CLAUDE ACHILLE DEBUSSY (1862-1918)

23 Abr

El mar

La gran ola de Kanagawa de Hokusai

En el corazón de la Île-de-France, en Saint Germain-en-Laye, donde alguna vez vio la luz el rey Luis XIV, el 22 de agosto de 1862 inició su ciclo biológico un hombre que, en su madurez, fue llamado con gran respeto por sus compatriotas como “le musicien français”: Claude Achille Debussy. Hablar de este gran artista, así como el placer que nos provoca escuchar su música, nos desarma totalmente por constituir un fenómeno artístico extraordinario. La de Debussy no parece música escrita por un ser mortal, sino como sonidos celestes ante nuestros oídos, fragancias que nos envuelven, colores que bañan nuestros ojos de una luz pura y etérea, una neblina placentera que no nos permite ver lo infortunado de la realidad y solo nos da visos de siluetas y trazos que nos acercan con delicadeza y bondad a un reino que bien podría definirse como el paraíso. Es, la música de Debussy, la voz humanizada del silencio y, al mismo tiempo, el silencio profundo de la humanidad entera.

Debussy con su hija Chouchou

Debussy, el gran Señor Impresionista (así, con mayúsculas) y el único –aunque le moleste a los “ravelianos”-, en su papel comprometido de músico-artista, “pintó” sus obras con una paleta viva, es decir, con los rayos de la luna, las nubes, el agreste romper de las olas, el sonido del aulos del fauno, el sol coronando el cielo al mediodía… En suma, los sonidos de este francés, además de impresionistas, son altamente sensuales, como una ventana enigmática donde siempre podemos ver cosas distintas: el arte como una verdadera experiencia sensorial.

Una de las primeras influencias de vida de Debussy reside en su gusto por el mar. Nadie, ni el mismo compositor, pudo definir a ciencia cierta el por qué de esta fascinación, aunque existen algunos factores que apuntan a que comprendamos las razones de tal encanto: Cuando tenía seis años de edad visitó Cannes ocasionalmente con su familia, de lo que siempre conservó intensas y sugestivas memorias, especialmente de los paisajes del mar en la puesta del sol. Por otro lado el padre del compositor, Manuel Achille Debussy, siempre quiso que su retoño fuera marinero; la intención del señor Debussy era que Claude disfrutara ampliamente de los secretos del mar que el muchacho definía como su amigo, aunque ahora es bien sabido que tal hecho hubiera llevado su vida entera a un auténtico infierno. Gracias a la intervención de la madre, Victorine Maurony, el entonces pequeño Claude comenzó sus clases de piano y cuando tenía once años de edad pudo pisar el glorioso edificio del Conservatorio de París, convirtiéndose en uno de sus alumnos más destacados. Sin embargo, el cariño y la nostalgia marina habitaban en las venas y los sueños de Debussy. En alguna ocasión confesó: “El mar me fascina hasta el punto de paralizar mis facultades creativas. Es más, nunca he sido capaz de escribir una página de música bajo la impresión directa e inmediata de esa gran esfinge azul.” Juan Vicente Melo ha dicho: “Su reino (el de Debussy) es submarino: hacen sonar las campanas de La catedral sumergida, cantan con la voz sin palabras de Sirenas, pueblan de muerte el diálogo que muchos creen decorativo del viento y las olas en El mar. El universo acuático de Debussy es consecuencia de la fascinación por la muerte, de una organización de la angustia, de un terror que alcanza sus límites en la reconstrucción –en la identificación- con Edgar Allan Poe.” Definitivamente, este análisis es totalmente psicológico pero de enormes dimensiones en la vida del compositor, y de muchas maneras se vio reflejado en sus relaciones personales, como se verá más adelante.

