Tag Archives: Piano y orquesta

FRANZ LISZT (1811-1886)

11 Abr

Concierto para piano y orquesta No. 1 en mi bemol mayor, S. 124

  • Allegro maestoso, tempo giusto
  • Quasi adagio
  • Allegretto vivace – Allegro animato
  • Allegro marziale animato
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Franz Liszt

Durante su estancia en París, el poeta alemán Heinrich Heine (1791-1856) escribió varios artículos para el Augsburger Allgemeine Zeitung titulados en conjunto como “Temporada musical en París” y en los que relata, de manera muy irónica y altamente personal, sus impresiones de la vida musical parisina. Y en esa época cruzó su camino en repetidas ocasiones con Franz Liszt. En su escrito en el que se refiere a sus experiencias del año 1841, Heine relata que Liszt ofreció dos recitales de piano con música de Ludwig van Beethoven (1170-1827):

“A pesar de su genio, Liszt se encuentra con una oposición aquí en París, que usualmente consiste de músicos serios, y corona a su rival, el imperial Thalberg, con laureles- Liszt ha ofrecido dos conciertos en los que él tocó todo por él mismo, en contra de toda tradición, sin involucrar a otros artistas. Ahora está preparando un tercer concierto en homenaje a Beethoven. Este compositor debe apelar más al gusto de alguien como Liszt.”

Este comentario es especialmente relevante no sólo porque Heine nos informa de un recital pianístico (que en ese tiempo era una práctica inusual), sino porque nos recalca la afinidad del músico húngaro por Beethoven, lo cual es totalmente contrario a lo que opinaban otros virtuosos del piano y compositores como su “rival” Sigismond Thalberg (1812-1871).

En el siglo XIX los grandes virtuosos del piano –como Johann Nepomuk Hummel (1778-1837), Henri Herz (1803-1888) y el mencionado Thalberg, preferían tocar sus propias creaciones en conciertos acompañados por orquesta. Hasta Frédéric Chopin (1810-1849) tocó sus dos Conciertos para piano durante sus pocas apariciones públicas. En contraste, Liszt optó tocar como solista repertorio tan diverso como el Concierto emperador de Beethoven, la Pieza de concierto de Carl María von Weber (1786-1826) o el interesantísimo y muy virtuoso Hexamerón, creación colectiva de Chopin, Carl Czerny (1791-1857), Johann Peter Pixis (1788-1874), Herz, Thalberg y el propio Liszt.

Entonces, salta a la vista la pregunta en cuanto a los Conciertos para piano y orquesta del propio Liszt. Según reportó el compositor y pianista Ignaz Moscheles (1794-1870), Liszt compuso y tocó por lo menos uno, quizá dos, de sus Conciertos en su época de juventud. De hecho, hasta Moscheles describe un Concierto para piano que le escuchó tocar a Liszt en Londres en 1827. Desafortunadamente, esas obras juveniles están perdidas.

En un cuaderno con bosquejos de Liszt de 1830, encontramos una primera versión de lo que posteriormente dio forma a su Primer concierto para piano en mi bemol mayor (por cierto, la misma tonalidad del Concierto emperador de Beethoven). El húngaro tuvo la necesidad de hacer esta partitura a un lado, en gran medida por su escandalosa vida privada, hasta que la retomó hacia 1839. Ese mismo año se dedicó a concebir un Concierto para piano distinto (en la mayor), así como un Tercero que el mismo autor rechazó en vida (y que pudo ser recuperado hasta 1990 cuando fue estrenado en la ciudad de Chicago por la pianista Janina Fialkowska [n. 1951]).

Aun así, tuvieron que pasar varios años para que Liszt pusiera punto final a sus dos Conciertos; la posible explicación que podemos encontrar es que no quería escribir una pieza virtuosa como todos hacían, sino que quería desarrollar el género, teniendo como ejemplos a Beethoven y Weber.

Después de varios años de ser reconocido como un extraordinario pianista por toda Europa, aceptó un puesto fijo como Kapellmeister en Weimar hacia 1848. Ese fue el momento en que puso un alto a su carrera concertística y pudo concentrarse en la composición y –especialmente- concluir sus dos Conciertos de piano. Fue así que el 17 de febrero de 1855 el Concierto No. 1 en mi bemol vio la luz en Weimar bajo la dirección de Hector Berlioz (1803-1869) quien declaró que la obra era “sorprendente por su brío e intensidad”.

