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WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

23 Sep

Sinfonía No. 31 en re mayor, K. 297, París

  • Allegro assai
  • Andantino
  • Allegro
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Una vista de Notre Dame en París desde el Point de la Tournelle en 1778, año en que Mozart vivió ahí con su madre.

Una vez que Mozart concluyó su Sinfonía No. 31 en 1778 le escribió a su padre en una carta: “Espero que estos idiotas parisinos encuentren en ella algo que les guste”.

Dicha reacción tenía bastante sentido al conocer la forma en cómo surgió esta partitura y que a continuación relataremos.

Era la primavera de 1778; Mozart (con 22 años de edad) se encontraba junto con su madre, Anna María Pertl (1720-1778) en París. Habían llegado ahí después de pasar una breve temporada en Mannheim como parte de una “gira europea” que Leopold (1719-1787), el padre Mozart, había pensado para su hijo con tal de mantenerlo alejado de Salzburgo. Y la razón principal para que el muchacho abandonara su ciudad natal tiene nombre y apellido: Hieronymus Joseph Franz von Paula (1732-1812), mejor conocido como el Arzobispo Jerónimo de Colloredo. Este personaje se convirtió en el patrón de Leopold y Wolfgang al morir su antecesor, el Príncipe Arzobispo Segismundo, en 1771. Colloredo se convirtió, poco a poco, en la peor pesadilla de la familia Mozart y –más aún- del muchacho que aún se encontraba en la adolescencia y quien debía escribir cantidades de piezas religiosas para su patrón, para ser recibidas por incontables improperios de quien era un tipo de pésimo gusto musical y peor carácter. Y aunque durante seis años Wolfgang compuso con avidez para la corte arzobispal, siempre fue tratado con vejaciones, como –por ejemplo- enviarlo a comer con los sirvientes el poco alimento que dejaba el patrón. Hacia fines de 1777 Wolfgang ya había estallado mil veces en contra de Colloredo y fue así que su padre prefirió mantenerlo al margen de “tan buen trabajo” al enviarlo por varias ciudades para mostrar su talento como compositor e instrumentista. Así es como llegamos a la historia “parisina” de Mozart.

Él permaneció en la Ciudad luz durante seis meses, mismos que –para las pulgas del joven compositor- también fueron una pesadilla. Dentro de las actividades que Mozart desarrolló ahí incluyó la composición de su Sinfonía concertante para cuatro instrumentos de aliento solistas K. 297b en abril de 1778. Sin embargo, existe un halo de misterio alrededor de esta pieza: Mozart le “juró y perjuró” a su padre que la había escrito pensando en cuatro instrumentistas de la afamada Orquesta de Mannheim pero que terminó de escribirla en París. Hasta la fecha, algunos estudiosos insisten en que la partitura original está extraviada y que lo que se sigue tocando en nuestros días no es del puño y letra de Wolfgang. Sea como sea, dicha Sinfonía concertante también se vio envuelta en polémica al momento de ser estrenada… simplemente por un berrinche de Mozart. Por aquellos días un compositor hacía las delicias de la alta sociedad parisina con sus extraordinarios quintetos para alientos: Giuseppe Cambini (¿1746?-¿1825?). Mozart acusó a este personaje de sabotear el estreno de la Sinfonía concertante en los Concerts Spirituels, simplemente porque estaba celoso por su perfección en la escritura para alientos. Nuevamente, no existe ningún antecedente de un acto tan terrible.

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Manuscrito de la primera página de la Sinfonía “París” de Mozart.

Joseph Legros (1739-1793) era el dinámico director de la serie de Concerts Spirituels que se presentaban en el Palacio de las Tullerías en París. Sintiéndose comprometido con Mozart por el supuesto sabotaje a su flamante obra para alientos, le pidió al de Salzburgo que compusiera una nueva sinfonía, para así enmendar cualquier sinsabor. Para el compositor este significaba un reto encantador: no había escrito una sola sinfonía en cuatro años, desde los tiempos en que servía al Arzobispo Colloredo, y su lenguaje ya era mucho más sólido y decantado.

La Sinfonía No. 31, apodada París por obvias razones, es un documento único en el catálogo sinfónico mozartiano especialmente por la forma en que el autor quería retar al público parisino. Antes de que la Sinfonía se estrenara, Mozart la tocó en privado para dos de sus amigos locales y le reportó a su padre dicha experiencia:

“A ambos les gustó mucho, yo también estoy muy contento con ella, pero si a otras personas les gustará, no sé… Puede dar fe de los pocos franceses inteligentes que pueden estar allí, como para los estúpidos – no veo un gran daño si no les gusta. He tenido cuidado de no pasar por alto el premier coup d’archet [El primer golpe de arco. Un término de fantasía que significa simplemente que todos los instrumentos toquen juntos al inicio de una sinfonía, y que fue una de las modas contemporáneas del Concert Spirituel. -N. del E.-]… ¡Qué escándalo hacen estos asnos! ¡Diablos!, no veo ninguna diferencia, todos empiezan juntos, como lo hacen en otra parte, es una broma.”

Así como lo reveló el compositor líneas arriba, la introducción de esta Sinfonía 31 es muy peculiar: Mozart consigue aquí uno de los momentos sonoros más emocionantes jamás escuchado en sus sinfonías previas gracias a ese efecto de “primer golpe de arco” que, más que nada, pretendió sorprender a los parisinos. Otra de las peculiaridades que hace sui generis a la Sinfonía París es la inclusión de clarinetes (por vez primera en una sinfonía mozartiana) instrumento que había escuchado con interés en su visita a Mannheim.

