Archive | Tchaikovsky, Piotr Ilich RSS feed for this section

PIOTR ILICH TCHAIKOVSKY (1840-1893)

30 Dic

Manfredo, Op. 58

Una Sinfonía en cuatro cuadros sobre el poema dramático de Lord Byron

  • Lento lúgubre – Moderato con moto – Andante
  • Vivace con spirito
  • Andante con moto
  • Allegro con fuoco
Lord Byron

Lord Byron

George Gordon Noel Byron (1788-1824), conocido simplemente como Lord Byron, fue un poeta que se ganó un lugar privilegiado en las letras europeas al ser reconocido, a través de su poesía, como el máximo símbolo de la inspiración romántica. Sus obras muestran una vena inflamada de melancolía delirante y atormentada, y cuyos grandes aportes al estallido de la imaginación poética romántica al iniciarse el siglo XIX fueron alabados por poetas como Goethe y Mazzini al considerarlo “el epítome de la época”. Entre sus piezas más célebres se encuentran una versión de Don Juan, El Corsario, La peregrinación de Childe Harold, La prometida de Abydos y Manfredo; ésta última fue concebida por Byron al abrigo de los paisajes que rodean a la ciudad suiza de Berna, durante uno de sus numerosos e ilustrativos viajes que realizara con su compañero John Cam Hobhouse. Regresando a aquel drama poético que Byron imaginó sobre la figura de Manfredo, puede decirse que éste guarda cierta similitud con el mito de Fausto, pero aquí adornado por todos los sentimientos de culpa que el personaje llevaba a cuestas al igual que su autor; todas esas frustraciones eran producto de la postura romántica de Byron y que se reflejaron en su texto con las siguientes palabras: “El hombre es mitad polvo, mitad deidad, igualmente incapaz de hundirse que de volar.”

Tchaikovsky

Tchaikovsky

Cargado de suspiros y sufrimientos, el drama Manfredo fue publicado el 16 de junio de 1817. Gracias a una interpretación del Haroldo en Italia de Berlioz (basado en Lord Byron) el mentor del Grupo de los cinco rusos y gran promotor cultural Vladimir Stasov, decidió proponerles a sus colegas compositores la elaboración musical de uno de los poemas de Lord Byron, especialmente el de Manfredo. ¿Quién sería aquel personaje que podría dar vida por medio de sonidos al infausto Manfredo? ¿Quién compartiría con el personaje (y el poeta) esas frustraciones, culpas, tristezas, sinsabores y desalientos? Parece que Manfredo y Piotr Ilich Tchaikovsky fueran la misma persona.

Tchaikovsky tuvo que correr junto al lecho de su amigo Josef Kotek (el violinista) quien estaba moribundo en Suiza. En esos momentos de incertidumbre, que disculparon al compositor para escribir cualquier cosa, él se dio tiempo suficiente para leer a Lord Byron y ¡albricias!, la identificación con Manfredo que era evidente en Tchaikovsky cobró vida, y para 1885 el músico se entregó frenéticamente a la composición de una obra que denominó Sinfonía en cuatro cuadros. Con tal rapidez escribió Tchaikovsky esta música que estuvo terminada para septiembre del año en que la comenzó y lista para su estreno en marzo del año siguiente. El autor estaba satisfecho con su trabajo y llegó a definir esta Sinfonía como el mejor trabajo sinfónico que jamás haya abordado. Si bien Goethe había escrito en 1808 que Manfredo de Lord Byron era un personaje derivado de su Fausto, para Tchaikovsky la figura de Manfredo era otra cosa: un ser desadaptado sin un lugar social definido ni aceptación de su entorno, una figura que el compositor perseguido por su homosexualidad tuvo que identificar muy cercana a la propia.

Primera página de la partitura de la Sinfonía Manfredo

Primera página de la partitura de la Sinfonía Manfredo

Al respecto, David Ewen también acierta en decir que “…Tchaikovsky buscaba retratar la naturaleza introspectiva del héroe, su tormento interior, su sentimiento de culpa.” A todo ello, el comentario de Tchaikovsky es por demás elocuente: “Es el alma de Manfredo lo que busco decir”. Para esta Sinfonía en cuatro cuadros Tchaikovsky planteó un esquema (más en espíritu que en sentido estructural) que se acerca a músicas programáticas de autores conmovidos -en su momento- por Lord Byron; así, sentimos ráfagas venidas de la Sinfonía Fantástica de Berlioz (en lo que toca a la utilización de la idée fixe o idea fija, que materializa situaciones y personajes) y en el aspecto temático de la Sinfonía Fausto de Franz Liszt. La música de la Sinfonía Manfredo de Tchaikovsky es más elocuente que todas las definiciones que deseemos imponerle. Y al quedarnos con poco que decir después del fin de Manfredo en sonidos, sólo basta recordar lo que este personaje dice en el drama de Lord Byron ante los últimos momentos de su vida:

“Morir no es difícil; es más difícil ser condenado a vivir eternamente en un caos de pensamientos incontrolables…”

A lo que sumamos las palabras finales de Abbot al ver extinto a Manfredo:

“Se ha ido. Su alma ha levantado el vuelo interreno; ¿A dónde? Tiemblo al pensarlo. Pero se ha ido.”