Caricatura de Debussy

Sin resultarnos sorprendente, el compositor despreciaba a rajatabla a los bañistas del mar. En una carta a Jacques Durand, su editor, escribió en agosto de 1906 lo siguiente: “Aquí estoy de nuevo con mi viejo amigo el mar, siempre infinito y bello. Es realmente la cosa de la Naturaleza que mejor pone de manifiesto la pequeñez propia. Sólo que… no la tratamos con suficiente respeto… Debiera prohibirse hundir en él todos esos cuerpos deformados por el bregar cotidiano; en serio, todos esos brazos y piernas batiéndolo con ridículos ritmos bastarían para hacer llorar a los peces. En el mar sólo debiera haber sirenas, y ¿cómo quiere usted que esos respetables seres se muestren en aguas tan mal frecuentadas?”

Un año antes de escribir un comentario tan sui generis como el antes citado, venido –definitivamente- de la pluma de un sensualista irredimible y de gusto exquisito, fue que Debussy publicó con el mismo señor Durand la que hoy puede considerarse como su obra orquestal más importante, El mar, comenzada su composición en septiembre de 1903 y concluida, según reza el manuscrito de la partitura, “el domingo 5 de marzo (de 1905) a las 6 de la tarde.” La cubierta de tal publicación muestra algo que, a todos los que imaginan a Debussy en perfecta sintonía con los pintores impresionistas franceses, nos deja con la boca abierta: ahí puede verse La gran ola de Kanagawa, una célebre estampa a colores de Hokusai (1760-1849), aquel gran pintor y grabador japonés. Al respecto de esta estampa escribió lo siguiente Vladimiro Rivas: “Sobre un gran arco de la superficie marina se levanta una gigantesca ola coronada por garras de espuma que amenazan apresar y engullir no sólo a las dos míseras barcas de pescadores, sino aun al nevado y diminuto Fujiyama que ocupa el centro de la imagen. Sorprenden aquí dos características aparentemente contradictorias que también maravillan en la partitura del compositor francés: la fuerza, la majestad, por una parte, y la extremada delicadeza de los trazos y los detalles, por otra.” Esto es perfectamente comprensible al conocer las preferencias estéticas de Debussy, ya que él encontraba más sentido en la música de Java y Japón que en la de autores germanos como Beethoven y Wagner, así como prefería las pinturas del inglés William Turner (precursor, por cierto, del impresionismo pictórico francés) que las de sus compatriotas Monet o Cézanne.

Al haber citado, líneas arriba, la disertación algo psicológica de Juan Vicente Melo es fácil entender otra dualidad existente en la partitura de El mar. Aquel enorme poderío que sugería el vasto océano en la vida de Debussy, y la enorme satisfacción que le provocaba el disfrute de la brisa, del rugido de las olas y lo desconocido de sus profundidades, contrasta con lo “atormentado” de su vida personal justamente en los años de composición de esta obra, entre 1904 y 1905. Ocurrió entonces que Debussy rompió sentimentalmente con Rosalie (también conocida como Lily) Texier para fugarse con Emma Bardac, lo cual provocó un sonado escándalo en la comunidad artística francesa; quien salió ganando fue la Texier pues, intentando pegarse un tiro infructuosamente, atrajo la atención de los intelectuales quienes le procuraron su apoyo y, por consiguiente, Debussy fue tachado de ogro malvado y maloliente. Pero el “rompimiento emocional” no sólo protagonizó ese lapso, pues gracias a El mar es evidente el “rompimiento” con el molde absolutamente impresionista de su juventud, mismo en el que Debussy, por cuestiones totalmente estéticas, ya no podía seguir habitando y, cual ola que rompe en un acantilado, el músico tenía ya los ojos puestos en una revolución sonora más importante de su lenguaje armónico, timbrico y temático, como tiempo atrás lo consiguió con su ópera Pelléas y Melisande.

