Archivo | Berlioz, Héctor RSS feed for this section

HECTOR BERLIOZ (1803-1869)

20 May

Retrato de Berlioz realizado por Gustave Courbet en 1850

Obertura a Benvenuto Cellini

Existía un personaje italiano del Siglo XVI cuya personalidad tenía un gran parecido con la impresionante vida del francés Héctor Berlioz: él era Benvenuto Cellini, escultor, aventurero, héroe militar, extraordinario amante y hasta asesino. Tanto el renacentista Cellini como “el músico del futuro” Berlioz poseyeron almas independientes, siempre en contra de lo establecido en las artes; ambos estuvieron sujetos a pasiones en exceso y a las violentas acciones que estas trajeron aparejadas.

En fin; Berlioz sintió cercanas las vivencias de este señor en 1831 cuando, en viaje por Florencia (Italia) se quedó pasmado ante la escultura de Perseo, del propio Cellini, y al obsesionarse con su inmensa capacidad artística, comenzó a hacer investigaciones a fondo de su vida, especialmente al leer en 1833 su Autobiografía. Fue así que el compositor decidió que ese podría ser un buen tema para una ópera en la que puso manos a la obra al año siguiente de sus pesquisas sobre Cellini y que se convertiría en la primera gran ópera de Berlioz.

El estreno tuvo lugar en la Ópera de París el 10 de septiembre de 1838, ante un público que desaprobó enormemente la nueva partitura y que estuvo a punto de comenzar un zafarrancho. Después del tremendo fracaso inicial, Benvenuto Cellini volvió a representarse sólo unas tres veces más y con muy pobre asistencia, para posteriormente caer en el olvido. Y aunque la ópera completa aburrió y enfureció al público, lo que más llamó la atención de los presentes en el estreno fue la Obertura, que -en palabras de Berlioz- obtuvo un “aplauso exagerado”.

En esta fantástica pieza orquestal, Berlioz utiliza algunos de los temas fundamentales que pueden ser escuchados durante la ópera. La acción tiene lugar en la Romarenacentista en tiempos de Carnaval; el tema que abre es un retrato musical del propio Benvenuto Cellini, y después de una breve pausa se hace presente un tema del tercer acto “A tous péchés”, de carácter solemne que es cantado por el personaje del Papa Clemente VII durante la ceremonia de absolución de los pecadores. De pronto, regresa el vivaz tema de Cellini y el Carnaval, combinado con un tema que corresponde al del arlequín, y que nos lleva a un segundo tema lírico, aquel del dúo de amor de Cellini y su amada Teresa a cargo de los instrumentos de aliento.

Quizá la definición del director de orquesta Felix Weingartner es muy apropiada, al considerar a la Obertura Benvenuto Cellini como una pieza “con cinco grandes temas, todos ellos llenos de plasticidad, originales, de admirable artesanado, variados en su forma y que se elevan gradualmente a un punto culminante para terminar con un efecto intenso”.

Berlioz dirigiendo (grabado de la época)

