FRANZ JOSEF HAYDN (1732-1809)

25 Jun

Sinfonía No. 48 en do mayor, María Teresa

Haydn

Las 104 Sinfonías de Haydn nos deslumbran por su frescura, vitalidad y perfección en la forma, algo que sólo Mozart fue capaz de continuar sin hacer menos a los grandes sinfonistas del siglo XIX. Pero no sólo en lo musical nos sorprenden estas partituras; existe otro elemento que si bien apela a los sonidos ahí desarrollados, en momentos parece que ni remotamente tuviera una conexión lógica con el contenido artístico de la música: hablo de los sobrenombres de algunas de sus Sinfonías.

Vale la pena echar una ojeada a esos nombres:

Sinfonía núm.  30              Aleluya

                        73                    La caza

                        101                  El reloj

                        60                    El distraído

                        103                  Redoble de timbal

                        45                    Los adioses

                        59                    Del fuego

                        31                    Toque de corno

                        53                    La imperial

                        26                    Lamentaciones

                        69                    Laudon

                        104                  Londres

                        48                    María Teresa

                        6                      La mañana

                        43                    Mercurio

                        7                      El mediodía

                        100                  Militar

                        96                    El milagro

                        82                    El oso

                        92                    Oxford

                        49                    La pasión

                        94                    La sorpresa

                        22                    El filósofo

                        83                    La gallina

                        85                    La reina

                        63                    La Roxelane

                        55                    El maestro de escuela

                        8                      La tarde

                        64                    Tempora mutantur

                        44                    Fúnebre

Aunque varios de estos títulos puedan sonar rimbombantes, chistosos o harto filosóficos, la verdad es que sí existen conexiones importantes entre el título y la música o bien en las circunstancias en que alguna de ellas fuera concebida o estrenada. Por ejemplo, la Sinfonía el Milagro tiene que ver (cuentan las crónicas de la época) con el estreno de la obra, durante el que -en un momento dado- el gran candil que pendía de las cabezas de los músicos de la orquesta se vino abajo, pero todos salieron ilesos (¡Milagro! ¡Salieron vivos!); El distraído (la número 60) tiene en su último movimiento un pasaje totalmente humorístico, donde el director detiene a la orquesta, el concertino se voltea hacia la sección de primeros violines, afina, y comienzan a tocar otra vez; la Sorpresa de la Sinfonía 96 está ligada a un exabrupto orquestal durante el segundo movimiento, casi planeado para despertar a los nobles que asistían a la presentación; el Reloj aparece en el segundo movimiento de la No. 101 con su insistente y muy cómico “tic tac”; y la de los Adioses, en la que Haydn estaba estampando en la cara del Príncipe Esterházy -su patrón- que sus músicos y él necesitaban vacaciones urgentes, por lo que en el último movimiento cada uno de los instrumentistas se iba levantando de su lugar, apagaba la vela de su atril y dejaba el lugar, permaneciendo únicamente el concertino hasta el final.

Esos son algunos ejemplos de lo que tienen de extra-musical esas Sinfonías de Haydn. Pero ahora, la incógnita: ¿Quién es la María Teresa de la Sinfonía 48?

Para responderlo, ahora démonos una ilustrativa vuelta por la historia:

María Teresa de Austria

Hacia 1740 murió el emperador Carlos VI de Austria, dando fin a toda una dinastía masculina: la de los Habsburgo. Con mucha anticipación a que este inevitable momento llegara, el también archiduque Carlos de la sucesión de España decidió que debía dejar la posesión de sus dominios territoriales y la corona misma a su descendencia femenina; es decir, que a la muerte de Carlos VI la emperatriz sería su hija María Teresa. Aunque los gobiernos europeos involucrados en ese imperio habían dado su aprobación a tal proceder, hubo dos personajes que siempre estuvieron en discordia con la monarca designada: Carlos Alberto, el príncipe elector de Baviera, yerno del emperador José I, y el rey Federico II de Prusia, conocido como “El Grande”.