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Anna-Maria, la madre de Mozart.

En ocasión del estreno de la Sinfonía No. 31, el 18 de junio de 1778, el Allegro inicial impresionó al público al grado de querer aplaudir antes de que esta sección acabara. El segundo movimiento existe en dos versiones pues, al momento del estreno, Legros le pidió a Mozart que sustituyera dicha sección por una “más compacta y sin tantas ideas” (un Andantino). Es muy probable que la versión original del Andante sea la que se escucha constantemente en nuestros días, en 6/8. Y ya que se le había solicitado al compositor que su nueva Sinfonía estuviera estructurada en un estilo “francés”, entonces Mozart no escribió un minueto (como era costumbre en la estructura sinfónica clásica) y concluye con un Allegro burbujeante, una pequeña pieza maestra que realiza un virtuoso ejercicio de contrapunto como base para los fuegos artificiales pensados para complacer a los oyentes.

Alguna reseña de esta música, aparecida posterior a su estreno, señala que: “El compositor obtuvo el elogio de los amantes del tipo de música que interesa a la mente sin tocar el corazón”. Justamente esto se convertiría en un lugar común en la música de Mozart -simplemente contenía demasiadas ideas, demasiada variedad, demasiado contenido. Pero no importaba. En el caso de su Sinfonía París, Mozart había logrado manejar hábilmente tanto a los “idiotas” como a los ilustrados del público parisino y, hasta ese momento, escribió su obra más grandiosa en el ámbito instrumental.

La felicidad provocada por el éxito de la Sinfonía París no le duró mucho a Mozart pues el 3 de julio, unos días después del estreno de la obra, murió su madre y tuvo que hacerse cargo de las exequias en el cementerio de la Iglesia de San Eustaquio.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descargas disponibles:

MÚSICA

Versión: Academia de Saint Martin-in-the-Fields. Sir Neville Marriner, director.

PARTITURA

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WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

10 Mar

Obertura a La clemencia de Tito, K. 621

Mozart en edad "madura"

Mozart en edad “madura”

La ópera La clemencia de Tito data del último año de vida de Mozart y constituye su última aportación a este género. Ella surgió como respuesta a una comisión que le hiciera la ciudad de Praga (tan querida por este músico y que le dio la gloria al estrenarse su ópera Don Giovanni en 1787) para celebrar la coronación del rey de Bohemia el 6 de septiembre de 1791.

Para esa ocasión, se le “ordenó” a Mozart que escribiera su nueva ópera a partir de la figura de Tito, emperador romano, lo cual es comprensible dado que era importante se ensalzara la figura del rey por medio de un personaje bueno, generoso y gran estadista. Para lograr tal proyecto, se le proporcionó a Mozart un texto original de Metastasio que fue revisado por Caterino Mazzola una y otra vez. Ello se debió a que el texto de Metastasio era complicado y había que conformar escenas de ensamble que reemplazaran algunas arias.

Así, La clemencia de Tito se convirtió en una ópera seria en la tradición del Idomeneo mozartiano, escrito diez años antes.  Es debido a este carácter que la última ópera de Mozart no ha recibido la difusión que han tenido sus óperas bufas como Las bodas de Fígaro o Così fan tutte, aún su fantástica Flauta mágica. En La clemencia de Tito encontramos un ambiente dramático y con un diseño genial, como al finalizar el primer acto, donde los cantantes y el coro son combinados en un ensamble de gran calibre y belleza.

Primera página del manuscrito de la Obertura a La clemencia de Tito de Mozart

Primera página del manuscrito de la Obertura a La clemencia de Tito de Mozart

El asunto de La clemencia de Tito versa sobre el deseo del emperador romano por contraer nupcias con Berenice, hija de Agrippa I de Judea, todo ello acompañado por los extrovertidos celos de Vitellia quien está enamorada de Tito y planea acabar con él antes de verlo en brazos de otra mujer. La conspiración es planeada por ella y Sextus -quien, por si fuera poco, tiene afectos secretos por Vitellia-; Sextus decide prender fuego al Capitolio donde se supone fenece Tito. Para mala fortuna de los malhechores, alguien ajeno a todo este asunto portaba la capa del emperador (!!!) y por ese error se creyó que Tito había sido aniquilado, pero el emperador andaba tan tranquilo (“vivito y coleando” reza la voz popular). Sextus es sentenciado a muerte pero el emperador romano, tan bondadoso él, decide perdonar a los villanos en un final propio de un cuento de hadas.

Debido a este tema, Mozart confeccionó para Tito una música de gran majestad con instrumentación fascinante. La Obertura de esta ópera es, además de la síntesis sonora de los acontecimientos trágicos y felices, una de las piezas más exquisitas de todas las que haya escrito el compositor de Salzburgo.

Vale acotar que al momento del estreno de La clemencia de Tito en Praga para la dichosa coronación, resultó que a nadie le gustó aunque las premisas con las que fue elaborada la ópera habían sido cumplidas y el discurso musical era fenomenal. Bueno, tal parece que la frase de la ilustre doña Ursula Arzola también puede aplicarse a este caso: “si gustos no hubiera, el amarillo no se vendiera…”

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Wolfgang Amadeus Mozart: Obertura a La clemencia de Tito K. 621

Versión: Orquesta de la Ópera de Zurich. Nikolaus Harnoncourt, director.

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

27 Ene

Sinfonía No. 40 en sol menor K. 550

  • Molto allegro
  • Andante
  • Minuet (Allegretto) & trío
  • Finale (Allegro assai)

Voy a compartir con usted algo que seguramente le ha ocurrido en calidad de “melómano ejemplar”: cuando uno va por la vida presumiendo su muy particular y fino gusto por la música clásica, siempre se obtendrá una buena lección para no andar de habliche. En fiestas, reuniones sociales, o en cualquier lugar público donde se pueda entablar una nueva conversación amistosa, suele ocurrir que nos topemos con alguien simpático(a) que nos haga plática y pregunte a qué nos dedicamos. Para quienes estamos en el bonito trabajo de la música, pues resulta muy “stylish” (con estilo, pues) dar como carta de presentación la actividad que tenemos alrededor de la música de concierto. Y si dicha fina personita sabe poco o es neófita al respecto, indudablemente dice: “¡Ay, qué lindo, me encanta la música ‘clásica’! Oye, ¿sabes como se llama una que va más o menos así? (silba sin entonación pero con gran ternura)”. ¿Qué es lo que uno puede hacer cuando la melodía está mal silbada, mal comprendida o qué se yo? Quizás usted diga: “bueno, la música de concierto es muy amplia, no lo podemos saber todo”. Mas si en el mejor de los casos sabemos de qué se trata, es imperativo dar una pronta respuesta para que todos se den cuenta que, efectivamente, somos los más eruditos del mundo.

¡Pamplinas, digo yo!. Lo que ocurre es que mucha gente que se acerca poco a poco a este tipo de música tiene como lugares comunes sólo algunas obras. Y en encuentros como el que acabo de relatar el nuevo amigo o amiga tiende a silbar casi siempre lo que silbamos o cantamos todos hasta en la regadera: el Adagio del Concierto de Aranjuez, O fortuna de Cármina Burana, el Minueto de Boccherini, el Bolero de Ravel, el primer movimiento de La primavera de Vivaldi, el Capricho italiano y el Primer concierto para piano de Tchaikovski, el Canon de Pachelbel, la introducción de la Quinta sinfonía y Para Elisa de Beethoven o el primer movimiento de la Pequeña serenata, el segundo movimiento del Concierto para piano No. 21, el aria de la reina de la noche de La flauta mágica de Mozart. ¡Ajajá!! ¡Mozart mil veces! ¿Cuántas veces no hemos silbado algunas de sus mejores melodías??!!

Wolfgang Amadeus Mozart

Y después de tanto comentario sobre lo que la gente disfruta, silba, tararea y vuelve loca al escuchar en conciertos, nos damos cuenta que los “top hits” de la música de concierto recaen -sobre todo- en las obras de este célebre señor.

Ahora, dígame usted: ¿cuál es la melodía más directa y más tarareada de Mozart? ¡Perfectamente bien contestado! (arriba a mi izquierda, la señora de bolsa gris y suéter rojo). Pues es la melodía con la que, de forma más directa, abre sinfonía alguna de Mozart: la número 40.

Y ¿cómo fue que surgió esta obra? De lo trivial vamos a la historia, plis: Transcurría el verano de 1788 cuando Mozart se dio a la tarea de trabajar en las que serían sus últimas tres Sinfonías: las números 39, 40 y 41. Dichas obras fueron concebidas en menos de dos meses (¡todas!), aunque Mozart no tuviera planeado estrenarlas a corto plazo, y en una época que estuvo llena de problemas económicos y tristezas personales. Era claro que los años de “felicidad” de este compositor habían pasado; sin embargo, las tres sinfonías a las que nos referimos resultan las más perfectas e impresionantes de su catálogo, sin hacer menos a las anteriores.

La partitura de la Sinfonía No. 40 está fechada el 25 de julio de 1788, y su orquestación original incluyó una flauta, dos oboes, dos fagotes, cornos y cuerdas, aunque Mozart añadiera posteriormente dos clarinetes. Es interesante observar que en las sinfonías 39 y 41, se utilizan trompetas y timbales, totalmente ausentes en la instrumentación de la 40; pero esa ausencia es entendida con respecto a la personalidad y al ambiente general de la obra. Su espíritu puede ser tomado como un tanto ligero para que pudiera resultar en música dramática, pero su tonalidad -sol mayor-, juega un papel importante al hacerla nostálgica y con tintes de tristeza, totalmente contrastante junto a la Sinfonía 41 -la llamada Júpiter, terminada menos de un mes después- cuyo discurso es más optimista gracias a su tonalidad en do mayor.

El tema del que hablábamos líneas arriba, y con el que abrela Sinfonía40, es quizá una de las melodías más agitadas que escribiera Mozart, y que sólo encuentra un poco de calma al contrastar con un segundo tema, de carácter elegante.

Douglas Hammond asegura que “lo bombástico de los últimos siete compases no concluye apropiadamente el movimiento y deja preguntas que sólo pueden ser respondidas en los movimientos tercero y cuarto.”

La sección siguiente es un poco más relajada que la parte anterior, aunque el Minueto regresa al sol menor con insistencia y fuerza, para convertirlo en un movimiento elegante pero muy temperamental.

Todas las tensiones emocionales creadas a lo largo de la partitura (las muy evidentes y las subrepticias) encuentran una solución coherente y enérgica en el finale.

Al escuchar y redescubrir esta Sinfonía de Mozart, una y otra vez, no acabamos de comprender cómo los públicos del mundo gozan en hacer suya, y tararear incesantemente, la extrañamente bella melodía que abre la partitura de la Sinfonía 40. Es ahí cuando comprendemos el enorme poder de comunicación de cualquier obra de Mozart. Desde esa sombría melodía, hasta el diáfano primer movimiento de la Eine kleine nachtmusik; del conmovedor Lacrymosa del Réquiem hasta lo burlón del aria Non piu andrai farfallone amoroso de Las bodas de Fígaro; la atemorizante entrada del Comendador (Don Giovanni, a cenar tecco…) en comparación a la conclusión llena de gracia de la Sinfonía 34

¡Cuántos contrastes no encontramos en la música mozartiana y de qué tantas maneras apelan a nuestra sensibilidad! Si los tiernos años de mi adolescencia y primera juventud me hicieron aborrecer “lo clásico” de Mozart ahora, al tener unos añitos – y kilitos- más, debo reconocer lo equivocado que estaba. Mi amigo Eduardo (qepd) y yo nos peleabamos incesantemente para tratar de entender por qué a la gente le gustaba Mozart (a él nunca le convenció. Sólo sus óperas, igual que a mi). En este momento de mi vida, no me canso de tararear esa melodía de la Sinfonía 40 y de algunas otras obras como las que cité arriba; y si la gente viene y me pregunta -en la calle, en la fiesta, en el banco- qué es, sólo me queda contestar humildemente: “shhh, silencio: es Mozart, el más divino de los compositores”.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Wolfgang Amadeus Mozart: Sinfonía No. 40 en sol menor K. 550

Versión: Academia de Saint Martin-in-the-Fields. Sir Neville Marriner, director.

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

26 Nov

Sinfonía No. 38 en re mayor, K. 504, Praga

  • Adagio – Allegro
  • Andante
  • Presto

 

Edificio en el que habitó Mozart en Praga

¿Cuál es la relación de Mozart con la ciudad de Praga?

En el invierno de 1786 su reputación en la ciudad de Viena había decaído, mientras que el éxito mozartiano en Praga (a raíz del estreno en dicho lugar de su ópera Las bodas de Fígaro) estaba en franco ascenso.

Así fue que Mozart se animó a visitar esa localidad; llegó el 11 de enero de 1787, con dos conciertos asegurados en los que se interpretarían obras suyas, mientras toda la ciudad hablaba, silbaba y bailaba al son de la “Figaromanía”. Para tal ocasión, el compositor decidió presentar una nueva Sinfonía, a la que había puesto punto final el 6 de diciembre del año anterior. Como todo apuntaba a que el compositor sería recibido en la ciudad como lo que hoy conocemos como “Rock Star”, no escatimó recursos para hacerse acompañar de su esposa, un sirviente, varios músicos amigos suyos… ¡y hasta su perro Gauckerl!

Durante su estancia en Praga, Mozart y su séquito se hospedaron en una de las mansiones de la familia Thun-Hohenstein (sí: la misma que recibió al compositor y su esposa en Linz y que fueron el conducto para que naciera la Sinfonía Linz) y donde pasó varias semanas a cuerpo de rey. Algo que ya no ocurría en la Viena que tanto lo había aplaudido en años anteriores.

El 19 de enero de 1787 el Teatro Nacional de Praga abrió sus puertas para una de las presentaciones estelares de Mozart y en la que se estrenó su nueva Sinfonía, junto con Concierto para piano No. 25 en do mayor. En esa ocasión, la reacción del público fue de aprobación inmediata, premiando al autor con hurras y vítores tan insistentes que Mozart tuvo que sentarse frente al teclado y brindó a sus admiradores varias improvisaciones sobre el Non più andrai de Las bodas de Fígaro y más de una hora de otras selecciones musicales que fluían una tras otra y que -puede usted imaginar- enloquecieron más a los agradecidos asistentes. La gente de Praga abrió los brazos al salzburgués como con pocos artistas. Y así Mozart, a quien restaban escasos cuatro años y meses de vida, se convirtió en todo un ídolo musical para la hermosa e inolvidable Praga.

Mozart haciendo música junto con Haydn, observados por la esposa de Wolfgang, Constanza

Aquella Sinfonía que Mozart ofrendó a esa ciudad es ciertamente curiosa y contraria a cualquier otra que haya escrito. Esta es una de las pocas Sinfonías del autor que abre con una larga introducción lenta; no tiene minueto, es decir que sólo tiene tres movimientos en relación a la estructura clásica en cuatro partes de este género (se dice por ahí que Mozart decidió no añadir un minueto pues la obra ya era demasiado complicada en tres movimientos como para añadirle uno más); y por si fuera poco, la Sinfonía en cuestión -la número 38 de su catálogo- solicita una instrumentación vasta para los estándares de la época, con flautas, oboes, fagotes, cornos franceses, trompetas, cuerdas y timbales.

Alfred Einstein escribió un docto análisis sobre la llamada Sinfonía Praga de Mozart, que en términos generales dice: “Después de la tensión elocuente de la introducción lenta, llega un movimiento saturado con polifonía… El material temático que se presenta en los primeros treinta y cinco compases parece bastante heterogéneo, y conforma una bella unidad… Para el desarrollo se reserva un elemento de gran intensidad: un tratamiento canónico. Esta sección de desarrollo es una de las más grandes, serias y agresivas en todas las obras mozartianas. El movimiento lento no es un mero intermezzo entre dos movimientos animados, pero tiene su animación interna, y le da cuerpo a la más completa combinación entre canto y carácter polifónico. (El finale) es uno de esos curiosos movimientos de Mozart en re mayor que, aunque tiene apariencia de alegría y su genuina perfección y sentimiento de unidad, nos deja una herida en el alma: la belleza está unida a la muerte.” Cabe anotar que el tema de este último tiempo es dialogado constantemente por las diferentes secciones de la orquesta y proviene del acompañamiento al hilarante dueto de Susana y Cherubino, Aprite presto, de Las bodas de Fígaro.

