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SERGEI RAJMÁNINOV (1873-1943)

5 Ago

Concierto para piano y orquesta No. 3 en re menor Op. 30
• Allegro ma non tanto
• Intermezzo. Adagio
• Finale: Alla breve

 
Rajmáninov estaba pasando por un momento crucial en su vida, tanto en el plano profesional como en el sentimental, al momento de llevar a su familia a Ivanovka (la tierra natal de su suegro y su tío al sur de Moscú) en mayo de 1909. Sin embargo, y con la indecisión de emigrar pronto de su patria, el compositor, pianista y director de orquesta se dio a la tarea de crear un nuevo Concierto para piano. Ya en esas épocas gozaba de considerable fama local, en Europa y hasta en América, debido al tremendo impacto que provocó en el público su Segundo concierto para piano. Recordemos que dicha obra fue la medicina para que Rajmáninov saliera de la depresión que le provocó el fracaso en el estreno de su Primera sinfonía y todo gracias a su psicoanalista el Dr. Nikolai Dahl (a quien, por supuesto, dedicó la partitura).
Esa nueva obra concertante tenía varios propósitos, de los cuales lo más importante era lucir al autor como pianista virtuoso y también como compositor de extraordinarias dotes creadoras ante el público de Estados Unidos de Norteamérica donde tenía planeada su primera gira de conciertos.
Al regresar a Moscú al final del verano y con su flamante Concierto bajo el brazo sus colegas lo alentaron para que lo estrenara en Rusia, aunque Rajmáninov se negó a hacerlo fiel a la petición de los estadounidenses, sobre todo porque sólo él conocía bien las inmensas dificultades técnicas que requería el solista para su interpretación.

Rachmaninoff1

Rajmáninov en 1909, año en el que estrenó su Tercer concierto para piano.

Al emprender su viaje al Nuevo Mundo, Rajmáninov pasó días y noches frente a su teclado mudo ensayando una y otra vez su nueva partitura, algo que no le gustaba pero que el compromiso y el tormentoso viaje por el Atlántico lo obligó a hacerlo por primera vez en su vida. A él se le había prometido que su debut en América tendría enorme éxito, especialmente en el aspecto económico… y así fue. Desafortunadamente la lejanía de su hogar y de su familia lo ponía melancólico a la menor provocación.
La gira de Rajmáninov comenzó el 4 de noviembre de 1909 en el Smith College de Northampton, Massachusetts, mostrando las tres facetas de la carrera del ruso; fue parte de varios conciertos con la Sinfónica de Boston como pianista y director; dirigió su Segunda sinfonía en Filadelfia y Chicago, al tiempo que presentó su poema sinfónico La isla de los muertos en Chicago y Boston, además de ofrecer varios recital de piano solo.
El Concierto para piano No. 3 de Rajmáninov, obra clave para su gira, fue estrenado con el autor al piano y la batuta de Walter Damrosch el 28 de noviembre de 1909 en el New Theatre de Nueva York; poco menos de dos meses después, el ilusionado ruso pisó por primera vez el (ahora) legendario escenario del Carnegie Hall –entonces conocido como “Music Hall”-. Ahí tocó su Tercer concierto para piano con un personaje igualmente genial poco antes de cerrar su ciclo biológico: Gustav Mahler, entonces director de la Sociedad Filarmónica de Nueva York.
Con la gloria en sus manos el ruso emprendió el viaje de regreso a su patria, donde aseguró a cuanta persona se le acercó que no volvería a abandonar a los suyos. Quizá ni él mismo sabía lo qué estaba diciendo pues a finales de 1918, y después de haber pasado algunos meses exiliado en Estocolmo y Copenhague, Rajmáninov tomó a su familia y sus respectivas maletas y abordó un barco con destino a Nueva York para nunca regresar a la tierra que lo vio nacer.

