Archive | febrero, 2011

RICHARD WAGNER (1813-1883)

28 Feb

Obertura de la ópera Rienzi

De las primeras tres óperas que Wagner escribió en su vida, únicamente Rienzi es la que merece un comentario aparte frente a los fracasos de Las hadas –sobre un texto de Gozzi- y Das Liebesverbot –sobre una pieza de Shakespeare. Seguramente ello se debe a que sus primeras creaciones eran producto de un alma demasiado ingenua en el ámbito artístico, y no llegaron a despuntar como muchas otras de sus creaciones, desde Tannhäuser hasta Tristán e Isolda, de Los maestros cantores de Nuremberg hasta el impresionante Anillo de los Nibelungos. El caso es que Wagner terminó de escribir su ópera Rienzi en 1840, época en la que se encontraba viviendo en París, intentando sobresalir entre un grupo de distinguidos artistas que dominaban la escena de una de las grandes capitales del arte en el orbe.

Richard Wagner

Ya desde el momento de su concepción, Rienzi significó para Wagner ese primer anhelo de crear la verdadera ópera alemana, dirigida sin cortapisas al pueblo germano, tendencia artística que, si bien encontró resonancia en El cazador furtivo de Weber, a la muerte de ese compositor no había quien diera verdadero sentido a la ópera en idioma alemán. Giacomo Meyerbeer era en París una figura respetadísima especialmente por sus óperas Roberto el diablo y Los hugonotes. Así pues, con esos antecedentes, Wagner pensó en basar su inspiración en aquella de Meyerbeer, combinándola con algunas otras influencias de Spontini y Auber. El caso es que el entonces joven compositor estaba aún muy fresco para enfrentarse a los grandes proyectos, por lo cual Rienzi no fue una pieza perfecta, redonda, que pudiera considerarse por lo interesante de su libreto o lo imponente de su escritura sonora. Para ese añorado salto a la fama, Wagner tomó una famosa novela de la época, Colas Rienzi del inglés Edward Bulwer-Lytton, sobre la que el mismo compositor se dio a la tarea de confeccionar un libreto. Lo que llegó a intimidar un poco al músico fue que no contaba ni con grandes apoyos económicos y mucho menos con protectores o mecenas que le permitieran presentar su nueva ópera. Por ello, y con París dominado totalmente por el gran Meyerbeer, fue que decidió proponer su Rienzi en Dresden, donde fue inmediatamente aceptada. El 20 de octubre de 1842 Rienzi fue representada por primera vez en la casa de ópera de dicha ciudad, con un elenco de ensueño y una producción digna de lo que en el siglo XX se pudo haber llamado “una superproducción”. Para suerte de Wagner, esta obra constituyó un éxito impresionante, y todos quedaron contentos. Sin embargo, Wagner no se percató totalmente que después del estreno de su opera ésta sería vista con malos ojos por su trasfondo político situado en Roma en el siglo XIV. Explica Ángel Fernando Mayo: “Rienzi es un demagogo mesocrático y nacionalista imbuido de la confusa ideología libertaria difundida en Europa por los ejércitos de Bonaparte. Rienzi, megalómano e histriónico, es hombre de orden. Reniega de reyes –rechaza proclamarse rey de Roma- y tiranos –combate a muerte a la brutal aristocracia romana-; pero cree en un Dios justo y omnipotente, se considera su elegido, respeta y teme a la iglesia, y tiene una visión de la organización política nostálgica de los remotos fastos del Imperio. (…) Cuando el plebeyo Rienzi se toma demasiado en serio el papel de ‘Duce’, es fulminado por el anatema. Las mismas masas que ayer le vitoreaban lo asesinan despiadadamente. Y los nobles, que han pactado con la iglesia, apalean de nuevo al pueblo degenerado en chusma criminal.”

Wagner

El éxito artístico de Rienzi llegó a los oídos de Meyerbeer, quien señaló que nunca había visto un libreto tan imaginativo y con tan perfecta estructura como el que Wagner escribió para esta ópera. Sin embargo, los comentarios de este compositor y de los entendidos de la época sobre la música de Rienzi son inexistentes debido a que, por muchas batallas, fanfarrias, cortejos y escenas espectaculares que puedan verse en ella, la música adolece de algún toque verdaderamente genial. En términos generales, la mejor música orquestal de la ópera completa es, simplemente, la Obertura. Ésta comienza con un toque de trompeta que a lo largo de Rienzi es reconocido como el llamado a la revuelta, a las armas. Posteriormente aparece una sección lenta que es una cita de la plegaria de Rienzi en el tercer acto. En una transición se vuelve a escuchar el toque de trompeta acompañado de los trémolos en las cuerdas, y lo cual nos lleva a un estallido orquestal que es una afirmación del primer tema escuchado en la Obertura. Esta sección es el tema del pueblo entero que clama libertad (“Gegruesst sei hoher Tag!”), escuchado al final del acto primero, lo cual se combina con el himno de batalla de Rienzi (“Sancto spirito cavaliere”), interpretado por los metales. La Obertura cierra con una condensación de todos los temas anteriores, junto con la melodía que cantan la hija de Rienzi y su amante en el segundo acto y el himno de batalla a manera de una coda brillante. Por mucho que sólo la Obertura de esta ópera sea lo más relevante (musicalmente hablando) de Rienzi, Ángel Fernando Mayo concluye su comentario al respecto diciendo que: “esa manifiesta debilidad permite descubrir al hombre de teatro nato y ya experimentado, pese a su juventud, que era Wagner.”

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Richard Wagner: Obertura a Rienzi

Versión: Orquesta Filarmónica de Viena. Sir Georg Solti, director

GEORGES BIZET (1838-1875)

20 Feb

Sinfonía en do mayor

  • Allegro vivo
  • Adagio
  • Allegro vivace; trío
  • Allegro vivace

A Fernando Martínez… escuchándote un viernes por la tarde

Georges Bizet

Quizá a usted, estimado lector, le haya ocurrido alguna vez, mientras recibía su educación en cualquier tipo de escuela, que al solicitársele una tarea y encontrar que ésta tenía gran parecido a lo que el profesor había dicho en la materia o bien al trabajo presentado por el compañero o compañera del pupitre de junto, usted sentía que el maestro y todos los alumnos lo condenarían por “copión”. Seguramente la forma más sencilla de quitarse esos comentarios de encima era esconder el trabajo a presentar y volverlo a hacer, o probablemente hacerse el occiso y decirle al “profe” que su abuelita se murió y que no pudo terminar el trabajo. Estoy seguro de que hasta los alumnos más aplicados tuvieron que pasar por este momento vergonzoso, pero que es más que nada la carencia de ímpetu como para afirmar muy seguro, frente a los compañeros: “si, así lo escribí, y sí se parece al de junto ni modo, ¡qué tiene!!??”.

Este recuerdo de los tiempos escolares viene a cuento con la obra de Bizet que escucharemos hoy – no se vaya a creer que enloquecí más de lo que ya estoy -, pues al famoso compositor francés, célebre por su ópera Carmen le ocurrió ese síndrome de “mieditis al fracasitis” que muchos tenemos de vez en cuando. Resultó que Bizet, siendo alumno de la cátedra de composición del eminente Charles Gounod en el Conservatorio de París, recibió la consigna de su maestro para escribir una obra como ejercicio.

El joven Bizet tenía únicamente 17 años de edad, y al poner manos y lápiz en el papel pautado sus ideas fueron impresas con gran facilidad y de manera vertiginosa. Pero, la terrible desventaja fue que optó por la forma sinfonía para su deber escolar, en una estructura de cuatro movimientos y con la tonalidad do mayor. Si, querido lector, fue una terrible decisión pues el Maestro Gounod había escrito poco tiempo antes su Primera sinfonía, con el mismo número de movimientos y, ¡oh, cielos!, en la misma tonalidad.

El pánico de Bizet fue tal que decidió guardar bajo piedra y lodo su partitura, sin siquiera hacer referencia a ella en lo que restaba de su vida (la Sinfonía la escribió en 1855 y él falleció 20 años después -!!!-). Y la “mieditis” del joven compositor no sólo residía en el “qué dirán” por parte de las autoridades y alumnos del Conservatorio, sino que estaba consciente del enorme éxito que su profesor tenía en la escena musical francesa – particularmente la parisina -; ese pudo haber sido el mayor riesgo.

Caricatura de Bizet

Pero lo que Bizet tan celosamente guardó y cuya existencia negó a todo el mundo, fue encontrado en los archivos del Conservatorio de París por D.C. Parker, quien inmediatamente llevó el manuscrito al director de orquesta Felix Weingartner para que la juvenil pieza fuera resucitada (o bien, cobrara vida, pues nunca vio la luz).

De tal suerte que Weingartner estrenó la Sinfonía en do mayor de Bizet tan sólo setenta y cinco años después de que fue concebida (casi nada, ¿no?), el 25 de febrero de 1935 en Basilea, Suiza. Así, el mundo de los sonidos pudo recuperar una obra, si bien “inocente”, de gran valor artístico, con una raíz muy profunda en el clasicismo de las sinfonías de Haydn, Mozart y Beethoven con algunos tintes de la música de Schubert, con la influencia – como buen condimento – de las líneas melódicas y armónicas de Mendelssohn y Schumann. Cierto es el comentario que el musicólogo David Ewen hizo de esta “música de indudable encanto, inundada por el cálido sol del Mediterráneo”.

