WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

24 Jun

Sinfonía No. 41 en do mayor, K. 551, Júpiter

Mozart

1788: en tan sólo seis semanas del verano de ese año, Mozart decidió escribir tres sinfonías, con la legítima rapidez de un ser genial, y sin tener planes inmediatos de estrenarlas. Tal parece que su inspiración estaba al máximo y era necesario dejarla estallar con toda la fuerza posible. De hecho, ese tríptico sinfónico vino a ser el que cerrara con suprema elocuencia el catálogo de sinfonías de este autor. Pero antes de conocer el contenido de esa cima creativa, es válido recordar lo que ocurría en la vida del compositor alrededor de esos meses: Mozart estrenó con definitivo éxito su ópera Don Giovanni en Praga, lo cual constituyó el clímax de su actividad artística en dicho período. Pero se conoce también su malhadada suerte en terrenos personales, ya que en junio falleció su hija Teresa de seis meses de edad, lo cual vino a deprimir más a Mozart después de haber llorado la muerte de su hijo Johann Thomas Leopold dos años antes, además de la pérdida terrible de Leopold Mozart -su padre- meses atrás. Para terminar de darle forma a este cuadro tan terrible, los problemas económicos de su familia se hicieron casi insoportables, y llevaron al músico junto con su esposa Constanza a cambiar de residencia a un departamento bastante pequeño y que para las pulgas de Mozart ya no era un sitio refinado en el ámbito social. Aunque, dicen por ahí, se adaptó pronto y encontró la paz suficiente para componer ahí. En aquellas habitaciones vieron la luz las Sinfonías 39, 40 y 41, siendo concluida la última de ellas el 10 de agosto de 1788.

Retrato inconcluso de Mozart

Al referirnos a la impresionante conclusión del repertorio sinfónico de Mozart, hay que señalar que le quedaban escasos tres años de vida al salzburgués, ofrendados a la composición de sus óperas Così fan tutte (Así hacen todas) K. 588, La flauta mágica K. 620 y La clemenza di Tito K. 621, que denotan el perfeccionamiento definitivo de su lenguaje en ese terreno. El espléndido “trío” de Sinfonías finales de Mozart no deja de asombrar por el fascinante refinamiento del lenguaje orquestal confeccionado por el artista, y que claramente influiría en el desarrollo posterior del sinfonismo vienés, además de dar consecuencia a la evolución del género sinfónico en las manos de Schubert, Beethoven, Brahms y Schumann y cuanto sinfonista famoso existió después de ellos. Especialmente con la Sinfonía que nos ocupa ahora (la Número 41) los novedosos rasgos sinfónicos dejaban ver elementos poco explotados antes, como frases expresivas e individuales, tratamientos orquestales poco convencionales, entre otras cosas. El brillante artesanado de la Sinfonía 41 proporciona los elementos básicos para definir esta obra como la cumbre del pensamiento orquestal mozartiano; ellos son su equilibrio perfecto, imbuido totalmente en la tradición clásica, la genial inclusión de varios pasajes sincopados en el segundo movimiento que lejos de sonar extraños proporcionan fluidez al discurso, la ligereza de atmósfera en el minuetto con su trío juguetón -un diálogo perfecto entre cuerdas y alientos- y el extraordinario final con su tratamiento polifónico para una forma sonata de suprema elaboración. Igualmente, Louis Biancolli ha señalado que en el primer movimiento existe una melodía -el segundo tema de ese trozo- en sol mayor que es un “auto plagio” de alguna otra pieza mozartiana: una arietta destinada a ser insertada en la ópera Le gelosie fortunate (1786) de Anfossi, y cuyo nombre es Un bacio di mano (Un beso en la mano).

Lo que a todas luces resulta un profundo enigma hasta la fecha es los motivos que llevaron al empresario musical Johann Peter Salomon para bautizar a la Sinfonía 41 de Mozart como Júpiter. José Antonio Alcaráz afirma que “Mozart jamás soñó en dar un nombre (como tal) a su Sinfonía…; Júpiter es una mera etiqueta conveniente que ejerce funciones mnemotécnico efectivas (y como tal hay que tomarla), para tener presente la obra en nuestro museo imaginario.(…) No teniendo siquiera, como en el caso de Haydn, la simpática coartada de alguna anécdota legendaria como supuesta base, tales membretes no conducen en el caso de su pretensa exégesis sino afanes literatizantes que nada tienen que ver con la música…”. Sin embargo, Vladimiro Rivas señala: “La 41 es la sinfonía más poderosa de cuantas escribió Mozart, y por su perfección clásica sugiere las alturas del Olimpo. Si buscásemos en toda la historia de la música una sinfonía que fuese modelo de belleza apolínea, sería ésta. Quizá por la perfección formal, la humanidad y la energía que animaron a esta música corran el albur de pasar inadvertidas. Pero escuchada con suma atención -como debe ser- encontraremos que la 41 es, a pesar de su perfección formal, casi irritante, y a pesar de sus alturas olímpicas, una obra profundamente humana.”

Lo que si es definitivo es el magnífico encanto que Mozart nos legó con esta Sinfonía: una síntesis vibrante de su pensamiento ilimitado, su alma brillante expuesta ante nosotros con todo su poderío, para siempre.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

 Sinfonía No. 41 en do mayor, K. 551, Júpiter, de W.A. Mozart

Versión:  Orquesta Filarmónica de Berlín. Herbert von Karajan, director. 

Grabada en 1966. Contiene un  track extra con una sesión de ensayo del cuarto movimiento

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