Archivo | marzo, 2011

GEORGE FRIDERIC HANDEL (1685-1759)

27 Mar

Música acuática, suite orquestal

A Mark Wigglesworth, mi “briton” favorito, e hincha del Manchester United, cual debe de ser.

George Frideric Handel

¡Ah, el río Támesis! Aquel río que atraviesa de punta a punta la ciudad de Londres, y desde donde se pueden ver en perspectiva (dependiendo el punto que uno elija) la Catedral de San Pablo, el célebre Big Ben y sus Casas del Parlamento y (en una sección un poco sinuosa) la famosa Tower Bridge. Este río que, como el Sena parisino, le da un toque de distinción a la capital inglesa, ha vivido desde tiempos ancestrales guerras, festejos, hambres y pestes, glamour y distinción. Desde las antiguas embarcaciones hasta las movidas a vapor que lo surcan. Emocionante fue, sin duda, ser partícipe del festejo por la entrada del año 2000, en el que la reina de Inglaterra prendió una llama justo abajo de la Tower Bridge y que ésta se propagó por todo el Támesis, como queriendo iluminar uno de los máximos símbolos ingleses.

Pues el Támesis es de capital importancia para los origines de la obra que abre este concierto. Hay que remontarnos al año 1717, y basta imaginar una de las señoriales celebraciones que organizó la casa real. El escenario de tan digno evento fue el magnífico y mencionado río, a lo largo del cual se llevaría a cabo una especie de desfile acuático con toda la pompa, ceremonia y boato que merecía la familia real. Lo interesante de este asunto es que los miembros de la corona, acompañados por una buena cantidad de nobles, surcaron el Támesis en embarcaciones lujosísimas, y para dar realce a tan ociosa actividad el rey Jorge I optó por solicitarle al compositor más famoso en la Inglaterra de aquellos tiempos, Handel, que compusiera una música bien bonita para acompañar la travesía real. Y así fue: la procesión era acompañada con toda fidelidad por una embarcación que transportaba a una orquesta de medianas dimensiones, y que era dirigida por “Mr. Handel”; la obra, como era de esperarse, era una suite de danzas, aires y fanfarrias que recibió la denominación perfecta de Música acuática. La belleza de la música de Handel, y seguramente lo tardado de la travesía de un punto a otro del Támesis (con la tecnología naviera del siglo XVIII), hizo que el rey Jorge le pidiera a Handel que repitiera la interpretación. Y así lo hizo …¡pero un total de tres veces! Muchas historias y leyendas medio torcidas informan que fue esta Música acuática de Handel la que propició una reconciliación entre el rey y el músico, pues habianse repudiado en algún momento de la vida. Todo se remonta a la época en que Jorge I era el Elector de Hanover y Handel (*) el kapellmeister a su servicio. Resulta que Handel ya era bien apreciado en Inglaterra y pasaba enormes períodos en Londres, olvidando sus obligaciones con quien puntualmente pagaba sus gastos en Alemania. Entonces, el Elector montó el cólera y no quiso volver a saber nada del aventurado compositor. Pero ¡la vida nos da sorpresas!: resultó que poco tiempo después de la rabieta del ilustre alemán, éste ascendió al trono en Inglaterra como Jorge I, y dio ordenes explícitas en la corte que el rechoncho y feliz Handel jamás pusiera un pie en su palacio. Los chismosos afirman que fue gracias a la Música acuática que este músico regresó al servicio de su antiguo patrón. Para ser más exactos, todo lo anterior parecen pamplinas, y le explicaré por qué: Si Jorge I ascendió al trono inglés en 1714  y la mentada Música acuática data de 1717, y algunos datos importantes nos hacen saber que Handel ya llevaba algún tiempo escribiendo para la casa real, entonces no podemos imaginar cómo el rey tenía a su servicio a un hombre que no quería ver ni en pintura. Y para muestra, están las obras que compuso como servicio a la corona.

