Tag Archives: Rajmáninov

SERGEI RAJMÁNINOV (1873-1943)

26 Abr

Sinfonía No. 1 en re menor Op. 13

  • Grave – Allegro ma non troppo
  • Allegro animato
  • Larghetto
  • Allegro con fuoco

 

Sergei Rajmáninov tenía 22 años de edad cuando tomó la firme decisión de componer su Primera sinfonía. Pocos años antes, en su adolescencia, hizo varios intentos por abordar este género pero todo quedó en bosquejos o movimientos aislados terminados; ese es el caso de su Scherzo para orquesta que compuso a los 14 años de edad y el primer movimiento de una Sinfonía en do mayor (1891) que hoy recibe el apelativo de Sinfonía de juventud.

Entre enero y octubre de 1895 el jovial Rajmáninov se concentró en la composición de su nueva partitura sinfónica, con un historial de repetidos éxitos en los estrenos de su Primer concierto para piano (1892), su fantasía para orquesta llamada La roca y la ópera Aleko que, en su primera presentación en 1893 fue alabada por Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893), a quien Rajmáninov admiraba profundamente, y lo que le dio pauta para sentirse seguro en la concepción de la que sería primera Sinfonía formal.

La orquestación de la partitura estuvo lista entre el 30 de agosto y el 11 de septiembre de 1895 mientras el músico se encontraba en la propiedad de su tío en Ivanovka. Pocos meses después, y gracias a los buenos oficios de su profesor Sergei Tanéyev (1856-1915), la flamante Sinfonía de Rajmáninov llegó a los oídos de uno de los más influyentes industriales y filántropo, Mitrofán Belyáyev (1836-1904), quien accedió a hacer las gestiones necesarias para que la obra se incluyera en los Conciertos Sinfónicos Rusos que el propio Belyáyev fundó en San Petersburgo a instancias de Nikolai Rimski-Kórsakov (1844-1908) para impulsar a los nuevos compositores locales. De tal suerte, la Primera sinfonía de Rajmáninov fue programada para su primera audición el 28 de marzo de 1897.

Rimski-Kórsakov acudió a los ensayos pues se había invitado a Alexander Glazúnov (1865-1936) -de quien era mentor y amigo personal- para dirigir la prèmiere. Al escuchar los primeros resultados, el célebre autor de Scheherazade abordó a Rajmáninov para decirle –respetuosamente- que su nueva Sinfonía “no era muy agradable”. Quizá el experimentado compositor no supo expresar bien sus opiniones o, como han indicado muchos estudiosos, la nueva Sinfonía estaba tan adelantada a su tiempo que no pudo comprenderla en su justa dimensión. Cierto es que Rimski describió aquella experiencia en su libro Diario de mi vida musical, refiriéndose al errático desempeño de Glazúnov en la batuta como “lento, (…) torpe, (…) poco hábil…”

dU1Z4La

Rajmáninov en 1897

El resultado de la noche de estreno: un rotundo fracaso. Dos días después apareció una reseña en el Novosti i birzhevaya firmada por el también compositor César Cui (1835-1918):

“Si hubiera un conservatorio en el Infierno, si uno de sus alumnos talentosos fuera instruido para escribir una sinfonía programática sobre ‘Las siete plagas de Egipto’, y si él tuviera que escribir una sinfonía como la del Sr. Rajmáninov, entonces él habría cumplido su tarea brillantemente y haría las delicias de los habitantes del Infierno. Pero por el momento seguimos viviendo en la Tierra, y esta música tiene un efecto deprimente en nosotros, con sus ritmos rotos, oscuridad y vaguedad en la forma, la repetición sin sentido de los mismos trucos cortos, el sonido nasal de la orquesta, el intenso estallido de los metales y, por encima de todo, la armonización perversa y enfermiza y los contornos cuasi melódicos, y la ausencia absoluta de sencillez y naturalidad, la total ausencia de temas.”

La desaprobación general ante el estreno de la Primera sinfonía de Rajmáninov provocó en el autor un fuerte golpe emocional y profesional. Natalia Sátina (1877-1951), quien se convertiría más tarde en su esposa, aseveró notar alcoholizado a Glazúnov durante el concierto. Y aunque él era conocido por dar clases en el Conservatorio con una botella de alcohol bajo el escritorio, la acusación de haber dirigido borracho esa noche no podía ser comprobada; aun así, muchos de los presentes responsabilizaron a Glazúnov de la malhadada interpretación de la obra.