La partitura de El mar está diseñada como una serie de “tres bosquejos sinfónicos”. El primero de ellos evoca el poderoso despertar del mar (si así puede llamársele) al despuntar del alba y cómo el sol provee color y vida a sus olas hasta que se levanta majestuoso al mediodía, en uno de los pasajes sonoros más impactantes de toda la historia de la música. Con todo su fino pero ácido sentido del humor, el colega y contemporáneo de Debussy, Erik Satie, se burlaba un tanto del título de este “bosquejo” al decir que la parte que más le agradaba era aquella de las 10:54 AM. La siguiente sección es una magistral exposición musical del juego de las olas, con toques coloristicos en las arpas, apoyadas por el glockenspiel, el triángulo y los platillos suspendidos, en una constante y muy acuática rítmica de ¾. Finalmente llega El diálogo entre el viento y el mar, donde el movimiento perpetuo de la marea parece interrumpirse con los embates de las inclementes ráfagas de viento, concluyendo en una verdadera orgía sonora, colmada de una policromía sin parangón en el arte. Por mucho que este redactor haya querido definir el contenido de la partitura de Debussy, el mero comentario de Rory Guy es suficiente para dejarnos “speachless”: “Intentar explicar El mar en prosa ha sido una prueba harto complicada al paso de los años. Lo grandemente efectista de esta música reside en que es algo más que una simple visualización de un paisaje marino. Apela a las percepciones instintivas. El esplendor del mar y sus regocijos están ahí, así como la sugestión de sus misterios y terrores.”

 El mar de Debussy fue estrenada el 15 de octubre de 1905 en París, con la Orquesta de la Sociedad de Conciertos Lamoureux, dirigida por Camille Chevillard. Se dice que mucho sufrieron los músicos de la orquesta para trabajar la obra ante la poca compenetración de su director con el lenguaje debussysta; igualmente, la música reflejaba una vanguardia sonora que pocos, muy pocos, podían comprender y, por ende, transmitir adecuadamente. El resultado de todo esto fue que El mar tuviera una pésima recepción en su primera presentación, dividiendo (como suele ocurrir) al público y los críticos. A partir de ahí se desató (para ponerlo en términos hídricos) una auténtica marejada de comentarios en contra de la flamante partitura de Debussy, como: “…la sensibilidad ya no es intensa ni espontánea, creo que Debussy deseó sentir más que lo que en efecto sintió”, “las tres piezas sinfónicas no dan una idea completa del mar, tampoco expresan sus características esenciales”, “… una completa ausencia de ideas”, ente un larguísimo etcétera. Seguramente, como bien dijo un musicólogo, “la decepción fue grande al no poder percibir a través de esta bella e innovadora obra la concentración salina de las aguas descritas, o algún equivalente musical de las sofisticadas teorías de caos actuales que explican y predicen la amplitud y forma de las olas.”

Sin embargo, las verdaderas razones por las cuales casi nadie comprendió El mar de Debussy residían en dobles circunstancias: antes que nada, y efectivamente, el compositor francés propuso una obra de gran vanguardia y de extremada sensualidad; y por otro lado, recordemos que la antigua esposa del músico había logrado expandir la cizaña en su contra generando una pésima fama para él, siendo que todos los críticos e intelectuales estaban más a favor de la desgracia de la mujer que de los verdaderos alcances estéticos de Debussy, poniendo como pretexto solamente los errores en su “conducta marital”. No queda duda, estimado lector, que toda obra de arte perfecta siempre suscita comentarios encontrados.