Una vista del Támesis desde el South Bank

El caso es que en aquel festejo acuático de 1717 el rey y su familia se la pasaron la mar de bien (¿o debería decir, “el río de bien”?), Handel estuvo muy halagado repitiendo tres veces su larga partitura, y el evento quedó en la memoria de los ingleses como uno de verdadera importancia. Hacia 1741 se publicó el manuscrito de la Música acuática que contenía un total de 25 números musicales, de los cuales únicamente algunos fueron escritos para la fiesta en el Támesis y los demás aparecieron posteriormente, pero Handel pensó que hacían justicia a su obra ya terminada y tan celebrada por el monarca. Sin embargo, los fragmentos más famosos de esta Suite son su Obertura, totalmente escrita a la francesa, el Aire que está imbuido en el ambiente de una canción folklórica inglesa (y que -mucho ojo- puede perder toda su melancolía y elegancia si es interpretada en tempo “andante”; tal parece que lo que mejor le viene a esta pieza es un “quasi adagio”. ¿Puede imaginarlo?), además de una Bourée y la muy deliciosa y famosa Hornpipe (rúbrica, por cierto, de un legendario programa televisivo de Luis Spota en los años setentas y ochentas). Igualmente, el Final es una recapitulación de los sentimientos ceremoniosos expuestos en la Obertura, con toques de trompetas y una majestuosidad que sólo Handel (y, para mi gusto, también lo pudo haber hecho Rameau) podía conseguir con tan perfecta factura.

Hoy día puede escucharse la versión original, que ha sido rescatada por musicólogos y los intérpretes que utilizan el término sangrón y un poco ambiguo de “instrumentos originales”. Sin embargo, la versión orquestal con la interpretación moderna que más se ha difundido en el Reino Unido y, por ende, en muchas partes del mundo, es la de Sir Hamilton Harty, quien supo entender el discurso handeliano, como en su momento también lo transformaran otros músicos ingleses como Sir Henry Wood, Malcolm Sargent y Leopold Stokowski, quien llevó al mundo del disco su muy particular versión del Mesías “en technicolor”.

El autor de la nota, también desde el South Bank

El Támesis, Handel, la familia real …¡qué tiempos aquellos! Hoy día este humilde redactor sólo puede recordar el Támesis a través de imágenes salpicadas de momentos hermosos ahí vividos: un video que muestra un paseo por el río, pero al son del tercer movimiento de la Sinfonía italiana de Mendelssohn (curioso, ¿no cree?); las innumerables veces que he tenido que cruzarlo, sobre todo en el puente que conecta a la estación de metro y trenes Charing Cross para llegar al South Bank Centre (máximo -y horroroso- centro cultural londinense), algunas con abrigo a cuestas y otras con ropas bastante ligeras; un paseo que me invitaron a dar en un yate, con recepción de champaña y todo lo demás, y en el que un potentado directivo de la industria discográfica inglesa, Michael Letchford, me iba explicando de arriba abajo los edificios que podían verse desde nuestro nada modesto bote; también recuerdo la melancolía y soledad de un frío y nublado día de diciembre, donde -en un puente sobre el río- pasé varias horas viendo al infinito y a las gaviotas que pasaban por encima de mi cabeza, y escuchando cada quince minutos las potentes campanadas del Big Ben. Y, sin afán de sangronada, debo mencionar para finalizar aquel beso maravilloso que me robaron en ese mismo puente diez años después del día nublado y triste, de parte de una persona con quien yo hubiera querido envejecer. Todo ello, y el recuerdo de las fiestas en el Támesis, y que desde ese río puede verse claramente la fachada de la casa donde Handel pasó una buena parte de su vida, me ha llevado a solicitar a mis allegados que, al momento de mi desaparición física, lancen mis cenizas desde aquel puente que yo llamo “del beso robado”, para intentar ser parte de aquella ciudad que tanto adoro. Claro, con ello no pretendo hacerme famoso como Handel y su música para un festín acuático…

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

(*).- En esa época era conocido como “Händel”, pues hay que recordar que desde que se mudó a Inglaterra y permaneció hasta el final de sus días como “anglófilo” desmedido, tuvo a bien cambiar la forma de firmar -y pronunciar- su nombre, que quedó como en realidad debe llamársele por petición expresa del compositor: George Frideric Handel, en lugar del original alemán Georg Friedrich Händel.

Descarga disponible:

George Frideric Handel: Música acuática (Versión completa)

Versión: The English Concert. Trevor Pinnock, director

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OTTORINO RESPIGHI (1879-1936)

21 Mar

Pinos de Roma

  • Pinos de la Villa Borghese
  • Pinos cerca de una catacumba
  • Pinos del Gianicolo
  • Pinos de la Via Appia

Los pinos en la Villa Borghese de Roma (“suenan” mejor de lo que lucen, la verdad…)

Uno de los máximos atributos de la música del italiano Ottorino Respighi reside en sus impresionantes orquestaciones, producto no sólo de su genialidad sino de los consejos y enseñanzas que le legara Nikolai Rimsky-Kórsakov (1844-1908) en el tiempo que fue su profesor en el Conservatorio de San Petersburgo. Las claras muestras de aquellas opulentas orquestaciones se encuentran en el tríptico que Respighi dedicó a la ciudad de Roma como un intenso homenaje a algunas de sus particularidades, consecuencia del cariño y respeto que Respighi tenía por su “ciudad adoptiva” (recordemos que él nació en la pintoresca ciudad de Bologna). Cualquier alma sensible que visite Roma se queda prendada de la magnificencia de sus monumentos, de la cantidad de historia aún viva que se respira al caminar por sus calles, las vistas mágicas que se pueden tener de los Foros romanos, el Coliseo, el Castel Sant’Angelo, la Basílica de San Pedro y otras cosas peculiares de la ciudad como el insoportable ruido producido por las motocicletas o las impresionantes parvadas de golondrinas que vuelan hacia los árboles de las Termas de Dioclesiano al atardecer. Como se mencionó líneas arriba, el tríptico de poemas sinfónicos de Respighi está formado por Las fuentes de Roma (1916), Fiestas romanas (1928) Los pinos de Roma (1924). En ellos encontramos una capacidad colorística que raya en lo inmensamente pictórico, muy a la manera de Richard Strauss (1864-1949) o Claude Debussy (1862-1918), con una concisión de pensamiento también admirable. Ocho años después de haber escrito Las fuentes de Roma, Respighi decidió retomar el tema “romano” pero ahora los protagonistas serían los muy curiosos pinos que dan vida y oxígeno a tal ciudad. Y digo “curiosos” pues si usted cree que los pinos romanos son iguales que aquellos que adornan cuanta casa en épocas navideñas está usted equivocado. Los pinos en Italia tienen troncos larguísimos y copas achatadas y realmente poco atractivas. Pero… si usted escucha la música de Respighi con atención se dará cuenta de que no es tanto la música inspirada en un simple árbol, sino en su entorno.

El mismo compositor ofrece una explicación de cada uno de los movimientos en su partitura:

1.- Pinos de la Villa Borghese

Niños juegan alrededor de los pinos de la Villa Borghese; bailan en círculos, juegan a ser soldados, marchando y luchando, vienen y van en bandadas. De pronto, la escena cambia y…

2.- Pinos cercanos a una catacumba

… vemos las sombras de los pinos que enmarcan la entrada a una catacumba. De las profundidades emerge el sonido de un salmo fúnebre, flotando por el aire como un himno solemne, y que gradual y misteriosamente se va dispersando.

3.- Pinos del Gianicolo

El aire se estremece: Los pinos del Gianicolo pueden verse delineados por la clara luz de la luna llena. Un ruiseñor canta.

4.- Pinos de la Via Appia.

Amanecer nebuloso en la Via Appia: los pinos solitarios son guardianes del mágico paisaje; se escucha el ritmo insistente de innumerables pasos. El poeta tiene una fantástica visión de glorias pasadas: trompetas suenan y, en la brillantez del nuevo sol radiante, un ejército consular se aproxima poco a poco a la Vía sagrada, dirigiéndose triunfante hacia el Capitolio.

Ottorino Respighi

La partitura recibió su estreno el 14 de diciembre de 1924 en la Sala del Augusteo en Roma bajo la dirección de Bernardino Molinari, época en la que Respighi prestaba sus servicios en el Conservatorio de Santa Cecilia. El autor llegó a decir antes del estreno que “el público susurrará y lanzará abucheos de desaprobación en la primera parte de la obra”. Y su boca estuvo llena de razón… pero el suntuoso final volcó al público en una sonora ovación.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Ottorino Respighi: Pinos de Roma

Versión: Orquesta de Filadelfia. Eugene Ormandy, director

RALPH VAUGHAN WILLIAMS (1872-1958)

21 Mar

Suite aristofánica Las avispas

  • Obertura
  • Entreacto
  • Marcha a través de los utensilios de cocina
  • Entreacto
  • Ballet y Cuadro final

