disuelve el Andante con moto. ¿O no lo cree usted?

Independientemente de todos los datos históricos y/o musicológicos inherentes en esta nota al programa y necesarios en cierta medida para comprender (y disfrutar) una obra como la Sinfonía inconclusa de Schubert, me parece más válido y muy necesario retomar aquella nostálgica historia que nos aporta Augusto Monterroso (Obras completas. Joaquín Mortiz, México, 1972) y que puede darnos una perspectiva distinta (aunque en tono de fábula) de lo que quizá ocurrió con un par de movimientos que si bien Schubert se negó a escribir también salta a la vista que ellos son parte del limbo y probablemente sí existieron alguna vez. Por lo cual, cedo respetuosamente el espacio al texto de Monterroso que se intitula Sinfonía concluida:

Yo podría contar -terció el gordo atropelladamente- que hace tres años en Guatemala un viejito organista de una iglesia de barrio me refirió que por 1929 cuando le encargaron clasificar los papeles de música de La Merced se encontró de pronto unas hojas raras que intrigado se puso a estudiar con el cariño de siempre y que como las acotaciones estuvieran escritas en alemán le costó bastante darse cuenta de que se trataba de los movimientos finales de la Sinfonía inconclusa así que ya podía yo imaginar su emoción al ver bien clara la firma de Schubert y que cuando muy agitado salió corriendo a la calle a comunicar a los demás su descubrimiento todos dijeron riéndose que se había vuelto loco y que si quería tomarles el pelo pero que como él dominaba su arte y sabía con certeza que los dos movimientos eran tan excelentes como los primeros no se arredró y antes bien juró consagrar el resto de su vida a obligarlos a confesar la validez del hallazgo por lo que de ahí en adelante se dedicó a ver metódicamente a cuento músico existía en Guatemala con tan mal resultado que después de pelearse con la mayoría de ellos sin decir nada a nadie y mucho menos a su mujer vendió su casa para trasladarse a Europa y que una vez en Viena pues peor porque no iba a ir decían un Leierman (organillero) guatemalteco a enseñarles a localizar obras perdidas y mucho menos de Schubert cuyos especialistas llenaban la ciudad y qué tenían que haber ido a hacer esos papeles tan lejos hasta que estando ya casi desesperado y sólo con el dinero del pasaje de regreso conoció a una familia de viejitos judíos que habían vivido en Buenos Aires y hablaban español los que lo atendieron muy bien y se pusieron nerviosísimos cuando tocaron como Dios les dio a entender en su piano en su viola y en su violín los dos movimientos y quienes finalmente cansados de examinar los papeles por todos lados y de olerlos y de mirarlos al trasluz por una ventana se vieron obligados a admitir primero en voz baja y después a gritos ¡son de Schubert son de Schubert! y se echaron a llorar con desconsuelo cada uno sobre el hombro del otro como si en lugar de haberlos recuperado los papeles se hubieran perdido en ese momento y que no me asombrara de que todavía llorando si bien ya más calmados y luego de hablar aparte entre si y en su idioma trataron de convencerlo frotándose las manos de que los movimientos a pesar de ser tan buenos no añadían nada al mérito de la sinfonía tal como ésta se hallaba y por el contrario podía decirse que se lo quitaban pues la gente se había acostumbrado a la leyenda de que Schubert los rompió o no los intentó siquiera seguro de que jamás lograría superar o igualar la calidad de los dos primeros y que la gracia consistía en pensar si así son el Andante y el Allegro cómo serán el Scherzo y el Allegro ma non troppo y que si él respetaba y amaba de veras la memoria de Schubert lo más inteligente era que les permitiera  guardar aquella música porque además de que se iba a entablar una polémica interminable el único que salía perdiendo sería Schubert y que entonces convencido de que nunca conseguiría nada entre los filisteos ni menos aún con los admiradores de Schubert que eran peores se embarcó de vuelta a Guatemala y que durante la travesía una noche en tanto la luz de la luna daba de lleno sobre el espumoso costado del barco con la más profunda melancolía y harto de luchar con los malos y con los buenos tomó los manuscritos y los desgarró uno a uno y tiró los pedazos por la borda hasta no estar bien cierto de que ya nunca nadie los encontraría de nuevo al mismo tiempo -finalizó el gordo con cierto tono de afectada tristeza- que gruesas lágrimas quemaban sus mejillas y mientras pensaba con amargura que ni él ni su patria podrían reclamar la gloria de haber devuelto al mundo unas páginas que el mundo hubiera recibido con tanta alegría pero que el mundo con tanto sentido común rechazaba.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Franz Schubert: Sinfonía No. 8 en si menor D. 759 “Inconclusa”

Versión: Academia de Saint Martin-in-the-Fields. Sir Neville Marriner, director.

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