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SAMUEL BARBER (1910-1981)

18 Ago

Concierto para violín y orquesta Op. 14

  • Allegro
  • Andante
  • Presto in moto perpetuo
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Samuel Barber

 

Comencemos con tres nombres de violinistas: Franz Clement (1780-1842), Leopold Auer (1845-1930) e Iso Briselli (1912-2005). ¿Qué tienen en común? Los tres fueron considerados para estrenar sendos Conciertos para violín. Y, más aún, los tres declararon que las obras que tan cariñosamente se les habían dedicado eran “intocables”. Clement fue quien animó a Beethoven (1770-1827) para que le escribiera un Concierto para violín y después de estrenarlo no quiso volver a tocarlo. Auer recibió la dedicatoria del Concierto para violín de Tchaikovsky (1840-1893) pero le dijo al autor –de fea y espantosa manera- que era imposible tocar su obra.

¿Y quién era Iso Briselli -que hoy casi nadie se acuerda de él-? Nacido en Odessa, Ucrania, Isaak (como fue bautizado) estudió violín desde muy pequeño con el destacado profesor Pyotr Stolyarsky (1871-1944). Al estallar la Revolución de Octubre en Rusia, la familia Briselli huyó rumbo a Alemania donde el joven músico continuó su preparación con Carl Flesch (1873-1944) quien jugó un papel importante en la vida del joven al sugerir que cambiara su nombre de pila por “Iso” para protegerse de las persecuciones anti-semitas. En 1924 lo llevó a Filadelfia (Estados Unidos) pues Flesch había sido invitado a formar parte del recientemente fundado Instituto de Música Curtis. Al llegar ahí, Briselli conoció a uno de los benefactores del Instituto, Samuel Fels (1860-1950), quien le tomó aprecio al muchacho y se convirtió en su tutor y –poco más tarde- lo adoptó oficialmente como su hijo.

Briselli ingresó a las aulas del Instituto Curtis en enero de 1925. Justo en el otoño del año anterior se inscribió en la misma institución un jovencito nacido en West Chester, Pennsylvania, quien estudió piano desde muy pequeño y quien compuso su primera obra (de 23 compases) a los 7 años de edad: Samuel Barber. Aunque Barber y Briselli estudiaban en el mismo lugar nunca fueron amigos. Ambos concluyeron sus estudios en mayo de 1933. El violinista emprendió su carrera como solista con cierto éxito, tocando bajo batutas célebres como las de Arthur Rodzinski (1892-1958) y Leopold Stokowski (1882-1977), mientras que Barber empezó a ser reconocido como un joven talento en la composición.

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El casi hoy olvidado violinista Iso Briselli

Las primeras partituras de Barber llamaron la atención de directores de orquesta, cantantes y pianistas; desde su Obertura La escuela para el escándalo (1931), su Cuarteto para cuerdas (1936) de donde extrajo su movimiento lento y lo arregló para orquesta de cuerdas para ser estrenado por Arturo Toscanini (1867-1957) y la Orquesta Sinfónica de la NBC en 1938. Dicha pieza porta el sencillo nombre de Adagio para cuerdas y le ha dado fama universal desde entonces. Previamente, en 1935, Barber recibió el codiciado Premio Americano de Roma junto con una Beca Pulitzer para apoyar económicamente su estancia en la capital italiana. Fue ahí donde compuso su Primera sinfonía, dedicada a su compañero sentimental: el también compositor Gian Carlo Menotti (1911-2007).

En 1939 Barber recibió su primera comisión importante: un Concierto para violín. Y, aunque pareciera una coincidencia, la nueva partitura sería escrita para Iso Briselli. El patrocinador de dicha comisión fue Samuel Fels, mentor de Briselli, quien tenía suficiente dinero para ello pues era el propietario de una fábrica de… ¡jabones! (Fels Naptha Soap). Después de una reunión entre Barber y señor y señora Fels en la ciudad de Nueva York, en la que le solicitaron formalmente la composición de una “Fantasía” o un “Concertino” para violín y orquesta, el compositor aceptó la comisión en una carta fechada el 4 de mayo de 1939: “Estaré contento de escribir una pieza de unos 15 minutos de duración y otorgar a Iso (Briselli) los derechos de interpretación por un año después de haber concluido la partitura. Mi editor y yo renunciaremos a todos los honorarios por interpretación por cinco pares de conciertos, después de lo cual Iso deberá pagar la pequeña comisión correspondiente”.

Barber había solicitado un total de mil dólares estadounidenses por la comisión a pagarse en dos partes y comprometiéndose a concluir la obra el 1 de octubre de ese año para que se estrenara en enero de 1940 con la Orquesta de Filadelfia. El primer cheque le llegó a Barber el 23 de mayo junto con una carta de Fels. Ahí se dejaba claro que la pieza debería ser en tres movimientos y que una obra de 15 minutos era muy breve. Tal parece que ahí empezó la discordia pues, para el ego de Briselli, un pago de esa cantidad merecía un Concierto completo lo cual se lo hizo saber a Fels en repetidas ocasiones, como queriendo que Barber estuviera consciente de escribirle una gran obra, justo para su categoría y virtuosismo.

Barber comenzó a trabajar lentamente en el Concierto en el verano de 1939 en Sils-Maria, Suiza. Para el final del verano envió los dos primeros movimientos a Briselli quien los calificó de “muy sencillos y no lo demasiado brillantes”. El compositor marchó entonces a París con la idea de concluir ahí su obra; sin embargo, los ciudadanos estadounidenses fueron alertados de salir de Europa ante la inminente invasión de los nazis a Polonia. Sin otra alternativa, hizo las maletas y regresó a casa de sus padres en West Chester donde continuó el proceso creativo y, unas semanas más tarde, se fue a las Montañas Pocono para tratar de dar fin a la partitura.

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De aquí salieron los fondos para pagar la comisión del Concierto de Barber: ¡de una compañía de jabones!

Como lo señala Barbara B. Heyman en su biografía de Barber: “Antes de que fuera terminado, el tercer movimiento fue sujeto de controversia que puso la comisión en riesgo. Cuando el movimiento fue entregado, el violinista declaró que era muy difícil. El patrocinador pidió que se le regresara su dinero y Barber decidió llamar a otro violinista para que tocara la obra completa ante el empresario y su protegido, y probar que el finale no era intocable.” Muchos años después de todo este “chismerío”, Briselli comentó que siempre había considerado los dos primeros movimientos como muy bellos pero que le decepcionó la “ligereza” del final.  Continúa Heyman: “Para convencer a Fels que el Concierto podía ser tocado, Herbert Baumel… fue reclutado para una demostración. Se le dio un manuscrito a lápiz de la parte de violín, con la consigna de que lo aprendiera en dos horas, que lo tocara lo más rápido posible y que, al terminar, se vistiera elegante para tocarlo frente a algunas personas. En la audición privada, en el estudio de Josef Hofmann, había tensión y solemnidad (además de té y galletas). Ralph Berkowitz acompañó a Baumel en el piano quien produjo deslumbrante evidencia de que el Concierto podía ser tocado en cualquier tempo.”

El veredicto final: Barber recibiría la segunda parte de su pago y Briselli debería renunciar al derecho de estrenar la obra.

Una vez liberado de ese asunto, Barber buscó al violinista Albert Spalding (1888-1953) en agosto de 1940. Después de mostrarle el manuscrito, Spalding aceptó estrenarlo con la Orquesta de Filadelfia dirigida por Eugene Ormandy (1899-1985) en febrero de 1941 con conciertos repetidos en Nueva York y Washington D.C. Barber proporcionó estas notas para el estreno:

“El Concierto para violín y orquesta fue terminado en julio de 1940. Es lírico y ciertamente íntimo en su carácter usando una orquesta de tamaño moderado.

El primer movimiento –allegro molto moderato- comienza con un primer sujeto lírico anunciado por el violín solo, sin ninguna introducción orquestal. Este movimiento como un todo tiene más el carácter de una forma sonata que de un concierto. El segundo movimiento –andante sostenuto- es presentado por un extenso solo de oboe. El violín hace su entrada con un tema contrastante y rapsódico, después del cual repite la melodía del oboe del principio. La última sección, un movimiento perpetuo, explota las características más brillantes y virtuosas del violín.”