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Caricatura francesa de Liszt (c.1845)

El Concierto No. 1 de Liszt es una pieza única en su diseño estructural, así como posee un auténtico carácter sinfónico. Su primer movimiento abre con un enunciado heroico. Dijo su alumno y yerno Hans von Bülow (1830-1894) que esta entrada era como una llamada de atención a los críticos: “¡Nadie de ustedes lo comprende, ja ja!”. Después de ello (muy en el espíritu del Concierto emperador) el piano hace su entrada con virtuosismo. Las tres siguientes secciones se conectan entre ellas con gran naturalidad; después del Quasi adagio, inmerso en un ambiente nocturno coronado por una melodía cercana a un himno, viene un scherzo en el que su principal protagonista es el triángulo y que obtuvo comentarios adversos por considerar la sección “banal y teatral”, así como el feroz crítico Eduard Hanslick (1825-1904) la llamó el “Concierto para triángulo”. El final retoma los temas escuchados en los movimientos anteriores que desbordan en una marcha triunfal que es la transformación de la melodía lírica del movimiento lento. El compatriota de Liszt, Béla Bartók (1881-1945) afirmó que este Concierto “es la primera elaboración de la forma sonata cíclica, en la que los temas comunes son tratados en base al principio de la variación”.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

MÚSICA

Versión: Lazar Berman, piano. Orquesta Sinfónica de Viena. Carlo Maria Giulini, director.

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GEORGE GERSHWIN (1898-1937)

14 Ene

Concierto en fa para piano y orquesta

  • Allegro
  • Andante con moto
  • Allegro agitato
GEORGE+GERSHWIN

George Gershwin

La historia del arte occidental ha dado testimonio de la existencia de un hombre que, al parecer, nunca estuvo totalmente consciente de sus capacidades artísticas, un hombre que ha sido colocado en un privilegiado lugar como uno de los más destacados melodistas junto a –nada más ni nada menos- que Tchaikovsky (1840-1893). Me refiero al estadounidense George Gershwin. Desde pequeño, en su natal Brooklyn, Gershwin se admiraba con las pianolas que veía en las tiendas de música y, aunque su familia era de pocos recursos materiales, un buen día decidió conseguir trabajo en una editora musical, con tal de estar en contacto con el arte de los sonidos ordenados. Así, comenzó a ser reconocido como un extraordinario improvisador al piano y produjo sus primeras canciones cuando contaba con 21 años de edad. Ira (1896-1983), su hermano, fue su gran colaborador de toda la vida, proporcionándole la letra de muchas de las canciones que produjo George (en su catálogo se cuentan más de quinientas). En este sentido, Gershwin escribió su primera canción exitosa en 1919, Swanee, y a partir de ese momento su pluma no dejó de producir música para Broadway. ¡Imagínese que Gershwin recibía en su cuenta bancaria la cantidad de $100,000 dólares anuales! Es por eso que cuando el estadounidense se decidió a solicitarle clases a Igor Stravinsky (1882-1971) este último le dijo que con esos ingresos anuales quien debería pedirle clases era él a Gershwin.

Valga la pena anotar aquí que, si bien Gershwin gozaba de fama, fortuna y éxito profesional a tan temprana edad, él estaba convencido que quería ser un compositor de “música seria”. Y la primera ventana que se abrió para él fue el “Experimento de Música Moderna” que realizó Paul Whiteman (1890-1967) con su orquesta de jazz el 12 de febrero de 1924 en la Aeolian Hall de Nueva York. Para esa ocasión, Whiteman le solicitó a Gershwin la que ahora se conoce como su Rhapsody in Blue pero el joven pianista (aún inseguro de su don natural para la melodía y el manejo del color orquestal) tuvo que pedir la ayuda de Ferde Grofé (1892-1972) para que revistiera el discurso del piano con un sofisticado manto instrumental.

Hoy sabemos que el éxito de la Rapsodia fue instantáneo. Entre el público que asistió a aquel concierto se encontraban grandes personalidades de la sociedad neoyorkina, del cine y músicos como Leopold Stokowski (1882-1977) y Walter Damrosch (1862-1950). Al haber escuchado la Rhapsody in Blue a Damrosch no le quedó duda de que Gershwin podría escribir una buena obra orquestal para que él la estrenara con la orquesta que dirigía: la Sociedad Sinfónica Filarmónica de Nueva York. Gershwin aceptó con agrado… pero con sus reservas. Al acudir a Isaac Goldberg (1887-1938), uno de los biógrafos de este compositor, nos enteramos que al tiempo de aceptar la comisión de Damrosch, Gershwin se fue a comprar el Tratado de orquestación de Cecil Forsyth (1870-1941) para saber cómo se estructuraba una obra concertante. Nuevamente acechaban al genial compositor los fantasmas de no tener una educación musical formal y sentirse incapaz ante la paleta orquestal. Lo que no se daba cuenta es de cuántos músicos le envidiaban su talento melódico y su fantástica capacidad creativa, algo que jamás iba a poder estudiar en ningún libro.