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Piotr Ilich Tchaikovsky: Sinfonía Manfredo Op. 58

Versión: Orquesta Sinfónica de la ex URSS. Evgeny Svetlanov, director.

TCHAIKOVSKY: El cascanueces Op. 71

21 Dic

Les obsequiamos el ballet completo EL CASCANUECES de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893)

Piotr Ilich Tchaikovsky: El cascanueces Op. 71

Foto: Royal Opera House.

Foto: Royal Opera House.

PIOTR ILICH TCHAIKOVSKY (1840-1893)

30 May

Serenata para orquesta de cuerdas en do mayor Op. 48

  • Pezzo in forma di sonatina. Andante non troppo – Allegro moderato
  • Vals. Moderato, tempo di valse
  • Elegía. Larghetto elegiaco
  • Finale (tema ruso). Andante – Allegro con spirito

La historia del Opus 48 de Tchaikovsky comenzó cuando su editor, de apellido Jürgenson, le solicitó al músico una nueva Sinfonía y a cambio Tchaikovsky le envío… ¡una Serenata! Para sorpresa del solicitante el autor insistió: “No se si es porque se trata del más joven de mis hijos o porque en realidad no es tan mala, pero verdaderamente estoy enamorado de mi Serenata.” En el año de su composición -1880- el ruso continuaba la extraña relación que sostenía con su mecenas, la Sra. Von Meck, y al terminar su Serenata le escribió: “Deseo con todo mi corazón que pueda escuchar (la obra) correctamente interpretada… y creo que el movimiento central, tocado por los violines, ganará su comprensión.”

Tchaikovsky fotografiado por Alfred Fedecki Khar’kov el 14 de marzo de 1893

La pasión que sentía Tchaikovsky por esta música estaba basada en un homenaje (más que evidente) a Mozart, su ídolo de toda la vida, especialmente en el primer movimiento tratado como una sonatina y que además “es una imitación intencional de su arte” según él. Recordemos que también rindió homenaje al genio de Salzburgo en otras partituras como la Suite Núm. 4 “Mozartiana” y en cuanto a la forma en las Variaciones rococó para cello. Pero la Serenata para cuerdas es también un gran recuerdo sonoro de la música de salón vienesa en el siglo XVIII. Así, esta obra comienza con un tema parecido a un coral encadenado al robusto tema que da cuerpo al movimiento; el segundo movimiento es una de las piezas más conocidas de Tchaikovsky, un Vals lleno de gracia que flota por los aires con especial encanto; el trozo siguiente es una Elegía muy intima y elaborada a partir de dos melodías alternadas. La última parte de la Serenata abre con una introducción lenta que desemboca en dos temas rusos, el segundo de los cuales es una canción popular del distrito de Kolomna, y es interrumpido por una reiteración del coral inicial y todo termina con una espectacular stretta retomando la segunda melodía rusa.

Esta Serenata ha gozado de gran éxito desde su estreno, que estuvo a cargo de Eduard Nápravník en 1881; y es válido mencionar que aunque las serenatas en aquellos tiempos eran protagonizadas por instrumentos de aliento, la de Tchaikovsky posee un peculiar colorido al haber sido pensada sólo para cuerdas, como también lo hiciera el compositor checo Antonín Dvorák cinco años antes con la primera de sus dos Serenatas: la Opus 22.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Piotr Ilich Tchaikovsky: Serenata para cuerdas en do mayor Op. 48

Versión: Orquesta Sinfónica de la ex-URSS. Evgeny Svetlanov, director

PIOTR ILICH TCHAIKOVSKY (1840-1893)

10 Nov

Quinta sinfonía en mi menor Op. 64

  • Adagio – Allegro con anima
  • Andante cantabile con alcuna licenza
  • Valse: Allegro moderato
  • Finale: Andante maestoso; Allegro vivace

Tchaikovsky con Anatoli Brandukov

¡Ay, Tchaikovsky! Hombre hipersensible, siempre melancólico y hasta hipocondriaco; miedoso y escurridizo. Infeliz por convicción propia. Asediado socialmente por no asumir su condición homosexual. Miedos, ansiedades y, como consecuencia, una soledad perenne (e igualmente autoimpuesta) que era saciada mediante abundantes lloriqueos y sendos litros de alcohol. Él mismo escribió en su diario: “Se dice que es dañino beber demasiado. Yo sería el primero en estar de acuerdo. Pero, como hombre enfermo y lleno de neurosis como lo soy, de ninguna manera puedo existir sin ese veneno.” Ya en varios momentos Tchaikovsky reflejó hasta el hartazgo la forma en cómo influía su vida “apasionadamente atormentada” en sus partituras; y seguramente uno de los momentos más intensos de su existencia lo vivió al componer y ver estrenada su Cuarta sinfonía (1877) al abrigo de los comentarios, interés personal velado y el mecenazgo de aquella misteriosa Señora Nadezhda Filaretovna von Meck. Con esa música hizo estallar sus emociones (positivas y negativas) a elevadas alturas. Pero los siguientes diez años algo ocurrió con su capacidad creadora en el género sinfónico. Muchos dicen que en sus últimos años Tchaikovsky tenía serias dudas sobre su escritura sinfónica. Sin embargo, en ese período nacieron obras que mostraban a un compositor experimentando con la paleta orquestal. Uno de los ejemplos más interesantes es su Manfredo Op. 58, denominada como Una sinfonía en cuatro cuadros sobre el poema dramático de Lord Byron, con influencias de Berlioz y Liszt.

En esa exploración también escribió sus cuatro Suites orquestales, y otras partituras geniales como su Trío con piano dedicado a la memoria de Nikolai Rubinstein, su Fantasía para piano y orquesta y la Serenata para cuerdas. Tal parece que la espesa sombra de éxito que representaba esa Cuarta sinfonía intimidó tanto a Tchaikovsky que sus frustraciones crecieron y no le permitieron, en un principio, abordar una nueva Sinfonía. Aún así, la fama del compositor creció desmesuradamente y ello le permitió hacer diversas giras de conciertos por toda Europa. Después de su primera y exitosa gira a finales de 1887, Tchaikovsky se refugió en una pacífica casa de campo y durante el verano de 1888 juntó todo el valor necesario para escribir, con la pasión requerida, la que vino a ser su Quinta sinfonía. El estreno de esta obra ocurrió el 17 de noviembre de 1888 bajo la batuta de su propio autor (seguramente agarrándose la quijada, por el miedo a que se le cayera la cabeza mientras dirigía…), en San Petersburgo. Y después de ello, los terrores y decepciones volvieron a hacer presa del ruso. La crítica se dividió pues todos comparaban a esta nueva Sinfonía con su predecesora y encontraron a un Tchaikovsky más sólido en la Cuarta. Hubo una interpretación posterior de la obra en la misma ciudad y más tarde fue escuchada en Praga. Tchaikovsky sintió que no podía más, así que le escribió amargamente una carta a su mecenas: “Después de cada interpretación llego a la conclusión de que esta Sinfonía es un completo fracaso -y me molesta estar consciente de ese fracaso que significa un debilitamiento en mis poderes creativos. (…) Es tan poco sincera, tan larga y tiene tan poco interés en general. (…) ¿Es acaso éste el principio del fin?”

Tchaikovsky con su sobrino, Vladimir Davidov

Cierto es que aquella obsesión por el poder del destino está presente tanto en la Cuarta como en la Quinta sinfonías. En la primera de ellas ese llamado del destino está delineado por el toque inicial de los cornos; mientras que en la Quinta el destino cobra vida con la lúgubre introducción a cargo de los clarinetes. En la Sinfonía 4 Tchaikovsky dejó muy claro su contenido a partir de un programa que compartió con la Sra. Von Meck en una célebre carta. Sin embargo, la Quinta, aunque no cuenta con un programa específico, es en si una de las partituras más programáticas que haya escrito este hombre. Sólo se sabe de una somera explicación gracias a las pesquisas de Nicolás Slominsky en los papeles de Tchaikovsky: “Introducción. Completa resignación ante el Destino, o, lo que es lo mismo, ante los inescrutables designios de la Providencia. Allegro. (I) Murmullos, dudas, lamentos, reproches contra xxx… (nadie sabe, hasta la fecha, contra quien arremetió el músico en esos tachones) (II) ¿Deberé lanzarme a los brazos de la fe?? Acertadamente Ernest Newman señala al respecto: “Nada puede ser tan claro…  esta obra contiene una secuencia emocional de algún tipo.”

Aunque, insistimos, la música de la Quinta de Tchaikovsky es más elocuente que cualquier intento de definirla en palabras. Sólo queda decir que el maravilloso colorido de esta Sinfonía cobra dimensiones espectaculares con aquel tema del destino que, cual hilo conductor, aparece ante nuestros oídos derrotista, y se transforma al final como un canto de victoria y alegría, enmarcando el movimiento lento que posee uno de los solos para corno más bellos de la literatura de Tchaikovsky y aquel tercer movimiento en forma de vals, criticado por un estadounidense como “un trozo de papilla musical”.

Parece que después de escuchar su Quinta sinfonía en Hamburgo, Tchaikovsky finalmente abrió más el corazón que los oídos. Y le comentó a su sobrino Davidov: “Creo que me gusta más ahora.”

JOSÉ-MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Piotr Ilich Tchaikovsky: Sinfonía No. 5 en mi menor, Op. 64

Versión: Orquesta Filarmónica de Leningrado (hoy San Petersburgo). Yevgeny  Mravinsky, director.

PIOTR ILICH TCHAIKOVSKY (1840-1893)

6 Nov

Primer concierto para piano y orquesta en si bemol menor, Op. 23

  • Allegro non troppo e molto maestoso
  • Andantino semplice
  • Allegro con fuoco

Para empezar esta nota, una de mis odiosas preguntas personales (que únicamente tienen la intención de hacernos, a usted lector y a mí, más cómplices, y no incomodar como algunos -o algunas- han declarado): ¿Usted les hace caso a sus “amigos” cuando critican agrestemente alguno de sus lados “negativos” o que a ellos no les cuadran? Pues cualquiera que sea la respuesta estoy seguro que todos tenemos varias opciones cuando una situación como esta ocurre: 1. – Mandamos a los amigos a la porra (o, en palabras del cómico español Gila, “a archivar monos al Brasil”), o bien 2. – escuchamos sus comentarios, hacemos nuestro propio juicio y salimos adelante sin dejarnos conmover demasiado por cuánto veneno hayan puesto en su apreciación.

