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CARLOS JIMÉNEZ MABARAK (1916-1994)

8 Sep

Balada de los quetzales

  • Andante mosso
  • Adagio
  • Allegro ma non troppo
  • Andante mosso
  • Con moto

Carlos Jiménez Mabarak. Foto cortesía de Alma Rivera

A Blanca Ontiveros

Al hablar de Carlos Jiménez Mabarak me viene a la mente una brumosa mañana de noviembre de 1993, tiempo en que –el autor de la presente nota- colaboraba para la Coordinación Nacional de Música del INBA. Esa mañana llegó a las oficinas (entonces ubicadas en el piso 31 de la Torre Latinoamericana en el DF) el célebre Jiménez Mabarak, caminando con pasitos cortos y sosteniendo bajo su brazo derecho su fiel portafolios azul cielo. El Maestro Jiménez Mabarak no lo sabía, pero recibiría en breves instantes una grata, gratísima sorpresa: debido a que el Coordinador se encontraba inmerso en cientos de juntas fuera de la oficina (como ocurre en esos cargos más burocráticos que artísticos), la Subdirectora y la Gerente de grupos artísticos tenían la consigna de “hacerle el día” al Maestro, a quien tanto fastidiaba subir por elevador a las alturas del piso 31 de aquel edificio. Los que ahí trabajábamos rodeamos a Jiménez Mabarak como queriendo pedirle un favor, cuestión que, dicho sea de paso, igualmente le molestaba. Sin embargo, la noticia llegó pronto: “Maestro, extraoficialmente le informamos que acaba de ser elegido para recibir el Premio Nacional de Artes.” Yo tenía exactamente frente a mí al compositor, quien repentinamente transformó su gesto casi siempre adusto en uno angelical, sus ojos se llenaron de lágrimas, abrazó aún más fuerte su portafolios azul y pude ver como sus brazos y sus piernas temblaban de emoción, una emoción que quizá permaneció reprimida en su ser durante toda su carrera y ahora comenzaba a salir por sus poros.

Esa emocionante imagen de Jiménez Mabarak, sintiendo que sus esfuerzos de toda una vida en la música eran justamente recompensados, fue desafortunadamente contrastante al enterarme, poco más de seis meses después, del fallecimiento del Maestro en su casa de Cuautla (Morelos). En una mañana lo vi tan lleno de vida y reconciliado con un medio musical hostil y despiadado, y en otra me acerqué a su féretro –en el Palacio de Bellas Artes- para decirle adiós.

Sin embargo, estoy seguro que Jiménez Mabarak se fue al reino de los ángeles, sabiendo que mucha gente lo quería y respetábamos, sobre todo por su enorme constancia en el trabajo. Siempre fue un hombre íntegro, de un peculiar sentido del humor, pero que también sabía alzar su voz en el momento en que alguna mentira o una “tranza” se presentaba ante sus ojos.

Jiménez Mabarak al piano. Foto de la colección de la Coordinación Nacional de Música y Ópera del INBA

De este compositor, podemos señalar que fue egresado de importantes instituciones musicales de Santiago de Chile, Bruselas y Roma; también perfeccionó sus conocimientos en París, para posteriormente compartirlos con sus alumnos en el Conservatorio Nacional de Música de México. Su sólida producción musical descansa principalmente en sus piezas pensadas para la danza, es decir, una serie de Baladas * (del pájaro y las doncellas, del venado y la luna, de las cuatro estaciones –Balada mágica-, de los quetzales, y de los ríos de Tabasco); igualmente de singular importancia son sus óperas Misa de seis y La Güera Rodríguez (1962 y 1981, respectivamente), diversos ballets, dos Conciertos para piano, una Sinfonía, Sala de retratos (obra orquestal de exquisita factura) y piezas de carácter didáctico, sin dejar a un lado la vibrante Fanfarria que acompañó (junto a otros sucesos que “no se olvidan”) aquella XIX Olimpiada de 1968 en México. Además, Jiménez Mabarak compuso diversas partituras cinematográficas en colaboración con Arturo Ripstein, Roberto Gavaldón, y muchos más. Aunque en algún momento de su vida creadora ingresó a las filas de la modernidad (dando a conocer en México la música concreta), su lenguaje sonoro siempre fue claro, nítido y sonriente.

Mencionamos en el rápido vistazo por el catálogo de este autor sus Baladas. Quizá éstas son algo de lo que mejor se conoce de él en las salas de concierto, siendo la primera de ellas (la del pájaro y las doncellas) escrita en 1947, mientras que la postrer Balada de los ríos de Tabasco fue estrenada en 1988 por la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato dirigida por Héctor Quintanar.

La Balada de los quetzales que hoy nos ocupa fue escrita en 1953, mientras el compositor efectuaba un viaje de exploración artística por Europa. Dichas pesquisas estaban orientadas a encontrar nuevos métodos de enseñanza musical, así como también tuvo tiempo de tomar varias lecciones de armonía y composición en la Academia Santa Cecilia de Roma. Aunque Jiménez Mabarak nunca señaló algo específico con respecto a su inspiración para escribir dicha Balada, el sólo pensar en la majestuosidad de esta ave tan peculiar nos puede dar una idea muy somera de lo que el músico deseaba expresar. Por si usted no lo sabe, le informo que los quetzales habitan hoy día (hasta que la mano del hombre lo permita) en una vasta región que incluye al estado del Oaxaca hasta el bosque tropical de la parte occidental de Panamá. La importancia de las plumas de los quetzales en la cultura azteca era enorme, ya que se utilizaban exclusivamente para las vestimentas de los nobles, y si algún plebeyo se le ocurría adornar su indumentaria con tales plumas estaba condenado a muerte. Por cierto, los bellos quetzales siempre han sido reverenciados en Guatemala, país que los ha adoptado como su emblema nacional, a tal grado que “quetzal” es el hombre de su moneda y aparecen en infinidad de timbres postales.

Jiménez Mabarak junto con el pianista György Sandor e Igor Stravinski fuera del Palacio de Bellas Artes en la ciudad de México

Entonces, no resultaría ocioso pensar que la Balada de los quetzales de Jiménez Mabarak fue estrenada en Guatemala. Así es, querido lector: en 1956 el compositor fue invitado por el gobierno guatemalteco para participar en un Festival de Arte y Cultura a celebrarse en La Antigua. La participación del mexicano estuvo engalanada con el estreno de la Balada en cuestión el 16 de marzo de ese año, con el Ballet Moderno Mexicano dirigido por Ana Mérida, quien fue también la responsable de la coreografía; en esa ocasión, el espectáculo dancístico fue acompañado por la Sinfónica de Guatemala dirigida por el autor, teniendo como escenario el Templo de San Francisco en La Antigua.

Así, la Balada de los quetzales, junto con sus otras obras aquí mencionadas, resultan ser el espléndido legado de Jiménez Mabarak, quien por mucho que haya recibido el Premio Nacional de Artes en 1994, semanas antes de su desaparición física, el momento presente parece estar olvidando tan valiosa herencia. No permitamos que ello ocurra.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

*. – Bien sentencia José Antonio Alcaraz, en sus notas que acompañan a la grabación de la Balada del venado y la luna de Jiménez Mabarak (con Fernando Lozano y la Filarmónica de la Ciudad de México), que: (el compositor) es particularmente lúcido y claro, cuando afirma (que) ‘Toccata’ es per tocare; ‘Sonata’ per suonare; ‘Cantata’ per cantare; y en consecuencia… ‘Ballata’ per ballare.”

Así es: las “baladas”, en estricto sentido, son “para bailar”, aunque el significado contemporáneo en aspecto musical popular nos indique otra cosa. Debido a ello, las “baladas” de las Yuris, las Luceros, los Mijares y las Pandoras, no son tal; es más, son el máximo atentado a la creatividad musical mexicana, aunque muchos de nosotros hayamos tarareado “Cómo te va mi amor…” o “Siempre vendrán tiempos mejores…”.

Descarga disponible:

Carlos Jiménez Mabarak: Balada de los quetzales

Versión: Orquesta Sinfónica de Oaxaca (México). Juan Trigos, director.

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