JOHANNES BRAHMS (1833-1897)

8 Dic

Sinfonía No. 2 en re mayor, Op. 73

  • Allegro non troppo
  • Adagio non troppo – L’istesso tempo, ma grazioso
  • Allegretto grazioso (quasi andantino) – Presto ma non assai
  • Allegro con spirito

A partir de los viajes, películas o libros turísticos, nos es posible hacer un saludable experimento: imagine que usted toma un tren en Alemania que lo lleva por diversas localidades pintorescas. De pronto, hay que bajar cerca del lago Wörth para disfrutar del paisaje de la pequeña localidad de Pörtschach. Lo que tenemos frente a nuestros ojos son nubes de alcances espectaculares, un cielo azul tan hermoso como inquietante, el contraste con el profundo verde de los bosques cercanos, montañas coronadas por nieves brillantes y -por supuesto- el lago cristalino y tranquilo.

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Postal de la localidad de Pörtschach y el lago Wörth, donde Brahms se inspiró para escribir su Segunda sinfonía (¿a poco usted no se inspiraría?)

Estamos seguros que al cerrar los ojos e imaginar ese paisaje majestuoso, cualquiera puede sentir en su mente un impulso musical que, de uno a otro, puede ser completamente distinto. Sin embargo, esas imágenes serenas, contemplativas y llenas de introspección fueron las que cautivaron en 1877 a Johannes Brahms  quien había viajado a ese lugar (no con la imaginación, claro está) para lograr concretar un deseo artístico que movía su espíritu, y que sólo podía culminar al abrigo de la naturaleza: deseaba escribir una nueva Sinfonía.

Es bien sabido que Brahms tuvo que invertir casi veinte años de su vida para elaborar su Primera sinfonía, sobre todo cuando la enorme y espesa sombra de Beethoven (1770-1827) se cernía sobre él. De cualquier manera, al salir victorioso de ese primer enfrentamiento con la forma sinfónica, la composición de su Segunda sinfonía resultó algo tan natural que la partitura estuvo lista en unos cuantos meses, durante un veraneo a orillas de aquel maravilloso lago Wörth.

El 30 de diciembre de ese 1877 tuvo lugar la primera presentación de la Segunda de Brahms con Hans Richter (1843-1916) a la batuta en Viena. Aunque el público recibió la Sinfonía con cierto gusto, no dejó de sorprender a más de uno el cambio –más sentimental que estético- de la música sinfónica de este autor. La severidad de la Primera sinfonía era sustituida en la Segunda con la más grande serenidad, que alcanza niveles apolíneos, como nunca Brahms llegó a delinear en obra alguna.

El crítico Eduard Hanslick (1825-1904) escribió: “La sangre de Mozart fluye por sus venas (en esta Sinfonía). Sus características esenciales pueden definirse mejor como alegre serenidad, varonil y amable a la vez, animada alternativamente por el buen humor y la seriedad reflexiva. En el primer movimiento nos vemos sumergidos en una ola de melodía, con la que descansamos refrescados por las reminiscencias de Mendelssohn”. No deja de ser curioso este comentario de parte de un personaje que, en su época, no sólo criticó a Brahms sino a todo lo que se ponía frente a sus oídos. Pero fueron otros músicos los que criticaron el plácido contenido de la Segunda de Brahms, como Tchaikovsky (1840-1893), quien no se tentó el corazón al hablar de Brahms como un “mediocre, caótico y vacío.” La verdad sea dicha, en cierto momento de su vida, Brahms se ganó a pulso esos comentarios, no precisamente por su música sino por algunas acciones viles que tuvo con varios colegas como Hugo Wolf (1860-1903), a quien criticó y despreció al grado de propiciarle un empujoncito al manicomio, lo que también ocurrió con otro joven compositor: Hans Rott (1858-1884). Nadie podría responsabilizar a Brahms de que uno quisiera suicidarse a causa de la psicosis provocada por la sífilis (Wolf) y que el otro (Rott) sufriera alucinaciones en un tren que –pensaba- había sido llenado de dinamita por… ¡Brahms!, y terminara su vida a los 25 años de edad en un psiquiátrico con depresión profunda, delirios de persecución y tuberculosis.

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Brahms en sus años mozuelos

Pero tampoco es nuestra intención ensombrecer el sol radiante que brilla ante nosotros en el primer movimiento de la Sinfonía. Aun así, el propio Brahms bien sabía que hasta en un día esplendoroso existen momentos sombríos y la serenidad del campo puede tornarse trágica como puede palparse en el desarrollo de esta sección.

Aunque esa sensación bucólica prevalece, en el segundo movimiento hay una gran carga de misterio que parece disiparse con la sección siguiente, con su esencia entre serenata e intermezzo, guiada, de inicio, por la voz del oboe. El final de la Sinfonía abre con una suerte de merodeo nocturno por el bosque hasta que repentinamente estalla en un carácter de danza extrovertido, muy cercano al espíritu de Haydn (1732-1809) pero con un rugido victorioso que nos sugiere a Beethoven.

La Segunda sinfonía de Brahms es un extraordinario ejemplo de orquestación perfecta, melodías de gran belleza y construcción genial. Basta decir que el autor empleó la tuba por única vez en su vida para esta partitura lo cual le da un toque de brillantez a la sección de metales sobre todo en el final, donde Brahms escribió una de las más hermosas codas de toda la literatura sinfónica y que dejó una huella clarísima en su admirador Antonín Dvořák (1841-1904) al escribir su Obertura Carnaval en 1891 y, más aún, en su Sexta sinfonía (1880).

Gracias a sus características, esta partitura ha sido definida por los oyentes como la “Pastoral” de Brahms, aunque ese mote podría ser ocioso al querer compararla con la Sexta sinfonía (1808) de Beethoven. Si debemos encontrar un símil pastoral para esta Sinfonía, basta volver la mirada a una partitura que el propio Brahms concibió un año más tarde exactamente en el mismo lago Wörth: su Concierto para violín Op. 77.

Aunque siempre es importante saber el contenido de la música, más que nada como guía para una disfrutable audición, le recomiendo que ahora deje de leer y se disponga a escuchar esta Sinfonía de Brahms poniendo en práctica el ejercicio mental que citamos al principio. Cierre los ojos y disfrute.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Johannes Brahms: Sinfonía No. 2 en re mayor Op. 73

Versión: Orquesta Filarmónica de Berlín. Sir Simon Rattle, director.

Descarga de la partitura en formato PDF por movimientos:

Primer movimiento / Segundo movimiento / Tercer movimiento / Cuarto movimiento

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