Obertura a El corsario

Por mucho que deseemos pensar en que la vida estrictamente parisina fue la responsable directa del estallido de emotividad y creatividad del gran Héctor Berlioz, podremos percatarnos con la solaz lectura de sus Memoires que más de un país ajeno a él tuvo que ver en la composición de algunas de sus más importantes partituras. En ese sentido, es importante citar Inglaterra y el nombre de una de sus “súbditas”: la finísima Harriet Smithson, quien fue el dolor de cabeza del compositor durante varias décadas al enamorarse perdidamente de ella durante una representación en París de Hamlet; y, de hecho, gracias a ella, surgió la Sinfonía Fantástica (que tanto gusta), como homenaje al onírico y casi irrealizable amor que sentía el entonces joven Berlioz. Pero Italia también tuvo mucho que ver en las influencias emocionales de este hombre, principalmente cuando llegó a la Ciudad eterna a los veintisiete años de edad gracias al famoso Premio de Roma. Básicamente, y como se lo mencionó a Wagner en alguna carta veinte años después de ese acontecimiento, la principal influencia en Berlioz fue –como era de esperarse- el paisaje italiano y su fresca naturaleza, además que fue el lugar donde entró en contacto con las obras de Virgilio, Byron, Shakespeare y, en una sola frase, se embriagó con la exquisita atmósfera italiana. De ahí, produjo lo que constituyó su primera ópera, Benvenuto Cellini, la historia de un aventurero durante los tiempos de la Roma renacentista en tiempos de carnaval. Justamente cuando Berlioz empacó sus maletas rumbo a Roma (1830), encontró el amor en una joven pianista de nombre Camille Marie Moke. Cuatro meses más tarde del tórrido y fugaz encuentro le llegaron noticias a Italia de que su nueva amada se casaría con alguien más (¿dónde he escuchado eso?), lo cual inflamó sus sentimientos y pensó de manera arrebatada en quitarse la vida en Genoa. En su desenfreno, comenzó a viajar por todo el país con el ánimo de encontrar paz para su alma; así, llegó hasta Niza donde decidió quedarse unas tres semanas en la torre de roca en ruinas conocida como (justamente) La torre de Niza, con una envidiable vista al mar. Unos doce años después, ya un poco más tranquilo del amargo desamor, recordó sus vivencias y puso manos a la obra para componer la Obertura El corsario, misma que él revisó una y otra vez al paso de los años hasta tener su versión final en 1855. Como es obvio en toda la producción orquestal de Berlioz, en El corsario consiguió una pieza virtuosa, de gran colorido y fuerza expresiva.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descargas disponibles:

Hector Berlioz: Obertura Benvenuto Cellini

Versión: Orquesta Sinfónica de Boston. Charles Munch, director.

Hector Berlioz: Obertura El corsario

Versión: Orquesta Sinfónica de Londres. Sir Colin Davis, director.

Anuncios

HÉCTOR BERLIOZ (1803-1869)

20 Jul

Obertura El carnaval romano, Op. 9

Héctor Berlioz (dagerrotipo de Charles Reutlinger -c. 1816-1818-)

Tan deliciosa e ilustrativa es la autobiografía de Berlioz (sus Memoirs), que no tengo más remedio que citar el siguiente párrafo encontrado en el capítulo 48 de la misma, a manera de introducción (valga la redundancia) para la Obertura en cuestión. Para ponerlo en antecedentes, Berlioz da cuenta aquí de los desaguisados en la primera representación de su ópera Benvenuto Cellini en 1838, que versaba sobre las aventuras de aquel célebre escultor, héroe militar, extraordinario amante y hasta asesino florentino del siglo XVI:

“Cuando llegamos a los ensayos orquestales, los músicos, viendo los aires malhumorados de Habeneck (1), me trataron con las reservas más distantes. Hicieron su trabajo, mas Habeneck no hizo el suyo. Nunca pudo captar el muy vivo giro del saltarello bailado y cantado en la Piazza Colonna a la mitad del segundo acto. Los bailarines, sin poder adaptarse a su tempo arrastrado, se quejaron conmigo, y yo persistía en gritar ‘¡Más rápido, más rápido! ¡Ponga más vida en él!’ Habeneck golpeó su atril con irritación, y rompió furioso los arcos de varios violines. Habiendo sido testigo de cuatro o cinco de esos exabruptos, terminé por decir con una frialdad que lo exasperó: ‘¡Santo cielo! Si usted pudiera romper cincuenta arcos de violín, eso no impediría que sus tiempos fueran menos lentos. ¡Es un saltarello lo que usted está dirigiendo!’ Al escucharlo, Habeneck se volvió a los músicos y dijo: ‘Ya que no tengo la fortuna de complacer a Monsieur Berlioz, hasta aquí llega el ensayo. Todos pueden irse.’ Y el ensayo terminó.”

Pongamos “pausa” al exquisito relato de Berlioz, para retomar algo de lo que aquí se dice y cómo concluyó. Seis años después de tan terrible circunstancia por la que Benvenuto Cellini fue un rotundo fracaso, Berlioz tomó algunas secciones de la ópera y las incorporó a una Obertura autónoma definida como El carnaval romano por razones obvias. En ella, la breve y explosiva introducción orquestal de tan sólo ocho compases, es en realidad la exposición del tema de la Piazza Colonna donde habrá de realizarse el carnaval romano del acto II en Benvenuto Cellini; posteriormente aparece un tema reposado en el corno inglés citado del aria amorosa del primer acto de la ópera en cuestión -“Oh Teresa…”- cantada por Cellini. Súbitamente aparecen tres remolinos sonoros a cargo de los alientos que nos llevan al allegro final, aquel saltarello tan difícil de ejecutar para Habeneck, que se baila en el mentado carnaval entre fuegos artificiales, bailes diversos y alegría general. Debido a que Berlioz echó mano de tantos temas de su Benvenuto Cellini para la Obertura Carnaval romano, decidió en algún momento incorporarla a la ópera como Preludio al acto II y, al parecer, con buenos resultados.

La Obertura Carnaval romano fue estrenada en París el 3 de febrero de 1844, y para conocer lo que ocurrió ese día Berlioz continúa narrando:

“Algunos años después, cuando escribí la Obertura Carnaval romano, en la que el tema del allegro es este mismo saltarello, Habeneck resultaba estar en la sala para recepciones de la Sala de conciertos Herz la noche en que esta Obertura sería tocada por vez primera. Él escuchó que la habíamos ensayado esa mañana sin los instrumentos de aliento, ya que parte de la banda (2) había sido llamada a la Guardia Nacional. ‘¡Bien!’ se dijo a él mismo. ‘Seguramente habrá una catástrofe en su concierto esta noche. Debo estar ahí.’ A mi llegada, en verdad, estaba rodeado en la orquesta por todos los alientos, quienes estaban aterrorizados con la idea de tocar una Obertura de la que ellos no sabían ni una sola nota. ‘No tengan miedo’ les dije. ‘Las partes están correctas; todos saben su trabajo; miren mi batuta tanto como puedan, cuenten sus compases correctamente, y todo estará bien.’ No hubo un solo error. Lancé el allegro en el tiempo fugaz de los bailarines transteverinos (3). El público gritó ¡Bis! Y la tocamos completa otra vez; estuvo mejor la segunda vez. Y al pasar por la sala de recepciones, donde Habeneck estaba algo decepcionado, sólo dejé salir estas breves palabras: ‘¡De esta forma es como debía ir!’ a lo que él tuvo suficiente cuidado para no responder.”

La Piazza Colonna de Roma (lugar donde ocurren los hechos de “El carnaval romano”). Fotografía: José María Álvarez

Por supuesto, El carnaval romano de Berlioz constituye hasta la fecha una de sus Oberturas más gustadas y tocadas por cuanta orquesta exista en el mundo, por ser una demostración de lo mejor en la pluma de este genial francés.

Y con este relato, estimado lector, queda comprobado una vez más que el talento siempre estará muy por encima de los testarudos y la estupidez. Aunque el talento sufra, como bien lo anotó el célebre Enrique Jardiel Poncela, pues “es lo que todo el mundo alaba, pero que nadie paga”.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

 Descarga disponible:

Hector Berlioz: Obertura El carnaval romano Op. 9

Versión: Orquesta Sinfónica de Londres. Sir Colin Davis, director

 NOTAS:

(1).- Francois Habeneck, un compositor y director que odiaba a Berlioz, sólo por ser más talentoso que él.

(2).- se refiere en realidad a la orquesta

(3).- refiriéndose a su lugar de procedencia: el Trastevere de Roma.