Escribió Rajmáninov el 18 mayo de 1897 a su amigo Alexander Zatayevich (1869-1936):

“Estoy sorprendido cómo un músico tan talentoso como Glazúnov puede dirigir tan mal. Y no hablo de su técnica, sino de su musicalidad. No siente nada cuando dirige. Parecería que no entiende nada… Por ello asumo que esa fue la causa de tan mala interpretación (asumo: no lo digo de cierto). Si el público hubiera estado familiarizado con la Sinfonía entonces hubieran culpado al director (y lo sigo ‘suponiendo’). Si una obra es desconocida y mal interpretada, entonces la gente se inclina por culpar al compositor…”   

El paso del tiempo (que todo lo cura) le ha dado la razón a Rajmáninov. Por un lado, es notorio que Glazúnov tenía muy poco interés en la música de su colega. Y ello quedó manifiesto cuando en 1930 Rajmáninov tuvo la generosidad de obsequiarle a Glazúnov la partitura de su Concierto para piano No. 4. Éste último se encontraba en París con la partitura bajo el brazo, se subió a un taxi y al descender en su destino la partitura se había quedado en el vehículo. ¿Se habrá quedado dormido? ¿Habrá ido borracho o a “medias tintas”? O ¿realmente Rajmáninov le importaba un pepino? Yo, como Rajmáninov, también estoy “suponiendo”.

Sumergido en una profunda tristeza, Rajmáninov pensó destruir el manuscrito de su Sinfonía… pero supuestamente no lo hizo. Después de algunos meses de asistir a terapia de hipnosis con el doctor Nikolai Dahl (1860-1939) para intentar salir de la depresión, la luz llegó con la composición de su Segundo concierto para piano y a su estreno en 1901 la herida generada por el fracaso de su Primera sinfonía comenzó a cicatrizar (pero jamás se pudo curar en el fondo). Es por ello que esta Sinfonía nunca volvió a ser tocada en vida de Rajmáninov; sin embargo, hacia 1908 sacó su manuscrito y decidió hacer una revisión a conciencia del mismo, aunque “no le enseñaré la Sinfonía a nadie” como le comentó a Boris Asafyev (1884-1949) hacia 1917.

Aparentemente, Rajmáninov guardó tan celosamente el manuscrito que jamás ha sido recuperado. Un año después de la muerte del autor, el musicólogo Alexander Ossovsky (1871-1957) descubrió las partes de orquesta usadas para el estreno de la Sinfonía en los archivos del mecenas Belyáyev en el Conservatorio de la entonces Leningrado. Así, se hizo una reconstrucción de la partitura que fue escuchada nuevamente el 17 de octubre de 1945 en el Conservatorio de Moscú bajo la dirección de Alexander Gauk (1893-1963).

La Sinfonía No. 1 de Rajmáninov está concebida en cuatro movimientos, conjugados por una misma idea: “Mía es la venganza y la paga, dice el Señor”, cita extraída de la epístola de Pablo los romanos, que se lee al inicio de la partitura. Ello nos enfrenta a un discurso juvenil, de increíble empuje e intensa pasión. Después de la introducción lenta del primer movimiento escuchamos ecos de la sempiterna obsesión de Rajmáninov por el tema del Dies irae de la misa católica de difuntos. Cada uno de los movimientos siguientes inicia con una referencia a este tema. El segundo movimiento es una suerte de scherzo, volátil, frágil y aunque menos severo que la sección precedente, tiene una buena dosis de misterio y evidente sarcasmo escuchado en un fugaz solo de violín. A continuación viene el Larghetto, sección de gran belleza y lirismo (como en los mejores movimientos lentos escritos por Rajmáninov en años posteriores). En el último movimiento, el motivo inicial de la “venganza” en re menor se transforma en un re mayor brillante, transformándose en una impresión musical caleidoscópica de Anna Karenina, la heroína de León Tolstói (1828-1910). Hacia la conclusión de la Sinfonía se escucha el tam-tam (o gong) anunciando un final devastador, en el que se materializa aquella “venganza”.