Conociendo los enormes descalabros artísticos que el ruso Tchaikovsky sufrió en su vida, muchos de ellos asociados a impresionantes depresiones y sinsabores producidos por la complicada convivencia social que este hombre protagonizó a la menor provocación, nos daremos cuenta que su frágil personalidad y buenos sentimientos fueron vapuleados ante los comentarios ponzoñosos de varios taimados que pensaban, en su momento, ser superiores a Tchaikovsky, y que el pobre músico era menos que bazofia. Uno de esos episodios fue relatado en detalle a su mecenas y confidente secreta, la Sra. Nadiezda Filaretovna von Meck, en una extensa pero reveladora carta fechada en 1878. Ahí narraba Tchaikovsky el encuentro con su querido amigo el pianista Nikolai Rubinstein. Imagine usted que en la Nochebuena de 1874 Tchaikovsky y Rubinstein se reunieron en el Conservatorio de Moscú, antes de que ambos se fueran a cenar, para que el compositor le mostrara al piano la versión terminada de su Primer concierto para piano escrito especialmente para Rubinstein. El episodio deber haber sido uno de los más dolorosos del tránsito de Tchaikovsky por el mundo de los mortales. Dice la carta:

He aquí al educado Nikolai Rubinstein (izq.) con su hermano Anton

Toqué el primer movimiento ¡Ni una palabra ni la más mínima observación! ¡Si tú sabes cuán estúpida e intolerable resulta la situación de un hombre que cocina un rico plato y lo sirve a un amigo que procede a comerlo en silencio! ¡Lo que hubiera dado por tener al menos un amistoso ataque, incluso una palabra de simpatía, por Dios, ya que no había elogio! Rubinstein estaba juntando su tormenta y Hubert aguardaba para ver lo que pasaba y si hubiese cualquier razón para inclinarse hacia uno u otro lado. Yo no quería de ningún modo, frases referentes al aspecto artístico. Lo que necesitaba eran observaciones relacionadas con la cuestión técnica del virtuosismo. El silencio elocuente de R(ubinstein) tenía el más grande significado. Parecía estar diciendo: Amigo mío ¿cómo puedo hablar de los detalles cuando el todo me resulta antipático? Me armé de paciencia y toqué hasta el final. Silencio todavía. Me levanté y pregunté: ¿Y bien? Entonces surgió un torrente de la boca de Nikolai Grigorievich, al principio suave, luego creciendo más y más hasta llegar al sonido de un Júpiter tonante. Resultó que mi concierto era intocable y despreciable; los pasajes eran tan fragmentados, tan torpes, tan mal escritos que no tenía salvación, la obra en si era mala, vulgar, en algunos lugares había plagiado a diversos compositores; solamente valía la pena rescatar dos o, quizá, tres páginas; el resto debía ser arrojado a la basura o compuesto por completo de nuevo. ‘Aquí, por ejemplo, esto, ¿qué es todo aquello?’ (decía él mientras caricaturizaba mi música en el piano). ¿Y esto? ¿Cómo podría nadie? …’ etc., etc. Lo más importante, que no puedo reproducir, es en tono en que pronunciaba todo ello. En una palabra, un testigo imparcial que hubiera estado en el cuarto habría pensado que yo era un loco, un infeliz estúpido y sin talento que había tenido la audacia de mostrar su basura ante un músico eminente. Hubert había percibido mi obstinado silencio y estaba verdaderamente atónito de que una felpa de tales proporciones fuera propinada a un hombre que había escrito ya muchas obras y que había dado un curso de composición en el conservatorio, asombrado de que un juicio aplastante de tal naturaleza, sin apelación, fuera hecho sobre él, que no sería hecho acerca de un alumno con el mínimo talento que hubiera descuidado alguno de sus deberes. Entonces, él principió a explicar el juicio de N(ikolai) G(rigorievich) sin discutirlo en punto alguno, sino sencillamente suavizando lo que Su excelencia había expresado con tan poca ceremonia.

Yo no estaba sólo asombrado sino verdaderamente ofendido por toda la escenita. Ya no soy un muchacho que hace sus pininos en la composición de música, ya no necesito lecciones de nadie, sobre todo si se tratan de dar ruda y descortésmente. Lo que necesitaba y siempre necesitaré era una crítica constructiva y amistosa, pero eso no se asemejaba para nada a un juicio amistoso. Era una censura indiscriminada y enérgica, dicha de un modo que me lastimó de inmediato. Salí del salón sin una sola palabra y subí al segundo piso. En mi agitación y furia no pude pronunciar una sola palabra. Luego, R(ubinstein) me siguió al ver cuán molesto estaba yo, y me llevó a uno de los salones más alejados. Allí me repitió que mi Concierto era imposible, me señaló lugares donde debía ser completamente revisado y me dijo que si yo reconstruía la obra por completo en un tiempo breve de acuerdo con sus indicaciones, entonces me haría el honor (!!!!!!!) de tocar mi bodrio en su concierto. ‘No cambiaré ni una sola nota’, contesté, ‘¡lo publicaré exactamente como está!’ Y así lo hice…

Tchaikovsky

Posterior a este desafortunado encontronazo para Tchaikovsky, y decidiendo el autor tomar fuerza y no dejarse hundir por la mezquindad, tachó en la partitura la dedicatoria de su Primer concierto para piano y se aprestó a buscar a Hans von Büllow, quien se emocionó con la elección del compositor. A diferencia de las “doctas” opiniones de Nikolai Rubinstein, Büllow sólo tuvo superlativos para la partitura, a la que calificó de “una verdadera perla… tan original en sus ideas, tan noble, tan poderosa, tan interesante en sus detalles…” Ni tardo ni perezoso Hans von Büllow tomó la partitura y la programó para su estreno en una gira de conciertos por los Estados Unidos. Así, el 25 de octubre de 1875 el Primer concierto para piano de Tchaikovsky vio la primera luz en la ciudad de Boston, con Büllow en el piano y bajo la dirección de Benjamin Johnson Lang. El éxito fue, como puede bien imaginar, inmediato para la partitura y su joven autor, y lo cual llevó a Büllow a incluirla en sus conciertos europeos una y otra vez, creando expectación entre otros pianistas como Siloti y Sauer quienes la añadieron a su repertorio. Mientras tanto… Rubinstein se revolcaba de coraje, y con sobrada razón. La première en Rusia ocurrió en San Petersburgo con el pianista Gustav Kross dirigido por Eduard Napravnik el 12 de noviembre de ese año. Sin embargo, tuvo una pésima acogida ya que, a decir de los críticos, “los tempi tan precipitados arruinaron la interpretación”. De toda esta historia de sinsabores para Tchaikovsky y de corajinas para Nikolai Rubinstein alrededor de una partitura genial, cabe mencionar como punto culminante su estreno en Moscú el 3 de diciembre de 1875. La parte solista fue interpretada por el joven de 18 años Sergei Taneyev (alumno de Tchaikovsky y que posteriormente fuera el maestro de Rajmáninov) en lo que fue considerada como una “interpretación modelo”. Y las ironías del destino tenían que llegar también a su punto más álgido pues el director de la orquesta en esa ocasión fue nada menos que el marrullero Rubinstein, quien obtuvo una sopa de su propio chocolate al ver como el público y los músicos en general rendían constantes homenajes a los pies de Tchaikovsky gracias a su fantástico Primer concierto para piano. Los juicios de este hombre tuvieron que lanzarse a la basura y finalmente aceptó que la partitura era estupenda y terminó tocándola como solista en la Exposición Universal de París en 1878. A partir de ahí, muchos otros grandes pianistas-compositores acogieron en sus presentaciones esta obra, como Camille Saint-Saëns, Rajmáninov y hasta Igor Stravinsky.

Sergei Taneyev, responsable del estreno en Moscú del Primer concierto de Tchaikovsky (posteriormente profesor de Rajmáninov)

Cualquier análisis del Primer concierto de Tchaikovsky resultaría vago frente a la enorme popularidad que hasta la fecha goza esta música. Lo que sí es interesante notar es por qué tanta gloria envuelve al que puede ser considerado como el más conocido y tocado de todos los conciertos para piano. Ello estriba, seguramente, en lo directo de su lenguaje, en la poderosísima introducción a cargo de los cornos y la proclama intensa y llena de frenesí con las cuerdas que acompañan los primeros acordes del piano. Justamente, el Primer concierto de Tchaikovsky comienza con una de las más extensas introducciones en la literatura pianística, con la saludable cantidad de 106 compases. Por su parte, el segundo movimiento es una exquisita sección con carácter elegiaco y que es puntualizado desde el inicio con un melancólico solo de flauta. Esta sección, “tan rusa”, según Andreyev, fue una de las favoritas del gran escritor eslavo, que encontraba en ella “la paradójica caída luminosa de los demonios personales”. En la sección central de dicho movimiento Tchaikovsky introduce un ritmo de vals que él mismo aceptó haber derivado de una chansonette francesa (Il faut s’amuser, danser et rire). El movimiento final fue también alabado por Alexander Glazúnov, quien reconoció en Tchaikovsky un poder de síntesis tal, “que sólo con este movimiento expresa lo que para otros requeriría la creación de una sinfonía”.

Tal parece que el escuchar constantemente en nuestros días este Primer concierto de Tchaikovsky nos hace llegar a la conclusión de que ésta es una obra producto de un acto de amor por el arte y la música, y es la prueba más fehaciente de la lucha por los ideales y por la búsqueda de la belleza que tanto hace falta en el presente. Como muchas cosas en la vida, esta música tan elocuente triunfó frente a la mezquindad… y estamos seguros que lo seguirá haciendo mientras exista la humanidad.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Piotr Ilich Tchaikovsky: Concierto para piano y orquesta No. 1 en si bemol menor, Op. 23

Versión: Martha Argerich, piano. Orquesta Filarmónica Real de Londres. Charles Dutoit, director.

PIOTR ILICH TCHAIKOVSKY (1840-1893)

3 Nov

Romeo y Julieta

Obertura-fantasía basada en Shakespeare

No hay dolor más grande que recordar las alegrías pasadas- cuando el presente es miserable…

Carta de Tchaikovsky a Nadezhda von Meck. 1881.

Es imposible soslayar la profunda relación que ha existido entre música y literatura. En el caso de Tchaikovsky algunos de los detonantes para escribir obras sinfónicas de vasta factura fueron los poemas y textos dramáticos de Ostrovsky, Pushkin, Mickiewicz, Shakespeare y Dante. Entre las partituras resultantes se encuentran La tormenta, Romeo y Julieta, Fatum, La tempestad, Hamlet, El Voivoda y Francesca da Rimini.

Desirée Artot, una de las novias de Tchaikovsky (así como lo están leyendo...)

Los orígenes de la música basada en la asaz conocida y tan gustada historia de los amantes de Verona (sí: gustada, aunque termine en tragedia, pues resulta ser un genuino episodio de amor y entrega) se remontan a 1869, época en que Tchaikovsky había terminado su noviazgo con la cantante Desirée Artot (otro amor frustrado para nuestro infausto ruso). En ese tiempo, Tchaikovsky comenzó a cultivar una entrañable amistad con el compositor Mili Balakirev, a quien puede señalarse como responsable de la composición de Romeo y Julieta.

Fotografía de Tchaikovsky (en su típica pose de sufrimiento)

Balakirev y Tchaikovsky pasaban mucho tiempo juntos, especialmente cuando el primero se encontraba de visita en Moscú. En octubre de ese año, Balakirev escribió con júbilo a su amigo que comenzaría a componer una obertura sobre El rey Lear (también tema shakespereano), por lo que le insinuó que crease una obra similar basada en Romeo y Julieta. Tchaikovsky gustó de la sugerencia y puso manos a la obra. Comenzó su labor teniendo en mente una ópera y de hecho, los primeros bosquejos contemplan un dúo cantado para la famosa pareja de amantes. Sin embargo, poco a poco Tchaikovsky comenzó a declinar en su opción operística, y llevó al tema de Shakespeare al mundo de la música orquestal pura.

Mili Balakirev, el "amigo" de Tchaikovsky

Tchaikovsky, emocionado por los avances en su nueva obra (que decidió clasificar como obertura-fantasía), escribió a Balakirev el 29 de noviembre de 1869 con la afortunada noticia de que la partitura estaba terminada. Con la carta se encontraba una copia del manuscrito, lo cual de forma inesperada enfureció a Balakirev, pues no era lo que esperaba ver (o, digamos, escuchar). Así, el “amigo” de Tchaikovsky comenzó a criticar todos y cada uno de los temas. Dijo que la introducción parecía un inocente cuarteto de Haydn, que no reflejaba en nada el drama original. Y aunque reconoció que el tema de los enamorados era de su agrado, sentía que a la obra toda le faltaba originalidad y espiritualidad. Menuda sorpresa se llevó Balakirev cuando se dio cuenta de que Tchaikovsky le había dedicado la partitura. Con tan generoso acto, el criticón sólo pudo agradecer el gesto de amistad y respeto, para al cabo comentar a Tchaikovsky que consideraba su obertura-fantasía “buena en su conjunto”.

El 16 de marzo de 1870 nació al sonido Romeo y Julieta en Moscú, bajo la dirección de Nikolai Rubinstein. El estreno fue un fracaso, y la obra pasó inadvertida a partir de ese momento. Rubinstein insistió en que la partitura merecía publicarse, por lo que la llevó a los editores berlineses Bote und Bock, quienes la pusieron en la imprenta en 1871. Balakirev, al enterarse, sufrió un soponcio y decidió hablar con Tchaikovsky para sugerirle que “la obra pasara más tiempo en sus manos, sometiéndola a revisión”.

Eduard Napravnik, director del estreno de Romeo y Julieta de Tchaikovsky

En efecto, hubo cambios en la partitura, y de gran consideración, hasta que el 17 de febrero de 1872 fue reestrenada en San Petersburgo, dirigida por Eduard Napravnik. Pero, nuevamente: ¡fracaso!, aunque el compositor César Cui opinó que en ella había “un gran talento y belleza de temas”. Y los antiéxitos siguieron para esta música, donde quiera que se interpretara: Londres, Viena, París, Hamburgo y otras ciudades no sólo recibieron a Romeo y Julieta con indiferencia, sino que en algunos lugares hasta hubo silbidos de desaprobación. En medio de tan desagradables sucesos, Tchaikovsky retomó la partitura en 1879 y la revisó, hasta dejarla como actualmente puede ser escuchada.

El supuesto balcón de Julieta en Verona.

Lo que nos apasiona de esta obertura es su intensa visión del drama de Shakespeare. Magistralmente encapsulados en una partitura concisa, coinciden tres temas que fueron obsesivos para Tchaikovsky: el amor, la muerte y el poder del destino sobre la existencia de los seres vivientes. Romeo y Julieta de Tchaikovsky no se ciñe al desarrollo de la obra de Shakespeare. En contraste, encontramos una pintura musical muy descriptiva de determinadas escenas y personajes. La introducción presenta el drama, que poco a poco se desarrolla hasta que surge el tema de Romeo. Más tarde, escuchamos el odio y la lucha de las familias rivales, los Montesco y los Capuleto. Surge de pronto el famoso tema de Julieta y de la pasión amorosa de los amantes. El final de la obra anuncia con una marcha fúnebre la muerte de los jóvenes enamorados. Ese amor puro y diáfano  no podía concretarse en vida, pero seguramente se encuentra sentido en otro plano de pensamiento.

Tchaikovsky, como es evidente, reafirma aquí sus obsesiones en la vida: amor, muerte y destino. En la obertura-fantasía Romeo y Julieta queda manifiesto que el músico ruso sabía concebir sensaciones encontradas y las puso en papel pautado a manera de las más hermosas y desgarradoras melodías que hayamos escuchado alguna vez. Hasta cierto punto el amor frustrado de Romeo y Julieta que inmortalizó el ruso con su música igualmente muestran su fallida capacidad de amar a alguien, no con sonidos, sino con el más firme contacto y sentimientos humanos. Lo que escucharemos en esta partitura no sólo es la representación musical de una tragedia amorosa de la literatura: es la tragedia misma de Tchaikovsky.

Si Piotr Ilich hubiera vivido en el siglo XX, o bien en la alborada del nuevo milenio, tal vez sus amores “ilícitos” habrían florecido sin mayores sofocos.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Piotr Ilich Tchaikovsky: Romeo y Julieta, Obertura-fantasía

Versión: Orquesta Sinfónica de Chicago. Claudio Abbado, director.

PIOTR ILICH TCHAIKOVSKY (1840-1893)

1 Nov

Primera sinfonía en sol menor, Op. 13, Ensueños invernales

  • Allegro tranquillo
  • Adagio cantabile ma non tanto
  • Scherzo. Allegro scherzando giocoso
  • Finale. Andante lugubre – Allegro maestoso

 

Piotr Ilich Tchaikovsky en su juventud

Estimado lector: Seguramente usted compartirá conmigo la opinión de que el “tema Tchaikovsky” (tanto en el aspecto artístico como el emocional) es uno de los más interesantes, sabrosos, pero también desgarrador, especialmente cuando se encuentran los paralelismos entre su vida y su producción sonora. Quizá lo más importante del catálogo del músico ruso descansa en su repertorio para ballet, el Primer concierto para piano, el Concierto de violín, la Obertura 1812 y sus tres últimas Sinfonías, con pequeñas adiciones con algunas otras de sus partituras capitales y de gran gusto entre el público. En el caso de las tres últimas Sinfonías de este hombre se antoja decir, por un lado, que constituyen los más impresionantes ejemplos sinfónicos de cualquier autor ruso en la época en la que se desarrollaba el nacionalismo musical en aquellas latitudes pero, por otro lado, también son un testimonio –vivo e hiriente en momentos- de la tragedia de la mente de Tchaikovsky. Y uno de los factores que nos permiten pensar lo anterior está íntimamente ligado con las posibles causas de la muerte de este autor. ¿Realmente fue por el cólera o por haber cometido suicidio que el hombre de 53 años de edad trascendió a la otra vida? Si nos queda alguna duda, sólo hay que escuchar atentamente lo que Tchaikovsky nos propone en sus Sinfonías 4, 5 y 6, con sus momentos que definen la acción del destino, sus sombríos contornos, una alegría reprimida que no puede (y no desea) estallar en júbilo absoluto.

Sin embargo, al echar una “orejeada” a las primeras tres Sinfonías del ruso, nos encontramos con un ambiente diametralmente opuesto. Por un lado, dichas partituras son la muestra inequívoca de un alma sensible, por supuesto, pero con un empuje juvenil difícilmente reprimido, pleno del disfrute por la vida con los pies bien puestos en la Tierra. Aunque ahí pueden surgir varias hipótesis: ¿Será un poco por el morbo generalizado de la humanidad ante la trágica vida de Tchaikovsky que los públicos prefieren las Sinfonías “más dolorosas” que las “más alivianadas”? En ese sentido, yo me arriesgo a decir que dicha suposición es, malhadadamente, cierta. Y en otro ámbito, el meramente musical, es definitivo señalar que, aunque el brío del joven Tchaikovsky está impreso en las Sinfonías 1, 2 y 3, no podemos comparar las alturas estéticas de las últimas Sinfonías al contenido (perdone mi comentario) un tanto mediocre de la Tercera sinfonía –llamada Polaca.

Tchaikovsky en los tiempos en que compuso su Primera sinfonía

La Primera sinfonía del catálogo de Tchaikovsky fue concebida en 1866 al momento en que el músico había concluido un año atrás sus estudios en el Conservatorio de San Petersburgo y coincidiendo con su nueva actividad como profesor de composición en el Conservatorio de Moscú. Uno de los más importantes compositores y directores de aquellos tiempos, Anton Rubinstein, fue maestro de Tchaikovsky y al recibir el manuscrito de la flamante Sinfonía del ilusionado Piotr Ilich sólo recibió desaprobación y maltrato de su mentor musical. Tal fue la crítica que sólo le permitió que se ejecutaran los movimientos centrales de la obra hasta que su hermano, Nikolai Rubinstein, fue más benévolo y dirigió el estreno de la Sinfonía completa en Moscú en 1868.

Si usted me permite el paréntesis, es necesario ver cómo Tchaikovsky siempre confió en dos personajes de la misma familia y que literalmente le hicieron la vida “de cuadritos”. Aquí tenemos la muestra del desprecio de Anton y, como usted debe saber, Nikolai también contribuyó al desequilibrio emocional de Piotr Ilich cuando tocó para él (en una Nochebuena) su Primer concierto para piano. Bueno, aunque Nikolai se portó como una fiera con hambre frente a su pobre “amigo”, la vida le dio la opción de recapacitar más tarde. Pero de que hicieron sufrir en su momento a Tchaikovsky no queda la menor duda.

Continuando con la Primera sinfonía: Una vez estrenada la partitura como deseaba su autor, él mismo decidió –hacia 1874- revisarla de manera íntegra gracias a la experiencia orquestal que ya había adquirido gracias a la composición de su Segunda sinfonía (Pequeña rusa) y su magnífica incursión en el mundo de la ópera. Así, la Sinfonía Op. 13 mantuvo sus elementos primordiales, como son su frescura y originalidad, pero ganó en cuanto al refinamiento orquestal. La versión definitiva, que hoy se escucha en todas partes, fue estrenada hasta 1883.

Primera página de la partitura de la Sinfonía 1 de Tchaikovsky

Tchaikovsky bautizó a esta Sinfonía como Ensueños invernales. De hecho, tal parece que él mismo escribió textos muy ilustrativos sobre los dos primeros movimientos de la obra, como mero elemento programático: “Sueños del viajero invernal” y “Tierra de desolación, tierra de brumas”. Y dependiendo de ello: ¿Qué es lo que el auditor podría esperar al escuchar la música? ¿Acaso cascabeleos de trineos en su paso por los caminos nevados? ¿Ritmos de troika? ¿Copos de nieve en su lenta caída sobre las cabezas de quienes pasean por el campo? De ninguna manera. Lo que Tchaikovsky deseaba con estos comentarios era dar pistas de estados emocionales. El invierno es en esta Sinfonía, y sobre todas las cosas, un estado de ánimo: con ese sentimiento del viento helado que llega a nuestras venas, pero nuestra sangre en ebullición añorando el reverdecer de la Naturaleza a la llegada de la primavera, soñando despiertos con la llegada de la nueva estación. Esa era, curiosamente, la situación personal y como creador de Tchaikovsky, y al mismo era una metáfora de la vida terrenal. Todo lo cual puede encontrarse al estudiar la partitura: los movimientos externos de la misma están escritos de acuerdo a las reglas de una dualidad temática pero que los colores instrumentales y la combinación de sonidos se vuelven más importantes que los mismos temas que dan estructura a todo el contenido. Quiero imaginar, humildemente, que dichos factores fueron los que fastidiaron tanto a Anton Rubinstein. Por ejemplo, tomemos el efecto de claroscuro que da el autor combinado con las flautas y los fagotes en el tema principal del movimiento inicial, o las tonalidades conferidas al corno francés. Y cuando en apariencia los temas fundamentales de la Sinfonía fluyen con toda naturalidad, ello no es tal, pues repentinamente se nos presentan como escenas congeladas, con diversos momentos en que se detienen y son retomadas. Esa sensación generalizada puede explicarse como un “alto” y un “comienzo” que se van dando sucesivamente en esta música. Además, los pasajes concebidos fugato no pueden calificarse como “fríos” o “reprimidos”, sino más bien hay que comprenderlos como una continuación de algo que no tiene motivaciones ni internas ni externas, simplemente que obedece a una ley natural, a una emoción elemental en la vida; quizá en el segundo movimiento (Tierra de desolación, tierra de brumas) es donde nos queda más clara esa sensación estática en los otros movimientos de la obra, pues aquí sí existe –y de manera muy evidente- un constante preguntar y responder, no tanto de la música sino de los sentimientos involucrados en ella.

En cuanto al Scherzo de la Sinfonía puede comentarse que Tchaikovsky retomó su material principal de una Sonata para piano que compuso en 1865; y, aquí sí, las imágenes sonoras son más sólidas, dándonos la sensación de estar observando el paso de la vida cotidiana frente a un paisaje invernal, y en la sección del trío queda perfectamente definido el título de la Sinfonía pues es, exactamente, como un sueño de invierno.

En la sección final somos participes de una técnica que ha sido definida por el musicólogo Sigrid Neef como “técnica de cortina”, y que radica en varios factores. Al iniciarse el movimiento en un piano de tonalidades lúgubres, pareciera que un velo comienza a levantarse para dejarnos ver la escena general y todos sus temas y sólo son oscurecidos por insistentes corales a cargo de los cornos; aún así, el poderío semántico de dichas llamadas de corno va intensificando el ambiente y propiciando un carácter marcial a la masa de los alientos. Lo que a fin de cuentas cae aquí no es un velo ligero sino una férrea cortina. La coda, con grandes acentos y de impresionante carga sonora, parece como si estuviera proclamando abiertamente la alegría, la libertad. Y ellos, en el caso de Tchaikovsky y de cualquier otro mortal, también son meros sueños de invierno.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Tchaikovsky: Primera sinfonía, Ensueños invernales

Versión: Orquesta Sinfónica de la ex URSS. Evgeny Svetlanov, director

A %d blogueros les gusta esto: