ANTONÍN DVORÁK (1841-1904)

14 Jul

Octava sinfonía en sol mayor Op. 88

  • Allegro con brio
  • Adagio
  • Allegretto grazioso: Molto vivace
  • Allegro ma non troppo

Antonín Dvorák

Imagínese usted, paciente lector, una historia totalmente verídica: en la remota población de Nelahozeves en la antigua Bohemia, a varios kilómetros de distancia de Praga, una pareja conformada por un carnicero y la encargada de una hostería procrearon un varón. Su nacimiento ocurrió en 1841. Le pusieron como nombre Antonín… su apellido era Dvorák. Y como ocurre en el seno de incontables familias en el mundo, el pequeño Antonín tuvo que abandonar sus estudios elementales a los 11 años de edad, pues su padre –de poca preparación intelectual, como bien puede cavilarse- insistía en que el muchacho debía aprender las artes propias de sus antepasados, es decir, destazar vacas y reses y hacer filetes de ellos. Aunque en la campiña Bohemia el escuchar y tocar música era algo totalmente natural para sus habitantes. No se sabe exactamente cuándo fue que Antonín tomó un violín y se enamoró de su sonido. Quizá por ese profundo amor que el joven sintió por la música, su padre se tentó el corazón y recapacitó sobre el futuro de su hijo. El Señor y la Señora Dvorák lo enviaron a Praga, donde estudió violín y viola. Luego se casó con la hija de un próspero joyero de la ciudad. Para no hacer el cuento más largo, aquel joven siguió estudiando, fue integrante a partir de 1862 de una orquesta local de ópera como violista, lo cual le hizo entrar en contacto con el suntuoso sonido orquestal. Más tarde se interesó por la composición, comenzó escribiendo música de cámara y posteriormente se convirtió en el más grande sinfonista que Bohemia haya legado al mundo. Y, muy someramente, esa es la magnífica historia de un hombre cuyo destino estaba dirigido al de ser carnicero, y vio transfigurada su vida como uno de los más importantes compositores europeos de la segunda mitad del siglo XIX.

Bonita historia ¿No lo cree? Pues así como puede resultar de interesante la vida de Dvorák, sus logros artísticos y sufrimientos en la madurez, lo realmente fantástico de su personalidad fue, sin lugar a dudas, la música que compuso. Y aquí vale la pena recordar desde sus Danzas eslavas hasta el poético Concierto para violoncello; sus Cuartetos para cuerda y sus obras corales religiosas (el Réquiem y el Stabat Mater); sus Serenatas y sus Sinfonías. Efectivamente: éste último rubro es uno de los puntos álgidos en la carrera de Dvorák, y seguramente es más conocido por todos en ese terreno. El auge del nacionalismo que se extendió por Bohemia en la segunda mitad del siglo XIX llevó a Antonin Dvorák a la fama. Se convirtió, en poco tiempo, en el primer compositor de su país que alcanzó reconocimiento internacional. En sus obras tempranas Dvorák hacía eco del romanticismo alemán, particularmente de Wagner. Sólo cuando empezó a considerar su música como heraldo de sus sentimientos nacionales fue que finalmente logró una voz individual. Vladimir Herfert ha destacado la importancia del compositor para su país y en el contexto de la música en general: “En él, la música bohemia halló a un genio de espontaneidad frontal.”

En el caso de las Sinfonías de Dvorák, la Octava que hoy nos ocupa contiene dos elementos importantes en la vida del compositor, uno de carácter netamente artístico y otro un poco más personal, pero igualmente relevante. En el primer rubro hay que decir que, con esta partitura, Dvorák marcó afanosamente su interés por la música programática, una nueva actitud composicional que es muy evidente a lo largo de los cuatro movimientos de esta sinfonía, con sus sonidos que parecen imitar el canto de las aves, fanfarrias por doquier, gestos musicales enraizados en las tradiciones bohemias. Quizá este contenido temático en la obra se debe a la época que le tocó vivir a su autor al momento de escribir la Sinfonía en 1889: él pasó el verano en Vysoká, un pequeño pueblo en la campiña bohemia, y lo cual puso en contacto al espíritu de Dvorák con la Naturaleza, con todo sus aires bucólicos y pastoriles. La otra situación que es de importancia en la Octava sinfonía es que con ella se rompió una sólida relación que el músico estableció (a instancias de Johannes Brahms) con el editor Fritz Simrock, quien editó una cantidad considerable de la música de Dvorák. Sin embargo, el compositor se había puesto furioso pues por publicar la partitura de la flamante Sinfonía No. 8 el Sr. Simrock sólo le ofreció la bonita cantidad de 1000 marcos, lo cual le pareció un insulto. Por ello, Dvorák tomó su partitura bajo el brazo y se las llevó a los señores de la casa Novello en Londres, quienes la editaron con mucho gusto, y lo cual provocó en un momento que esta obra fuera identificada (y en algunos ámbitos, así es hasta el momento presente) como la Sinfonía inglesa de Dvorák. Pero si tan sólo escuchamos el lirismo de la introducción con su hermoso canto de cellos y cornos, el exquisito movimiento danzado en el tercer movimiento y las excitantes fanfarrias del final, no podemos decir que eso de “inglés” sólo tiene que ver con el “asunto Novello”, pues es bohemia, checa, o como le guste llamarla, hasta la médula.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Antonín Dvorák: Sinfonía No. 8 en sol mayor Op. 88

Versión: Orquesta Filarmónica de Nueva York. Kurt Masur, director.

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Una respuesta to “ANTONÍN DVORÁK (1841-1904)”

  1. Elia Carolina julio 14, 2011 a 8:52 pm #

    Si tiene razón una muy bonita historia y también bonita sinfonía .

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