Vaughan Williams y su gato Foxy

El famoso (y para muchos, impronunciable) nombre de Ralph Vaughan Williams [*] ha estado muy ligado en muchas partes del mundo con su producción sinfónica. De hecho, algunas de las obras más escuchadas y/o interpretadas en los conciertos incluyen la Sinfonía Antártica (No. 7), o Una sinfonía de Londres (No. 2), además de piezas como la Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis, El ascenso de la alondra para violín y orquesta y la harto gustada Fantasía sobre la canción folklórica inglesa Greensleeves. Cierto es también que una de las piezas orquestales básicas de Vaughan Williams en el repertorio de toda buena agrupación sinfónica (sobre todo las del Reino Unido) es la Obertura Las avispas, una partitura de características chispeantes, hiperactiva en su ritmo y deliciosa por su contenido enraizado en la mejor tradición de las canciones populares inglesas. Sin embargo, si usted se percata por el encabezado de la presente nota encontrará que hago referencia al nombre de la Obertura como parte de una Suite Aristofánica de nombre Las avispas. Ese factor nos remite a indagar más allá de una simple pieza orquestal y desenmarañar sus orígenes. En primer lugar, lo Aristofánico de la Suite se refiere a Aristófanes, quien (según el “tumba burros”) fue un poeta cómico griego, nacido en Atenas y quien vivió -probablemente- entre los años 445 y 386 A.C. Sus obras incluyen sátiras políticas y literarias y algunos de sus títulos son: Las nubes, Lisistrata, Las aves, Las ranas, La paz, La asamblea de las mujeres y… Las avispas.

Efectivamente, Las avispas de Aristófanes es una comedia satírica que invita al solaz tanto en la lectura como en cualquier representación teatral; y fue en 1909 que Vaughan Williams recibió la solicitud para escribir la música incidental para Las avispas, a ser montada por un grupo de pre-graduados de la Universidad de Cambridge. Aquí vale la pena detenernos por un instante, para señalar que Vaughan Williams no sólo escribió música orquestal: su primera música dedicada al teatro data de 1905, Pan’s Anniversary, que hoy día está extraviada; igualmente este hombre mostró diversos intereses al componer tres ballets (Old King Cole, On Christmas Night y Job), además de incursionar en la música cinematográfica escribiendo partituras para ocho películas (una de las cuales, Scott of the Antarctic, fue el germen de la Sinfonía No. 7), y también algunas contribuciones a música para la televisión y la radio inglesas.

Vaughan Williams

Regresando al asunto de la Suite Aristofánica de Vaughan Williams, el más autorizado estudioso de este autor inglés, Michael Kennedy, afirma: “(Esta obra) pertenece en espíritu al Cambridge eduardiano y aquellos días solaces en los que la vida parecía ser, en retrospectiva, idílica. La Suite es un fino ejemplo de música ligera y porta las características del período de estudios de Vaughan Williams con Ravel, quien no sólo pulió las orquestaciones de su alumno sino que lo introdujo en la colorida música rusa de Borodin y Rimski-Korsakov, como lo muestra la Obertura de la Suite (aunque su gran melodía central es tan inglesa como lo es la Catedral de Ely).”

La Obertura de Las avispas está llena de encanto y también intenta retomar (con gran acierto) mucho del humor inherente a la pieza teatral de Aristófanes. Basta escuchar los primeros compases de ésta, después de los unos acordes de alerta, puede escucharse en las cuerdas y los metales un efecto parecido al del vuelo sobre nuestras cabezas de un avispero. Ponga atención y verá que no estoy tan errado. Y el humor también está presente en la Suite en sus otras cuatro secciones: dos Entreactos, una Marcha a través de los utensilios de cocina (¡nada más imagíneselo usted!), un brevísimo Ballet y el Cuadro final.

[*] En buen inglés “de Inglaterra” el nombre de este compositor debe pronunciarse así: Reif Foghn Güilliams. Puede resultar más sencillo para nosotros pronunciarlo que a cualquier inglés decir Nezahualcóyotl o Quetzalcóatl. Pero ¿por qué “Reif”? Ni los ingleses saben…

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Ralph Vaughan Williams: Suite Aristofánica Las avispas

Versión: Orquesta Filarmónica de Londres. Sir Adrian Boult, director.

IN MEMORIAM RITA GUERRERO

13 Mar

Ensamble Galileo (izq. a der.: Alejandro Tello, Manuel Mejía, Rita Guerrero, Leonel Pérez)

 Programa de Música en Red Mayor transmitido el sábado 12 de marzo de 2011, recordando a Rita.

Música en Red Mayor / In Memoriam Rita Guerrero

GEORGES ENESCO (1881-1995)

13 Mar

Rapsodia rumana en la mayor No. 1 Op. 11

Georges Enesco (o “Enescu”, como realmente es su apellido original)

Enesco fue descrito por el célebre violoncellista Pablo Casals como “el más grande músico desde la época de Mozart”. Y es por muchas cosas que Enesco se le recuerda y considera como uno de los más carismáticos compositores e intérpretes de Rumania. La fama que muy pronto obtuvo Enesco estuvo fincada en su extraordinaria memoria que atesoró, de oído, una buena cantidad de obras de los períodos clásico y romántico y que podía recitar de memoria sin ningún problema. Tan talentoso era que a los siete años de edad fue admitido en el Conservatorio de Viena para estudiar violín, aunque su meta original (desde tan temprana edad) fue ser compositor. Pero el talento exacerbado de este muchacho lo llevaría muy pronto a engrosar las filas del Conservatorio de París, donde estuvo bajo la guía experta de Gabriel Fauré y Jules Massenet. Con éste último entro en contacto gracias a que el joven de entonces 17 años de edad presenció una función de la ópera Werther de aquel autor, y al conocer al joven rumano no pudo más que escribir a su padre en lejanas tierras que: “su hijo es un personaje extraordinario; él es una de las más interesantes personalidades musicales que yo he conocido.” Francia fue benévola para Enesco, al grado de que varios años después de su llegada la decisión que tomó fue la de volverse francés de nacionalidad. Pero aunque sus esfuerzos en la Ciudad Luz se vieron ligados a la interpretación del violín, el piano y la dirección de orquesta, los momentos que él ofrendó a la composición estuvieron envueltos por su nostalgia hacia la tierra patria. Desde el Poema rumano que él compuso en 1897 los acentos, melodías y colores de la música rumana prevalecieron en su producción y siempre –en ese sentido- repudió cualquier influencia de la música francesa. Cuando él contaba con dieciséis años de edad compuso dos Sinfonías de estudio (o, también conocidas como Sinfonías de escuela); pero en su vida legó once obras orquestales de impresionante factura, entre las que se encuentran dos Sinfonías de estudio más, aunadas a cinco Sinfonías de su época madura, contando –además- con dos Rapsodias rumanas que aunque no reflejan absolutamente el estilo maduro de composición de Enesco son de las piezas que más le han dado fama en el orbe, especialmente la primera de esas Rapsodias. Las piezas hermanas que hemos citado anteriormente fueron producto de la influencia que en él ejerció la música del húngaro Franz Liszt con sus respectivas Rapsodias húngaras; en resumen, lo que Enesco hizo con este par de Rapsodias rumanas fue la elaboración de diversas melodías de origen popular en donde se puede palpar una notable orquestación  y comprensión del material sonoro original. Según han anotado varios musicólogos, la fuente de inspiración de Enesco para la Rapsodia No. 1 se encuentra en un tipo de danza conocido como doina, una especie de “canción-lamento” que está conectada íntimamente con la hora lunga rumana, un tipo de canción extensa en sus líneas melódicas. Ésta última forma de composición popular esta muy ligada a la improvisación y  al uso de las variaciones sobre un tema preciso, cosa que ocurre de manera singular en la Rapsodia No. 1 de Enesco, desde su melancólico inicio en el clarinete solo y la exposición del primer tema a cargo de las cuerdas, para a continuación dar paso a un impresionante despliegue de virtuosismo orquestal en el que los alientos se ven involucrados con maestría y un firme conocimiento de su color y técnica.

Uno de los asuntos que más interesan de la personalidad de Enesco como intérprete (más que nada como violinista), fue la fama que dio a Rumania en todo el mundo como solista virtuoso y que permitió que muchas de sus partituras se escucharan en los principales centros musicales europeos, así como llegara a América con estupendo éxito. Ese reconocimiento que se le ha dado ha la personalidad de Enesco en su país natal (aunque renegara de la nacionalidad rumana, únicamente por comodidad pero no por convicción) fue que la localidad en la que él nación llamada anteriormente Liveni Virnav, es conocida en nuestros días como George Enescu (*), asunto que llama la atención en un mundo donde lo más importante son los políticos (léase: Lázaro Cárdenas, Michoacán, entre otros lugares de la República Mexicana), futbolistas (me parece increíble que hasta la fecha no le hayan cambiado en nombre de Tres Coraçoes en Brasil por el del “rey Pelé”), entre muchos otros personajes que han aportado prestigio al lugar donde nacieron y lo llevaron al mundo, pero que difícilmente tocarán los corazones de la gente alrededor del mundo gracias a sus sonidos que perdurarán en la historia más que los goles y algunas otras cosas.

 JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Georges Enesco: Rapsodia rumana No. 1

Versión: Orquesta Nacional de la Radio Rumana. Horia Andreescu, director

(*) George Enescu es el apellido original de este compositor, pero desde que tomó la decisión de volverse francés el nombre se convirtió de la manera como ahora se le conoce: Georges Enesco. Usted, por supuesto, puede llamarlo como mejor le apetezca.

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