En ese sentido, sólo hace falta escuchar la obra para dejarse llevar por un impulso tan juvenil y precioso como lo vibrante en los ojos de un adolescente, o como la risa de un niño en plena invención de la más fascinante aventura.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Georges Bizet: Sinfonía en do

Versión: Orquesta del Centro Nacional de las Artes de Ottawa, Canadá. Eduardo Mata, director.

GEORGE GERSHWIN (1898-1937)

14 Feb

Rapsodia in blue

La historia del arte occidental ha dado testimonio de la existencia de un hombre que, al parecer, nunca estuvo totalmente consciente de sus capacidades artísticas, un hombre que ha sido colocado en un privilegiado lugar como uno de los más destacados melodistas junto a –nada más ni nada menos- que Tchaikovsky. Me refiero al estadounidense George Gershwin. Desde pequeño, en su natal Brooklyn, Gershwin se admiraba con las pianolas que veía en las tiendas de música y, aunque su familia era de pocos recursos materiales, un buen día se decidió a conseguir trabajo en una editora musical, con tal de estar en contacto con el arte de los sonidos ordenados. Gershwin comenzó a ser reconocido como un extraordinario improvisador al piano y produjo sus primeras canciones cuando contaba con 21 años de edad. Ira, su hermano, fue un gran colaborador de toda la vida, proporcionándole la letra de muchas de las canciones que produjo George (en su catálogo se cuentan más de quinientas).

Gershwin

En la década de 1920 Gershwin marchó, con poco dinero pero con bastante ilusión, hacia París, para encontrarse con uno de sus héroes y solicitarle una que otra clase particular. Por supuesto, la fama de Gerhswin como pianista de jazz e improvisador ya había trascendido el Océano Atlántico. Aquel “héroe” al que me refiero era Maurice Ravel. Dicen por ahí que el encuentro del aún veinteañero Gershwin con el famoso autor de Dafnís y Cloé fue muy impactante, pero que al salir a la plática la solicitud de unas “leccioncitas” Ravel (muy propio y elegante como era) soltó tremenda carcajada y pronunció la hoy famosa frase: “¿Para qué quiere ser un Ravel de segunda si usted ya es un Gershwin de primera?” Imagínese nada más… Cierto es que las dotes pianísticas de este hombre eran fabulosas. Pero al ofrecérsele la oportunidad de presentarse “en sociedad” como un compositor “serio” a Gershwin le entró el pánico escénico. Era 1924 y la célebre Banda de jazz de Paul Whiteman le pidió una obra a Gershwin con piano solista y grupo de jazz. Ahí surgió la idea de componer la Rapsodia in blue. El autor no tuvo ningún problema para concebir la parte pianística, pero… ¿y el acompañamiento? El breve encuentro con Ravel no le permitió al joven ponerse en contacto con los secretos de la paleta orquestal, por lo que sinceramente no se sintió con los tamaños para realizarla. Se dice que entonces corrió al departamento de un colega, Ferde Grofé (el autor de la Suite de El Gran Cañón) para pedirle que “rapidito y sin chistar” le hiciera la orquestación de su Rapsodia, pero “de volada”, pues el estreno sería ¡tres días después!

Ira y George Gershwin, en una caricatura del estupendo artista Albert Hirschfeld

También dicen que Grofé tuvo lista la instrumentación a la mañana siguiente de que Gershwin le entregara el manuscrito, y todo estuvo listo para que la noche del 12 de febrero de 1924 se escuchara por vez primera la Rapsodia in blue con la banda de Whiteman y Gershwin en la parte solista, en la Aeolian Hall de Nueva York. Un poco más enterado del arte de la orquestación Gershwin realizó la instrumentación que hoy se conoce más de la obra un par de años más tarde. Seguramente usted, fino lector, estará intrigado del por qué me he referido a esta partitura líneas arriba como Rapsodia in blue, si todos parecemos conocerla en español como Rapsodia en azul. Bien, quizá aquí exista una deformación en la traducción literal de este nombre; algún musicólogo citó en un grueso diccionario que “se piensa que (el título) se refiere al blues central de la partitura y no es así, sino un intento de asociar sonidos y colores…” Siento informarle que aunque sea un especialista quien afirmó lo anterior está completamente equivocado. En las propias palabras de Gershwin habita la razón: “es, más que nada, una evocación a ‘estar blue’.” Es decir, blue –en inglés- no sólo se refiere al color azul, sino que se utiliza coloquialmente para decir que alguien está “triste o melancólico”. De hecho, el blues como género tiene ese sentimiento como una de sus bases primordiales. ¡Ajá! A eso se refiere el título de esta obra: ¿acaso no nos suena sensual pero melancólico el solo de clarinete que abre la pieza?

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

George Gershwin: Rapsodia in blue

Versión: André Previn, piano y director. Orquesta Sinfónica de Londres.

El pianista, compositor (y galán) George Gershwin

A %d blogueros les gusta esto: