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BÉLA BARTÓK (1881-1945)

19 May

Música para cuerdas, percusiones y celesta

  • Andante tranquilo
  • Allegro
  • Adagio
  • Finale: Allegro molto

Al partir de manera un tanto forzada de su natal Hungría, Bartók estableció su residencia en los Estados Unidos hasta el final de su vida. Los primeros años de exilio provocaron varios sinsabores en el compositor y su esposa, quienes tenían que ingeniárselas para vivir en un país “extraño” con poco dinero. Afortunadamente para él siempre contó con buenas amistades, especialmente aquellos músicos sensibles o mecenas del arte que respetaban enormemente sus partituras. De tal manera, muchas de las partituras que surgieron en los últimos quince años de vida de Bartók fueron escritas por comisión: el Cuarteto de cuerdas núm. 5, el Concierto para viola y el Segundo concierto para violín, Contrastes, el Concierto para orquesta y la Sonata para dos pianos y percusiones. Hacia 1936 le llegó a Bartók una comisión directamente desde Suiza, por parte del director Paul Sacher (fundador de la Orquesta de Cámara de Basilea). Este hombre fue muy reconocido por alentar el talento de esa época y comisionar obras para su orquesta, entre ellas la Cuarta sinfonía de Honegger, el Concierto para siete instrumentos de aliento de Frank Martín, entre otras. A Bartók le solicitó dos obras para cuerdas que cristalizaron en la Música para cuerdas, percusiones y celesta (1936) y el Divertimento (1939).

Béla Bartók

Béla Bartók

Así como su Concierto para orquesta es un extraordinario tratado sonoro de las capacidades virtuosas y colorísticas de los instrumentos orquestales, la Música para cuerdas, percusiones y celesta es –quizá- una impresionante partitura donde la relación entre matemáticas (algo que siempre apasionó al húngaro) y las relaciones armónicas de la dotación que aquí propone llegan a un grado superlativo de perfección, como pocas veces se ha podido escuchar en la música de la civilización occidental. La disposición de los instrumentos de cuerda debe ser totalmente simétrica alrededor del director (a cada lado violines, violas y cellos, con los contrabajos en la parte central) siendo que celesta, piano, arpa y percusiones se encuentran en semicírculo al frente del grupo de cuerdas. Lo más interesante de esta obra es escuchar las “nubes armónicas” que se producen con la combinación de diversos timbres, como los glissandi en los timbales, la relación cromática entre violín y celesta del tercer movimiento, y el uso –en momentos frenético- del piano como un instrumento de percusión mas que como un elemento melódico. Igualmente, la partitura está construida sobre las bases y técnicas que Bartók desarrolló durante su carrera, combinado todo ello con algunos toques “subjetivos” del folclor centroeuropeo, especialmente en lo que se refiere a la rítmica. El propio Paul Sacher, solicitante de esta obra, y su Orquesta de Cámara de Basilea, ofrecieron su estreno el 21 de enero de 1937. Aunque el contenido artístico de la Música para cuerdas, percusiones y celesta es realmente magnífico, es importante anotar que mucha de su popularidad esta relacionada directamente con el cine: en primer lugar, gracias a los intensos conceptos visuales de Stanley Kubrick al incluirla en su cinta El resplandor, obra maestra del terror psicológico de la década de 1980. Y en segundo lugar, en fecha más reciente, en otra película que –curiosamente- alude a ciertas telarañas mentales y cómo afectan en las relaciones personales: ¿Conoces a John Malkovich?, donde la música de Bartók aparece (en primera instancia) con los créditos iniciales acompañando una extraordinaria secuencia de un ballet de marionetas.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Béla Bartók: Música para cuerdas, percusiones y celesta

Versión: Orquesta Sinfónica de Chicago. Sir Georg Solti, director.

BÉLA BARTÓK (1881-1945)

13 Oct

Concierto para piano y orquesta No. 3

  • Allegretto
  • Adagio religioso
  • Allegro vivace

    Béla Bartók

Es bien sabido que al desarrollarse la Segunda Guerra Mundial una importante comunidad de artistas de las más diversas disciplinas, tuvieron que huir de las persecuciones raciales e ideológicas que estaban destinadas a la dizque depuración de una raza, y lo que ha constituido una de las más grandes catástrofes para la historia de la humanidad. El compositor húngaro Béla Bartók fue uno de tantos que emprendió el éxodo al nuevo mundo para encontrar paz –y seguridad- en su alma. Además, las enormes crisis políticas y económicas que se sucedieron a causa de la contienda armada, impidieron que el estado húngaro le otorgara a Bartók una pensión con la que este gran personaje del arte de su país pudiera vivir con decoro.

El viaje a Estados Unidos de Norteamérica fue muy difícil para el compositor y su familia, especialmente por la enfermedad que ya corría por las venas de Bartók y que poco tiempo después de emigrar lo privaría de la vida: la leucemia.

Mientras vivió en Estados Unidos, Bartók también sufrió de crisis creativas, que sólo le permitieron escribir algunas partituras; para fortuna de todos, éstas encarnan la síntesis del pensamiento musical de este hombre: el muy célebre Concierto para orquesta, que le fue solicitado por Serge Koussevitzki para evitar que Bartók cayera en una profunda depresión; la Sonata para violín solo que estrenó Yehudi Menuhin en el Carnegie Hall de Nueva York; el Concierto para viola comisionado por William Primrose; los bosquejos de un Séptimo cuarteto para cuerdas; y su Tercer concierto para piano y orquesta.

Según los comentarios de David Ewen: “Cuando Bartók estaba por terminar el Tercer concierto, sabía que su vida no habría de durar mucho. En el último compás de sus apuntes escribió la palabra húngara vege (‘el fin’) por primera vez en uno de sus manuscritos. No se trataba sólo del termino de esta particular obra, sino del punto final de su vida creativa. En realidad, Bartók no vivió lo suficiente para completar los compases finales -para los que no dejó anotaciones-. Fue su discípulo e íntimo amigo Tibor Serly quien realizó y orquestó los últimos diecisiete compases de la obra”.

Gyorgy Sandor y Bartók

Aunque la intención original de Bartók era la de escribir un Concierto para dos pianos, su decisión de convertir la partitura en su Concierto final para piano se debió a un factor de gran peso: al acercarse el final de sus días y antes de que ocurriera lo peor deseaba rendir homenaje a su esposa, Ditta Pásztory, con una partitura que reflejara su amor y agradecimiento, además de encapsular lo mejor de su idiomática musical.

El Tercer concierto de Bartók posee una buena carga de virtuosismo para los intérpretes, así como las acostumbradas disonancias bartokianas llevadas a un grado de refinamiento impresionante. Al escuchar la obra también nos percatamos que ésta resulta ser su obra más expresiva y en momentos conmovedora, como ocurre en el segundo movimiento.

Construida en tres partes -como sus anteriores Conciertos para el instrumento- la obra comienza serenamente y casi de inmediato es expuesto el tema central en la voz del piano, a partir del cual (y de otro tema casi equiparable a una melodía popular húngara) se desarrolla el primer movimiento. La segunda parte -el Adagio religioso– se inicia con un tema plácido y meditativo, es seguido por el piano que entona un coral en el estilo de Bach y posteriormente contrasta con un trío en donde aparecen fugazmente algunos alientos y el xilófono (“como insectos nocturnos durante un festín”, diría el pianista Tedd Joselson). El final del Concierto es un scherzo lleno de vitalidad que nos lleva a una conclusión realmente enérgica.

Si Bartók hubiera vivido lo suficiente, la partitura habría sido editada meticulosamente, cual era práctica rigurosa en el autor. Como ello no ocurrió, tal labor recayó en manos de Tibor Serly (quien terminó la partitura), Eugene Ormandy, Erwin Stein y Louis Kentner.