Así pues, Gershwin fue cauteloso antes de poner manos a la partitura. Sus obligaciones en Broadway lo tenían verdaderamente ocupado y esperó hasta mayo de 1925 cuando se encontraba en Londres para supervisar la producción inglesa de su musical Tell Me More. El 22 de julio siguiente regresó a su domicilio en la ciudad de Nueva York con todos los bosquejos de su nueva obra listos para ir tomando forma en lo que él intituló como New York Concerto. La concepción de la partitura comenzó a fluir de una forma constante y sana durante el mes de agosto en la localidad de Chautauqua. Varias semanas después la partitura estaba perfectamente instrumentada y el título que Gershwin había escrito en la primera página del manuscrito desapareció para dar lugar a como hoy día se le conoce: simple y llanamente Concierto en fa. Posteriormente el autor escribió: “Muchas personas habían pensado que la Rhapsody in Blue fue sólo un feliz accidente. Bien, yo, por un lado, quiero mostrarles que había mucho más de donde proviene. (Con el Concierto en fa) Me decidí a hacer una pieza de música absoluta. La Rapsodia, como su título implica, fue una impresión del blues. El Concierto no tiene connotaciones programáticas. Y así es exactamente cómo lo escribí.” En noviembre de ese año Gershwin formó una orquesta con el único objetivo de hacer lecturas de la nueva partitura antes de que viera la luz oficialmente. En dichos ensayos acudió el propio Damrosch quien, con su vasta experiencia orquestal, le hizo varios apuntes a Gershwin sobre la orquestación y para reducir algunos pasajes para dar más cohesión a la obra.

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La visita a los Estados Unidos en 1928 del ídolo de Gershwin (de pie a la derecha): Maurice Ravel (sentado). En medio de los dos se encuentra Manoah Leide-Tedesco.

Finalmente, el 3 de diciembre de 1925 la Sociedad Sinfónica Filarmónica de Nueva York (que poco tiempo después se convertiría en la Filarmónica neoyorkina) ofreció la primera audición del Concierto en fa de Gershwin con el autor en la parte solista, Damrosch en la batuta, en la Carnegie Hall. El resultado: gran expectación al escuchar una obra “académica” de un muchacho dedicado al jazz, ocupado entre dólares y “socialité”, y que definitivamente agotaron los boletos esa noche. El público reaccionó con una gran ovación, mientras que los críticos se dividieron y alguno de ellos la llegó a calificar de “producto de un novato” (¡!).

Músicos como Stravinsky, Arnold Schönberg (1874-1951) y el propio Damrosch salieron a la defensa de Gershwin y su flamante Concierto. El director responsable de la comisión de la partitura afirmó que “(Gershwin) había logrado un milagro. Él es el príncipe que ha tomado a Cenicienta (refiriéndose al jazz) por la mano y la ha proclamado abiertamente como Princesa ante el mundo atónito y la furia de sus hermanas envidiosas.” Por su parte, Schönberg afirmó: “Muchos músicos no consideran a George Gershwin como un compositor serio, pero deben entender que, sea o no serio, es un compositor, es decir, un hombre que vive en la música y lo expresa todo, serio o no, sano o superficial, por medio de la música, porque es su lengua materna. Hay una cantidad de compositores, serios (como ellos se creen) o no (como yo sé), que aprendieron a poner notas juntas. Pero son sólo serios debido a una perfecta falta de humor y de espíritu”.

Gershwin proporcionó una descripción del Concierto en fa para el día de su estreno:

“El primer movimiento emplea el ritmo de Charleston. Es rápido y con pulso, representando el joven espíritu entusiasta de la vida americana. Eso comienza con un motivo rítmico en los timbales, apoyado por otros instrumentos de percusión, y con un motivo de Charleston presentado por (…) cornos, clarinetes y violas. El tema principal es escuchado en el fagot. Más tarde, un segundo tema es presentado por el piano. El segundo movimiento tiene una poética atmósfera nocturna que se denomina el blues americano, pero en una forma más pura que como es tratada habitualmente. El movimiento final vuelve al estilo del primero. Es una orgía de ritmos, empezando de forma violenta y mantener el mismo ritmo en todo momento.”

A fin de cuentas, el escuchar el Concierto en fa de Gershwin provoca una saludable sensación, equiparable a la forma como Myles Davis (1926-1991) calificó al jazz: “un orgasmo espiritual”.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

MÚSICA

Versión: Peter Jablonski, piano. Orquesta Filarmónica Real de Londres. Vladimir Ashkenazy, director.

SERGEI RAJMÁNINOV (1873-1943)

16 Jul

Concierto para piano y orquesta No. 1 en fa sostenido menor Op. 1

• Vivace
• Andante cantabile
• Allegro scherzando

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¿Cuál de estos calificativos le vendría mejor a Rajmáninov? ¿Popular? ¿Anacrónico? ¿Pasado de moda? ¿Conservador? ¿Retrógrado?
¿Cómo definir a un compositor cuyas obras para piano son fundamentales para intérpretes de todas las nacionalidades y los escuchas las colocan en el Top 10 clásico?
Aquí le propongo, estimado lector, esta humilde definición: “Individualista”.
Sin importar la oleada de corrientes musicales que sobrevinieron al alba del siglo XX, la variedad de lenguajes, de experimentación, de disonancias y exactitudes cerebrales y matemáticas, Rajmáninov siempre enarboló una bandera muy sorprendente en medio de tanto rompimiento con lo establecido. Esa bandera era la del romanticismo, justamente defendida con esa individualidad en su personalidad y lenguaje que no tiene parangón en la historia del arte musical.
Nacido en Oneg (en el Distrito de Novgorod) el 1 de abril de 1873, Rajmáninov tuvo que dejar su patria después de la Revolución de 1917 para nunca regresar. Sin embargo, su fama como pianista-compositor-director de orquesta fue en ascenso al establecer su residencia tanto en los Estados Unidos como en Suiza. Sus piezas pianísticas se convirtieron rápidamente en referencia así como sus estupendas tres Sinfonías y obras orquestales como las Danzas sinfónicas y La isla de los muertos, por mencionar sólo dos. En su catálogo el lugar privilegiado pertenece a sus cinco partituras para piano y orquesta. Sus cuatro Conciertos pueden ser considerados como el punto álgido de su producción así como de su vida creativa: el Primero de ellos, en sus versiones original y final, comenzó y concluyó su fascinante periodo creativo de juventud; el Segundo marcó una regeneración espiritual; el Tercero fue concebido para su primera gran gira en los Estados Unidos y el Cuarto fue su regreso a la senda creativa después de casi una década de silencio.

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Las fantásticas manos de Rajmáninov

Cuando Rajmáninov tenía 18 años de edad escogió a su Primer concierto para piano en fa sostenido menor para darle su Opus 1 (aunque ya tenía muchas obras publicadas). El 20 de julio de 1891 le escribió a su amigo Mikhail Slonov:
“El 6 de julio terminé y orquesté mi Concierto para piano. Pude haberlo terminado mucho antes pero después del primer movimiento pasé un período de inactividad… y en tan sólo dos días y medio concluí los movimientos restantes. Escribí de cinco de la mañana a las ocho de la noche…”
La partitura lleva una dedicatoria a Alexander Siloti y fue estrenada por el propio Rajmáninov en la primavera siguiente. Hacia 1899 decidió que no estaba satisfecho con el resultado total de la obra y declinó una invitación para tocarlo en Londres. Tuvo que esperar hasta 1908 para retomar el Concierto y hacerle una revisión exhaustiva, algo que no ocurrió pues se sumergió en la composición del Concierto No. 3 para su gira estadounidense. Al llegar a los 44 años de edad fue cuando se dio a la tarea de modificar la versión original del Concierto No. 1, sin modificar jamás su carácter juvenil y extrovertido y ganando un nuevo ropaje colorido y de hermoso artesanado.
El Primer concierto para piano de Rajmáninov comienza con un episodio de gran robustez sonora, muy en el estilo de Tchaikovsky y con ciertos aires de la música de Rimski-Korsakov. Poco a poco las líneas melódicas nos dejan ver a ese Rajmáninov lírico y arquitecto de belleza como siempre lo escucharemos en sus obras posteriores. La columna vertebral del primer movimiento se basa en un motivo de cuatro notas que aparece, nuevamente, en el segundo movimiento en la voz del corno y constituyendo un fabuloso Nocturno (marcado Andante) que desemboca en la sección final, vigorosa y plena de bullicio.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Sergei Rajmáninov: Concierto para piano y orquesta No. 1 en fa sostenido menor Op. 1

Versión: Byron Janis, piano. Orquesta Filarmónica de Moscú. Kirill Kondrashin, director (Grabado en junio de 1962 en Moscú).

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