LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)

22 Ago

Sinfonía No. 8 en fa mayor, Op. 93

  • Allegro vivace e con brio.
  • Allegretto scherzando.
  • Tempo di Menuetto.
  • Allegro vivace.

Beethoven comenzó a trabajar en su Octava sinfonía junto con la Séptima en septiembre de 1811. En alguna ocasión, él se refirió a la partitura de la Octava como una “Pequeña sinfonía”, apreciación que contrasta, desde luego, con la grandilocuencia de su Sinfonía en la mayor (la Núm. 7). Y según relatan algunos estudiosos de la producción beethoveniana, tal parece que esta “obra menor (!!!)” fue una de las piezas que menos “trabajo” al músico de Bonn, pues la partitura estuvo lista en tan solo cuatro meses.

Durante el proceso creativo de la Octava, que retrata en momentos mucho del poder humorístico que poseyó la pluma de Beethoven, es de especial interés anotar que él se encontraba muy lejos de gozar un período de júbilo y plenitud emocional, justamente en el período veraniego de 1812. Una de las causas que se menciona es que por aquellos meses el hermano del músico, Johann, contrató los servicios de la cuñada de su casero como su ama de llaves. Lo que parecía más terrible de este sencillo hecho, es que la mujer en cuestión le hacía cualquier cantidad de favores a Johann durante el día… y también en la noche (puede imaginarse cuáles). Todo esto es relevante pues al enterarse Beethoven, enfureció por el comportamiento poco piadoso de su hermano, pero además mostró claros síntomas de celos y envidia, por lo cual se dio a la tarea de romper esa deleznable relación, pero sin resultados positivos. Tales fueron los oficios que llevó a cabo Beethoven, que involucró al Arzobispo, al departamento de policía y a las más diversas autoridades, con el único fin de que metieran a la cárcel a esta mujer (de nombre Therese). Cuál sería la sorpresa del compositor el día que su hermano le anunció su futuro enlace matrimonial con Therese, como para ponerle fin a la pesadilla creada a su alrededor. Sin embargo, la vida es (de vez en cuando) justa: Johann le reclamó algunos años después a Beethoven que no hubiera llegado a las últimas consecuencias, pues el resultado del enlace fue, a fin de cuentas, bastante negativo.

La Octava sinfonía de Beethoven (ya hablando de lo estrictamente musical), fue estrenada en una Academia el 27 de febrero de 1814 en la Redoutensaal del Palacio Imperial de Viena, donde también recibieron su primera interpretación el Terceto Op. 116, Tremate, empi, tremate, la Batalla de Wellington y la Séptima sinfonía. He aquí la reseña del concierto por parte de uno de los diarios más autorizados de la época, el Allgemeine Musikalische Zeitung: El más grande interés de los oyentes pareció estar centrado en el nuevo producto de la musa inspiradora de Beethoven, y la expectación provocó un ambiente tenso, por lo que –quizá- el aplauso no fue acompañado por aquel típico entusiasmo que distingue a una música que recibe su primera interpretación; en pocas palabras –como dicen los italianos- no causó furore. Este crítico opina que la razón no descansa de ninguna manera en lo débil o menor trabajo artístico; sino parcialmente en aquel malhadado juicio de programar esta Sinfonía (refiriéndose a la Octava), después de aquella en la mayor. Si la obra en cuestión fuera interpretada sola, no existiría duda de su gran éxito.

Cuarto movimiento de la Octava sinfonía

El grupo orquestal utilizado para esta ocasión fue de proporciones gigantescas, a diferencia de la cantidad de músicos solicitada de manera usual: 36 violines, 14 violas, 12 cellos, 17 contrabajos (¡!), con dos contrafagotes para aumentar la sección de alientos. Tal parece que, si llegaron a necesitarse tantos músicos en esta presentación, se debió a que eran absolutamente indispensables para la presentación de La batalla de Wellington (también conocida como Sinfonía de batalla). En resumen, ¿por qué señaló Beethoven que su Octava era una “Pequeña sinfonía”? En realidad, el comentario de Robert Schumann viene a cuento: “La Octava de Beethoven contiene un profundo humor”. Ello es, definitivamente, cierto, pero al escuchar la obra en su conjunto nos percatamos de las claras intenciones del autor por crear una Sinfonía de proporciones más “clásicas” que su portentosa Séptima sinfonía, con una “casi” total ausencia de elementos revolucionarios y un lenguaje orquestal poco “espectacular”. Schumann también aclaró (esto, treinta años después de estrenada la partitura) que en su segundo movimiento el oyente “puede ser satisfecho en un ambiente de tranquilidad y alegría”. Lo que es cierto con respecto a este movimiento es su historia durante muchos años secreta, y que tiene que ver con la invención de un simpático aparatito utilizado por los músicos para sus diarios repasos del ritmo frente a sus instrumentos: el famoso “metrónomo” inventado por el señor Mälzel, justo en los tiempos en los que Beethoven escribía su Octava. Así pues, el segundo tiempo de la Sinfonía no es otra cosa que un homenaje, sencillo pero exquisito, al inventor del metrónomo, que a muchos ha ayudado y que a otros nos saca de quicio con bastante frecuencia.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Ludwig van Beethoven: Sinfonía No. 8 en fa mayor Op. 93

Versión: Orquesta Filarmónica de Berlín. Herbert von Karajan, director.

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