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HUGO ALFVÉN (1872-1960)

30 Nov

Rapsodia Sueca No. 1 Op. 19, Noche de verano de San Juan

Durante muchos siglos, no existió en Suecia un compositor que fuera su gran figura musical ante el mundo, hasta que Hugo Alfvén -uno de sus hijos predilectos- consiguió un importante éxito internacional al estrenar su Segunda sinfonía (1897-1898).

La importancia que Alfvén le dio a las artes sonoras suecas reside en el carácter que supo imprimir a sus obras dentro de un estilo enmarcado en el nacionalismo romántico.

Aún así, la reputación de Alfvén en el mundo de la música está basada en pocas obras, pero de sólida factura, como su Primera rapsodia sueca, Festival (usada en Suecia como la música oficial para acontecimientos de corte nacional), Elegía (la música fúnebre sueca por excelencia), la Danza de la pastorcilla, la Bandera de Suecia, y Primavera en Roslag.

Hugo Alfvén

A muchos les parece increíble reconocer que con una producción musical limitada con respecto a la de otros autores prolíficos, Hugo Alfvén resultó ser un compositor con una personalidad artística compleja, amplia y de riqueza ilimitada.

Alfvén fue, ante todo, pionero en la música sueca con dos aspectos fundamentales y que parecen muy alejados el uno del otro: las sinfonías y las canciones para coro masculino. Su Primera sinfonía (1896) revela un idioma orquestal propio de quien conoce el oficio y la paleta orquestal, así como apela a un lenguaje lleno de expresión. Y por su parte, la Segunda sinfonía de Alfvén (citada más arriba) fue la obra que lo lanzó a la fama internacional, sobre todo por su final fugado en el que se escucha un himno popular sueco –Camino hacia la muerte dondequiera que camine-, y por su enorme y elegante estilo.

En el caso de la música que Alfvén compuso para coro masculino, ésta surgió gracias a su puesto como director artístico del Coro Orphei Drängar (Los hijos de Orfeo) de Uppsala que asumió en 1910, y para el que escribió algunas de sus mejores partituras. Alfvén siempre pensó que sus Canciones para coro masculino eran un medio ideal para describir las experiencias de la vida del hombre moderno, y para lo cual utilizó poemas de célebres artistas suecos.

Una de las obras orquestales básicas en el repertorio de este compositor es su Rapsodia sueca No. 1 (1903), y que es uno de los mejores ejemplos del innovador uso de Alfvén de los recursos narrativos en la música (algo que también ocurre en sus Sinfonías 3 y 5). Dicha obra, denominada como Noche de verano de San Juan, está inspirada en una boda campesina y sus episodios son presentados por el compositor como pequeños grabados rústicos y a partir de diversas melodías populares suecas.

La danza de las pastoras que aparece en Bergakungen (La montaña del Rey) ballet-pantomima de Alfvén, es retomada aquí en forma bailable y posteriormente se transforma en música de tonos pastel sombríos, con una lírica e impactante melodía.

Quizá esta música de Alfvén debe ser escuchada conociendo el “credo artístico” del autor, quien en alguna ocasión declaró: “Mis mejores ideas musicales son provocadas por las olas de una tormenta nocturna y, en particular, los salvajes otoños han sido mis más hermosos momentos para componer.”

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

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Hugo Alfvén: Rapsodia sueca No. 1, Op. 19

Versión: Orquesta Sinfónica de la Radio Sueca. Esa-Pekka Salonen, director

SIR MALCOLM ARNOLD (1921-2006)

31 Jul

Cuatro danzas escocesas Op. 59

  • Pesante
  • Vivace
  • Allegretto
  • Con brio

En la historia del arte encontramos historias de gran contraste entre la tragedia personal y una aparente alegría de vivir. Uno de esos agitados casos fue el del compositor inglés Malcolm Arnold quien en sus obras joviales, frescas y plenas de melodías fácilmente recordables no permite observar lo tormentoso y difícil de varios momentos de su vida. Oriundo de Northampton, su interés por la música creció gracias a los consejos y buena educación de su hermana; más aún, tuvo la fortuna de escuchar en vivo al célebre trompetista Louis Armstrong (1900-1971), lo cual le indicó que el camino correcto era convertiste en trompetista. Y así fue: estudió con Ernest Hall, uno de los mejores músicos de su época e integrante de la Sinfónica de la BBC y a la par siguió estudios de composición con Gordon Jacob (1895-1984). Con 20 años de edad se casó con Sheila Nicholson y meses después ingresó a la Filarmónica de Londres como segunda trompeta y hacia 1943 ocupó la silla de principal en dicha agrupación, lo que le granjeó ser reconocido como un fino intérprete del instrumento. De hecho, en aquellos años presentó con esa orquesta su primer obra de importancia, Beckus the Dandipratt. Pero… los sinsabores en la existencia de Arnold ya se asomaban. Durante la Segunda Guerra Mundial renegó para alistarse; sin embargo, su hermano murió en batalla lo cual le provocó una gran tristeza y así se convirtió en voluntario del ejército inglés. No obstante, la Guerra lo enfermaba al grado que un día se dio un tiro en un pie y quedó imposibilitado de servir a la causa de la Corona inglesa. Al regresar a sus labores de trompetista ingresó a la Sinfónica de la BBC y más tarde recuperó su puesto con la Filarmónica londinense. A partir de 1948 se dedicó de lleno a la composición, siendo muy solicitado para escribir música cinematográfica, género en el que participó con 28 partituras; una de las más conocidas, El puente sobre el río Kwai, fue merecedora del Oscar en 1957.

El total de su producción asciende a más de 140 partituras que incluyen nueve sinfonías (cuya estupenda factura le propició ser llamado “el Shostakóvich inglés”), más de veinte conciertos para diversos instrumentos (el más difundido es el Concierto para guitarra que le escribió a Julian Bream), una sólida producción camerística y hasta obras con una acendrada irreverencia como A Grand, Grand Ouverture (1956) en la que emplea junto con la orquesta tres aspiradoras, una pulidora de pisos y cuatro rifles. En su catálogo son muy conocidas las series de danzas basadas en ritmos y temas populares de ciertas regiones del Reino Unido. Así, produjo dos colecciones de Danzas inglesas, las Danzas córnicas, las Irlandesas, las Gaélicas y las Escocesas. Esta última serie de cuatro danzas (que hoy escucharemos) combina el estupendo virtuosismo en los instrumentos de metal –como era obvio pensarse- junto con ritmos de gran contraste entre la lentitud y la rapidez y algunas melodías de corte muy romántico, como si de trataran de canciones de amor.

Sir Malcolm Arnold

Precisamente muchos de los sinsabores en el tránsito de Arnold entre los mortales se debieron a la severa crítica y el rechazo de muchos colegas que, aunque reconocían su innegable talento como trompetista, siempre dijeron que su música era “anacrónica”, en tiempos donde la atonalidad y la experimentación imponían moda. Así, la reacción del compositor ante tales embates fue la depresión y el alcoholismo, lo cual provocó la ruptura de su matrimonio; quizá en un afán de recuperar la autoestima contrajo nupcias nuevamente (y casi a la velocidad del sonido). Sin embargo, el hijo nacido de esa relación era autista, lo que estimuló diversos desórdenes mentales en el músico. Nuevamente: divorcio, pero ahora aderezado con el deseo de suicidarse, acto que intentó en innumerables ocasiones y aún estando recluido en un hospital siquiátrico. Las crisis mentales no le permitieron seguir componiendo; y por mucho que la reina de Inglaterra lo armó Caballero en 1993 y que se le otorgara un doctorado “honoris causa” por parte de la Universidad de su ciudad natal, Arnold nunca pudo sobreponerse y gozar de “tiempos felices” como los que ya había disfrutado. Más ironías de la vida: en 2006, en la preparación de su cumpleaños 85, se organizó un gran Festival Arnold en Inglaterra para reivindicarse con este hombre tan duramente atacado; justo unos días antes de su cumpleaños y de la celebración del Festival, Arnold murió a causa de una infección pulmonar.

Vida trágica la de un personaje que, como compositor, sólo quiso ofrecer a la humanidad música hermosa, directa y siempre sonriente.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

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Sir Malcolm Arnold: Cuatro danzas escocesas Op. 59

Versión: Orquesta Filarmonía. Bryden Thomson, director.