Después de leer los avatares de una pieza hoy considerada como el más importante Concierto para violín escrito en la historia de los Estados Unidos (Gil Shaham [n. 1971] dixit) y al escuchar sus trazos diáfanamente mozartianos, plenos de poesía, luminosidad y ternura, usted se sorprenderá de estos últimos comentarios:

  • Los familiares de Briselli hicieron una página web en la cual defienden al hoy cuasi-ignoto virtuoso y maldiciendo todo lo que Barber hizo y dijo al respecto de su obra, tachándolo de ser “un fraude”. Dígame ¿cuántas grabaciones se conservan de este señor?: CERO.
  • En una conversación que sostuve en 1992 con el compositor y musicólogo Phillip Ramey (n.1939) en su apartamento en la ciudad Nueva York, él me comentó que –en sus años mozos- había sido secretario de Leonard Bernstein (1918-1990) y Samuel Barber. Se me atragantaron el café y las galletas que me ofreció cuando me dijo que “a Barber nunca le gustó su Concierto de violín” pues le parecía “carente de espíritu”.

Usted ¿qué opina?

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Samuel Barber: Concierto para violín

Versión: Kyoko Takezawa, violín. Orquesta Sinfónica de Saint Louis. Leonard Slatkin, director.

SAMUEL BARBER (1910-1981)

21 Sep

Meditación y danza de la venganza de Medea, Op. 23

Samuel Barber, en su juventud

Muchas de las grandes obras musicales de todos los tiempos que usted y yo hemos escuchado al paso de los años tienen, además de los más diversos intereses artísticos de sus autores, trasfondos que escapan a la vista de cualquiera. Estos bien pueden ser de tintes políticos, sociales y, en una buena cantidad de los casos, de carácter emocional.

En ese sentido, y no en balde, casi la totalidad de la producción de Samuel Barber -cuyo estilo de composición siempre estuvo guiado por un romanticismo exacerbado e intenso- nos deja ver su lado más humano, sensible, originado por el amor. Sin embargo, esa sensibilidad se transformó especialmente cuando el proyecto musical así lo ameritaba, convirtiendo a Barber en un músico rebelde y hasta salvaje.

Ese puede ser el caso de la obra que nos atañe aquí, y que surgió gracias a una de las más importantes personalidades de la danza en el siglo pasado: Martha Graham. Ella, a petición del director musical de su compañía Louis Horst, comisionó obras a importantes autores de ese tiempo con lo que se creo un repertorio dancístico diferente, renovado. Algunas de ellas incluyen Herodiade de Paul Hindemith, Jeux de printemps de Darius Milhaud, La hija de Cólquide de Carlos Chávez, el ballet Medea de Samuel Barber y, por si fuera poco, Primavera en los Apalaches de Copland (la mayoría de estas partituras fue realizada para un ensamble de 13 instrumentos). La petición de Martha Graham para Barber tenía que ver con la historia de Medea que el mismo autor definió “con la oscuridad de los temas que siempre han acompañado a la vida humana”. El tema en si es tan universal como lo son los sentimientos que mueven a Medea. El argumento del ballet que escribió Barber muestra la ira de Medea, sus celos y la desafortunada venganza hacia sus hijos que concibió con Jasón, príncipe y líder de los argonautas, quien la desdeñó por la hija del rey.

Barber señaló que: “Ni la señorita Graham ni el compositor desearon utilizar la leyenda de Medea y Jasón literalmente. Estos personajes mitológicos sirvieron para proyectar estados psicológicos de celos y venganza que son definitivamente vigentes siempre.” Martha Graham preparó el argumento para el ballet que ella denominó Corazón serpiente y que posteriormente trabajó con el compositor, al respecto de lo cual él señaló: “La coreografía y la música fueron concebidas en dos niveles: la antigua y mística y la contemporánea. Medea y Jasón aparecen en primer término como dioses, figuras sobrehumanas de la tragedia griega. Al incrementarse la tensión y el conflicto en si, dejan sus papeles legendarios para convertirse en el hombre y la mujer modernos, cautivos en las redes de sus celos y el amor destructivo, y hacia el final reasumen su calidad mística. Tanto en la danza como en la música, los idiomas arcaicos y contemporáneos son utilizados. Medea, en su escena final, se convierte nuevamente en la descendiente del sol.”

El 10 de mayo de 1946 ocurrió el estreno de este ballet en el Teatro McMillin de la Universidad Columbia y casi un año después la partitura de Barber fue presentada en concierto bajo el título La gruta del corazón. El músico siempre gustó más de llamar a esta pieza como Medea, por lo que en 1947 planeó su instrumentación para gran orquesta y que estrenaron Eugene Ormandy y la Orquesta de Filadelfia. Y hacia 1955, gracias al impacto generado por esta música en músicos y público, Barber retomó temas fundamentales de ambas partituras para crear una suerte de poema sinfónico que puede tomarse como un estudio psicológico de Medea: la Meditación y danza de la venganza de Medea, estrenada el 2 de febrero de 1956 con Dmitri Mitropoulos y la Filarmónica de Nueva York.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Samuel Barber: Meditación y danza de la venganza de Medea

Versión: Real Orquesta Nacional Escocesa. Marin Alsop, director.

SAMUEL BARBER (1910-1981)

19 Feb

Sinfonía No. 1 Op. 9

Moderna, ma seria…

Palabras del director de orquesta Bernardino Molinari al definir la Primera Sinfonía de Barber

Muchas de las grandes obras musicales de todos los tiempos que usted y yo hemos escuchado al paso de los años tienen, además de los más diversos intereses artísticos de sus autores, trasfondos que -en ocasiones- escapan a la vista de cualquiera. Estos bien pueden ser de tintes políticos, sociales y, en una buena cantidad de los casos, de carácter emocional. En ese sentido, y no en balde, casi la totalidad de la producción de Samuel Barber -cuyo estilo de composición siempre estuvo guiado por un romanticismo exacerbado e intenso- nos deja ver su lado más humano, sensible, originado por el amor.

Si deseamos comprender las hermosas melodías y la intensa fuerza motriz de la Primera sinfonía de Barber, es de capital importancia que nos sumerjamos por un momento en la biografía de este autor: Era el año 1928. Barber había ingresado al Instituto Curtis de Filadelfia cuatro años antes. En el otoño de aquel año llegó a esa institución un joven italiano nacido en 1911, de nombre Gian Carlo Menotti, quien relata cómo cruzó su camino con el “americano”:

Al llegar hablaba muy poco inglés. La primerísima persona que conocí en la escuela fue Sam Barber. Era el único alumno ahí que hablaba fluidamente francés e italiano. Así pues, nos hicimos amigos inmediatamente, y amigos de por vida. Era un joven excepcionalmente instruido, además de haber viajado bastante, y era inmensamente popular, no sólo por ser muy atractivo físicamente, sino por sus muchos talentos. Tenía una hermosa voz de barítono, además de ser extraordinario pianista y, por supuesto, un compositor estrella. Por ello, Barber siempre fue uno de los alumnos más respetados del Conservatorio (…) La noche en que nos volvimos amigos, recuerdo bien que él se burló de que yo viniera de Milán, donde mi educación musical consistía en óperas y los clásicos de siempre. Pero no sabíamos nada de Brahms, o Ravel, o Debussy. Así, mi relación con Sam se desarrolló al abrigo de la música de Brahms.

De aquí, estimado lector, y con ese primer encuentro como lo relata Menotti, surgió (en palabras de la experta biógrafa de Barber, Barbara B. Heyman) “una de las más destacadas y productivas colaboraciones personales y profesionales en la vida musical contemporánea.” Previamente a ese afortunado encuentro, Barber había pasado todo el verano en Europa, donde conoció a otro de los amores de su vida: la cultura y la sociedad del viejo mundo, amor que (similar al cariño que le profesó a Menotti hasta el último día de su vida) permaneció intacto a lo largo de su carrera. En ese lapso se dio tiempo para terminar algunas partituras que había dejado inconclusas, así como tomó lecciones con Rozario Scalero. La aventura juvenil de Barber incluyó Francia, Italia, Alemania y Suiza, donde se dejó llevar por el estilo de vida, el teatro, conciertos, y perfeccionó su francés leyendo las novelas de Flaubert. En mayo de 1929 Barber volvió a viajar a Europa, pero en esa ocasión ya no iba solo. Él y Gian Carlo Menotti zarparon rumbo a Nápoles en el Conte Grande. De muchas formas, ese viaje fue muy importante para la pareja quienes ahí terminaron por estrechar sus lazos amistosos gracias a las experiencias y aventuras del viaje europeo.

Barber tenía 25 años de edad cuando comenzó una aventura más: componer una Sinfonía, cuya partitura estuvo lista el 24 de febrero de 1936, al ponerle punto final durante su estancia de dos semanas en la Fundación Anabel Taylor en el poblado franco alpino de Roquebrune. Según sus propias palabras: “Esta Sinfonía es un tratamiento sintético de los cuatro movimientos del modelo de sinfonía clásica. Está basada en los tres temas del allegro inicial, que se mantienen toda la obra proporcionándole carácter.” Analizándola rápidamente, podemos encontrar en esta Sinfonía de Barber una gran similitud con la Séptima sinfonía de Jean Sibelius, especialmente por su enorme parecido estructural en un solo movimiento, con sus cambios de carácter y ritmo.

En mayo de 1936, unos meses después de terminar la Sinfonía, Barber fue honrado con el segundo Premio Pulitzer que se le otorgaba en su aún corta carrera. Ello le permitió pasar un año más en Europa, por lo que preparó el estreno de su flamante partitura en aquel continente. Así, su Primera sinfonía fue estrenada el 13 de diciembre de 1936 con la batuta de Bernardino Molinari al frente de la Orquesta Filarmónica del Augusteo en el Teatro Adriano de Roma, justo un día antes de que se interpretara por vez primera otra obra de Barber en la American Academy: su Cuarteto para cuerdas, cuyo tercer movimiento es –dicho sea de paso- el que se conoce como su mil veces célebre Adagio. La respuesta del público italiano fue diversa ante su Sinfonía. Barber mismo admitió que la mitad de los asistentes al estreno aplaudieron y premiaron calurosamente la nueva obra, y la otra mitad tan sólo murmuraba. Aquella tibia recepción pudo deberse, como también indicó el autor, a que la comparaban con los tonos oscuros y demasiado nórdicos de una sinfonía de Sibelius (lo cual refrenda aquella teoría de una similitud entre la Primera sinfonía del estadounidense y la Séptima del finlandés). Además, una pieza de un americano era vista con reservas en aquel tiempo; de hecho, algunos de los músicos de la orquesta no podían creer que una Sinfonía venida del otro lado del Atlántico pudiera existir. Es más, pensaban que los estadounidenses eran incapaces de escribir música.

La première en los Estados Unidos de la Primera de Barber ocurrió entre el 21 y 23 de enero de 1937 con la Orquesta de Cleveland y la dirección de Rudolf Ringwall. Dos meses más tarde, la Filarmónico-Sinfónica de Nueva York, dirigida por el gran Arthur Rodzinski, presentó la Sinfonía en Carnegie Hall, donde el autor de apenas 26 años de edad fue recibido como todo un artista consumado. Y en diciembre de 1938 la Orquesta de Filadelfia ofreció una majestuosa interpretación de esta partitura con la batuta de Eugene Ormandy. En el verano de ese año, el éxito de la obra continuó cuando Rodzinski la presentó en el concierto inaugural del Festival de Salzburgo, siendo la primera ocasión en que una obra “americana” era escuchada en tan prestigiado festival. Hacia 1942, Barber decidió hacer una revisión acuciosa de la Sinfonía, dándole una mayor cohesión a su estructura, y reemplazando su segunda sección (en forma de un scherzo), por música que Olin Downes definió como “de un humor altamente sardónico y con una orquestación muy imaginativa.” La nueva y definitiva versión de la obra tuvo su primera presentación con Bruno Walter y la Orquesta de Filadelfia el 8 de febrero de 1944, año en el que Barber escribió una Segunda sinfonía, comisionada por la Fuerza Aérea Estadounidense (explicable, sobre todo, en tiempos en que se desarrollaba la Segunda Guerra Mundial) portando el título de Flight Symphony. Por cierto, Bruno Walter realizó la primera grabación mundial de la Primera de Barber, constituyendo un hecho histórico pues ésta fue una de las pocas obras de autores americanos que este célebre director, alumno de Gustav Mahler, llevó al disco en su vida.

Aunque Barber vivió poco más de tres décadas después de escribir dicha partitura, nunca volvió a abordar el género de la sinfonía, aunque –quizá- éste lo sustituyó con gran vehemencia por el campo de la ópera, produciendo piezas maestras como Vanessa y Antonio y Cleopatra, además de música orquestal y de cámara de impresionante factura, cientos de canciones, y sus Conciertos, básicos en la literatura musical del siglo XX: para piano, para violín y para cello, además del Concierto Capricornio para instrumentos de aliento.

La Primera sinfonía de Barber constituye, en sus apenas veinte minutos de duración, un despliegue de virtuosismo orquestal así como de transparencia y lirismo en la expresión. Después del primer compás de introducción, las cuerdas exponen con fascinante lirismo el primer tema recurrente en la partitura. Posteriormente, y con varios trazos de profundo dramatismo delineados con varios silencios, esta sección se conecta con el scherzo, de carácter hiperactivo y realzado por los stacatti que aquí se escuchan, y con un constante jugueteo entre alientos y cuerdas bajo la constante métrica de 6/8. Al concluir esta parte escuchamos a los fagotes y clarinetes que, tenuemente, nos conducen al Andante tranquilo; éste inicia con una amorosa melodía en el oboe enmarcada por una atmósfera vaporosa en las cuerdas y el arpa. Aquí podemos decir que encontramos a Barber en su máxima expresión, empleando lirismo, fuerza, tensión y amor hecho sonidos. Esta sección lenta poco a poco va cobrando mayor intensidad al retomar los violines la melodía del oboe, hasta estallar en una potente proclama de los metales que, a su vez, conducen a la parte final de la Sinfonía, en forma de una pasacalle. Así como ocurre en la sección anterior, Barber construye un clímax magnífico de dimensiones impresionantes, en el que las cuerdas tocan con pasión y las trompetas y timbales nos llevan hacia la coda final, aún más excitante y poderosa en su carácter.

Así, con todo lo que se ha dicho en esta nota, podemos comprender varias situaciones en la música y la vida de Barber. Primero que nada, y que seguramente fue obvio para sus ojos, es la enorme fortuna con la que contó este hombre en el seno de la música internacional. Al leer los nombres de quienes en menos de una década dirigieron su Sinfonía (además de Koussevitzki) nos percatamos del gran respeto que los músicos de su tiempo profesaban por las obras de Barber. Por otro lado queda manifiesto en el breve, conciso y bello discurso de la Primera sinfonía que este autor siempre se mantuvo firme a su credo artístico y que las vanguardias imperantes en el siglo XX ni lo conmovían y mucho menos lo convencían, manteniéndose (como en el caso, por decir algo, de Sergei Rajmáninov) quizá anacrónico a su tiempo, pero con una sinceridad artística y humana que ya hubieran agradecido muchos de los compositores de esa época,  incitante en las artes y la sociedad mundial. Y, finalmente, si usted escucha con todo su corazón esta Primera sinfonía, se dará cuenta por qué traje a cuento la relación sentimental que sostuvieron Barber y Menotti (y que, por cierto, a estas alturas ya no debe sorprendernos, por el amor de Dios). La prueba fehaciente de cuánto tuvo que ver el amor que Barber sintió por su compañero de toda la vida no sólo transpira de esta obra en sonidos, sino en la dedicatoria que aparece en la primera página de la partitura: A Gian Carlo Menotti.

Gian Carlo Menotti y Samuel Barber en St. Wolfgang (verano de 1936)

¿Acaso esto no está clarísimo con tan sólo escuchar el solo de oboe del Andante tranquilo? Y si acaso esta apreciación personal no lo convence, le sugiero escuche detenidamente las siguientes músicas de Barber, y no le quedará más remedio que darme la razón:

  • El segundo movimiento del Concierto para violín.
  • Knoxville: Summer of 1915, con texto de James Agee.
  • Give me some music, de la ópera Antonio y Cleopatra.
  • Sure on this shining night, canción con texto de Agee.
  • Must the winter come so soon, de la ópera Vanessa

Y, entre un larguísimo etcétera, por qué no:

  • El Adagio para cuerdas.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Samuel Barber: Sinfonía No. 1 Op. 9

Versión: Real Orquesta Nacional Escocesa. Marin Alsop, director.

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