JOHANNES BRAHMS (1833-1897)

2 Dic

Primera sinfonía en do menor Op. 68

  • Un poco sostenuto – Allegro
  • Andante sostenuto
  • Un poco allegretto e grazioso
  • Adagio – Piu andante – Allegro non troppo, ma con brio

Brahms, con 14 años de edad

Ludwig van Beethoven murió seis años antes de que Brahms viera la primera luz. Sin embargo, la presencia beethoveniana era evidente para cualquier compositor que haya existido después del “sordo de Bonn”, y el caso de Brahms no fue la excepción. Desde muy joven, este músico dio muestras de su genio creador por medio de sus partituras pianísticas además de varias colecciones de lieder, gusto comprensible a partir de la enorme admiración que profesó por la música de Robert Schumann, quien fuera un campeón en dichos ámbitos. Pero tratándose del mundo sinfónico y de la música de cámara -especialmente los cuartetos para cuerdas-, se dice que Brahms sentía una enorme intimidación ante la espesa sombra ejercida por el legado de Beethoven. La muy honesta excusa que se cita del autor a este respecto fue: “No tiene usted idea cómo se siente la marcha de ese gigante a sus espaldas”. Entonces fue obvio que el acercamiento de Brahms a la textura sonora orquestal se tornara cauteloso, para así conseguir una lógica realmente sólida y significativa en esos terrenos.

Brahms en su juventud

En dicha exploración, Brahms se aventuró con dos piezas orquestales magnificas: sus Serenatas Op. 11 y Op. 16, que aunque en su diseño sinfónico requiere de una dotación parecida a la orquesta de Haydn o Mozart nos muestra un estilo muy fresco, pero que definitivamente no pudo inscribirse totalmente como sinfonía. En ese período, Brahms comentó a Clara Schumann que se encontraba escribiendo una nueva obra para orquesta, y que de ahí esperaba el surgimiento de su Primera sinfonía. El intento falló, y para no quedar tan mal con él mismo, empezó a transformar  la partitura en una obra concertante que dio lugar a su Primer concierto para piano en re menor -la misma tonalidad, por cierto, de la Novena sinfonía de Beethoven. Sin embargo, él tenía muy en secreto, desde 1862, algunos bosquejos para lo que “sonaba” a una sinfonía.

Robert y Clara Schumann. Decisivos en la madurez musical de Brahms (y quizá ella también le proporcionó otro tipo de madurez...)

Tan pronto tuvo en sus manos el primer movimiento completo se lo envió a su confidente, Clara Schumann, aunque los comentarios de ella -nada halagadores- llegaron a desanimarlo. El trabajo de Brahms continuó, y para tratar de convencer a su “musa inspiradora” le envió en una tarjeta de cumpleaños el fenomenal tema conferido al corno francés en el finale unos seis años después de mandarle las primeras páginas de su Sinfonía en progreso. Más aún, ocho años después visitó a Clara en su hogar, se sentó al piano y tocó de principio a fin la partitura de su flamante obra sinfónica. Pero algo era nuevo entonces para los oídos de la viuda de Schumann: la introducción del primer movimiento no era la misma que Brahms había escrito casi doce años antes, sino que ahora podía escucharse un pasaje impresionante, fastuoso y lleno de carácter, como lo conocemos en nuestros días. Brahms tenía ya cuarenta y tres años de edad. Por cierto, al referirnos a Beethoven y su “Sinfonía coral”, Hans von Büllow llegó a decir que la Primera de Brahms era la consecuencia lógica del pensamiento beethoveniano, por lo que la consideró: “la Décima de Beethoven”. Y muchos musicólogos han tomado ese argumento como válido, especialmente por el poderoso tema del Allegro non troppo del cuarto movimiento, que puede ser concomitante al tan famoso tema del último tiempo de la Novena de Beethoven que acompaña a la Oda a la alegría de Schiller.

La casa de Brahms en Hamburgo

Si hemos de encontrar otros paralelos entre estos dos compositores bien podemos escuchar el primer movimiento de la Primera de Brahms, con todo su fuerte drama, sentimiento de lucha y energía férrea. Este trozo puede encontrar algún antecedente en el primer tiempo (también férreo y emocionalmente devastador) de la Quinta sinfonía de Beethoven. Justamente en ambas partituras, el segundo movimiento resulta ser un catalizador de fuerzas que equilibra lirismo, pasión  y poderío, pero por la senda de la sencillez; así, los dos compositores nos llevan -de un segmento a otro- de lo dionisiaco a lo apolíneo. En el caso de la Sinfonía de Brahms, él echa mano del corno y un solo de violín para delinear con elegancia el carácter final de dicha sección. Por su parte, el tercer movimiento es como un momento de relajación en forma de intermezzo sin llegar al ambiente del típico scherzo sinfónico de la época romántica. Y qué decir del movimiento final. Por mucho que los entendidos quieran comparar a Brahms y Beethoven, en nuestro tiempo es evidente que aquella lucha intelectual que Brahms libraba es una victoria para el músico hamburgués con su enorme y triunfal afirmación sinfónica. La batalla emprendida por Brahms en el primer movimiento concluye con el grito heroico y descomunal del espíritu humano en el finale: la felicidad venció sobre todas las cosas, y ante todas las críticas. Con la Primera sinfonía de Brahms nació indudablemente uno de los más importantes sinfonistas europeos del Siglo XIX y, por mucho, de la historia de la música de concierto.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Johannes Brahms: Sinfonía No. 1 en do menor Op. 68

Versión: Orquesta Sinfónica de Chicago. Daniel Barenboim, director.

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