A grosso modo, los acontecimientos se fueron sucediendo de esta manera: en 1740 Federico II ascendió al trono Prusiano y en octubre de ese año ocurrió la muerte del emperador Carlos VI, dejando en la corona a María Teresa; unos meses más tarde -ya en 1741- Federico II invadió la Silesia austriaca y pidió a cambio del reconocimiento de esos terrenos el apoyo del esposo de María Teresa para la sucesión imperial, lo cual fue negado. Entre alianzas y batallas, Carlos Alberto de Baviera estaba cerca de convertirse en emperador austriaco con el apoyo de las comunidades de la Baja Austria; Federico II y Baviera firmaron un acuerdo al que se sumó Felipe V de España para asegurarle el trono a Carlos Alberto, situación que se consolidó con la toma de Praga por parte de éste último. Así, el 12 de febrero de 1742 Carlos Alberto fue coronado emperador -como Carlos VII- en Frankfurt, terminando así con la tradición Habsburgo que venía desde el siglo XV. Pero la suerte no estuvo siempre del lado de este señor, pues meses más tarde los austriacos vencieron varias batallas y María Teresa recibió la corona de Bohemia en mayo de 1743. Otro factor importante para que María Teresa se mantuviera firme en su búsqueda por el trono austriaco fue la lealtad de sus súbditos, especialmente los del reino de Hungría; igualmente, a esta mujer la favoreció su alianza con los ingleses, acérrimos enemigos de los franceses que también estaban inmiscuidos en la pugna. Los ejércitos austriacos tomaron aire y desalojaron la ocupación francesa de los territorios de los Habsburgo, a lo que siguió la toma de Munich (capital de Baviera, con lo que Carlos VII se convirtió en un soberano errante. Todo ello fue apoyado financieramente por los ingleses y al percatarse de ello Federico II arremetió con su armada en la “segunda Guerra de Silesia”, entre 1744 y 1745. Estando en esas, murió Carlos VII en enero de 1745; su sucesor fue Maximiliano José de Baviera, quien firmó la Paz de Füssen con María Teresa, por la cual los bávaros recuperaron sus dominios y el esposo de la austriaca recibió el voto de confianza de Maximiliano para la sucesión de su mujer. El 13 de septiembre de ese año, y con el nombre de Francisco I, el esposo de María Teresa fue elegido emperador por unanimidad. Con esos acontecimientos, a Federico II se puso como basilisco y nuevamente atacó militarmente en Bohemia y entró triunfal a Dresde. Sin embargo, tuvo que desalojar Silesia y en la navidad de 1745 firmó la Paz de Dresde con la que reconoció, a regañadientes, a Francisco I como emperador, lo cual fue ratificado con la famosa Paz de Aquisgrán en 1748, que además tuvo un desafortunado final: María Teresa, quien tanto luchó por mantener a Silesia dentro de su territorio mediante un modelo de estado fuerte y moderno, perdió esos territorios al cedérselos a su enemigo Federico el Grande. Posteriormente, María Teresa vio subir al trono a su hijo José II en una época que estuvo dominada por la vigencia del Despotismo ilustrado, algo que promovió el mismo emperador; aún así, José II supo regirse con los designios que había establecido su madre como monarca. Y para mala fortuna de esta mujer, por mucho que luchara a lo largo de los años por regresar a Silesia a sus territorios no vivió para ver su sueño realizado.

En los años bélicos entre Prusia y Austria, específicamente en 1743, María Teresa en su calidad de “emperatriz designada” visitó Eisenstadt, sobre lo cual el Wiener Diarium reportó lo siguiente: “(ella) fue llevada al pabellón chino cuyas paredes cubiertas de espejos reflejaban candeleros y lamparones que inundaban el salón con luz. En una plataforma estaba colocada la orquesta “principesca” en uniforme de gala y tocó bajo la dirección de Haydn su nueva Sinfonía para honrar la visita imperial.”

Así es, señoras y señores: Haydn compuso su Sinfonía 48 especialmente para la visita de María Teresa de Austria a Eisenstadt, logrando una partitura perfecta para la ocasión, brillante y jovial, especialmente en el primer tema del primer movimiento para oboes y metales (cornos y trompetas), en la vivacidad de la melodía central en el Minuetto y con el bullicioso y enérgico final. Es curioso notar cómo esta Sinfonía lleva implícita una gran carga de felicidad y sonrisas, pues el período en el que Haydn la escribió es conocido por los musicólogos como “Sturm und Drang” (“Tormenta y tensión”), en el que las Sinfonías de este autor se ven protagonizadas -desde la número 39- por una severidad impresionante, y en donde la intensidad no está orientada a sentimientos positivos, sino a momentos trágicos en la expresión y de tonalidades oscuras; debido a ello la Sinfonía 44 es conocida como Fúnebre y, al término de este fuerte período creativo, Haydn denominó a la Sinfonía 49 como La pasión. Así pues, la Sinfonía María Teresa está un tanto aislada de los verdaderos sentimientos del compositor, quizá como obligación a mostrar un aura de bienestar frente a la monarca. Claro, estamos seguros de que a María Teresa le venía importando poco lo que pasara por el corazón y la mente de Haydn.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Franz Josef Haydn: Sinfonía No. 48 en do mayor “María Teresa”

Versión: Orquesta Austro-Húngara Haydn. Adam Fischer, director

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