JOHN ADAMS (n.1947)

20 Ene

The Chairman Dances (Foxtrot para orquesta)

John Adams

Durante muchos años, John Adams ha sido reconocido como un compositor minimalista, aquella célebre corriente musical que comandó en su momento Terry Riley, sobre todo con su obra En do. Sin embargo, a más de uno le sorprenderá saber que el mismísimo Adams auto define su estética a estas alturas del Siglo XX como “post-minimalista”, es decir que en muchas cuestiones él está más allá de los preceptos de esa tendencia musical tan gustada sobre todo por los jóvenes.

Pero antes de poder definir cuál era el estilo de Adams y cómo se perfila hoy en día, bien vale la pena traer a cuento qué demonios es el minimalismo, para lo cual recurro a una breve e informativa nota de David Daniel al respecto: “El minimalismo, que data de los sesentas, tiene como punto de partida la principal tradición de la música occidental; es música en la que el compositor busca provocar el más grande efecto con el mínimo de material (musical). A través de la lentitud y separando aspectos musicales como ritmo, armonía, melodía y desarrollo, el compositor minimalista lleva el paso del tiempo a tal importancia que el mismo tiempo resulta ser el sujeto medular de la pieza. Toda la música comprime y re-articula el tiempo para producir una transformación temporal que puede llamarse teatral, opuesta al caminar del reloj y su tiempo real. El minimalismo también comprime el tiempo, pero de una forma totalmente inusual para los oídos occidentales, que pueden percibir el rango de cambios del minimalismo, derivados del automatismo de la naturaleza inanimada -la velocidad, como las nubes en movimiento o los glaciares derritiéndose- mas que del pacífico y familiar latido del corazón. La repetición continua, que tradicionalmente es un anatema de la música occidental pero a su vez un aspecto fundamental de las ragas de la India o la música electrónica, es otro precepto por el cual los minimalistas retrasan el paso del tiempo. Aún así, e irónicamente, una de las características principales del minimalismo -su propulsión casi de un ritual- es el resultado de la falta de puntos de referencia perceptibles. Las partículas del material musical son presentadas muy lentamente, de una forma más envolvente que el desarrollo convencional, de tal suerte que el sentido de periodicidad del escucha es transformado.”

Adams, en fechas recientes

Con estos conceptos sobre el minimalismo, bien podemos decir que John Adams ha sido uno de los compositores (junto con Philip Glass, Steve Reich y Henryk Górecki, entre otros) que ha llevado al minimalismo -valga la expresión- a su máximo desarrollo.

En los más diversos géneros, como la música sinfónica, la ópera, el video, la danza y piezas instrumentales, John Adams ha puesto de manifiesto su particular minimalismo que puede caracterizarse por la intensidad de sus colores, y la utilización de efectos musicales como el crescendo para crear momentos de tensión o clímax. En este sentido, sus partituras fundamentales son Phrygian Gates para piano (1977), Shaker Loops para septeto de cuerdas (1978), Harmonium para coro y orquesta (1980-81), Grand pianola music (1981-82) y Light over water para metales y sintetizador (1983).

Justo en el año 1984, John Adams comenzó una fructífera relación con el director teatral Peter Sellars (bien conocido por sus inusuales puestas en escena de óperas, especialmente de la trilogía Mozart-Da Ponte) y la poetisa Alice Goodman, con quienes creó la que sería su primera ópera en tres actos, a partir de una comisión de la Gran Ópera de Houston, la Academia de Música de Brooklyn y el Kennedy Center de Washington, D.C.

La ópera en cuestión lleva por nombre Nixon en China, y el propio John Adams asegura que ésta “no es ni cómica ni histórica, como en el caso de Los Hugonotes -de Meyerbeer- o Las vísperas sicilianas -de Verdi-, aunque tiene elementos de ambos géneros; más aún, es heroica y mítica. Los mitos de nuestro tiempo no son ni Cupido y Psiqué u Orfeo o Ulíses, sino personajes como Mao o Nixon.”

De acuerdo con Michael Steinberg, “Nixon en China presenta tres días de la visita del (ex)presidente Nixon a Beijing (o Pekin, como usted guste llamarle) en febrero de 1972; cada acto representa un día de esa visita. La única escena del tercer acto tiene lugar en el Gran Salón del Pueblo, donde se realiza un cansado banquete más, éste ofrecido por los estadounidenses.”

