LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)

17 Ago

Cuarta sinfonía en si bemol mayor Op. 60

El 7 de abril de 1805, durante una “Academia Musical” (el equivalente en nuestros días al término “Concierto Sinfónico”) en el Theater an der Wien de Viena, Beethoven cambió radicalmente el rumbo de la música occidental al estrenar su Tercera sinfonía, conocida como Heroica. Con dicha obra, el género sinfónico dio un giro de 360 grados a como se conoció en gran parte del siglo XVIII y los albores del XIX. Mientras el crítico del Diario Musical de Leipzig definió la obra como “expansiva, producto de una mente talentosa y enérgica”, un sector del público no estuvo de acuerdo con las innovaciones musicales beethovenianas, siendo varias de ellas los dos acordes decididos con que comienza la partitura (haciendo a un lado los preceptos de Haydn de iniciar con una introducción lenta desembocando en el Allegro) y su último movimiento protagonizado por una libre serie de variaciones que culmina con una de las fugas más perfectas y equilibradas concebidas en la historia del arte sonoro. Sin embargo, existe aquella voz popular que siempre ha rezado: “Al público, lo que éste pida…” De tal manera, Beethoven comprendió que su público estaba aún anclado en la forma sinfónica “a la Haydn” (así como un gran sector del auditorio del siglo XXI aún tiene puestos sus oídos en la música del siglo XIX).

Placa en la fachada de la casa donde nació Beethoven en Bonn

Así, la siguiente Sinfonía de Beethoven retomó muchos de los preceptos clásicos (más bien, deberían denominarse “neo-clásicos”), atendiendo a las solicitudes estéticas del respetable. Aquellos estudiosos y críticos que han señalado ese regreso de Beethoven al ambiente de sus dos primeras Sinfonías caen, definitivamente, un tanto en el absurdo, pues recordemos que todo el proceso creativo de la Cuarta sinfonía, realizado en 1806, fue posterior a la concepción de los dos primeros movimientos de la desgarradora Quinta sinfonía debido –principalmente- a una comisión imprevista por parte del conde Franz von Oppersdorf.

Desafortunadamente, durante el siglo XIX la Cuarta de Beethoven fue, quizá, una de sus Sinfonías menos populares; la negativa promoción que se hizo de ella vino de las bocas y las plumas de gente como Richard Wagner, quien declaró que dicha partitura era “música fría”, aunque pensaba que el Scherzo era verdaderamente “glorioso”. Aunque, por su parte, el francés Berlioz fue un poco más parco: “Beethoven ha abandonado la oda y la elegía… para regresar la vista a lo menos sublime y tomentoso, aunque no menos difícil, de la Segunda sinfonía. El carácter (de la Cuarta) es, en general, muy vivo, fresco, sereno o celestialmente delicado…”. Mas alguien se adelantó un tanto en las expresiones vertidas líneas arriba, y ese personaje fue Robert Schumann, quien respetuosamente, y con toda la admiración posible, afirmó que la Cuarta de Beethoven “era como una esbelta doncella griega entre dos gigantes nórdicos”. La referencia del autor de la Kreisleriana con aquello de los dos gigantes era sobre las impasibles fuerzas interiores de la Sinfonía Heroica y de la Quinta, flanqueando la tierna y casi inocente Cuarta.

Por supuesto, la época en que concibió Beethoven esta obra y su año precedente (1806 y 1805, respectivamente) fueron de una importancia capital en su vida, y marcaron el plano –especialmente- emocional del autor como en contados lapsos de su tránsito por la Tierra. Si recordamos, Beethoven decidió dedicar la partitura de su Tercera sinfonía al héroe y semi-dios de sus respetos y sus sueños, Napoleón Bonaparte, quien, al granjearse todo el odio del músico de Bonn debido a su “exquisito gusto” por la guerra y las anexiones territoriales, éste último decidió tachar furioso la dedicatoria, como puede verse claramente en su manuscrito.

Para la época a la que nos referimos (de la concepción de la Cuarta sinfonía) Napoleón había llegado a tal grado de “omnipotencia” que había cambiado sustancialmente el mapa europeo y, por ende, el otrora magnánimo imperio austro-húngaro lucía devastado, tan sólo con el recuerdo de todas sus glorias pasadas. Beethoven, habitante de Viena, se vio sensiblemente afectado por dichas acciones pues repercutían directamente en su calidad de vida. De tal suerte, lo único en lo que se pudo consolar fue escribiendo música y, curiosamente, en un momento tan crucial en su vida económica y creativamente activa, Beethoven concibió algunas de sus partituras más célebres, piezas de toque en la naciente madurez estética de este hombre. Los resultados saltan a la vista: la Sonata Appassionata para piano, los tres Cuartetos Op. 59 solicitados por el embajador ruso en Viena, el conde Andreas Kyrilovich Razumovsky, el Cuarto concierto para piano y orquesta y el Concierto para violín.

Retrato de Beethoven en la época que compuso su Cuarta sinfonía

Más aún, uno de los enormes descalabros de Beethoven en aquellos tiempos fue la composición y posterior estreno de su única ópera, primeramente llamada como Leonora o El amor conyugal y rebautizada como hoy día se le conoce: Fidelio. Así pues, la angustia y decepción se combinaron al ver el autor la desaprobación unánime del público ante su ópera, que fue representada a la sombra de la amenaza de la ocupación napoleónica en Viena ante un Theater an der Wien prácticamente desierto, y sólo algunas de sus butacas ocupadas por soldados franceses quienes no tenían ni la más remota idea de la importancia del texto musical beethoveniano per se. La tristeza del compositor no sólo residió en la incomprensión de aquel panegírico al amor conyugal y la libertad contenido en Fidelio, sino que otro fantasma rondaba su cabeza: los indicios de la sordera en ciernes ya hacía estragos y se convertía en un mal irreversible, además de que la única (sí, estimado lector, parece que la única) ocasión en que Beethoven se enamoró perdidamente no tuvo un final feliz, ante las negativas e indiferencias de la dulce Antoine Brentano, la bien conocida hoy como “amada inmortal”.

Todo lo mencionado anteriormente podría parecerle gratuito y desconcertante en una somera explicación de la Cuarta de Beethoven. Sin embargo, al escuchar dicha obra nos percatamos de que, después del impresionante hundimiento emocional de Beethoven, él necesitó tomar un poco de aire y agua fresca para continuar el tortuoso camino de su existencia. Toda aquella amabilidad, chispa y extroversión que plantea esta Sinfonía eran radicalmente inversas a la melancolía y desánimo de su autor. En parte, en el campo estético, lo que Beethoven añoraba era regresar a sus días de tierna juventud, al abrigo de los sonidos del clasicismo. Por ello, la Cuarta sinfonía utiliza una orquesta más al estilo de Haydn y Mozart (aunque en su panteón personal existiera un mausoleo aún más colosal para el mal llamado “padre de la sinfonía”), y para lograr la máxima transparencia instrumental optó por sacrificar a una segunda flauta.

La señorita Brunswick

Aunque esta Sinfonía resulte a los oídos de cualquiera tan prístina y delicada, Beethoven deja sentir sus torbellinos personales en ciertos momentos de la misma. Por ejemplo, en la lúgubre introducción del primer movimiento, definida por Carl María von Weber como “el monstruoso intento para desparramar cinco notas sobre cinco minutos” (bueno, recuerde usted que el autor de El cazador furtivo fue siempre uno de los acérrimos enemigos de Beethoven, así que no le haga usted mucho caso…). Y qué decir del melancólico y hermoso segundo movimiento en mi bemol mayor, parecido en cierta manera a un poético lied, ensalzado igualmente por Berlioz al decir que: “… eso debe ser la canción del propio arcángel Miguel”. Alrededor de esta sección, muchas pesquisas detectivescas se han abordado por musicólogos e historiadores queriendo encontrar una fuerza motriz ajena al mismo discurso musical. Así, varios de ellos han comparado el exquisito segundo movimiento de la Cuarta con la añoranza por el amor y la desdicha de verlo perdido: nuevamente, en aquella fina señorita Brentano. Pero, contrario a lo que usted podría imaginarse, en aquellos tiempos Beethoven conoció a otras tres damiselas, hermanas de su amigo el conde de Brunswick, Teresa, Josefina y Carolina, al visitar su casa en Martonvasar, Hungría.