El estreno definitivo del Tercer concierto tuvo lugar en Filadelfia el 8 de febrero de 1946 con la Orquesta de esa ciudad, su entonces titular en la batuta (Ormandy) y el pianista György Sandor, quien también fue el responsable de estrenar las versiones pianísticas de la Suite de danza y del Concierto para orquesta del compositor húngaro.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Béla Bartók: Concierto para piano y orquesta No. 3

Versión: Vladimir Ashkenazy, piano. Orquesta Filarmónica de Londres.

Sir Georg Solti, director.

BÉLA BARTÓK (1881-1945)

6 Oct

Concierto para orquesta

  • Introduzione
  • Presentando le coppie
  • Elegía
  • Intermezzo interrotto
  • Finale

El Concierto para orquesta de Bartók fue concebido en el otoño de 1943, cuando el compositor húngaro estaba pasando por uno de los momentos más terribles de su vida: sufría de cáncer y su estado anímico estaba destrozado. Los cuatro años que separan a esta obra orquestal de la partitura que la precede (el Sexto cuarteto para cuerdas) resultó ser el período más largo de la vida de Bartók en el que no escribió ni una sola nota musical.

Forzado a salir de su natal Hungría a causa de la Segunda Guerra Mundial, Bartók marchó al Continente Americano, específicamente a los Estados Unidos; dicho cambio resultó ser una experiencia difícil para el alma sensible de este hombre no sólo en el aspecto profesional sino también en el psicológico.

Ahora bien, ¿por qué Bartók, sumido en la depresión como estaba y sufriendo los embates de la leucemia, se aventuró a escribir una obra de tales dimensiones? Imagínese usted que al renunciar él a toda la fama que tenía en Hungría y –por supuesto- al dejar a un lado el enorme lazo de hermandad que siempre lo mantuvo unido a su pueblo, el gobierno húngaro le suspendió cualquier tipo de apoyo financiero. Al llegar a Estados Unidos Bartók tuvo que acceder a un puesto de investigador de música folclórica en la Universidad Columbia, pero sus penurias físicas iban en aumento y le impidieron presentarse en público en calidad de pianista; la depresión del músico fue en aumento al sentir que sus obras eran ignoradas por la comunidad artística cada día más. Tanta desesperación llegó a los oídos de la ASCAP (American Society of Composers, Authors and Publishers), quienes destinaron un fondo monetario especial para hospitalizar a Bartók en una institución a orillas del lago Saranac en Nueva York, y que le brindó la “tranquilidad” suficiente para seguir componiendo. El musicólogo y compositor Philip Ramey nos dice: “A principios de 1943 las cosas se habían puesto tan mal que dos viejos amigos de Bartók, (el director) Fritz Reiner y (el violinista) Josef Szigeti sugirieron a Serge Koussevitzki que encargara un trabajo orquestal en memoria de su esposa Natalie Koussevitzki. (El director de orquesta) accedió y un día de primavera, mientras Bartók estaba en un hospital de Nueva York llevando a cabo pruebas, se apareció inesperadamente y sobresaltó al compositor ofreciéndole una comisión de $1,000 dólares a nombre de la Fundación Koussevitzki. Bartók, tan raro como siempre, sólo aceptaría inicialmente la mitad de esa cantidad porque temía que su precaria salud le impidiera cumplir con la petición del entonces director de la Sinfónica de Boston.”

Firma autógrafa de Bartók

El Concierto para orquesta fue una de las cuatro grandes obras que Bartók compuso en América junto con la Sonata para violín solo, el Concierto para viola y el Tercer concierto para piano; estas dos últimas partituras quedaron incompletas pues al momento de su muerte el autor trabajaba incesantemente en ellas. Aunque Bartók no escribió sinfonías el Concierto para orquesta puede ser considerado dentro de ese género; de hecho, el autor así lo tenía en mente. Entonces ¿por qué lo llamó Concierto? En sus propias palabras encontramos la solución al enigma: “El título de esta obra orquestal, a la manera de una sinfonía, está explicado en su tendencia a tratar cada uno de los instrumentos de la orquesta como concertante, o bien en forma solística. El tratamiento ‘virtuosístico’ aparece, de hecho, en las secciones fugato del desarrollo del primer movimiento (en los instrumentos de metal), o en el pasaje quasi perpetuum mobile del tema principal en el último movimiento, en el que pares de instrumentos aparecen consecutivamente con pasajes brillantes.”

El hecho de que esta partitura de Bartók signifique para el lenguaje instrumental del siglo XX -y, por supuesto, del milenio recién empezado- un estupendo tratado de orquestación y del tratamiento de la paleta orquestal (así como el propio Mikrokosmos de este autor puede -¡debe!- ser tomado por los pianistas como la Biblia para el perfecto entendimiento, técnica y posibilidades sonoras de su instrumento), nos permite a continuación citar a detalle el estudio que sobre el Concierto para orquesta realizara Eric Mason:

“El título de la obra, como bien lo indican las palabras del autor, es explicado en cuanto a su tendencia para tratar a los instrumentos individualmente en una forma concertante o solista. Su enorme pasión (de Bartók) por la simetría es reflejada en su disposición en cinco movimientos, con dos sólidos movimientos externos que flanquean a otros dos más ligeros en su carácter que a su vez funcionan como marco para el apasionado movimiento lento central (*).

“El primer movimiento, a pesar de su título, resulta tener una amplia estructura en forma sonata. La introducción lenta evoca una atmósfera misteriosa y permite a las cuerdas introducir el intervalo de una cuarta, que de hecho es un elemento destacado de toda la obra. Una idea melódica sugerida por la flauta es tomada suavemente por las trompetas y posteriormente de forma más apasionada por los violines. El siguiente Allegro consta de tres temas: una melodía llena de fuerza con prominencia en las cuartas, una figura del trombón basada en dichas cuartas y una melodía más tranquila presentada por el oboe. Todas ellas toman sus turnos en el desarrollo, que avanza con una fantástica seguridad contrapuntística. El tema del trombón tiene la última palabra.

“Al referirnos directamente al manuscrito autógrafo de Bartók encontramos que el título del segundo movimiento fue corregido a Presentando le coppie -Presentando a los pares o parejas- (que es diferente a como se encuentra publicado en la partitura y/o grabaciones discográficas, donde se conoce a esta sección como Giuoco delle coppie –Juego de las parejas- N.del.E). Cinco pares de instrumentos de aliento, acompañados por una tarola y las cuerdas, van desfilando por turnos, cada una con distinto material melódico. Cada ‘pareja’ toca en diferentes intervalos: fagotes en sextas, oboes en terceras, clarinetes en séptimas, flautas en quintas y finalmente las trompetas con sordina en segundas. La sección central es una especie de breve coral para trompetas, trombones y tuba, que se extiende a los cornos. Entonces las parejas regresan y elaboran su ‘juego’, un tercer fagot se añade a los dos presentados al principio y algunos otros pares de instrumentos hacen ‘cuarteta’ (sic).

“Todas las ‘premoniciones’ aparecidas en el primer movimiento encuentran sentido en la Elegía, que es trazada a partir del mismo material. Los violines hacen su entrada con desgarrador e intenso carácter trágico inmerso en un ambiente pleno de murmullos nocturnos, tocando su tema apasionado de la introducción del Concierto. En la parte central del movimiento encontramos un tema para los alientos de indiscutible sabor húngaro.