The Chairman Dances, como bien señala Steinberg, “es un producto paralelo a la composición de Nixon en China, escrita a partir de materiales de la ópera en 1985, en respuesta a una comisión conjunta de la American Composers Orchestra y el National Endowment for the Arts.” Fue estrenada el 31 de enero de 1985 con la Orquesta Sinfónica de Milwaukee y Lukas Foss en la batuta, y en la primera página de la partitura aparece el siguiente comentario de John Adams:

Escena de la puesta en escena de Peter Sellars de Nixon en China

“Madame Mao, alias Jiang Ching, ha irrumpido en el banquete presidencial. Primero está parada en donde  más estorba al paso de los meseros. Después de unos minutos, saca una caja con linternas de papel y las cuelga en toda la sala, entonces se despoja de su vestimenta y la cambia por una cheongsam, ajustada del cuello a tobillos, y con una abertura hasta la cadera. (Entonces) le hace una señal a la orquesta para que toque y comienza a bailar por su cuenta. Mao comienza a excitarse. Desciende de su retrato en la pared y comienzan a bailar foxtrot juntos. Están de vuelta en Yenan, la noche es cálida, bailan con el gramófono…”.

Comentando lo que John Adams escribió sobre The Chairman Dances, bien podemos imaginar a Jiang Ching y Mao Tse-Tung transformados en una pareja danzante tan divina y perfecta como Ginger Rogers y Fred Astaire, moviendo el cuerpo como si se dirigieran a algún lugar muy alejado de la entonces República Popular China con todo y su Revolución, y casi al final de la obra parecería que el infame y tristemente recordado Presidente Nixon se apodera del piano y toca para la feliz pareja.

Así pues, The chairman dances se transforma en una pieza orquestal clave de nuestro siglo, al combinar un ambiente de salón de baile o cabaret con un colorido orquestal genial, además del manejo sabio y considerable de las técnicas minimalistas.

Para terminar, valga hacer unas consideraciones sobre la difusión que en nuestro país tienen esas “nuevas” obras. Hay muchas nuevas partituras de John Adams que en el mundo disfrutan ya de gran prestigio, como la Sinfonía de cámara, Gnarly buttons para clarinete y orquesta de cámara, la Suite: I was looking at the ceiling and then I saw the sky (Miraba al techo y entonces vi el cielo. Divino título ¿no?), además de sus óperas La muerte de Klinghoffer (sobre el secuestro del transatlántico Andrea Doria), El Niño,  Doctor Atomic y A Flowering Tree; su Concierto para violín y las obras orquestales El Dorado, On the Transmigration of Souls (escrita en recuerdo de las víctimas del ataque del 11 de septiembre de 2011), Naïve and Sentimental Music y City Noir. Muchas de ellas ya nos dejan ver a ese John Adams “post-minimalista” y que obra a obra desarrolla su lenguaje viendo al arte musical del Siglo XXI. Sin embargo, es difícil cuestionarlo pero ¿cuándo llegarán estas partituras a México y cambiarán nuestra forma de escuchar música? Quizá en ese sentido tendríamos que ir más lejos: ¿cuándo nos llegarán las obras orquestales básicas de Boulez, Schnittke, Knussen, Berio, Messiaen, Dallapiccola, Ligeti…? ¿Algún día?

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

¿Quién le manda a tener nombre de Presidente de Estados Unidos? Aquí posando junto a una imagen de Washington

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John Adams: The Chairman Dances

Versión: Orquesta Sinfónica de San Francisco. Edo de Waart, director

ISAAC ALBÉNIZ (1860-1909)

13 Jul

Iberia 

Por cuestiones de genialidad, maestría en sus obras, y sólidos conceptos artísticos, los grandes compositores españoles que se citan a diestra y siniestra en libros y enciclopedias, siempre incluyen en los primeros lugares a las figuras de Tomás Luis de Victoria, el Padre Antonio Soler, Manuel de Falla, y -en lugar de privilegio- Isaac Albéniz. Ello no es descabellado, pues aunque sus colegas antes mencionados fueron piedra angular de la idiosincrasia musical española y sus respectivos catálogos fueron más sustanciosos -aparentemente-, el legado de Albéniz debe ser reconocido como uno de los más sólidos e imaginativos, especialmente en el campo de la música para piano y para guitarra.