Al concluir su visita a Praga, Mozart regresó a Viena con la comisión para escribir una nueva ópera. Esa sería Don Giovanni, que se presentó en Praga en octubre del año siguiente.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Wolfgang Amadeus Mozart: Sinfonía No. 38 en re mayor K. 504 “Praga”

Versión: Academia de Saint Martin-in-the-Fields. Sir Neville Marriner, director. 


Fortepiano utilizado por Mozart durante su estadía en Praga

Concierto para piano y orquesta No. 23 en la mayor, K. 488

  • Allegro
  • Adagio
  • Allegro assai

La composición de los Conciertos para piano 23 y 24 de Mozart precedieron el estreno de la ópera Las bodas de Fígaro, ocurrido el 1 de mayo de 1786. El Concierto 23 fue terminado el 2 de marzo de ese año, pero a diferencia de otras partituras de este autor que fueron terminadas con una rapidez insuperable esta partitura permaneció en el tintero durante varios años; en este sentido, se afirma que existen algunos bosquejos trazados por Mozart desde 1783. Quizá este hecho tan particular permitió al autor madurar bien las ideas generadoras de la pieza, lo cual es manifiesto desde los primeros bosquejos y sus cambios en la orquestación.

En primera instancia, Mozart no solicitaba clarinetes; posteriormente no sólo añadió un par de ellos, sino que sustituyó completamente a los oboes, instrumentación que comparte con el Concierto No. 22 de 1785, además de prescindir de trompetas y timbales. Por otro lado, la tonalidad empleada por el músico en esta obra es la misma que tan sólo cinco de sus otras partituras aparecidas entre 1779 y 1791, una de las cuales es también un concierto para piano, el No. 12. Una buena cantidad de musicólogos afirman que el Concierto 23 de Mozart es una finísima joya donde flota de manera continua el encanto por la melodía, con un aura luminosa, cálida, radiante, así como puede sentirse la sonrisa mozartiana en su máxima expresión pero con enorme discreción. Gran parte del atractivo melódico de este Concierto radica en su vena operística, que puede notarse en sus dos primeros movimientos con fragancias venidas de Las bodas de Fígaro y Così fan tutte.

Por su parte, Alfred Einstein afirmó que en este Concierto 23, y especialmente en su introducción, “Mozart nunca volvió a escribir algo tan sencillo en su estructura, tan ‘normal’ en sus relaciones temáticas entre el tutti y el solista, o tan claro en invención temática. (En su segundo movimiento) radica el alma del Concierto. (Hallamos) en una forma oculta esa pasión que el Andante del Concierto K. 482 sólo pudo revelar, (aunque) la resignación y la falta de esperanza permanece intacta en ambas obras.” El mismo Einstein acertó en decir que con el movimiento final de dicho Concierto 23 Mozart se convirtió en “un verdadero mago”. Sin embargo, algunos otros estudiosos han dicho que, aunque el Concierto 23 es una obra alegre y despreocupada, podemos encontrar en ella una extraña y profunda tristeza. Ello es curioso, pues Mozart pasaba por una época de cierta felicidad y bonhomía económica (especialmente al estrenarse el Fígaro). ¿Acaso sería una premonición, junto con la severidad del Concierto No. 24 de la muerte de su padre, que ocurriría el 28 de mayo del año siguiente?

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Wolfgang Amadeus Mozart: Concierto para piano y orquesta No. 23 en la mayor K. 488

Versión: Orquesta de Cámara Inglesa. Murray Perahia, piano y director.

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

21 Nov

Serenata No. 10 en si bemol mayor K. 361, Gran Partita

  • Largo – Allegro molto
  • Menuetto – Tríos 1 y 2
  • Adagio
  • Menuetto – Tríos 1 y 2
  • Romanza
  • Tema con variaciones
  • Rondó (Molto Allegro)

El pequeño Mozart al teclado, su padre de pie al violín y su hermana Nannerl

El catálogo mozartiano, organizado por el estudioso Ludwig von Köchel, que incluye poco más de 626 obras, está nutrido por música para los más diversos géneros y combinaciones vocales e instrumentales. Tanto las sonatas para teclado como sus cuartetos son célebres en la producción de Mozart, como también son auténticos diamantes sus divinas óperas; y qué decir de las sinfonías, o los conciertos para piano, los de violín y los dedicados a instrumentos de aliento. Y sus misas, y sus experimentaciones sonoras (muy lúdicas ellas) como el Juego de dados musical. Por donde revisemos, la música de Mozart es perfección pura, imaginación exacerbada, lirismo y claridad expuestos con fuerza y determinación. En este sentido, es difícil creer que algunos apartados en la producción de Mozart sean relegados a causa de su música orquestal y/u operística. Ese es el caso de las serenatas y divertimenti (bueno, divertimentos para hispanizar el término) que escribiera el egregio genio de Salzburgo, muchas de ellas para instrumentos de aliento. De estas colecciones de obras, justamente las que sobreviven en el gusto popular son las piezas para cuerdas como la Serenata en sol mayor, mejor conocida como Pequeña serenata nocturna (aunque el nombre original en alemán reza Eine Kleine Nachtmusik, es decir, Una pequeña música nocturna), o bien la Serenata No. 6, Haffner, o la No. 9, Posthorn (aunque ambas tengan participación de alientos madera y metal). Igualmente, en el ámbito de los divertimentos son muy recordados los K. 136 al 138 (todos para grupo de cuerdas), aunque vale anotar que algunas de estas piezas de ocasión -confeccionadas para algún patrón del compositor o para alguna celebración personal- están escritos para alientos contando especialmente con la presencia del basset horn o corno di bassetto, esa especie de clarinete bajo cuyo sonido fascinaba a Wolfgang Amadeus.

Regresando a las serenatas, obras pensadas -como los divertimentos- como piezas de ocasión para eventos específicos, hay una que aún siendo para trece instrumentos de aliento, ha sobrevivido por su exquisita perfección y con la cual Mozart llega al punto más alto de su escritura para este tipo de instrumentación y -de hecho- puede ser considerada de esa misma forma en toda la historia de la música occidental. De alcances colosales, la Serenata No. 10 K. 361 fue concebida por Mozart en los primeros meses de 1781, al momento en el que se encontraba en la ciudad de Munich y poco tiempo después de haber obtenido fama con el estreno de su ópera Idomeneo. Algunos estudiosos afirman que esta música fue pensada especialmente para la Orquesta de la Corte de Munich, que fue en tiempos anteriores la muy célebre Orquesta de Mannheim (los músicos se trasladaron a Munich al ser nombrado el príncipe Karl Theodor como elector de Baviera en 1778). La historia también señala que Mozart deseaba un buen empleo en la Corte de Munich, para lo cual presentó a los notables esta Serenata (como ya dijimos, este tipo de obras eran para ser “usadas”; ¡y mire usted que si Mozart quiso usarla en su beneficio!), pero aunque la música fuera de tan impecable factura parece que no interesó a nadie, pues el compositor tomó sus maletas en marzo de ese año y marchó a Viena. Los mismos historiadores afirman que al momento de salir hacia la capital del Imperio Austro-húngaro, la Serenata de marras no estaba terminada, y que fue hasta los tiempos vieneses de Mozart que fue terminada, justamente en los años que el músico tuvo que soportar a su infame “jefe”, el siniestro Arzobispo Jerónimo de Colloredo.

De la Serenata No. 10 nadie volvió a saber hasta que en un diario vienés de 1784 se anunció con bombo y platillo un concierto a beneficio del clarinetista Anton Stadler, cercano amigo de Mozart, y en el que se tocaría “una gran obra para alientos, de tipo especial, compuesta por Herr Mozart”. Tal parece que ese constituyó el estreno absoluto de esta Serenata, pues algún señor llamado Johann Friedrich Schink reseñó tan singular evento en estos términos: “Escuché música para instrumentos de aliento, cuatro cornos, dos oboes, dos fagotes, dos clarinetes, dos cornos di bassetto y un contrabajo… la obra causó un gran efecto, glorioso y enorme, excelente y sublime.” Aún así, el manuscrito de esta obra permaneció en calidad de fantasma hasta la Segunda Guerra Mundial en el siglo XX (!!!); pero, en tanto, estuvieron rondando por ahí algunas ediciones piratas de esta música, una de las cuales portaba en la primera página la fecha de composición 1780 (imposible, a todas luces) y el título de Gran Partita, que también se sabe no fue escrito con puño y letra de Mozart. De cualquier manera, son conocidas en el presente dos reducciones de la dichosa Gran Partita: una para octeto de alientos, y la otra incluyendo sólo los tres primeros movimientos para quinteto de cuerdas; pero, nuevamente, es dudoso que Mozart los haya realizado.

Wolfgang Amadeus Mozart

Lo que si es cierto es que esta hermosa música, Serenata o Gran Partita -como más le acomode a usted llamarle- es tan nostálgica como vivaz. Y para ejemplo de ello podemos tomar el exquisito Adagio, la serie de Tema y variaciones de una perfección inusitada (aunque lógica en las manos mozartianas) y el hiperactivo Rondó final, con sus múltiples piruetas en las que los instrumentos de aliento deben probar destreza, virtuosismo y concentración.

Como anotación final, es interesante ver cuánto cariño profesó Mozart a esta Serenata: se dice que él la eligió como la música nupcial en su casamiento con Constanza Weber en 1782. Si así fue, es indispensable echar mano de las memorias cinematográficas y encontrar un símil en el que fueron utilizadas dos secciones de la Gran Partita: nada menos que en la cinta del mexicano Alfonso Cuarón Sólo con tu pareja, en donde aparece uno de los Menuetti en una irreverente escena post-nupcial, y el divino Adagio enmarcando la idealización del protagonista (Daniel Giménez Cacho) por la tres veces dulce azafata (jejeje) Claudia Ramírez. La verdad -no sé qué opine usted si vio la película o tiene oportunidad de verla- esa me pareció una selección acertadísima, sui generis en el ámbito cinematográfico mexicano. Y, para no variar, creo que al mismísimo Mozart le hubiera agradado.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Wolfgang Amadeus Mozart: Serenata para alientos K. 361 Gran partita

Versión: Miembros de la Orquesta de Saint Luke. Sir Charles Mackerras, director

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

16 Nov

Sinfonía No. 29 en la mayor, K. 201

  • Allegro moderato
  • Andante – Coda
  • Menuetto y trío
  • Allegro con spirito

Entre octubre de 1773 y septiembre de 1777 el joven Mozart, quien se encontraba en el tránsito de la adolescencia a la edad adulta, compuso un grupo de cinco Sinfonías que desde muchas perspectivas delimitaron su lenguaje sinfónico personal y que cobraría auge en los últimos diez años de su vida. Este “ciclo” comienza con la Sinfonía No. 25 en sol menor, cuya fuerza dramática y enorme solidez constituyen una premonición de las alturas que alcanzaría Mozart en Sinfonías como las 39, 40 ó 41. Aquella Sinfonía 25 fue concebida después de un breve (pero sustancioso) viaje a Viena. Pocos meses después, mientras transcurría el año 1774, Mozart se dio a la tarea de continuar explorando la paleta orquestal y la forma sinfonía, en momentos de dificultades emocionales provocadas por quien entonces se había convertido en su patrón, el muy citado -y aborrecido por Mozart- Arzobispo Jerónimo de Colloredo. En estas nuevas Sinfonías el músico sucumbió en gran medida ante el encanto de un estilo galante que imperaba como influencia en toda la música europea de la época. Si en las Sinfonías 25 a 28 el de Salzburgo hizo gala de una enorme sobriedad en el discurso sonoro combinada con estilo, emoción y profunda expresividad en los detalles, con la Sinfonía 29 logró conjuntar todos estos elementos pero para conseguir una partitura luminosa, y que como señala David Ewen: “está pensada más para entretener que para inspirar al alma humana.”

Fechada el 6 de abril de 1774, la Sinfonía 29 es uno de los más interesantes ejemplos de madurez intelectual y de magia en la orquestación que consiguiera Mozart, y que tuvieron una resonancia poderosa en sus Sinfonías 30 y especialmente en la 31 (la conocida como París). De hecho, la fuerza expresiva de la Sinfonía No. 31 fue provocada además por el infausto viaje que Mozart y su madre realizaran a Mannheim y a la hoy conocida como Ciudad luz, siendo en esta última donde su progenitora enfermó de gravedad y murió poco después; por ello la música de la Sinfonía París puede sonar tan melancólica como dramática.

El “malvado” Arzobispo Colloredo, quien le sacó tantas canas verdes a Mozart

El caso de la Sinfonía 29 es diametralmente opuesto al mostrarnos en todo momento ligereza y transparencia en la expresión. En contraste con la Sinfonía 25 que está orquestada para fuerzas instrumentales tan atípicas para la época (con mencionar los cuatro cornos que se utilizan en ella es más que suficiente), la Sinfonía 29 echa mano solamente del grupo de cuerdas habitual y un par de oboes y de cornos. En palabras de Robin Golding, “(esta obra) es la verdadera joya del grupo de cinco sinfonías de 1773-1777, con un primer movimiento moderadamente apaciguado y de rica inventiva, con un Andante (en re) con carácter de música de cámara; un Minuetto anguloso; y un Finale impetuoso y feroz.”

De acuerdo con otro musicólogo, John N. Burk, “el intervalo de octavas que aparece en el tema central del primer movimiento parece ser el motor de toda la Sinfonía, y su forma y textura parece encontrar ecos en los movimientos segundo y cuarto.”

Cierto es que la Sinfonía 29 no es, de ninguna manera, tan popular como hoy día lo son las Sinfonías 40 ó 41; aún así, hay que alabar una y otra vez la manera como Mozart se aleja estéticamente del estilo sinfónico “a la Haydn” que se escucha en sus primeras partituras instrumentales. Este Mozart de la Sinfonía 29 ya es un sabio trabajando con las texturas y conoce perfectamente lo que su alma habría de comunicar a la humanidad tanto en sus siguientes Sinfonías, como en las grandes óperas de su producción y los Conciertos para diversos instrumentos, especialmente los dedicados al piano.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Primera página de la Sinfonía No. 29 de Mozart

Descarga disponible:

Wolfgang Amadeus Mozart: Sinfonía No. 29 en la mayor K. 201

Versión: Academia de Saint Martin-in-the-Fields. Sir Neville Marriner, director

 

P.S.- Si bien anotamos líneas arriba que esta Sinfonía 29 de Mozart no es tan popular, me atrevo a decir que en el gusto del público mexicano si ha encontrado para ella un pequeño nicho de predilección en su corazón. Cuando escuche los primeros compases del primer movimiento sabrá a qué me refiero… Efectivamente, es la música que el par de nefastos actores-productores Christian Bach (que definitivamente nada tiene que ver con el compositor hoy considerado “Padre de la Música”) y Humberto Zurita utilizaron como rúbrica de la ochenterísima telenovela De pura sangre, cuya trama (imagino) dejaba mucho que desear; era la rúbrica musical del primer movimiento de la Sinfonía 29 de Mozart la que atraía a su humilde redactor (aunque sí he visto telenovelas en mi vida, tengo que aceptarlo), sonidos estos combinados con escenas de caballos pura sangre trotando en medio del campo. ¿A poco no recuerda esa rúbrica? Y aunque este ejercicio de sensibilización para el público que de muchas maneras no tenía acceso al conocimiento y/o disfrute de la música de concierto, lo más terrible de este asunto es que algunas versiones en LP de aquella música comenzaron a portar “marketing stickers” anunciando a la Sinfonía 29 de Mozart como el “Tema de la telenovela fulana”. ¡Oh, cielos!! ¡Con tanta falta que le hacían las regalías a Mozart, si hubiera sobrevivido hasta el siglo XX, por supuesto!! Y si usted cree que éste es el único caso en el que la música de concierto llegó a plantarse en un producto televisivo tan mediocre, está usted equivocado. Probablemente fue antes de ello que la mancuerna Bach-Zurita, volvieron a comprarse disquitos para escoger un tema apropiado para una telenovela, y encontraron en el Preludio al Acto I de la ópera La Traviata de Verdi el ingrediente ideal para comenzar con toda ceremonia la “telenovela de época” Bodas de odio. Claro está que, en alguna función de dicha ópera en el Teatro de Bellas Artes de la Ciudad de México en los meses en que la novela sacaba lágrimas del teleauditorio (allá por 1984) al tocar la Orquesta el Preludio correspondiente, pudo escucharse un notorio ¡Ahhh! por parte de los asistentes. Lástima que Café con aroma de mujer empezaba con un “merengue”…

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791)

24 Jun

Sinfonía No. 41 en do mayor, K. 551, Júpiter

  • Allegro vivace
  • Andante cantabile
  • Menuetto (Allegretto)
  • Molto allegro

Mozart

1788: en tan sólo seis semanas del verano de ese año, Mozart decidió escribir tres sinfonías, con la legítima rapidez de un ser genial, y sin tener planes inmediatos de estrenarlas. Tal parece que su inspiración estaba al máximo y era necesario dejarla estallar con toda la fuerza posible. De hecho, ese tríptico sinfónico vino a ser el que cerrara con suprema elocuencia el catálogo de sinfonías de este autor. Pero antes de conocer el contenido de esa cima creativa, es válido recordar lo que ocurría en la vida del compositor alrededor de esos meses: Mozart estrenó con definitivo éxito su ópera Don Giovanni en Praga, lo cual constituyó el clímax de su actividad artística en dicho período. Pero se conoce también su malhadada suerte en terrenos personales, ya que en junio falleció su hija Teresa de seis meses de edad, lo cual vino a deprimir más a Mozart después de haber llorado la muerte de su hijo Johann Thomas Leopold dos años antes, además de la pérdida terrible de Leopold Mozart -su padre- meses atrás. Para terminar de darle forma a este cuadro tan terrible, los problemas económicos de su familia se hicieron casi insoportables, y llevaron al músico junto con su esposa Constanza a cambiar de residencia a un departamento bastante pequeño y que para las pulgas de Mozart ya no era un sitio refinado en el ámbito social. Aunque, dicen por ahí, se adaptó pronto y encontró la paz suficiente para componer ahí. En aquellas habitaciones vieron la luz las Sinfonías 39, 40 y 41, siendo concluida la última de ellas el 10 de agosto de 1788.

Retrato inconcluso de Mozart

Al referirnos a la impresionante conclusión del repertorio sinfónico de Mozart, hay que señalar que le quedaban escasos tres años de vida al salzburgués, ofrendados a la composición de sus óperas Così fan tutte (Así hacen todas) K. 588, La flauta mágica K. 620 y La clemenza di Tito K. 621, que denotan el perfeccionamiento definitivo de su lenguaje en ese terreno. El espléndido “trío” de Sinfonías finales de Mozart no deja de asombrar por el fascinante refinamiento del lenguaje orquestal confeccionado por el artista, y que claramente influiría en el desarrollo posterior del sinfonismo vienés, además de dar consecuencia a la evolución del género sinfónico en las manos de Schubert, Beethoven, Brahms y Schumann y cuanto sinfonista famoso existió después de ellos. Especialmente con la Sinfonía que nos ocupa ahora (la Número 41) los novedosos rasgos sinfónicos dejaban ver elementos poco explotados antes, como frases expresivas e individuales, tratamientos orquestales poco convencionales, entre otras cosas. El brillante artesanado de la Sinfonía 41 proporciona los elementos básicos para definir esta obra como la cumbre del pensamiento orquestal mozartiano; ellos son su equilibrio perfecto, imbuido totalmente en la tradición clásica, la genial inclusión de varios pasajes sincopados en el segundo movimiento que lejos de sonar extraños proporcionan fluidez al discurso, la ligereza de atmósfera en el minuetto con su trío juguetón -un diálogo perfecto entre cuerdas y alientos- y el extraordinario final con su tratamiento polifónico para una forma sonata de suprema elaboración. Igualmente, Louis Biancolli ha señalado que en el primer movimiento existe una melodía -el segundo tema de ese trozo- en sol mayor que es un “auto plagio” de alguna otra pieza mozartiana: una arietta destinada a ser insertada en la ópera Le gelosie fortunate (1786) de Anfossi, y cuyo nombre es Un bacio di mano (Un beso en la mano).

Lo que a todas luces resulta un profundo enigma hasta la fecha es los motivos que llevaron al empresario musical Johann Peter Salomon para bautizar a la Sinfonía 41 de Mozart como Júpiter. José Antonio Alcaráz afirma que “Mozart jamás soñó en dar un nombre (como tal) a su Sinfonía…; Júpiter es una mera etiqueta conveniente que ejerce funciones mnemotécnico efectivas (y como tal hay que tomarla), para tener presente la obra en nuestro museo imaginario.(…) No teniendo siquiera, como en el caso de Haydn, la simpática coartada de alguna anécdota legendaria como supuesta base, tales membretes no conducen en el caso de su pretensa exégesis sino afanes literatizantes que nada tienen que ver con la música…”. Sin embargo, Vladimiro Rivas señala: “La 41 es la sinfonía más poderosa de cuantas escribió Mozart, y por su perfección clásica sugiere las alturas del Olimpo. Si buscásemos en toda la historia de la música una sinfonía que fuese modelo de belleza apolínea, sería ésta. Quizá por la perfección formal, la humanidad y la energía que animaron a esta música corran el albur de pasar inadvertidas. Pero escuchada con suma atención -como debe ser- encontraremos que la 41 es, a pesar de su perfección formal, casi irritante, y a pesar de sus alturas olímpicas, una obra profundamente humana.”

Lo que si es definitivo es el magnífico encanto que Mozart nos legó con esta Sinfonía: una síntesis vibrante de su pensamiento ilimitado, su alma brillante expuesta ante nosotros con todo su poderío, para siempre.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

 Wolfgang Amadeus Mozart: Sinfonía No. 41 en do mayor, K. 551, “Júpiter”

Versión:  Academia de Sain Martin-in-the-Fields. Sir Neville Marriner, director. 

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