LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)

24 Ago

Sinfonía No. 9 en re menor, Op. 125, Coral

  • Allegro ma non troppo, un poco maestoso
  • Molto vivace
  • Adagio molto e cantábile
  • Finale – Presto (con un coro final basado en la “Oda a la alegría” de Friedrich Schiller)

Para imaginar una terrible tragedia creativa basta remontarse al 7 de mayo de 1824 a la ciudad de Viena, noche en la que tuvo lugar el estreno mundial de la Novena sinfonía de Beethoven. El compositor, que contaba entonces con 53 años de edad, dirigió frenético a la orquesta y los coros de una de sus partituras más monumentales. Al terminar, se quedó totalmente quieto, con la cabeza baja y con algunos de sus cabellos ya con canas sobre la cara. Un violinista de la orquesta (Joseph Michael Böhm [1795-1876]) tuvo que acercarse a él y darle palmadas en la espalda para que se diera cuenta que el público reunido gritaba vítores en respuesta al impresionante discurso sonoro de su Novena. Beethoven no pudo escuchar las ovaciones pues estaba completamente sordo. Y las ironías de la vida son muy francas. Nos preguntamos: ¿cómo es posible que este hombre, sin contar desde hacía varios años con el sentido del oído, haya creado una pieza musical de tal perfección y en la que conjuga, por primera vez en la historia de la música (en una Sinfonía), a la orquesta sinfónica con una parte coral, con absoluta genialidad? Para esta parte coral la elección del músico fue por la Oda a la alegría de Friedrich Schiller (1759-1805) publicada en 1786 y que Beethoven tuvo la firme convicción de llevar al ámbito sonoro desde 1793. Pero sus planes se vieron truncados una y otra vez, por razones diversas. Hacia 1812 él concluyó, con pocos meses de diferencia, sus Sinfonías 7 y 8, pero tuvieron que pasar prácticamente doce años para que el genial compositor terminara de concebir aquel célebre y marmóreo monumento sonoro conocido como su Novena sinfonía.

Máscara mortuoria de Beethoven

En sus Cuadernos de conversaciones (mismos que Beethoven usó para comunicarse con sus visitas una vez que perdió el sentido del oído) de 1820, el músico escribió:

“He estado pensando durante algún tiempo en otras tres grandes obras. La mayoría ya está planeado; en mi cabeza existen dos grandes Sinfonías y un Oratorio. Pero eso tomará algún tiempo; verán ustedes, no ha sido sencillo para mí escribir algo. Me siento y pienso; he tenido las ideas durante largo tiempo pero se rehúsan a plasmarse en papel. Me siento atemorizado por comenzar obras tan grandes. Una vez que esté dentro de ellas todo estará bien…”

Durante el período que separa a las Sinfonías 7 y 8 de la número 9 Beethoven sólo escribió algunas piezas camerísticas, algunos “lieder” como An die ferne Geliebte y, quizá, la obra más importante de ese período: su Missa solemnis.

Siendo la última gran Sinfonía de este príncipe entre los compositores, la Novena es el resultado de todas sus experiencias vividas. En ella, no sólo describe el estado catastrófico del mundo, sino que pone en evidencia su lucha “faustiana” por crear esta partitura como un “Künstlerdrama” (“Artista del drama”) profundamente individual. Al concluir su Octava sinfonía, Beethoven quiso consagrarse por completo al dios del vino embriagándose a diario y así pensó en escribir una alegoría a Baco que, en el espíritu de los tiempos de la “Ilustración”, pudo haber sido asociada con ideales humanitarios. Lo que él estaba planeando en realidad era una pieza de teatro musical revolucionaria que agitara los cimientos del lenguaje sonoro convencional. Aunque durante mucho tiempo dudó de cómo dar vida a esa música. Mientras Beethoven estaba concibiendo su Sonata Hammerklavier en 1818 pensó en una Sinfonía en re menor que, en sus palabras, sería ideada así: “En el Adagio mito griego (…) en el Allegro fiesta de Baco”. El plan de una Novena sinfonía en su catálogo cristalizó después de muchos años basada en las ideas y los bosquejos de dicho proyecto de teatro musical.

En 1817 la idea de una Sinfonía ya estaba tomando formas concretas. “Himno Adagio – Canción piadosa en una sinfonía de moldes antiguos. Señor Dios, te alabamos –aleluya- ya sea por si mismo o como la introducción a una fuga. Probablemente se puede caracterizar por la entrada de las voces en el último movimiento o quizá desde el Adagio. Los violines de la orquesta se duplicarán en la última sección. O el Adagio será repetido en cierto modo en el segmento final, donde las voces entrarán una después de otra. En el Adagio, con texto de un mito griego –Himno eclesiástico- y en el Allegro fiesta báquica.”

Esta concepción del movimiento final demostró ser el punto de partida de la estructura total de la Sinfonía, un himno de alabanza que trascendiera las ataduras de la música instrumental pura y que presentara el elemento de la voz humana como medio expresivo. Dicho canto a la alegría no sólo surge antitético de la sección inicial de la obra, un Allegro que reflexiona sobre el caos del mundo y que -en la total desesperación del tema principal de su coda- prepara el camino para el segundo movimiento, un scherzo endemoniadamente embriagador y que contiene la evocación del movimiento lento y su retrato de ese estado de desesperación del orbe.

Parece que Beethoven no se esforzó mucho al romper las barreras entre los géneros vocal e instrumental en el cuarto y último movimiento de su Novena sinfonía. Aquí, el músico desea huir de un presente sin esperanzas buscando abrigo en un futuro utópico y hace una llamada de atención en contra de la resignación.

Con este magnífico cuarto movimiento coral y con todos los elementos que contiene la partitura (estrictamente musicales y de tintes más humanísticos, propiciados por el texto de Schiller), Beethoven nos legó una música que en todos los sentidos viene a ser la gran síntesis de su pensamiento, de su intensa lucha revolucionaria, la consecución de todos sus ideales que desafortunadamente ya no podía escuchar con sus propios oídos, pero que seguramente vibraban en todo su ser con fenomenal intensidad.

En esa noche del estreno de la Novena, con la proclama divina de Schiller de hermanar a todos los seres humanos por medio del simple acto de ser felices, Beethoven estaba ya condenado a morir pronto. Le quedaban tres años de vida durante los cuales se dio tiempo para escribir sus últimos Cuartetos para cuerdas. Estaba seriamente enfermo de cirrosis que, junto con una neumonía, lo llevaron a la muerte muy pronto. Pero dentro de todas esas ironías de la vida que hemos comentado -y que sabemos existen- la vida de Beethoven no pudo cerrarse tan sencillamente por una enfermedad física, como nunca se detuvo por la sordera. Quizá este hombre trascendió, y seguirá estando entre nosotros, por toda su música enérgica, majestuosa, dominante y dionisiaca, pero también por su voluntad de hacer escuchar a la humanidad un himno de esperanza, de alegría, paz y buena voluntad.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Ludwig van Beethoven: Sinfonía No. 9 en re menor Op. 125 “Coral”

Gundula Janowitz, soprano; Hilde Rössel-Majdan, contralto; Waldemar Kmentt, tenor; Walter Berry, bajo.

Orquesta Filarmónica de Berlín. Herbert von Karajan, director.

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2 comentarios to “LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)”

  1. Alex septiembre 24, 2010 a 1:41 pm #

    Excelentes reseñas, ojalá también nos presentarás un listado de las grabaciones que son tus favoritas o que recomendarías conseguir, saludos.

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    • redmayor septiembre 26, 2010 a 12:34 am #

      Estimado Alex: Has tenido una estupenda idea. Trataré de hacer el ejercicio de presentarles un listado de la discografía. Un abrazo

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