Nacido, al parecer, con buena estrella, Albéniz fue llamado niño prodigio por el profesor del Conservatorio de París Antoine François Marmontel; y a sus siete años, y con tanto elogio, el buen y pequeño Isaac no fue aceptado en tan consagrada institución. Pero buen pianista era el muchacho, y dado a que este tropiezo tuvo lugar en un momento de su vida en el no podía ser razón para deprimirlo (como ocurre con todos los seres humanos cuando son tiernos e inocentes), decidió emprender -un año después- una gira de conciertos con su padre por Cataluña. Precoz era también, y con diez años de edad a cuestas Albéniz determinó que se fugaría de Madrid con rumbo a El Escorial, con la intención de convertirse en pianista de un casino. Y solo, solito el chaval, empacó maletas una y otra vez para ofrecer conciertos en localidades de Castilla. Atribulado por la “vida real”, Albéniz tuvo que sufrir otras aventuras dignas de algún episodio de Indiana Jones: fue asaltado por unos rufianes quienes lo despojaron de su equipaje en uno de esos viajes; de regreso al hogar con doce años de edad no tenía otra alternativa más que volverse a fugar (¿se lo achacaremos a sus hormonas?), ahora con destino a Andalucía. Llegó a Cádiz, subió a un barco como polizón, y zarpó rumbo a Sudamérica. Ahí se ganaba la vida tocando el piano en Argentina, Brasil, Uruguay y Cuba. Y… ¡Oh sorpresa! En la hoy célebre “isla de Fidel” se vino a encontrar con quien menos quería: su padre. Tal parece que discutieron acaloradamente, pero el triunfador de la trifulca fue el joven Albéniz, quien convenció a su progenitor que le permitiera viajar a Nueva York… y así lo hizo. Recorrió la Unión Americana con avidez, llegando hasta San Francisco, y posteriormente, ya hecho un perfecto “hombre de mundo”, regresó a España en 1873, con la cartera llena de billetes y con una madurez que cualquier muchacho de su edad podría añorar.

En esa posición envidiable, Albéniz continuó sus viajes, pero ahora con el propósito de perfeccionar su arte. Trabajó con el célebre Salomón Jadassohn -quien fuera profesor del “Mozart inglés”: Pinto- y con Carl Reinecke. Pero un golpe fuerte habría de llegar a su vida: su hermana Blanca se suicidó un año después del regreso de Isaac, al ser rechazada del Teatro de la Zarzuela como cantante. Aunque la vida de este hombre fue tan atribulada, lo más importante de su paso por esta Tierra fueron las obras que nos legó, y que muestran un importante paso en el idioma pianístico español con vistas al siglo XX.

Su creación total, especialmente de la colección pianística de los cuatro cuadernos de Iberia, está llena de una personalidad musical distinta, original, y no sólo en el ámbito español sino también en el europeo. Justamente, para músicos y estudiosos la obra maestra de Albéniz es, definitivamente, la antes mencionada, y que surgió gracias a la influencia de Debussy. Tiempo después de que Albéniz falleció su cercano amigo Enrique Fernández Arbós se dio a la tarea de vestir con hermosos y brillantes ropajes orquestales a cinco de las doce piezas pianísticas de Iberia.

Evocación de la Suite Iberia (en su versión original)