Portada de mi partitura del Concierto para orquesta de Bartók, autografiada por Jorge Mester después de una estupenda versión que él dirigió con la OFCM en el año 2000

“Dos temas conforman la primera parte del Intermezzo interrumpido (Intermezzo interrotto). La primera es presentada en un solo de oboe; la otra, basada en una canción popular de Transilvania, se escucha por vez primera en las violas. Entonces llega la interrupción. Un clarinete toca una melodía que recuerda el tema de la marcha (en el primer movimiento) de la Sinfonía Leningrado de Shostakóvich, que a su vez es una cita de La viuda alegre de Franz Léhar, aunque el hijo de Bartók alguna vez señaló que su padre se refería más directamente a la Sinfonía Leningrado, que él escuchó repetidamente en la radio y le pareció grotesca (sic). Repentinamente se escucha una especie de gran carcajada orquestal que dice todo lo que pensaba Bartók del tema empleado. El autor enfatiza este punto con sonidos rudos en los trombones y la tuba, y después vuelve a parodiar la melodía. La elegante y hermosa melodía popular cierra la sección, haciendo un contraste evidente, y el movimiento concluye con el tema inicial.

“Un virtuosismo considerable se requiere en las cuerdas para el Finale. El toque de corno que abre el movimiento, y que será recurrente más tarde en este trozo, va siendo desplazado por el inexorable crescendo de las cuerdas tocando un vigoroso perpetuum mobile. Algunos episodios más tranquilos incluyen una melodía en los alientos que recuerdan música de gaitas, y Bartók emplea su peculiar maestría en el contrapunto con impresionante efectividad. Existe un motivo, claramente identificable en la trompeta, que significaba en las palabras de Bartók una gran afirmación de vida, mismo que cierra brillantemente la obra.” Aquí cabe comentar que los últimos 24 compases originales que concluyen la obra no fueron totalmente del agrado de Koussevitzki, por lo cual le solicitó a Bartók que escribiera un final algo más largo y menos abrupto que el original, y es así que se escucha hasta la fecha (aunque en la partitura existen los dos finales, siendo el original marcado como “final alternativo”).

Cuarto movimiento del Concierto para orquesta. Con mis anotaciones de solfeo, dizque para “no regarla”

Desde que el Concierto para orquesta fue estrenado, el 1 de diciembre de 1944 con la Orquesta de Boston y Koussevitzki en la batuta en el Carnegie Hall de Nueva York, la partitura ha resultado ser una de las más exitosas de Bartók, lo cual llevó a decir a quien la solicitó que ésta se trataba de “la mejor obra orquestal de los últimos veinticinco años”. Y sobre todo, este clásico del siglo XX no sólo es todo un acontecimiento musical, sino que también es un documento sonoro que nos habla con elocuencia de la voluntad y la gran valentía de su creador en la lucha por la vida. Bartók sólo vivió algunos meses más después de que su Concierto para orquesta viera la primera luz.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

(*) Aquí también debe hacerse referencia a la estricta visión que Bartók tenía en cuanto a la duración de cada una de las secciones de cualquiera de sus partituras. Dicha exactitud, casi milimétrica, si bien es considerada por bastantes intérpretes posteriores a Bartók en el caso del autor como su intérprete no ocurre lo mismo, y para comprobarlo sólo hay que escuchar sus grabaciones del Mikrokosmos para comprender que él mismo se tomaba licencias que no permitía en otros pianistas.

Con respecto al Concierto para orquesta, la partitura publicada por Boosey and Hawkes establece las siguientes duraciones para la interpretación de la obra:

Introduzione: 9’48”

Presentando le coppie: 6’17”

Elegía: 7’11”

Intermezzo interrotto: 4’08”

Finale: 8’52”

Duración total de la obra: ca. 37’

Y además, Bartók era muy específico de cuánto debía durar el lapso entre un número de ensayo y el otro (en segundos), cosa que, si usted revisa cualquier grabación del Concierto para orquesta se dará cuenta que en ninguna de ellas puede lograrse la perfección de relojero suizo que solicitara el autor.

Descarga disponible:

Béla Bartók: Concierto para orquesta.

Versión: Orquesta Sinfónica de Chicago. Sir Georg Solti, director.

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