Rajmáninov al piano

Rajmáninov al piano

El Tercer concierto para piano de Rajmáninov se ha convertido al paso de los años en una obra “de culto” para pianistas, directores, orquestas y públicos por el fabuloso despliegue de pirotecnia pianística y orquestal, amén de la rigurosa concentración y ferocidad atlética que requiere del solista. Para muchos esta obra es, por mucho, el mejor de los cuatro Conciertos que Rajmáninov escribió para el instrumento (junto con la Rapsodia sobre un tema de Paganini), gracias a los atributos ya mencionados y por sus hermosas melodías que pueden encontrarse desde el inicio de la pieza. Rajmáninov dijo alguna vez que esa primera melodía que se escucha “se escribió sola” y que él pretendía que saliera de las manos del pianista como si fuera una voz y no un piano la que estaba “cantando”. De muchas formas el autor nos permite conocer lo mejor de su sensibilidad además del pleno conocimiento de las capacidades sonoras y colorísticas del piano.
Rajmáninov dedicó su Tercer concierto a su amigo de toda la vida, el polaco Josef Hoffman, quien además ha sido considerado como el más grande pianista de todos los tiempos. Sin embargo, Hoffman nunca tocó esta partitura. Fue Vladimir Horowitz quien durante mucho tiempo a quien se asoció de manera más cercana con esta obra desde que la eligió para graduarse del Conservatorio de Kiev en 1920 con 16 años de edad. Además de eso el propio compositor conoció a Horowitz cuando este último debutó en Estados Unidos en 1928 y le sugirió cambios importantes en la partitura para hacerla más impactante.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Sergei Rajmáninov: Concierto para piano y orquesta No. 3 en re menor Op. 30

Versión: Byron Janis, piano. Orquesta Sinfónica de Londres. Antal Dorati, director (Grabado en junio de 1961).

SERGEI RAJMÁNINOV (1873-1943)

16 Jul

Concierto para piano y orquesta en fa sostenido menor Op. 1
• Vivace
• Andante cantabile
• Allegro scherzando

Rachmaninoff_1906

¿Cuál de estos calificativos le vendría mejor a Rajmáninov? ¿Popular? ¿Anacrónico? ¿Pasado de moda? ¿Conservador? ¿Retrógrado?
¿Cómo definir a un compositor cuyas obras para piano son fundamentales para intérpretes de todas las nacionalidades y los escuchas las colocan en el Top 10 clásico?
Aquí le propongo, estimado lector, esta humilde definición: “Individualista”.
Sin importar la oleada de corrientes musicales que sobrevinieron al alba del siglo XX, la variedad de lenguajes, de experimentación, de disonancias y exactitudes cerebrales y matemáticas, Rajmáninov siempre enarboló una bandera muy sorprendente en medio de tanto rompimiento con lo establecido. Esa bandera era la del romanticismo, justamente defendida con esa individualidad en su personalidad y lenguaje que no tiene parangón en la historia del arte musical.
Nacido en Oneg (en el Distrito de Novgorod) el 1 de abril de 1873, Rajmáninov tuvo que dejar su patria después de la Revolución de 1917 para nunca regresar. Sin embargo, su fama como pianista-compositor-director de orquesta fue en ascenso al establecer su residencia tanto en los Estados Unidos como en Suiza. Sus piezas pianísticas se convirtieron rápidamente en referencia así como sus estupendas tres Sinfonías y obras orquestales como las Danzas sinfónicas y La isla de los muertos, por mencionar sólo dos. En su catálogo el lugar privilegiado pertenece a sus cinco partituras para piano y orquesta. Sus cuatro Conciertos pueden ser considerados como el punto álgido de su producción así como de su vida creativa: el Primero de ellos, en sus versiones original y final, comenzó y concluyó su fascinante periodo creativo de juventud; el Segundo marcó una regeneración espiritual; el Tercero fue concebido para su primera gran gira en los Estados Unidos y el Cuarto fue su regreso a la senda creativa después de casi una década de silencio.
Cuando Rajmáninov tenía 18 años de edad escogió a su Primer concierto para piano en fa sostenido menor para darle su Opus 1 (aunque ya tenía muchas obras publicadas). El 20 de julio de 1891 le escribió a su amigo Mikhail Slonov:
“El 6 de julio terminé y orquesté mi Concierto para piano. Pude haberlo terminado mucho antes pero después del primer movimiento pasé un período de inactividad… y en tan sólo dos días y medio concluí los movimientos restantes. Escribí de cinco de la mañana a las ocho de la noche…”
La partitura lleva una dedicatoria a Alexander Siloti y fue estrenada por el propio Rajmáninov en la primavera siguiente. Hacia 1899 decidió que no estaba satisfecho con el resultado total de la obra y declinó una invitación para tocarlo en Londres. Tuvo que esperar hasta 1908 para retomar el Concierto y hacerle una revisión exhaustiva, algo que no ocurrió pues se sumergió en la composición del Concierto No. 3 para su gira estadounidense. Al llegar a los 44 años de edad fue cuando se dio a la tarea de modificar la versión original del Concierto No. 1, sin modificar jamás su carácter juvenil y extrovertido y ganando un nuevo ropaje colorido y de hermoso artesanado.
El Primer concierto para piano de Rajmáninov comienza con un episodio de gran robustez sonora, muy en el estilo de Tchaikovsky y con ciertos aires de la música de Rimski-Korsakov. Poco a poco las líneas melódicas nos dejan ver a ese Rajmáninov lírico y arquitecto de belleza como siempre lo escucharemos en sus obras posteriores. La columna vertebral del primer movimiento se basa en un motivo de cuatro notas que aparece, nuevamente, en el segundo movimiento en la voz del corno y constituyendo un fabuloso Nocturno (marcado Andante) que desemboca en la sección final, vigorosa y plena de bullicio.

 

Rapsodia sobre un tema de Paganini, para piano y orquesta, Op. 43

Así como en dos días y medio Rajmáninov concluyó una parte sustancial de su Primer concierto para piano, en 1934 le tomó seis semanas para escribir su Rapsodia sobre un tema de Paganini, de sol a sol frente a su papel pautado al abrigo de su villa en Lucerna, Suiza.

Rajmáninov en Carnegie Hall

Rajmáninov en Carnegie Hall

Hay muchas circunstancias que hacen a ésta, su Opus 43, una obra realmente excepcional: en primer lugar la estructura que utiliza el autor con una serie de variaciones arropadas por un estilo rapsódico. Igualmente, las variaciones son como un acto de prestidigitación al cambiar de fórmula de una a otra; toccatta, fuga, vals, invirtiendo la melodía, es decir un auténtico compendio de invención creativa.
Otro punto excepcional es la elección del tema sobre el cual se desarrollan las variaciones: el Capricho No. 24 Op. 1 para violín solo de Niccolò Paganini que es, en sí, una serie de tema y once variaciones que despliegan los máximos alcances del violín. Durante el siglo XIX muchos compositores asociados con el piano escribieron sendas partituras basadas en este Capricho, desde Schumann y Liszt, pasando por Brahms, hasta llegar al siglo XX con Witold Lutolsawski, Boris Blacher y el mexicano Javier Montiel.
Y un asunto adicional en esta obra (y que puede prestarse a inventar historias y/o leyendas macabras): El Capricho de Paganini es el número 24 de su Opus 1; la Rapsodia de Rajmáninov contiene 24 variaciones; y el autor ruso utiliza de forma obsesiva (como siempre lo hizo en su vida) el tema del Dies Irae, aquel canto terrible de la misa católica de diuntos en el que se evocan los horrores del Juicio Final.
Y se preguntará: ¿Qué tiene todo esto en común?
Muy sencillo: El coreógrafo Michel Fokine le hizo ver a Rajmáninov que había creado en su Rapsodia una pieza excepcional envuelta por un halo misterioso y diabólico. En ella conviven un tema violinístico endiablado de un personaje considerado como poseído por el maligno y el tema del Dies Irae. Rajmáninov aseguró que jamás intentó escribir esta partitura bajo un programa conductor. Pero el resultado es, para uno que le gusta encontrar mensajes ocultos en los sonidos, una “Rapsodia programática” que expresa el pacto de Paganini con el diablo. Fokine acosó durante algún tiempo a Rajmáninov para que le permitiera realizar una coreografía sobre su Rapsodia a lo cual accedió el compositor en una carta fechada el 29 de agosto de 1937 en la que, además, se prestó a colaborar en el libreto del ballet.

Las fantásticas manos de Rajmáninov

Las fantásticas manos de Rajmáninov

La Rapsodia sobre un tema de Paganini fue estrenada el 7 de noviembre de 1934 con el propio Rajmáninov como solista y la batuta de Leopold Stokowski en la ciudad de Baltimore, en Estados Unidos.
Y, last but not least, es necesario comentar el furor que ha causado en los más diversos públicos esta Rapsodia (especialmente su variación No. 18) desde la década de los años 80. Y ese entusiasmo está basado no tanto en la indudable belleza de esa variación sino en que fue incluida en la película de Jeannot Szwarc llamada en inglés Somewhere in Time y traducida al castellano como Pide al tiempo que vuelva (estelarizada por Christopher Reeve y Jane Seymour). La variación 18 es un punto recurrente en esta cinta para inmortalizar un amor que supuestamente fue pero que no pudo concretarse en lo terrenal. Importante es aclarar que la banda sonora es de la autoría de John Barry, pero que en un acto de sensibilización se les ocurrió la brillante idea de añadir a Rajmáninov en uno de los episodios “menos diabólicos” de la fabulosa Rapsodia.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descargas disponible:

Sergei Rajmáninov: Concierto para piano y orquesta No. 1 en fa sostenido menor Op. 1

Versión: Byron Janis, piano. Orquesta Filarmónica de Moscú. Kirill Kondrashin, director (Grabado en junio de 1962 en Moscú).

Sergei Rajmáninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini Op. 43

Versión: Peter Jablonski, piano. Real Orquesta Filarmónica de Londres. Vladimir Ashkenazy, director.

SERGEI RAJMÁNINOV (1873-1943)

11 Abr

Segundo concierto para piano y orquesta en do menor, Op. 18

Al pianista Tedd Joselson… veinticinco años después.

Sergei Rajmáninov

Después de estrenar su Primera sinfonía Op. 13 en 1897, Rajmáninov se sumió en una profunda depresión, debido a que su flamante partitura había sido golpeada sin piedad por el público y los críticos. Uno de éstos últimos declaró: “Si hubiera un Conservatorio en el infierno, si uno de sus mejores alumnos fuera instruido para escribir una sinfonía programática sobre Las siete plagas de Egipto, si escribiera una sinfonía como la del Sr. Rajmáninov, entonces hubiera cumplido con su cometido y hubiera llenado de beneplácito a las almas en pena del infierno”. Esta depresión trajo aparejada una terrible crisis creativa, por lo que la única salida para Rajmáninov era contratar los servicios de un buen sicoterapeuta. De tal manera, el compositor-pianista-director comenzó sus visitas con el Dr. Nikolai Dahl, quien era bien conocido por sus experimentaciones con el hipnotismo. La terapia que le recetó el Dr. Dahl a Rajmáninov era interesante: él debía escribir música lo más pronto que pudiera. Una vez que comenzara esta labor creativa, Dahl debía convencer al músico de que dicha pieza sería un concierto para piano. En las sesiones, Dahl hipnotizaba a Rajmáninov y le decía: “Usted escribirá un concierto para piano… No tendrá dificultades para escribirlo… El resultado será una partitura excelente.” Las terapias concluyeron con el magnífico Segundo concierto para piano que escribiera Rajmáninov, y en cuya portada puede leerse una obvia y bien merecida dedicatoria al terapeuta. Para diciembre de 1900, dos de sus movimientos estaban completamente terminados y de esa forma fueron estrenados con gran éxito. Poco después Rajmáninov le añadió el que hoy se conoce como el primer movimiento del Concierto, y su versión completa fue escuchada por primera vez el 9 de noviembre de 1901 con la Filarmónica de Moscú, el autor en la parte solista y su primo, Alexander Siloti, en la dirección. El éxito fue instantáneo. Rajmáninov estaba más que curado y aquel ilustre desconocido Dr. Dahl propició, de cierta forma, el nacimiento de uno de los conciertos para piano más hermosos de toda la literatura para este instrumento. Aliviado mentalmente, Rajmáninov “volvió” a la vida pública e inmediatamente fue nombrado director de la ópera del Gran Teatro de Moscú.

Tan sólo escuche usted las melodías que brotan por doquier de este Segundo concierto. La introducción en las cuerdas en el primer movimiento, la hermosa y delicada melodía del desarrollo de esta sección, la melodía central del segundo movimiento y aquella que da forma a la última parte. Sí: Rajmáninov estaba en su mejor forma, aunque al escuchar esta música nos parecería que estaba, además de sano en su psique, un poquito enamorado. ¿No lo cree?

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Sergei Rajmáninov: Segundo concierto para piano y orquesta

Versión: Jean-Yves Thibaudet, piano. Orquesta de Cleveland. Vladimir Ashkenazy, director.

La isla de los muertos de Arnold Böcklin

La isla de los muertos, poema sinfónico Op. 29

La magia de los viajes, mi querido lector, no sólo reside en conocer paises, culturas y maneras de pensar algo lejanas a nosotros, sino que también nos brinda la posibilidad de entrar en contacto -si se desea- con las expresiones humanas que más apelen a nuestros sentidos. En mi particular caso, el viajar a ciudades de México y muchas partes del mundo me ha dado la oportunidad de visitar una buena cantidad de museos con colecciones maravillosas. Desde museos cercanos como el de Antropología o el Franz Mayer en la Ciudad de México, hasta los obligados Louvre y D’Orsay de París, la Galería de los Uffizi de Florencia, los Museos en Ciudad del Vaticano, el Palazzo Ducale de Venecia, la National Gallery y la Tate Gallery de Londres, el Prado de Madrid, el Art Institute de Chicago, los Guggenheim de San Diego y Nueva York y el Metropolitan Museum de esa última ciudad.

En el citado museo neoyorkino pueden disfrutarse algunas de las máximas creaciones de la pintura y la escultura internacionales. En una de mis visitas al museo, me parece que en 1993, fui testigo de la inauguración de una nueva sala llamada Impresionista. Por supuesto, en ella se albergan algunas piezas famosas de Van Gogh, Renoir, Seurat, Rodin, entre otros. Uno de esos cuadros, ubicado a tan sólo cinco o seis pasos de una réplica de El pensador de Rodin, resulta ser -desde siempre- uno de mis cuadros favoritos, cuyo autor es el suizo Arnold Böcklin (1827-1901): La isla de los muertos, y que constituye en la historia de la pintura uno de los grandes iconos del simbolismo (*).

Dicha obra -realizada en 1880- fue definida por Böcklin como “Pintura para soñar”. Hay que decir que la exhibida en Nueva York es una versión fiel y posterior a la original que se encuentra en el Museo de Arte de Basilea en Suiza.

La fuerza de su ambiente -subjetivo e imaginario-  impacta a todos por su evidente rechazo de la realidad. Böcklin sugiere en La isla de los muertos un lugar en tinieblas, desolado, en donde se aprecia un lago de aguas oscuras y de las que se alza un islote rocoso con altos cipreses, cubierto por un cielo impasible y grisáceo. Surcando el lago se acerca lentamente a la isla una barcaza con dos figuras, una de ellas remando y la otra delgada, de pie y envuelta en una blanca vestimenta. Al frente de ella se encuentra un ataúd cubierto y que transporta el cuerpo de algún mortal hacia su última morada: la isla de los muertos.

Curiosamente, dicho cuadro ha sido el detonador para la imaginación de diversos compositores. Uno de ellos el alemán Max Reger, quien hizo un homenaje sonoro a tan dramática pintura en uno de los breves poemas sinfónicos agrupados en su Suite Böcklin.

Sergei Rajmáninov también estuvo prendado del fascinante y melancólico mundo de Böcklin, por lo que decidió componer un poema sinfónico durante una estancia con su familia en Dresden en 1907, época que también vio nacer su fantástica Segunda sinfonía. Lo que Rajmáninov consiguió con su Isla de los muertos fue una pieza orquestal de gran intensidad, y de similitud artística a las intenciones simbolistas de Böcklin; es decir que, con este poema sinfónico, la idea del ruso fue evocar un estado de ánimo mas que describir un ambiente o contar una historia.

El inicio de la obra, casi inaudible, nos sugiere las aguas ondulantes del lago y cómo se desplaza la barca con el ataúd a través de ellas; para ello, Rajmáninov echó mano de una rítmica irregular de 5/4. Surge un lamento en la voz del corno; la marea del lago se hace más audible y enérgica al tiempo que el lamento pasa a la voz del oboe y posteriormente se transforma en un desafiante coral en los metales. De pronto, en medio de la intensidad sonora aparece una de las grandes obsesiones en la música de Rajmáninov: el tema del Dies Irae, aquel antiguo canto de la muerte en la misa católica de difuntos (**). Rajmáninov delinea posteriormente uno de sus movimientos lentos más conmovedores, tomando el tema del lamento y transformándolo en los instrumentos de cuerda. Un estallido orquestal irrumpe y nos lleva al final de la partitura con la reiteración casi nerviosa del Dies Irae sobre otras materias sonoras. Repentinamente, el ondulante sonido acuático se desvanece, el cielo parece tornarse más oscuro, el lamento concluye, la memoria se ha disipado. Silencio …el alma descansa en paz.

Rajmáninov dirigió el estreno de La isla de los muertos en Moscú, el 1 de mayo de 1909.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Sergei Rajmáninov: La isla de los muertos Op. 29

Versión: Orquesta Sinfónica de Saint Louis. Leonard Slatkin, director 

(*).- Bien puede imaginarse que, cada viaje que quien esto escribe realiza a Nueva York -de negocios o placer- siempre debe estar coronado con la visita, casi con devoción, al Metropolitan Museum, en ocasiones sólo para ver aquel cuadro que ha tocado el alma sensible de tanta gente. Además de emocionarme al verlo, también he disfrutado enormemente otro de sus elementos: el marco de madera tallada que porta …¡es bellísimo!

(**).- Algunas otras obras en las que Rajmáninov cita el Dies Irae son: la Rapsodia sobre un tema de Paganini, las Danzas sinfónicas, la Tercera sinfonía, y muchas más de su nutrido catálogo.

Rajmáninov

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