Como era de imaginarse, cada una de las piezas contenidas en esta colección muestra de una forma (un tanto programática) aspectos diversos de la vida y la música española y a través de las cuales el músico logra expresarse de una manera personalísima y profunda. La primera de las piezas orquestadas es Evocación, “una página poética perfectamente situada como pórtico de la Iberia”, en palabras de Antonio Fernández-Cid. A continuación viene el Corpus Christi en Sevilla que es nuevamente explicado por Fernández-Cid: “Se trata, desde luego, de relatar una impresión de la celebración del Corpus en Sevilla. Con su característico ritmo de tambores parece acercarse la procesión y bien pronto descubrimos la popular melodía de la Tarara que va tomando vida e intensidad con sucesivas modulaciones y enriquecimiento armónico. Sobre la Tarara irrumpe la copla que se extiende majestuosa sobre el nerviosismo de la música. Nueva aparición de la Tarara en su forma rítmica y tras un desarrollo de gran virtuosismo deja paso a una evocación de exquisitas sonoridades. Posteriormente viene Triana: “el típico barrio sevillano, lo ha visto Albéniz como una apoteosis de color, lograda con la persistencia de un ritmo de siguiriyas. El tema central es citado por Joaquín Turina como una de las páginas más inspiradas de la historia de la música.” La cuarta de las piezas es El puerto: “Es de suponer que se refiere al Puerto de Cádiz. Hay un ritmo claro de zapateado, en los graves, como bordón de guitarra, que se mantiene como basamento y elemento de unidad a través de toda la pieza.” Termina la orquestación de Fernández Arbós con El Albaicín: “Una guitarra suena en el barrio gitano de Granada. El autor pide melancolía. Luego, tras un silencio, surge –también aquí- la copla.” Es importante decir que en esta sección pueden respirarse influencias orientales de los moros en los gitanos. Claude Debussy llegó a afirmar que esta era una de sus piezas favoritas: “Pocas composiciones pueden llegar a la altura del Albaicín. Uno redescubre fragancias de las noches españolas floreciendo por doquier. Uno puede escuchar los sonidos de una guitarra que canta dolorosa en la noche, cantando con repentinos despertares.” Cabe anotar que no sólo Fernández Arbós estuvo interesado en orquestar alguna de la música de Albéniz; también Carlos Surinach dio su aportación a la orquestación de “otra” Suite Iberia. Además, hablando de otras de sus partituras, el mexicano Manuel M. Ponce se dio a la tarea de orquestar la ópera Merlín, escrita por Albéniz en 1905. Y el director de orquesta Rafael Frühbeck de Burgos se dio a la tarea de transcribir la Suite española. Ahora falta escuchar la música y recordar las aventuras de Albéniz por el mundo, y encontrar cómo retrata con tanta originalidad las localidades españolas que él adoraba. Definitivamente, se nota que el hombre era un viajero que sabía captar el carácter, a pasión y la belleza de los lugares que pisaba.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Albéniz y su hija Laura

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Isaac Albeniz: Iberia (Cuadernos I a IV)

Eduardo Fernández, piano

JUAN CRISÓSTOMO ARRIAGA (1806-1826)

12 Jul

El Mozart español

Si muchos países se enorgullecen por contar con una “gloria nacional” en diversos campos del arte, las ciencias y/o el conocimiento en general (aunque en México nuestros máximos héroes parecen ser los integrantes de la Selección Nacional de fútbol -más bien son mártires ¿no?), España cuenta con varios hijos predilectos en las artes sonoras como Victoria, Soler, Albéniz y Falla. Pero en ese país existió un símbolo indiscutible para los vascos y particularmente reconocido como el gran compositor que haya legado la ciudad de Bilbao al mundo. Su “mote”, que hasta le fecha levanta comentarios e invita a las coincidencias, es “el Mozart español”, y su nombre completo era Juan Crisóstomo Jacobo Antonio de Arriaga y Balzola, nacido el 27 de enero de 1806 en el seno de una familia dedicada al intercambio mercantil y los transportes marítimos. Don Juan Simón de Arriaga, padre de Juan Crisóstomo, siendo un hombre de gran bagaje cultural y apasionado por las artes, decidió bautizar con esos dos primeros nombres a su hijo pues, como indican varios musicólogos, el nuevo integrante de la familia Arriaga vio la primera luz el día que se cumplían cincuenta años del nacimiento de Mozart. Para los entendidos esta intención resultó doble: el progenitor de Juan Crisóstomo pretendió homenajear al compositor de Salzburgo, además de predisponer al muchacho para que se convirtiera en músico; pero las leyendas han hecho presa de lo anterior hasta el punto de decirse que, con ese estigma mozartiano en su vida, el músico Arriaga también llevaba clavada en su nombre una genialidad equiparable a la de Mozart y hasta el infortunio de perder la vida demasiado joven. Muchos de esos estudiosos musicales no han reparado, quizá, en que el niño nació en el día de San Juan Crisóstomo, y debido a la tradición hispana fue bautizado con el o los nombres del santo que se venera ese día. Y ya que nos hemos enfrascado en datos triviales, resulta interesante explorar de dónde salió el apellido de esta familia: “Arriaga”, en vasco, significa “lugar pedregoso” y el apellido “de Arriaga” le vino al patriarca por haber nacido en un pueblo cercano al Ayuntamiento de Bilbao, justamente llamado “Arriaga”.

Sin escatimar en la sangría económica que pudiera significar, el padre de Juan Crisóstomo se dio a la tarea de iniciar a su hijo en el noble quehacer de la música, dándole sus primeras lecciones. A los nueve años el aún tierno Juan Crisóstomo ya tomaba papel pautado y pluma para escribir música; con tan sólo 10 años de edad, el muchacho se hizo famoso entre los bilbaínos como segundo violín de un cuarteto para cuerdas de adultos que tocaban exclusivamente por el placer de hacer música juntos.

Busto de Arriaga

Las obras que se conservan de la juventud de Arriaga poseen dificultades para su catalogación y para conocer las fechas exactas de su composición. Aún así, puede considerarse a su ópera Nada y mucho, ensayo en octeto como una de sus partituras primeras y precoces. Éste último decir es más que obvio si se considera que dicha ópera fue escrita por un Arriaga de once años. En el recuento de su catálogo hayamos una Obertura Op. 1 que porta una dedicatoria a la Asociación Filarmónica de Bilbao. Por esos tiempos, a los doce años de edad, pueden trazarse los orígenes de su cantata Patria y de una Marcha Militar para banda.

Al año siguiente de esos acontecimientos, Arriaga se sumerge en la composición de su segunda pieza escénica, ahora con un libreto del poeta Francisco Comella (un creador respetadísimo en esos años). La ópera tiene el curioso nombre de Los esclavos felices y fue escrita con rapidez en las trece dulces primaveras de Arriaga; la Obertura para dicha partitura fue compuesta después de que el músico puso punto final a todas las escenas vocales y, completa, estuvo lista para su estreno en 1820 en Bilbao, donde enloqueció a la comunidad cultural toda. Después de ese éxito arrollador, Arriaga estaba listo para escribir su Tema variado en cuarteto Op. 17 (con el que surge una duda: ¿dónde quedaron, entonces, los otros 15 “opus”?), además de La húngara para violín y contrabajo, La húngara en cuarteto y un Stabat Mater con voces y orquesta.

Al festejar su decimoquinto cumpleaños surgió una decisión de sus padres que le cambiaría la vida al joven: ya que Arriaga derrochaba talento y prometía grandes avances como artista, resolvieron que tarde o temprano la ciudad de Bilbao le quedaría chica al muchacho y así lo enviaron a París. Así, en octubre de 1821 Arriaga comenzó sus estudios en el Conservatorio de la Ciudad Luz y, como lo que sobraba en el seno familiar era dinero, tampoco se escatimó para que este adolescente rentara un lugar en el número 314 de la exclusiva Rue Saint Honoré, de ambiente tranquilo y de costo altísimo, en una zona cercana a los famosos Campos Elíseos y las Tullerías.

Entre 1821 y 1826 Arriaga tuvo la guía de dos profesores importantes del Conservatorio parisino: Baillot -en violín- y Fétis -en armonía-, quienes compartían con entusiasmo sus conocimientos con el “chaval” bilbaíno. Los progresos de Arriaga en sus lecciones fueron veloces, y dicen los cronistas que en sólo dos años llegó a dominar los secretos de la fuga y el contrapunto, a la par de su creciente maestría en el violín. En el año 1823 le fue otorgado el segundo premio del Conservatorio en esas materias, y presentó (con honores) su examen final con una realización de la sección Et vitam venturi saeculi del Credo para ocho voces reales. Tal fascinación del profesorado parisino llevó a Fétis a decir que: “Arriaga había recibido de la Naturaleza dos facultades que raramente se encuentran combinadas en un solo artista: el don de la invención y el dominio completo de todas las dificultades del oficio”.

Monumento a Arriaga ubicado en el parque Casilda Iturrizar de Bilbao

En 1824, Arriaga escribió una colección de tres Cuartetos para cuerda que resultaron ser sus únicas obras publicadas en vida. Estas piezas, de enorme elegancia e impresionante factura, fueron dedicadas cariñosamente por Arriaga a su padre y son probablemente las obras más difundidas y grabadas de este compositor hasta nuestros días. Posterior a sus Cuartetos, escribió canciones diversas, música para piano, otra Obertura, otro Stabat Mater y una serie de interesantes y visionarias Cantatas: All’Aurore; Erminia (escena lírico-dramática); Edipo; Medea; y Agar (escena bíblica). Lo mas significativo de la producción final de Arriaga es, sin duda, su Sinfonía en re mayor “a gran orquesta”, pieza de gran carácter y profundidad en la expresión. A partir de ésta y otras músicas de Arriaga es importante establecer un paralelo con otros autores de su época: a muchos se les hará sencillo afirmar que, debido al mote de “Mozart español”, la producción de Arriaga debe estar emparentada directamente con la del salzburgués, cosa que puede ser audible pero no cierta. Entre todas las posibles vertientes de influencia que inundaron el talento de Arriaga no sólo está Mozart, sino Haydn, Boccherini, Haase, Graun, Danzi y Rossini (de hecho, la Obertura a Los esclavos felices está imbuida en el ambiente de una obertura de Rossini más que de otro autor de óperas de la época). Pero definitivamente la pluma más firme que se siente en el discurso musical de Arriaga es la de Schubert. De tal suerte, su Sinfonía en re mayor puede ser prima hermana de las Sinfonías 3, 4 ó 5 de Schubert, sin empacho alguno.

La historia de Arriaga, como usted puede imaginar, no fue tan feliz como se esperaba. El joven español, en su breve tránsito por este mundo de mortales, sufrió de severos achaques en la salud, siendo un hombre frágil que contraía enfermedades diversas al menor alboroto. Esto provocó que diez días antes de su vigésimo cumpleaños Arriaga cerrara los ojos para siempre en Marsella, donde parece que “huyó” para tranquilizarse y encontrar un antídoto a los males que hacían presa de él (“cambio total de aires y de ambiente”, recetaron los médicos franceses). Así también es una falacia lo que insinúan los diccionarios y algunos “musicólogos” al señalar que la muerte de Arriaga ocurrió en París. Sin embargo, sus restos fueron trasladados a la capital francesa para darles sagrada sepultura en una tumba -más corriente que común- en el cementerio de Montmartre, donde algunos años después descansarían los restos de otro ser genial: Héctor Berlioz.

Fachada del Teatro Arriaga en Bilbao

Esa probable escena del entierro de Arriaga en la soledad absoluta, sin la presencia de sus seres queridos, en un lugar que los anales de la historia únicamente pueden ubicar correctamente, han permitido que la imaginación de propios y extraños volara a alturas inimaginables. Habiendo nacido el mismo día, cincuenta años después que Mozart, llevando sus dos primeros nombres originales, “genio y figura hasta la sepultura” como reza la voz común popular, fallecido a destiempo y olvidado en un mausoleo ignoto, permite que esa denominación del “Mozart español” cobre amplias dimensiones. Y como el buen Mozart, la figura de Arriaga nunca ha sido olvidada, y menos para sus compatriotas: en la ciudad de Bilbao existe el Teatro Arriaga y frente a él una estatua que inmortaliza a este joven compositor. En el año 1933, cuando se develó el monumento y se le bautizó al Teatro, fue que se instaló la Comisión Permanente Arriaga, cuyas actividades estaban enfocadas a la difusión y publicación de sus obras, con la colaboración de la Junta de Cultura de Vizcaya.

Aún así, el Juan Crisóstomo Arriaga de sus Esclavos felices, su Sinfonía y sus Cuartetos es, hasta la fecha, un gran misterio debido a la poca exploración que se ha hecho de su música en la búsqueda de la estética y sus alcances artísticos. Parafraseando a Emilio Carballido al referirse a Mozart, parece que Arriaga “Música era y en música se convirtió” al igual que el autor de Don Giovanni. ¿De qué manera podremos recuperar su inmensa genialidad, como los tiempos modernos lo han hecho con Mozart?

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

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Juan Crisóstomo Arriaga: Obras orquestales

Versión: Orquesta Il Fondamento. Paul Dombrecht, director.

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