LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)

21 Ago

Séptima sinfonía en la mayor, Op. 92

Si hoy veneramos a Beethoven por su genio ilimitado, fascinante poder de comunicación, deslumbrante solidez de conceptos -especialmente en sus Sinfonías-, además de erigirse como el prototipo del artista revolucionario, hombre valiente y heroico, el respeto que debe guardársele es mayúsculo especialmente al enfrentarnos al torrente de felicidad y vitalidad rítmica que dan forma a su Séptima sinfonía, el punto de máximo equilibrio en las capacidades creadoras de Beethoven; en todas y cada una de las notas, dinámicas y texturas que la conforman habitan, como nunca en la totalidad de su creación, perfección, balance y elegancia.

Por ello, infinidad de comentarios definitorios se han emitido al paso de los años y, aunque diversos, la mayoría confluye en enaltecer lo festivo y aguerrido de esta música: “Apoteosis de la danza” (Wagner), “Ronda de campesinos” (Berlioz), “Festival de caballeros” (Nohl), “Mascarada o diversión de una multitud embriagada de alegría y vino” (Oulibicheff), “Segunda Sinfonía pastoral” (Lenz), “Orgía báquica” (Bekker), “Boda o celebración festiva de un pueblo guerrero” (A.B. Marx), “…enérgico impulso dionisiaco, una divina embriaguez del espíritu” (Newman). Sin embargo, el regocijo provocado por la Séptima no fue generalizado; en este sentido el comentario de Carl María von Weber -antibeethoveniano a ultranza- está lleno de mezquindad: “Beethoven se encuentra ahora lo suficientemente maduro… como para ingresar al manicomio”. Y aunque dichas palabras rayan en la envidia tienen una parte de verdad (que Weber no lo tolerara como persona era otra cosa): la música de la Séptima sinfonía muestra a Beethoven en la cúspide de sus poderes creativos y con plena madurez conceptual de la paleta orquestal.

Portada de la primera edición de la Séptima sinfonía

Ese período de madurez se registró entre 1811 y 1812, época igualmente emocionante en la vida del compositor y su entorno. Por aquellos tiempos Beethoven advirtió a la sociedad artística austriaca que abandonaría Viena pues ahí no recibía el apoyo necesario en su trabajo creador, lo que sorprendió a muy pocos pues el ilustre “sordo de Bonn” ya había lanzado esta amenaza por centésima ocasión. La única que se preocupó por este asunto fue la condesa Von Erdödy, quien gracias a sus buenos oficios obtuvo para Beethoven un apoyo económico de ensueño, proveniente de bolsillos notables como los de Kinsky, Lobkowitz y el archiduque Rodolfo. El músico desistió de emprender la retirada y por si fuera poco fue en esos días que Cupido llamó a su corazón -rubro que, dicho sea de paso, para las pulgas de Beethoven le importaba un cacahuate: aparecieron en escena la dulce Bettina Brentano y su hermana Antoine, aquella que el mismo músico definió como “la amada inmortal”. En esos tiempos también ocurrió la reunión de Beethoven con otro gigante de las artes, Johann Wolfgang von Goethe, ocurrida en los baños termales de Toeplitz. Al respecto Goethe dijo eufórico: “No he visto nunca a un artista más poderosamente concentrado, más enérgico, más interior. Comprendo muy bien que su actitud frente al mundo tenga que ser extraordinaria.”; mientras Beethoven únicamente señaló: “Goethe gusta demasiado del aire de las cortes, más de lo que conviene a un poeta.”

Beethoven comenzó a trabajar en su Séptima sinfonía desde 1807, para concluirla en esos citados años de plenitud artística; su estreno tuvo lugar en Viena el 8 de diciembre de 1813 con la dirección del propio autor. Y como era ya una costumbre en aquellos días, el concierto en el que se estrenó la Séptima estaba ofrendado a una causa noble y motivadora: recaudar fondos para los soldados austriacos y bávaros que habían resultado heridos en la batalla de Hanau defendiendo a su patria de las tropas napoleónicas. Además de la Sinfonía en cuestión se presentó ahí, por vez primera, otra obra de Beethoven de características curiosas e inmersas en un carácter totalmente bélico y patriota: La victoria de Wellington (o Sinfonía de batalla). Tal parece que esa noche, debido a que los ánimos estaban exaltados ante la inminente derrota de Napoleón y los sonidos victoriosos de esta última partitura, la Séptima de Beethoven fue recibida con algunas reservas por el público, aunque lo que más impactó a todos fue el genial Allegretto (segundo movimiento), tal y como lo reportó el Allgemeine Musikalische Zeitung, que además consideró a esta Sinfonía como la más accesible y brillante de todas las que había escrito Beethoven hasta la fecha.

Aunque el recibimiento de esta Sinfonía fue algo tibio, imagínese usted la importancia artística de ese concierto: Beethoven incluyó en su orquesta a algunos de sus amigos y colegas cercanos, como los señores Louis Spohr, Ignaz Moscheles, Giacomo Meyerbeer, Johann Nepomuk Hummel, Andreas Romberg, Domenico Dragonetti y el tan satanizado -en décadas recientes- Antonio Salieri. Toda una constelación de compositores e instrumentistas que en esos años daban sentido a la música europea, y a la escena vienesa en particular, en un ejército de generales comandado por Beethoven. La crónica que relató Spohr en su autobiografía es de gran impacto, pues afirmó que debido a la sordera de Beethoven, este hombre comenzó a angustiarse especialmente en los pasajes delicados pues no podía percibir ninguna vibración de la orquesta; sin embargo, al perder camino en ciertos pasajes, los músicos salvaron milagrosamente la interpretación gracias a Salieri, quien se encontraba tras bambalinas marcando el tempo correcto sin que Beethoven se diera cuenta.

Al mencionar anteriormente la sordera de Beethoven es motivo para maravillarnos el hecho de que su Séptima sinfonía posea una perfección tal venida de la cabeza de quien solamente era capaz de percibir zumbidos. Después de la Sinfonía pastoral, la empresa de Beethoven en esta partitura es, quizá, una de las más titánicas que llevó a cabo en su vida, como un verdadero acto de amor artístico y de valentía frente a su condición fisiológica. Y lo que escuchamos en esta música es precisamente eso: sonidos gallardos, inmaculados, vibrantes, seductores y hasta misteriosos. La alegría de vivir está fielmente representada en el Vivace del primer movimiento, con todo su poderío rítmico y melodías fragantes y plenas de frescura; mientras que en el Allegretto somos testigos de una de las secciones más visionarias en la música de Beethoven y probablemente de toda la literatura sinfónica en el siglo XIX, con su carácter fuerte, paso decidido y emocionante clímax. No en balde el compositor estadounidense Ned Rorem llegó a calificar este movimiento como “una nostalgia por el futuro”.

Para hablar del tercer movimiento es interesante revisar el comentario que, al referirse a esta sección, emitió Herr Professor Kleinburg: “…el tercer movimiento, con su exultante y triunfal aire popular y dancístico nacional, entre saltarello italiano y son mexicano (no se olvide que hay quien afirma que -en efecto- se trata de un aire popular mexicano (!!!!!) importado al imperio por von Humboldt y recogido por Beethoven)”.

Y del movimiento final, no existe mejor acercamiento a su intenso dinamismo y obvia emotividad que el de Gustav Mahler, quien después de dirigir la Séptima de Beethoven en 1899 declaró: “El último movimiento de la Sinfonía tuvo un efecto dionisíaco sobre el público. Todos salieron de la sala de conciertos como embriagados, y así debe ser.”

Para cerrar el círculo sobre esta obra hermosa, mágica, electrizante entre otros adjetivos, habría que recordar por qué Wagner la denominó con toda precisión como lo citamos al principio de esta nota. Su comentario es de 1850, y en él señaló:

“La Séptima sinfonía de Beethoven es la alegría, que con una omnipotencia orgiástica nos lleva a través de todos los espacios de la naturaleza, de todas las corrientes y los océanos de la vida, dando voces de alegría y consciencia, por donde caminamos al ritmo audaz de esta danza humana de las esferas. Esta Sinfonía es la apoteosis de la danza, la mejor realización de los movimientos corporales en forma ideal.”

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Ludwig van Beethoven: Sinfonía No. 7 en la mayor Op. 92

Versión: Orquesta Filarmónica de Berlín. Herbert von Karajan, director.

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Una respuesta to “LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)”

  1. serapio hernandez jimenez agosto 22, 2010 a 6:19 am #

    es muy interesante conocer la historia de los grandes compositores para poder valorarlos mas.
    gracias por darnos la oportunidad de conocer la historia de los grandes compositores.

    serapio

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