En la contemplación general de lo que ha significado el mar para los músicos (sin tener que abordar otras disciplinas artísticas, las letras y la pintura entre otras) vale la pena finalizar con un fugaz repaso de lo que se conserva en pautas y notas musicales haciendo alusión a aquel “viejo amigo” de Debussy. Por ahí tenemos La tempestad del mar, Concierto hermoso de Vivaldi que tan sólo da una pequeña muestra de las diferentes apreciaciones que tuvo en sus obras el músico veneciano de las aguas marinas; también está el Mar tranquilo y próspero viaje de Beethoven (una Cantata) y Mendelssohn (una Obertura); la estupenda “música oceánica” que se escucha en la ópera El holandés errante de Wagner; más allá encontramos las Sea Pictures de Elgar y los cuatro Interludios marinos de la ópera Peter Grimes de Britten; además, existen diversas Sinfonías como la Sinfonía Océano de Nicolai Rubinstein, la Sinfonía del mar de Ralph Vaughan Williams y una más con el mismo nombre de la autoría del belga Paul Gilson.

De miles de formas, y por más que hayan existido estas partituras, amén de los comentarios de los críticos “sordos” frente a la música del autor del Preludio a la siesta de un fauno, ¿acaso El mar de Debussy no es la pieza musical perfecta para comprender la magnificencia y poderío de ese elemento de la Naturaleza que los seres humanos con tanta cerrazón y estupidez nos empeñamos en desvirtuar, vejar y aniquilar, y nos percatemos de cuánto podemos disfrutar de él sin tener que violentarlo? Cuántas sorpresas aún podemos encontrar en aquel coloso de tonos azules, bello y apacible, feroz y temible.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

La tempestad ha bendecido mis despertares marítimos.

Más ligero que un corcho he bailado sobre las olas

A las que llaman rodadoras eternas de víctimas,

¡Diez noches, sin añorar el ojo memo de los faros!

Y desde entonces me ha bañado en el Poema

Del Mar, infundido de astros, y casi lechoso,

Devorando los azules verdes; donde, flotación lívida

Y arrebatadora, un ahogado pensativo a veces desciende.

Le bateau ivre (El barco ebrio). Arthur Rimbaud

Descarga disponible:

 El mar de Claude Debussy

Versión: Orquesta Nacional de la Organización de la Radio y la Televisión Francesas -ORTF-. Jean Martinon, director.

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5 comentarios to “CLAUDE ACHILLE DEBUSSY (1862-1918)”

  1. Enrique López abril 23, 2010 a 10:19 pm #

    Excelente composición de datos curiosos, información biográfica, gustos-disgustos, poesía, referencias… pero sobre todo amor y pasión por éste gran maestro y su música, es fabuloso leer a quién de verdad ama lo que escucha y sobre lo que escribe.
    Me permito sugerirle que lea fragmentos de su texto en el programa, sería el marco perfecto para escuchar las obras mencionadas y podría tocas el alma de más radioescuchas.
    Felicitaciones y fortuna.
    Atentamente:
    Enrique López

    • redmayor abril 24, 2010 a 5:34 am #

      Gracias mil Enrique, qué bueno que le gustó. Un gran saludo!!!

  2. Paty Adorno abril 27, 2010 a 3:52 pm #

    Hola JM:
    Ya había leído tu nota pero me faltó hacerte mi comentario.
    El mar, como obra me parece fascinante, como la música toda la obra de Debussy.
    Curioso me fue ver, que en el listado de los 4 grandes de la música aquella vez en la sala Neza, no lo incluyera nadie. Pues yo lo incluyo, a mi gusto y entender.
    Te felicito por la nota; como siempre, espléndidamente escrita y cálidamente expuesta.

    Un abrazote,

    Paty

    • redmayor abril 27, 2010 a 3:55 pm #

      Mil gracias Paty, siempre es un placer contar con tus comentarios y compartir contigo la sensibilidad por los sonidos ordenados. Realmente es un honor para mi.
      Un abrazo
      JM

  3. Arnulfo Paredes agosto 22, 2012 a 6:39 pm #

    Debussy y La Mer, Muy buena tu lectura de esa obra. Impresionante 3er Movimiento del dialogo del viento y el mar, el que mas me gusta. Impresionar era su especialidad especialmente en el piano como L’isle Joyeuse, Reflets dans l’eau, el Arabesque #1 y la mas conocida Clair de Lune.

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