Otros de esos chismosos investigadores han encontrado que, probablemente, Beethoven se “enganchó” de las tres, aunque nunca aceptó su preferencia por ninguna de ellas, ni en conjunto ni por separado. Meras conjeturas sobre la concepción del mencionado movimiento, pero que probablemente tienen alguna razón de ser, no sé que opine usted… Los siguientes dos movimientos de la Cuarta de Beethoven son un verdadero ejemplo de creación y vanguardia al interior del período “clásico”: El Scherzo es burbujeante y en su vocabulario pueden encontrarse algunos atisbos de la música popular austriaca. Por su parte, el Allegro ma non troppo, bien definido por muchos como una suerte de perpetuum mobile, rebosa alegría e hiperactividad, que sólo encuentra un pequeño momento de contemplación casi al final, desembocando en una conclusión elegante y plena en brillantez.

Si usted sigue mis palabras con atención, notó que apenas hice referencia a la frase “vanguardia al interior del período ‘clásico’” (un poco hechiza, si usted gusta). Pero con ello quiero decir que, si para los mismo oídos del siglo XIX pareció que esta Cuarta de Beethoven era un mero retroceso creativo –y lo cual provocó que fuera olvidada por muchos intérpretes-, esto es una absoluta calumnia. Hay que revisar meticulosamente todas sus características para percatarnos de su genialidad, donde el ritmo adquiere una importancia señera, siendo grata influencia desde ese momento y hasta las más atrevidas músicas de (por qué no afirmarlo) el siglo XX. Igualmente, Beethoven se consolidó en el ámbito del desarrollo temático, imprimiendo procesos complejos e intrincados. Y, no menos importante, es la utilización del grupo de alientos que había sido de alguna forma utilizado parcamente en los años anteriores; con la Cuarta de Beethoven también comenzó una necesaria revolución en la interacción de los alientos con la masa de las cuerdas en el entramado orquestal, amalgamándolos a partir de una sabia creatividad.

Si apetece más datos atípicos sobre la Cuarta sinfonía en cuestión, pues ahí le va otro: a diferencia de lo ocurrido con la mayoría de sus Sinfonías, la Núm. 4 de Beethoven no fue estrenada oficialmente por el mecenas que la comisionó por la nada despreciable cantidad total de 500 florines. Se dice que aquel –entonces- célebre conde Franz von Oppersdorf era un melómano tan a ultranza que solamente contrataba para su palacete a sirvientes que supieran tocar algún instrumento. Sin embargo, nunca se tuvieron noticias que el grupo orquestal (“de servidumbre”) del conde realizara el estreno de la Sinfonía al entregarla su autor. Eso sí, existen datos fidedignos que hubo un “estreno no oficial” en el Palacio del príncipe Lobkowitz en marzo de 1807. Y asevero que no era oficial pues, según cuentan las crónicas de la época, éste fue organizado únicamente para “un selecto grupo de personajes”, aquellos que, dicho sea de paso, le dieron de comer en más de una ocasión a Beethoven, que él apreciaba profundamente de manera personal y separada, pero que en conjunto no hacía más que aborrecerlos y asquearse con sus actitudes altivas y poco sinceras.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Ludwig van Beethoven: Sinfonía No. 4 en si bemol mayor Op. 60

Versión: Orquesta Filarmónica de Berlín. Herbert von Karajan, director

(Grabación de 1984) 

Anuncios

Participe con su comentario...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: