SERGEI PROKÓFIEV (1891-1953)

8 Jul

Primer concierto para piano y orquesta en re bemol mayor, Op. 10 

Para empezar esta nota… ¡Zas! Una breve aportación de mis memorias musicales: Hace una buena cantidad de años, creo que veinte, quien escribe estas líneas se encontraba en casa de la abuela de un entrañable amigo mío. Ella era (y lo digo así pues falleció hace un par de años), definitivamente, una mujer virtuosa, siempre preocupada en agasajar a sus invitados y darles de comer hasta no poder más. Esa tarde, degustando unas galletas de chocolate, la “abuela” comenzó a relatarme, con su delicioso acento -entre ruso y mexicano- de su infancia en Moscú, pues ella era rusa judía; pronto me dijo de cómo su madre la llevaba a cuantos conciertos había alrededor. Uno de esos magníficos días pasó algo que cualquiera de nosotros hubiéramos adorado experimentar: la mamá interesada en el crecimiento intelectual de su (entonces) pequeña hija, llevó a la infanta a un recital de piano, siendo el protagonista una de las “jóvenes promesas” de la Rusia zarista que estaba por extinguirse. Relata la “abuela” que, aunque era muy niña, recordaba bien la espigada figura y muy delgadas y enormes manos del intérprete: Era Sergei Prokófiev. “Abuela” dijo que, al sentarse ese hombre en el piano, una marejada de sonidos saltó del instrumento con ferocidad y pasión. Relató muy emocionada que no podía dejar de ver las manos delgadas pero férreas de ese hombre, y sentir como hacía vibrar hasta el punto del estallido ese piano. El recital terminó, su madre le puso el abriguito a “abuela” y partieron a casa en medio de una gran nevada. La madre trataba de platicar con “abuela” de si le había gustado el concierto y otras cosas. “Abuela” se quedó callada, con la mirada fija, y sentía su cuerpecito rígido, como en “shock”. Llegaron a casa… y “abuela” no hablaba. Pasó un día… y lo mismo; pasó otro día más… e igual, es más, ¡no comía! La madre se preocupó tanto que tuvo que llevar a la entonces niña al médico. Al mostrarle el doctor una gran jeringa a la “niña traumatizada” ésta empezó a llorar a mares y comenzó a balbucear. La madre trató de tranquilizarla y de pronto el enigma estuvo resuelto: “Abuela”, entre sollozos, decía: “es que mamá, no puedo entender como ese señor Prokófiev, tan bonito que tocaba el piano, ¡¡también utiliza  esas manos para ir al baño!!”.

Me disculpo por haber comenzado esta nota con una de las que, yo considero, mejores anécdotas que he escuchado sobre Prokófiev. Y la reacción de aquella dulce mujer quizá fue similar a lo que muchos públicos sintieron escuchando a este hercúleo pianista y sacrosanto compositor. Crónicas de la época hay muchas, pero cito ahora una surgida de la pluma de algún crítico del New York Times, al respecto de la primera presentación de Prokófiev en la ciudad de los rascacielos, en la Aeolian Hall –para más señas: “Sus dedos son de acero, sus muñecas de acero, sus bíceps y tríceps de acero, sus omóplatos de acero. Es un ariete tonal… Es rubio, delgado, modesto como músico, y su impasividad contrastó con las volcánicas erupciones que produjo en el teclado… Una enorme cantidad de pianistas saludó al recién llegado con dinámicos aplausos. No pueden caber dudas respecto de su éxito instantáneo. En cuanto a si éste perdurará… ¡ah! Música nueva para nuevos oídos. Sergei Prokófiev es asombroso.”

Así es. El mismo Prokófiev se enorgullecía especialmente (según anota su biógrafo Harlow Robinson) “de la forma en que tocaba el staccato, con la mano absolutamente rígida, que hasta Anna Esípova, la prima donna de los profesores de piano de (San) Petersburgo, le prestó atención.” Claro está que por la especial posición totalmente antirromántica e inconformista del joven Sergei se le empezó a denominar en aquel Conservatorio como “el niño terrible de la música rusa”. ¡Y mire usted si lo cumplió con creces! En sus años como estudiante en San Petersburgo (1904-1914), Prokófiev comenzó a sorprender a sus profesores de composición (como Tcherepnin y Liadov) con sus fascinantes y poderosas partituras. Así, su Primera sonata para piano y la colección de piezas denominada Sugestión diabólica se convirtieron en “material radioactivo” para más de un incrédulo que seguía anclado en el romanticismo del siglo XIX. También compuso una ópera, La Magdalena, que fue un impresionante fracaso; pero Prokófiev volvió “a la carga” con su primer intento en el campo de los Conciertos para su instrumento. Harlow Robinson nuevamente relata: “El estilo musical y dramático opulentamente romántico de Magdalena resulta tanto más sorprendente cuando se recuerda que en el mismo año (1911) Prokófiev escribió el antirromántico y ‘futbolístico’ (sic) Primer concierto para piano, la desagradable (sic) Toccata Op. 11 y las sardónicas Diez piezas para piano Op. 12.”

Debido a todas esas joyas del lenguaje que vierte el propio biógrafo del compositor, es entendible que a Prokófiev se le hiciera el Conservatorio de san Petersburgo excesivamente pequeño para sus pretensiones artísticas. Mas sus profesores también lo notaron, y hasta comenzó a hartarlos, siendo que Liadov y Glazúnov lo corrieron de sus clases por ser “un rebelde descarado que no quería que le enseñaran”, mientras que la profesora de piano Esípova lo consideraba “exigente, arrogante e inflexible”.

Robinson añadió sobre el Primer concierto lo siguiente: “Después de muchas semanas de sufrir de pleuresía y al recuperarse, (Prokófiev) tuvo que comenzar a prepararse para sus primeras presentaciones importantes con una orquesta: dos ejecuciones de su Concierto No. 1, la primera para la serie Sokólniki, en Moscú, de Derzhanovski, a finales de julio, y la segunda en Pávlovsk, fuera de (San) Petersburgo, diez días más tarde. La mayor parte de las seis semanas que pasó en Essentuki, en el Cáucaso, en junio y julio, estuvieron dedicadas a estudiar su Concierto, que, ‘de paso, no es nada fácil, y tengo que tocarlo bien. Dicen que el salón de Moscú estalla de gente –hasta seis mil oyentes-, y como será mi primera presentación con una orquesta tengo que saberlo a la perfección.’ Para su solaz, jugaba tenis todos los días, bajo el calor, y adquiría un bronceado impecable.

“Saradzhev, quien había dirigido ‘Sueños’ el verano anterior, volvió a dirigir cuando Prokófiev estrenó su notable Primer concierto para piano, en Moscú, el 25 de julio. Había estado levantado hasta tarde el día anterior, luego de furiosos ensayos con la orquesta, que no tocaba como él quería. Pero aunque se fue a acostar ‘cansado y malhumorado’, la interpretación del día siguiente salió bien.”

En resumidas cuentas, Prokófiev estrenó su Primer concierto para piano en un evento considerado por muchos críticos como “suceso digno de escándalo”. Algunos vitorearon su actuación y su partitura, mientras otros lo ofendieron con desaprobaciones muy sonoras. Sin embargo, lo que quedó claro en esas dos presentaciones fue que Prokófiev, aunque su música gustara o no, en ese momento todos ya sabían quién era él y lo que era capaz de hacer. De hecho, el crítico francés Calvocoressi revisó la partitura del Primer concierto antes de su estreno y, entusiasmado, le informó a Prokófiev que haría todo lo que estuviera de su parte para introducirlo en el complicado y agreste medio musical francés, cosa que ocurrió pocos años más tarde.

Este Primer concierto para piano es una verdadera joya de invención musical. De muy breve duración (apenas unos quince minutos), está estructurado en tres movimientos que son interpretados sin interrupción. El sello más imponente de la partitura reside en su introducción: tres enérgicos acordes (“las tres ballenas que mantienen unido el Concierto”, como decía el autor) que dan paso a una fantástica melodía en el piano, sabiamente acompañada por el conjunto orquestal, que no es otra cosa mas que la afirmación optimista y enérgica del joven Prokófiev. Después de esa vibrante proclama, el piano comienza sus atléticos jugueteos, cambiando de registros y a una impresionante velocidad. El Andante assai parece volver los ojos hacia el pasado romántico, pero poco a poco el lenguaje de Prokófiev nos hace ver que ello no es tal, especialmente en una melancólica intervención del trombón. Poco a poco se va desvaneciendo el movimiento, y después de una brevísima transición a cargo de las cuerdas tocando pianíssimo y en pizzicato (y algunos alientos apoyándolas), el piano arranca con una casi frenética carrera que parece que la orquesta desea alcanzar de los talones, y concluye en la proclamación del tema inicial del Concierto, cerrándolo de manera fugitiva pero majestuosa.

Cuánto más, me pregunto yo, tuvieron que sufrir los críticos y los músicos rusos de aquellos tiempos, que tanto criticaron las precoces partituras de Prokófiev, cuando se enfrentaron a algunas de sus partituras posteriores, como el Segundo concierto para piano, la Suite Escita (cuyo escándalo en su estreno es equiparable al de la Consagración de la primavera de Stravinsky), la Tercera sinfonía y la ópera El ángel de fuego, entre otras. Ni modo, pobrecitos de sus “oiditos” del siglo XIX. Pero como lo dije antes: ya sabían quién era Prokófiev, y él estaba ahí (con todo y sus manos y actitud artística de acero), le gustare a quien le gustare.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

P.D.- Esta nota porta una dedicatoria: A Ricardo Nicolayevski y su abuela.

Descarga disponible:

Sergei Prokófiev: Concierto para piano y orquesta No. 1 en re bemol mayor Op. 10

Versión: Boris Berman, piano. Real Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam. Neeme Järvi, director

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