HECTOR BERLIOZ (1803-1869)

19 Mar

Sinfonía Fantástica Op. 14. Episodios de la vida de un artista

  • Ensueños – pasiones
  • Un baile
  • Escena en el campo
  • Marcha al cadalso
  • Sueño de una noche de aquelarre

“If music be the food of love, play on”  William Shakespeare

1200px-Berlioz_Petit_BNF_Gallica-crop

Héctor Berlioz. Biblioteca Nacional de Francia

Estoy seguro de que usted, estimado lector, así como yo, nos hemos enamorado de alguien aunque sea una vez en nuestras vidas. Y por lo general, el enamoramiento pasional y desenfrenado termina siendo algo así como una infinita imagen onírica. El gran Hector Berlioz, ese francés llamado por José Antonio Alcaraz (1938-2001) “contemporáneo del futuro”, y quizás el más poderoso compositor romántico que existió en el siglo XIX, también se enamoró… ¡y de qué manera! Siendo partícipe de un momento crucial en el arte y la sociedad franceses de su tiempo, Berlioz no pudo ser más que un hombre intenso, lúcido, pasional hasta la médula y un poco extravagante. Y como un firme romántico (en el sentido de la corriente artística) Berlioz alcanzó cumbres estéticas que pocos habían siquiera imaginado. Ludwig van Beethoven (1770-1827) puede ser considerado como uno de los afortunados al estrenar en 1824 su Novena sinfonía Op. 125 y con la que no sólo supo reflejar el sentimiento de hermandad al cual Friedrich Schiller (1759-1805), el propio músico y la humanidad entera han aspirado -que, dicho sea de paso, a estas alturas nos parece más lejano-, sino también consiguió estructurar uno de los más hermosos y perfectos edificios sonoros de la historia del arte. Así pues, tan sólo seis años después del “nacimiento” de la Novena de Beethoven, Berlioz lanzó al mundo una obra completamente revolucionaria, atractiva, monstruosa en orquestación y dimensiones colorísticas y armónicas, guiado por su pasión artística y amorosa. ¡Ah, todo por culpa del arrebatado amor de este francés irrepetible, con 24 años de edad y una carrera por demás prometedora!

Henriette

Harriet (Henriette) Smithson

El 11 de septiembre de 1827, Berlioz asistió en París a ver una compañía teatral inglesa que montaba algunas obras de William Shakespeare (c.1564-1616). Ese día, el joven músico no sólo presenció Hamlet, sino que vio en escena a una delicada actriz de nombre Harriet Smithson (1800-1854), también mencionada en ocasiones como Henrietta. La reacción de Berlioz ante la desmesurada belleza de quien encarnaba el papel de Ofelia en esa representación fue una impresionante explosión hormonal. Y espero se me disculpe lo ordinario de tal decir, pero después de ese sacrosanto día Berlioz no dormía, ni bebía, ni comía. Él mismo relata en sus Memoirs: “He pasado varios meses en una especie de estupor inmisericorde del que sólo puedo indicar su naturaleza y su causa, soñando incesantemente con Shakespeare y el hada Ofelia que todo París ovacionó, y contrastando su espléndida carrera y mi propia oscuridad miserable, he pretendido que la opaca luz de mi nombre pueda alcanzarla, dondequiera que esté.”

Así pasó Berlioz varios meses errando por las calles de París (¡pobrecito él!), vagando por el campo con la imagen de su amada y visitando uno que otro café parisino donde le metió un buen susto a más de un mesero, ya que en su éxtasis llegaba casi a la catatonia y varias veces lo dieron por muerto.

¿Qué hacer para llamar la atención de la divina Harriet? “Resolví -señala Berlioz- en hacer algo que pocos músicos en Francia se atreverían a hacer: dar un gran concierto en el Conservatorio y en el que sólo se toquen mis obras. Así le podré mostrar a ella que también soy un artista.” Una gran idea que Berlioz puso en marcha inmediatamente. Pero ¡ah, infausto destino!, el concierto se celebró con mediano éxito -aunque el enamorado francés dijera lo contrario- y peor aún: la Smithson ni se enteró de la existencia del evento. Algún tiempo más tarde Harriet dejó París. “No existen palabras para describir lo que estoy sufriendo -escribió el deprimido músico-; hasta Shakespeare nunca ha pintado tan horrible desgracia del corazón, el sentimiento de desolación, el poco valor de la vida y la salvaje confusión de la mente de alguien, el disgusto por la vida y la imposibilidad del suicidio. El gran poeta no ha hecho más, en Hamlet, que narrar ese sufrimiento como uno de los más terribles fantasmas de mi vida. He dejado de componer: mi mente se ha paralizado así como ha crecido mi pasión. Sólo puedo hacer una cosa -sufrir.”

“Such sweet compulsion doth in music lie…” 

John Milton

h_berlioz

Berlioz

Pero, ¿acaso no es curioso notar cuando nos enamoramos de alguien cómo hacemos todo lo posible por ahuyentarla(o) a través del asedio pasional? ¡Ah!, el bien amado Berlioz no estaba exento de ello y la fina señorita Smithson ni remotamente imaginaba el enamoramiento del francés. Berlioz no pudo más y tuvo que relatar a su manera -la mejor- el tremendo drama de ese momento de su vida. Así fue como surgió su Opus 14, subtitulado como Episodios de la vida de un artista, una Sinfonía a la que bautizó como “fantástica”. Él mismo relata: “El sujeto de este drama musical es, como todo el mundo sabe, la historia de mi amor por Miss Harriet Smithson, mi angustia y mis sueños miserables.”

La Sinfonía fantástica no sólo constituye la enorme síntesis amorosa de Berlioz, sino que también el mundo fue testigo de la ilimitada genialidad del francés, al trazar una obra en cinco movimientos -poco usual en la época- y con una verdadera legión de instrumentos que podía resultar ruidosa para un público poco habituado a la innovación: entre otras cosas, Berlioz echa mano de dos tubas, cuatro arpas, cuatro trompetas, tres trombones, dos juegos de timbales y campanas para el último movimiento. Para la cabal comprensión de tanta pasión y desenfreno, el autor escribió un programa en la misma partitura de la Sinfonía, donde relata de manera muy intensa cada uno de los impulsos que mueven a los cinco movimientos. Para el primero de ellos (Ensueños-pasiones) “el autor supone que un joven músico, afectado de cierta enfermedad moral que un autor célebre llamó ‘la melancolía de las pasiones’, ve por primera vez una dama que reúne todos los encantos del ser ideal con el que sueña su imaginación. Por una singular rareza la imagen adorada nunca se representa en el espíritu del artista más que ligada a un pensamiento musical, en el que encuentra cierto carácter apasionado, aunque noble y tímido como ese que él presta al objeto amado. Ese reflejo melancólico con su modelo, lo persiguen sin cesar como una doble idea fija. Esa es la razón de la aparición constante, en todas las piezas de la Sinfonía, de la melodía que comienza el primer allegro. El pasaje de ese estado de sueño melancólico, interrumpido por algunos accesos de júbilo sin objeto, al de una pasión delirante, con sus movimientos furiosos, de celos, sus regresos de ternura, lágrimas, sus consuelos religiosos, es el tema del primer fragmento.” Ya lo dijo Berlioz: la imagen de su amada Miss Smithson se encuentra encapsulada en esta idea fija (idée fixe) que aparece todo el tiempo, primero en la cuerda y posteriormente en algunos instrumentos de aliento (clarinete -en el segundo, tercer y cuarto movimientos-).

A manera de un rápido vistazo a lo que sigue en este escrito de Berlioz, podemos resumir que el segundo movimiento (Un baile) nos muestra al atormentado artista en medio de una turbulenta fiesta donde el recuerdo de la amada lo acosa sin cesar.

En la Escena en el campo (tercer movimiento), el artista escucha en una suave noche campirana a dos pastores que conversan (corno inglés y oboe -éste último fuera de escena-). Los árboles murmullan con el viento y la gentil naturaleza le trae la paz interior que anhelaba. Pero de repente la imagen de la amada aparece. “Al final, uno de los pastores retoma la melodía pastoril, el otro no contesta más… Lejano ruido de truenos… Soledad… Silencio.”

En la sección siguiente (Marcha al cadalso) el infortunado sueña, envenenado con opio, que ha matado a su amada y es enviado al cadalso para ajustar cuentas. Antes del brusco golpe final, nuevamente se deja ver a la dama como reminiscencia de la fatalidad cometida por el artista.

La obra termina con el Sueño de una noche de aquelarre (o sabbat), donde las brujas, monstruos y demonios diversos vienen en tropel al encuentro del artista para su funeral. “La melodía amada aparece, pero ha perdido su nobleza y timidez, ya no es más que un aire de danza grotesco, es ella quien viene al aquelarre… Rugido de gozo a su llegada… Ella se mezcla en la orgía diabólica… Tañido fúnebre, parodia burlesca del Dies Irae, ronda de sabbat. La ronda de sabbat y el Dies Irae se unen.”

Au revoir, artiste…

“… Soft stillness and the night

Become the touches of sweet harmony” 

William Shakespeare

Berlioz

Caricatura de Berlioz realizada por Gustave Doré

Tremendo éxito tuvo la Sinfonía fantástica en su presentación el 5 de diciembre de 1830. Franz Liszt (1811-1886) estaba entre el público y a partir de ese momento se volvió un gran admirador de Berlioz. Dos años después, el compositor -que seguía enamoradísimo- escribió Lélio, o “El regreso a la vida”, un monodrama que debía ser tocado junto a la Sinfonía fantástica pues es su continuación lógica, el renacimiento del artista muerto en el Opus 14.

Después de tanta pasión algo tenía que ocurrir (¡por el amor de Dios!): al concluir Berlioz su Lélio pasó poco tiempo para que finalmente Harriet Smithson y él se conocieron a fondo, declararon públicamente su amor y contrajeron nupcias el 3 de octubre de 1833. El francés gritó una vez que vio a la Smithson personificando a otra heroína de Shakespeare (Julieta), que esa era la mujer con la que se casaría; entonces, la premisa pasó a ser realidad. Claro, no fue una sorpresa para nadie que al poco tiempo de “feliz” unión la pareja se separara; resultó que aquella exquisita Miss Smithson no era otra cosa más que una histérica alcohólica que le ponía los nervios de punta a Berlioz. Además, antes de la boda, la actriz se rompió una pierna al caer de un carruaje que la llevaba a una de sus funciones teatrales y nunca recobró la “buena figura”, por lo que su carrera se fue a pique y aproximándose peligrosamente a un trágico final. Aunque Berlioz retomó el buen camino de la vida al casarse posteriormente con la soprano Marie Recio (1814-1862), nunca olvidó a su alguna vez añorada “Ofelia”. Escribió en sus Memoirs: “¡Mi pobre Henrietta! Después de estar paralizada por cuatro años e imposibilitada a moverse o hablar, dibujó su último aliento en Montmartre el 3 de marzo de 1854. ¡Oh, Shakespeare! … Nuestro padre en el cielo -si es que existe tal. Solamente él es el buen Dios del alma de un artista. Recíbenos en tu seno. ¿Muerte, aniquilación, qué son? La inmortalidad del genio -¿qué? Oh, tonto, tonto, tonto…”.

Ese irresistible cariño que Berlioz llegó a profesar por Shakespeare lo llevó a escribir una ópera sobre Much ado about nothing (Tanto para nada), una sencilla alegoría de todo lo que él vivió con la Smithson. Y nuevamente… tragedia en su vida: su segunda esposa murió en 1862 y cinco años más tarde falleció su único hijo. Quizás no existió mejor recuerdo del tremendo amor que Berlioz sintió por esa mujer idealizada a través de Shakespeare que terminar, antes de la muerte de Marie Recio, su ópera Beatriz y Benedicto, un gigante mausoleo a su desafortunado, perdido amor y que marcó inclemente su paso entre los mortales.

P.D.- Esta nota está dedicada a Pablo Jiménez Castillo.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

(Nota publicada originalmente por la Filarmónica de la Ciudad de México en 1996; revisada por el autor y publicada por la Sinfónica de la Universidad de Guanajuato en 2001. Segunda revisión -tal como se reproduce aquí- y publicada por la Orquesta Filarmónica de Jalisco en 2017).

Descarga disponible:

Hector Berlioz: Sinfonía fantástica Op. 14

Versión: Orquesta Sinfónica de Londres. Sir Colin Davis, director.

A %d blogueros les gusta esto: