Archivo | Liadov, Anatol RSS feed for this section

ANATOL LIADOV (1855-1914)

15 Ago

El lago encantado, Op. 62

Baba-Yaga, Op. 56

Kikimora, Op. 63

Anatol Liadov

En toda la historia de la música encontramos personajes cuyas vidas particulares influyen de manera obvia en sus creaciones sonoras. Son evidentes, por ejemplo, las paranoias y esquizofrenias de Mahler en sus Sinfonías, o el carácter tan lúdico (y en momentos atormentado) de la música toda de Mozart. Pero especialmente en Rusia existieron dos compositores que vivieron en la segunda parte del siglo XIX y que tenían una característica común: eran indolentes y autocríticos. Hablo de Modest Mussorsgki y Anatol Liadov. Bien conocida es la historia de Mussorgski y el por qué de las características antes mencionadas: el pobre hombre era un alcohólico desmedido, que se dejaba obsesionar con visiones de la muerte y disfrutaba -parece- de flagelarse con sus carencias antes de comprender que tenía una vida creativa y maravillosa por delante. Todo ello no le permitió ser tan prolífico como algunos de sus colegas rusos en el Grupo de los Cinco, o bien junto a la producción de Tchaikovsky, por ejemplo. Es decir que si Mussorsgki dejaba partituras inconclusas y batallaba enormemente para concluir alguna de ellas se debía a un problema sicológico y fisiológico más que de concentración artística.

El caso de Liadov es diametralmente opuesto. Aunque este señor también era extremadamente descuidado y no tomaba su actividad como compositor con toda la seriedad, no se debía a problemas mentales como los que desquiciaban a Mussorsgki. Poco se sabe de la vida de Liadov, pero lo que se conserva de su existencia no indica ningún tipo de distracción que provocara enormes lagunas en su trabajo creador. Pero lo que más influyó en el magro catálogo musical de Liadov fue la excesiva autocrítica de este hombre. Talentoso era, pero también sometía a un examen minucioso a cada una de sus obras. Liadov escribía muy poco y de forma muy esporádica; se tienen noticias de que comenzó a componer una ópera y un ballet que dejó inconclusos sin razón aparente. Sin embargo, puso especial énfasis en la transcripción y arreglos de obras de otros autores, antes que sentarse a escribir lo que su propio espíritu le dictaba.

Sello postal ruso conmemorativo del centenario natalicio de Liadov

Así pues, al echar un vistazo a la producción de Liadov sólo encontramos un puñado de obras orquestales (doce en total, y que en conjunto no rebasan ni siquiera las dos horas de duración), obras corales, canciones, piezas para piano, y eso es todo. Justamente en el ámbito de la música pianística es donde algunos de sus colegas del Grupo de los Cinco reconocían como lo mejor (o lo único) de valor en la música de Liadov. Cesar Cui afirma que Liadov es un compositor exclusivamente pianístico y ensalzó su lenguaje personal, la riqueza armónica de sus partituras y el estilo elegante de su pluma, añadiendo que poseía una intensa influencia de la música de Schumann.

Lo que es importante en la “carrera” de Liadov es su interés por la música folklórica rusa, lo cual es manifiesto en una de sus únicas piezas orquestales: las Ocho canciones. Y en ese sentido se dedicó a editar una buena cantidad de canciones que dieron fuerza al movimiento nacionalista ruso. Al recopilar estas músicas de evidente tradición oral, Liadov entró en contacto con un sinnúmero de leyendas rusas e historias fantásticas que tomó en cuenta (ahora sí, de manera muy formal), para transformarlas en un tríptico sinfónico de belleza ilimitada. Esas obras son Kikimora Op. 63, Baba Yaga Op. 56 y El lago encantado Op. 62. Dichas piezas son explicadas por Jennifer Spencer en estos términos:

“Las tres piezas orquestales descriptivas basadas en viejas leyendas rusas, Baba Yaga, Kikimora y El lago encantado, están entre las más populares y exitosas de sus obras. Aquí, la carencia de un ritmo armónico bien orientado, un defecto serio en mucha de su música, produce una impresión de irrealidad y atemporalidad similar a la inducida por la narración repetida de un viejo y entrañable cuento de hadas.”

Por su parte, Noël Goodwin afirma que “El lago encantado de 1909 puede ser admirado como un poema sinfónico (en miniatura) en el que la ausencia de movimiento constante o de dirección armónica logra un efecto de quietud misteriosa.”

Podemos decir, entonces, que la vida de Liadov, por mucho que su breve producción sea consistente y hermosa, fue totalmente inútil en la transición de la música rusa hacia el siglo XX. Pues no es así, y ello puede explicarse en el comentario de los estudiosos antes citados al referirse a la curiosa invención armónica de Liadov. Esos experimentos que él quiso imprimir en sus obras, tendieron un puente (sin proponérselo) entre el Grupo de los Cinco rusos y de otros autores que trabajaron en esos tiempos, junto a la intensidad sonora que lograría posteriormente Alexander Scriabin y, por obvias razones, en la continuación de esa energía creadora sui generis que tocó a autores como Prokófiev, Stravinsky o Miaskovski.

Con ello queda muy claro que si bien la autocrítica y la “flojera” pueden dar al traste con el posible paso a la inmortalidad de cualquier ser humano, Liadov dio chispazos geniales que sí llegaron a poner su nombre en un nicho en la historia de la música. Pequeño, eso sí, pero definido.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Anatol Liadov: El lago encantado, Baba-Yaga, Kikimora

Versión: Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México. Enrique Bátiz, director

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: