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KURT WEILL (1900-1950)

15 Jul

Suite de La ópera de los tres centavos *

A Javier Platas

En el año 2000 se cumplieron cien años del nacimiento de Kurt Weill, y cincuenta de su desaparición física. Para no perder la costumbre, como este señor no fue Mozart, Beethoven o Bach, es muy probable que el mundo musical sólo lo recuerde en este año y que posteriormente su nombre y creación artística siga habitando en libreros, archivos y otros lugares recónditos; la gran desgracia es que para muchos (especialmente en México) la música de Weill puede resultar fastidiosa, poco intelectual y de un carácter “ligero” que no es propio de una sala de conciertos. En fin, quién va a entender a esa gente: primero se quejan de Schoenberg o Webern por su música tan cerebral y después no aceptan el inmenso genio creador de Weill por considerarlo menor y fácilmente olvidable. Claro, señoras y señores, no es justa tanta desfachatez sobre todo cuando estamos conscientes de que un buen porcentaje de ese público no tiene idea (ni le interesa) por qué tal o cual autor escribió música como lo hizo.

Kurt Weill

Ahora debemos decir por qué venerar a Kurt Weill, tanto en su aniversario como siempre: este judío alemán fue una pieza de importancia capital en el desarrollo de la música escénica en el siglo XX. Principalmente, su actividad la dedicó a los teatros de Broadway, al tener que huir de su patria ante la creciente amenaza nazi. De tal manera, ese desarrollo es tan importante debido a que Weill llevó a un grado de refinamiento sin igual diversas formas escénico-musicales. Echando un vistazo rápido a su catálogo de obras encontramos pantomimas, óperas-ballet, ballets con canto, singspiele, operetas, óperas escolares, dramas bíblicos, comedias musicales, fábulas, cantatas escénicas y una infinidad más. Pero no sólo en esos terrenos Weill fue un genio, pues también produjo un importante número de piezas de cámara, canciones, dos Sinfonías, un Concierto para violín y alientos, arreglos de partituras de otros autores, y mucho más. Dígame ahora: ¿Le parece éste un “compositor menor”?

La importancia de Weill en el mundo musical estuvo muy ligada a su relación con el enorme dramaturgo alemán Bertold Brecht. Ambos colaboraron por primera vez en mayo de 1927 cuando produjeron el singspiel El ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny para el Festival de la música de cámara alemana en Baden-Baden. Los esfuerzos de Weill y Brecht eran similares en muchos aspectos: ambos estaban interesados en renovar radicalmente la estética de las representaciones teatrales, y particularmente reformar la estructura de la ópera tradicional. Pero como ocurre con los seres geniales y sus ideas de cambio, el músico y el dramaturgo siempre se encontraron con obstáculos que no sólo estaban ligados a los orígenes judíos de Weill, sino también a la ridícula falta de criterio de los nazis, quienes -parece- estaban empeñados en borrar la memoria cultural y artística de su país y de todo el mundo.

Weill al piano junto con su esposa Lotte Lenya

En aquellos tiempos, el flamante empresario teatral Ernst Josef Aufricht buscaba una obra interesante para debutar como director general del Theater am Schiff-bauerdamm; en ese proceso se encontró con varias negativas de los editores, por lo que decidió acercarse directamente a los autores. Así, se reunió con Brecht en un restaurante y escuchó sus opinión: crear una obra teatral-musical a partir de The Beggar’s Opera (La ópera del mendigo) con texto de John Gay y música de John Pepusch -que data de 1728- con la colaboración musical de Kurt Weill. Para comprender la sugerencia de Brecht hay que decir que el texto de Gay está protagonizado por una banda de actores, traficantes, ladrones, abogados, malandrines y prostitutas, que traman planes para hacerse de dinero ajeno. Si en el siglo XVIII esta ópera fue el retrato fiel de la decadencia moral, y que atrajo a la censura de inmediato, Brecht pensó que tal asunto era necesario en la Alemania de la década de los veinte por el turbulento estado en el que se encontraba.

Surgió así La ópera de los tres centavos, en donde encontramos un lenguaje artístico de Brecht basado desde el más poderoso alemán luterano, las palabras vulgares de los malhechores, anglicismos y otros elementos del hablar coloquial de principios de siglo. Esto se refleja en la música de Kurt Weill resultando un singspiel en el que conviven canto y texto hablado, con músicas bien pensadas y sarcásticas que incluyen blues, corales, foxtrots, tangos y otras danzas que muestran a Weill en uno de sus mejores momentos artísticos. Y aunque parezca música de excesiva “facilidad”, en ella conviven innovaciones en el género de la canción consiguiendo nuevos timbres y terrenos rítmicos poco abordados hasta el momento, junto a las propuestas melódicas y armónicas de la partitura. Weill creó en su partitura un jazz intenso, de factura totalmente europea.

Cartel realizado para el estreno de La ópera de los tres centavos

La ópera de los tres centavos, con su enorme carga de denuncia política y social, llegó a los escenarios de Berlín el 31 de agosto de 1928, convirtiéndose rápidamente en favorita del público a todos los niveles (aunque los asuntos que trataba también fueron criticados por quienes se negaban a abrir los ojos). Las representaciones de la obra se multiplicaron en los teatros alemanes y los diarios proclamaban a La ópera de los tres centavos como “el triunfo de un nuevo estilo”. Selecciones como la Balada de Mackie Messer (o Mack the Knife), la Canción de los cañones y muchas otras comenzaron a cantarse en cafés, bailarse en salones y la gente las silbaba por las calles.  Meses después del éxito obtenido en los escenarios, Weill preparó una Suite instrumental de esta obra bajo el título de Pequeña música de los tres centavos (Kleine Dreigroschenmusik), y que estrenó Otto Klemperer en la Ópera de Berlín en 1929.

Mas el terror llegaría a la escena: el 30 de enero de 1933 Adolf Hitler fue nombrado canciller, con lo que las hasta entonces brillantes luces del teatro alemán comenzaron a debilitarse. A los nazis se les hizo fácil denominar esta forma de expresión como “cultura judía y bolchevique”. Debido a ello, y como es bien sabido, Weill y Brecht partieron al exilio para salvar el pellejo junto con muchos de sus colaboradores, que incluyeron a Marlene Dietrich, Lotte Lenya, Margo Lion, Rudolf Nelson y Kurt Gerron por nombrar unos cuantos. Todos retomaron en cierta medida su actividad artística menos Gerron, quien fue capturado por los nazis en Holanda en 1941, enviado a los campos de concentración en Auschwitz y asesinado en 1944.

Es por ello que escuchar hoy día La ópera de los tres centavos nos enfrenta con aspectos significativos para el arte del siglo XX: la espléndida música de Weill, el ácido y realista texto de Brecht y la necesidad social por señalar sus defectos. Aquella creatividad de los judíos-alemanes se vio imposibilitada y destruida en la mayoría de las ocasiones en aras de la depuración de una raza. ¡Dios mío: cómo nos estamos acercando nuevamente a una debacle como tal y que inconscientemente estamos promoviendo al negarnos a recuperar la memoria, el respeto social y cultural y alentar las bases educativas! ¡Qué próximos estamos de la mortal y definitiva estocada a la humanidad entera!

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

* Nota publicada en el año 2000 por la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato.

 

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