Se preguntará usted: ¿Qué tiene que ver en todo esto Anna Karenina? Pues bien: la partitura está dedicada a Anna Lodyzhenskaya (cuyas fechas de nacimiento y muerte desconocemos). La dama en cuestión, de extracción gitana, había robado el corazón del tierno Rajmáninov (quien, si recuerda bien, en esa época ya tenía novia) pero estaba casada. Consecuencia: despecho y deseo de venganza (¿de qué? sólo Rajmáninov lo sabía). Ahora que ya sabe todo esto, recuerde la severidad con la que inicia esta Sinfonía.

Y ahora, regresemos a las palabras impresas en la portada de la partitura. Ese mismo epígrafe bíblico fue usado por Tolstói como título de la primera parte de su novela que trata de una dama (también llamada Anna), esposa de Karenin, y su relación extramatrimonial con un joven oficial del ejército, consumada y finalmente fatal.

A fin de cuentas, Rajmáninov había pensado en “alguien” al escribir esta música y el lugar que debería ocupar en el Averno.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

P.D.- Algunos años después del estreno de la Primera sinfonía de Rajmáninov, Glazúnov confesó que, al entrar al escenario esa noche, efectivamente estaba ebrio. Por si usted estaba con el pendiente.

Descarga disponible:

MÚSICA

Versión: Orquesta Filarmónica de la BBC (Manchester). Gianandrea Noseda, director.

Anuncios

SERGEI RAJMÁNINOV (1873-1943)

3 May

Rapsodia sobre un tema de Paganini, para piano y orquesta, Op. 43

Rach_3

Rajmáninov en Carnegie Hall

Así como en dos días y medio Rajmáninov concluyó una parte sustancial de su Primer concierto para piano, en 1934 le tomó seis semanas para escribir su Rapsodia sobre un tema de Paganini, de sol a sol frente a su papel pautado al abrigo de su villa en Lucerna, Suiza.
Hay muchas circunstancias que hacen a ésta, su Opus 43, una obra realmente excepcional: en primer lugar la estructura que utiliza el autor con una serie de variaciones arropadas por un estilo rapsódico. Igualmente, las variaciones son como un acto de prestidigitación al cambiar de fórmula de una a otra; toccatta, fuga, vals, invirtiendo la melodía, es decir un auténtico compendio de invención creativa.
Otro punto excepcional es la elección del tema sobre el cual se desarrollan las variaciones: el Capricho No. 24 Op. 1 para violín solo de Niccolò Paganini que es, en sí, una serie de tema y once variaciones que despliegan los máximos alcances del violín. Durante el siglo XIX muchos compositores asociados con el piano escribieron sendas partituras basadas en este Capricho, desde Schumann y Liszt, pasando por Brahms, hasta llegar al siglo XX con Witold Lutolsawski, Boris Blacher y el mexicano Javier Montiel.
Y un asunto adicional en esta obra (y que puede prestarse a inventar historias y/o leyendas macabras): El Capricho de Paganini es el número 24 de su Opus 1; la Rapsodia de Rajmáninov contiene 24 variaciones; y el autor ruso utiliza de forma obsesiva (como siempre lo hizo en su vida) el tema del Dies Irae, aquel canto terrible de la misa católica de diuntos en el que se evocan los horrores del Juicio Final.
Y se preguntará: ¿Qué tiene todo esto en común?
Muy sencillo: El coreógrafo Michel Fokine le hizo ver a Rajmáninov que había creado en su Rapsodia una pieza excepcional envuelta por un halo misterioso y diabólico. En ella conviven un tema violinístico endiablado de un personaje considerado como poseído por el maligno y el tema del Dies Irae. Rajmáninov aseguró que jamás intentó escribir esta partitura bajo un programa conductor. Pero el resultado es, para uno que le gusta encontrar mensajes ocultos en los sonidos, una “Rapsodia programática” que expresa el pacto de Paganini con el diablo. Fokine acosó durante algún tiempo a Rajmáninov para que le permitiera realizar una coreografía sobre su Rapsodia a lo cual accedió el compositor en una carta fechada el 29 de agosto de 1937 en la que, además, se prestó a colaborar en el libreto del ballet.
La Rapsodia sobre un tema de Paganini fue estrenada el 7 de noviembre de 1934 con el propio Rajmáninov como solista y la batuta de Leopold Stokowski en la ciudad de Baltimore, en Estados Unidos.
Y, last but not least, es necesario comentar el furor que ha causado en los más diversos públicos esta Rapsodia (especialmente su variación No. 18) desde la década de los años 80. Y ese entusiasmo está basado no tanto en la indudable belleza de esa variación sino en que fue incluida en la película de Jeannot Szwarc llamada en inglés Somewhere in Time y traducida al castellano como Pide al tiempo que vuelva (estelarizada por Christopher Reeve y Jane Seymour). La variación 18 es un punto recurrente en esta cinta para inmortalizar un amor que supuestamente fue pero que no pudo concretarse en lo terrenal. Importante es aclarar que la banda sonora es de la autoría de John Barry, pero que en un acto de sensibilización se les ocurrió la brillante idea de añadir a Rajmáninov en uno de los episodios “menos diabólicos” de la fabulosa Rapsodia.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Sergei Rajmáninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini Op. 43

Versión: Howard Shelley, piano. Orquesta Nacional Escocesa. Bryden Thomson, director.

SERGEI RAJMÁNINOV (1873-1943)

5 Ago

Concierto para piano y orquesta No. 3 en re menor Op. 30

• Allegro ma non tanto
• Intermezzo. Adagio
• Finale: Alla breve

Rajmáninov estaba pasando por un momento crucial en su vida, tanto en el plano profesional como en el sentimental, al momento de llevar a su familia a Ivanovka (la tierra natal de su suegro y su tío al sur de Moscú) en mayo de 1909. Sin embargo, y con la indecisión de emigrar pronto de su patria, el compositor, pianista y director de orquesta se dio a la tarea de crear un nuevo Concierto para piano. Ya en esas épocas gozaba de considerable fama local, en Europa y hasta en América, debido al tremendo impacto que provocó en el público su Segundo concierto para piano. Recordemos que dicha obra fue la medicina para que Rajmáninov saliera de la depresión que le provocó el fracaso en el estreno de su Primera sinfonía y todo gracias a su psicoanalista el Dr. Nikolai Dahl (a quien, por supuesto, dedicó la partitura).
Esa nueva obra concertante tenía varios propósitos, de los cuales lo más importante era lucir al autor como pianista virtuoso y también como compositor de extraordinarias dotes creadoras ante el público de Estados Unidos de Norteamérica donde tenía planeada su primera gira de conciertos.
Al regresar a Moscú al final del verano y con su flamante Concierto bajo el brazo sus colegas lo alentaron para que lo estrenara en Rusia, aunque Rajmáninov se negó a hacerlo fiel a la petición de los estadounidenses, sobre todo porque sólo él conocía bien las inmensas dificultades técnicas que requería el solista para su interpretación.

Rachmaninoff1

Rajmáninov en 1909, año en el que estrenó su Tercer concierto para piano.

Al emprender su viaje al Nuevo Mundo, Rajmáninov pasó días y noches frente a su teclado mudo ensayando una y otra vez su nueva partitura, algo que no le gustaba pero que el compromiso y el tormentoso viaje por el Atlántico lo obligó a hacerlo por primera vez en su vida. A él se le había prometido que su debut en América tendría enorme éxito, especialmente en el aspecto económico… y así fue. Desafortunadamente la lejanía de su hogar y de su familia lo ponía melancólico a la menor provocación.
La gira de Rajmáninov comenzó el 4 de noviembre de 1909 en el Smith College de Northampton, Massachusetts, mostrando las tres facetas de la carrera del ruso; fue parte de varios conciertos con la Sinfónica de Boston como pianista y director; dirigió su Segunda sinfonía en Filadelfia y Chicago, al tiempo que presentó su poema sinfónico La isla de los muertos en Chicago y Boston, además de ofrecer varios recital de piano solo.
El Concierto para piano No. 3 de Rajmáninov, obra clave para su gira, fue estrenado con el autor al piano y la batuta de Walter Damrosch el 28 de noviembre de 1909 en el New Theatre de Nueva York; poco menos de dos meses después, el ilusionado ruso pisó por primera vez el (ahora) legendario escenario del Carnegie Hall –entonces conocido como “Music Hall”-. Ahí tocó su Tercer concierto para piano con un personaje igualmente genial poco antes de cerrar su ciclo biológico: Gustav Mahler, entonces director de la Sociedad Filarmónica de Nueva York.
Con la gloria en sus manos el ruso emprendió el viaje de regreso a su patria, donde aseguró a cuanta persona se le acercó que no volvería a abandonar a los suyos. Quizá ni él mismo sabía lo qué estaba diciendo pues a finales de 1918, y después de haber pasado algunos meses exiliado en Estocolmo y Copenhague, Rajmáninov tomó a su familia y sus respectivas maletas y abordó un barco con destino a Nueva York para nunca regresar a la tierra que lo vio nacer.

Rajmáninov al piano

Rajmáninov al piano

El Tercer concierto para piano de Rajmáninov se ha convertido al paso de los años en una obra “de culto” para pianistas, directores, orquestas y públicos por el fabuloso despliegue de pirotecnia pianística y orquestal, amén de la rigurosa concentración y ferocidad atlética que requiere del solista. Para muchos esta obra es, por mucho, el mejor de los cuatro Conciertos que Rajmáninov escribió para el instrumento (junto con la Rapsodia sobre un tema de Paganini), gracias a los atributos ya mencionados y por sus hermosas melodías que pueden encontrarse desde el inicio de la pieza. Rajmáninov dijo alguna vez que esa primera melodía que se escucha “se escribió sola” y que él pretendía que saliera de las manos del pianista como si fuera una voz y no un piano la que estaba “cantando”. De muchas formas el autor nos permite conocer lo mejor de su sensibilidad además del pleno conocimiento de las capacidades sonoras y colorísticas del piano.
Rajmáninov dedicó su Tercer concierto a su amigo de toda la vida, el polaco Josef Hoffman, quien además ha sido considerado como el más grande pianista de todos los tiempos. Sin embargo, Hoffman nunca tocó esta partitura. Fue Vladimir Horowitz quien durante mucho tiempo a quien se asoció de manera más cercana con esta obra desde que la eligió para graduarse del Conservatorio de Kiev en 1920 con 16 años de edad. Además de eso el propio compositor conoció a Horowitz cuando este último debutó en Estados Unidos en 1928 y le sugirió cambios importantes en la partitura para hacerla más impactante.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Sergei Rajmáninov: Concierto para piano y orquesta No. 3 en re menor Op. 30

Versión: Byron Janis, piano. Orquesta Sinfónica de Londres. Antal Dorati, director (Grabado en junio de 1961).

SERGEI RAJMÁNINOV (1873-1943)

16 Jul

Concierto para piano y orquesta No. 1 en fa sostenido menor Op. 1

• Vivace
• Andante cantabile
• Allegro scherzando

Rachmaninoff_1906

¿Cuál de estos calificativos le vendría mejor a Rajmáninov? ¿Popular? ¿Anacrónico? ¿Pasado de moda? ¿Conservador? ¿Retrógrado?
¿Cómo definir a un compositor cuyas obras para piano son fundamentales para intérpretes de todas las nacionalidades y los escuchas las colocan en el Top 10 clásico?
Aquí le propongo, estimado lector, esta humilde definición: “Individualista”.
Sin importar la oleada de corrientes musicales que sobrevinieron al alba del siglo XX, la variedad de lenguajes, de experimentación, de disonancias y exactitudes cerebrales y matemáticas, Rajmáninov siempre enarboló una bandera muy sorprendente en medio de tanto rompimiento con lo establecido. Esa bandera era la del romanticismo, justamente defendida con esa individualidad en su personalidad y lenguaje que no tiene parangón en la historia del arte musical.
Nacido en Oneg (en el Distrito de Novgorod) el 1 de abril de 1873, Rajmáninov tuvo que dejar su patria después de la Revolución de 1917 para nunca regresar. Sin embargo, su fama como pianista-compositor-director de orquesta fue en ascenso al establecer su residencia tanto en los Estados Unidos como en Suiza. Sus piezas pianísticas se convirtieron rápidamente en referencia así como sus estupendas tres Sinfonías y obras orquestales como las Danzas sinfónicas y La isla de los muertos, por mencionar sólo dos. En su catálogo el lugar privilegiado pertenece a sus cinco partituras para piano y orquesta. Sus cuatro Conciertos pueden ser considerados como el punto álgido de su producción así como de su vida creativa: el Primero de ellos, en sus versiones original y final, comenzó y concluyó su fascinante periodo creativo de juventud; el Segundo marcó una regeneración espiritual; el Tercero fue concebido para su primera gran gira en los Estados Unidos y el Cuarto fue su regreso a la senda creativa después de casi una década de silencio.

hands_rachmaninoff

Las fantásticas manos de Rajmáninov

Cuando Rajmáninov tenía 18 años de edad escogió a su Primer concierto para piano en fa sostenido menor para darle su Opus 1 (aunque ya tenía muchas obras publicadas). El 20 de julio de 1891 le escribió a su amigo Mikhail Slonov:
“El 6 de julio terminé y orquesté mi Concierto para piano. Pude haberlo terminado mucho antes pero después del primer movimiento pasé un período de inactividad… y en tan sólo dos días y medio concluí los movimientos restantes. Escribí de cinco de la mañana a las ocho de la noche…”
La partitura lleva una dedicatoria a Alexander Siloti y fue estrenada por el propio Rajmáninov en la primavera siguiente. Hacia 1899 decidió que no estaba satisfecho con el resultado total de la obra y declinó una invitación para tocarlo en Londres. Tuvo que esperar hasta 1908 para retomar el Concierto y hacerle una revisión exhaustiva, algo que no ocurrió pues se sumergió en la composición del Concierto No. 3 para su gira estadounidense. Al llegar a los 44 años de edad fue cuando se dio a la tarea de modificar la versión original del Concierto No. 1, sin modificar jamás su carácter juvenil y extrovertido y ganando un nuevo ropaje colorido y de hermoso artesanado.
El Primer concierto para piano de Rajmáninov comienza con un episodio de gran robustez sonora, muy en el estilo de Tchaikovsky y con ciertos aires de la música de Rimski-Korsakov. Poco a poco las líneas melódicas nos dejan ver a ese Rajmáninov lírico y arquitecto de belleza como siempre lo escucharemos en sus obras posteriores. La columna vertebral del primer movimiento se basa en un motivo de cuatro notas que aparece, nuevamente, en el segundo movimiento en la voz del corno y constituyendo un fabuloso Nocturno (marcado Andante) que desemboca en la sección final, vigorosa y plena de bullicio.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Sergei Rajmáninov: Concierto para piano y orquesta No. 1 en fa sostenido menor Op. 1

Versión: Byron Janis, piano. Orquesta Filarmónica de Moscú. Kirill Kondrashin, director (Grabado en junio de 1962 en Moscú).

SERGEI RAJMÁNINOV (1873-1943)

11 Abr

Concierto para piano y orquesta No. 2 en do menor, Op. 18

  • Moderato
  • Adagio sostenuto
  • Allegro scherzando

Al pianista Tedd Joselson.

Sergei Rajmáninov

Después de estrenar su Primera sinfonía Op. 13 en 1897, Rajmáninov se sumió en una profunda depresión, debido a que su flamante partitura había sido golpeada sin piedad por el público y los críticos. Uno de éstos últimos declaró: “Si hubiera un Conservatorio en el infierno, si uno de sus mejores alumnos fuera instruido para escribir una sinfonía programática sobre Las siete plagas de Egipto, si escribiera una sinfonía como la del Sr. Rajmáninov, entonces hubiera cumplido con su cometido y hubiera llenado de beneplácito a las almas en pena del infierno”. Esta depresión trajo aparejada una terrible crisis creativa, por lo que la única salida para Rajmáninov era contratar los servicios de un buen sicoterapeuta. De tal manera, el compositor-pianista-director comenzó sus visitas con el Dr. Nikolai Dahl, quien era bien conocido por sus experimentaciones con el hipnotismo. La terapia que le recetó el Dr. Dahl a Rajmáninov era interesante: él debía escribir música lo más pronto que pudiera. Una vez que comenzara esta labor creativa, Dahl debía convencer al músico de que dicha pieza sería un concierto para piano. En las sesiones, Dahl hipnotizaba a Rajmáninov y le decía: “Usted escribirá un concierto para piano… No tendrá dificultades para escribirlo… El resultado será una partitura excelente.” Las terapias concluyeron con el magnífico Segundo concierto para piano que escribiera Rajmáninov, y en cuya portada puede leerse una obvia y bien merecida dedicatoria al terapeuta. Para diciembre de 1900, dos de sus movimientos estaban completamente terminados y de esa forma fueron estrenados con gran éxito. Poco después Rajmáninov le añadió el que hoy se conoce como el primer movimiento del Concierto, y su versión completa fue escuchada por primera vez el 9 de noviembre de 1901 con la Filarmónica de Moscú, el autor en la parte solista y su primo, Alexander Siloti, en la dirección. El éxito fue instantáneo. Rajmáninov estaba más que curado y aquel ilustre desconocido Dr. Dahl propició, de cierta forma, el nacimiento de uno de los conciertos para piano más hermosos de toda la literatura para este instrumento. Aliviado mentalmente, Rajmáninov “volvió” a la vida pública e inmediatamente fue nombrado director de la ópera del Gran Teatro de Moscú.

Tan sólo escuche usted las melodías que brotan por doquier de este Segundo concierto. La introducción en las cuerdas en el primer movimiento, la hermosa y delicada melodía del desarrollo de esta sección, la melodía central del segundo movimiento y aquella que da forma a la última parte. Sí: Rajmáninov estaba en su mejor forma, aunque al escuchar esta música nos parecería que estaba, además de sano en su psique, un poquito enamorado. ¿No lo cree?

Descarga disponible:

Sergei Rajmáninov: Concierto para piano y orquesta No. 2

Versión: Byron Janis, piano. Orquesta Sinfónica de Minneapolis. Antal Dorati, director.


La isla de los muertos, poema sinfónico Op. 29

La isla de los muertos de Arnold Böcklin

La magia de los viajes, mi querido lector, no sólo reside en conocer paises, culturas y maneras de pensar algo lejanas a nosotros, sino que también nos brinda la posibilidad de entrar en contacto -si se desea- con las expresiones humanas que más apelen a nuestros sentidos. En mi particular caso, el viajar a ciudades de México y muchas partes del mundo me ha dado la oportunidad de visitar una buena cantidad de museos con colecciones maravillosas. Desde museos cercanos como el de Antropología o el Franz Mayer en la Ciudad de México, hasta los obligados Louvre y D’Orsay de París, la Galería de los Uffizi de Florencia, los Museos en Ciudad del Vaticano, el Palazzo Ducale de Venecia, la National Gallery y la Tate Gallery de Londres, el Prado de Madrid, el Art Institute de Chicago, los Guggenheim de San Diego y Nueva York y el Metropolitan Museum de esa última ciudad.

En el citado museo neoyorkino pueden disfrutarse algunas de las máximas creaciones de la pintura y la escultura internacionales. En una de mis visitas al museo, me parece que en 1993, fui testigo de la inauguración de una nueva sala llamada Impresionista. Por supuesto, en ella se albergan algunas piezas famosas de Van Gogh, Renoir, Seurat, Rodin, entre otros. Uno de esos cuadros, ubicado a tan sólo cinco o seis pasos de una réplica de El pensador de Rodin, resulta ser -desde siempre- uno de mis cuadros favoritos, cuyo autor es el suizo Arnold Böcklin (1827-1901): La isla de los muertos, y que constituye en la historia de la pintura uno de los grandes iconos del simbolismo (*).

Dicha obra -realizada en 1880- fue definida por Böcklin como “Pintura para soñar”. Hay que decir que la exhibida en Nueva York es una versión fiel y posterior a la original que se encuentra en el Museo de Arte de Basilea en Suiza.

La fuerza de su ambiente -subjetivo e imaginario-  impacta a todos por su evidente rechazo de la realidad. Böcklin sugiere en La isla de los muertos un lugar en tinieblas, desolado, en donde se aprecia un lago de aguas oscuras y de las que se alza un islote rocoso con altos cipreses, cubierto por un cielo impasible y grisáceo. Surcando el lago se acerca lentamente a la isla una barcaza con dos figuras, una de ellas remando y la otra delgada, de pie y envuelta en una blanca vestimenta. Al frente de ella se encuentra un ataúd cubierto y que transporta el cuerpo de algún mortal hacia su última morada: la isla de los muertos.

Curiosamente, dicho cuadro ha sido el detonador para la imaginación de diversos compositores. Uno de ellos el alemán Max Reger, quien hizo un homenaje sonoro a tan dramática pintura en uno de los breves poemas sinfónicos agrupados en su Suite Böcklin.

Sergei Rajmáninov también estuvo prendado del fascinante y melancólico mundo de Böcklin, por lo que decidió componer un poema sinfónico durante una estancia con su familia en Dresden en 1907, época que también vio nacer su fantástica Segunda sinfonía. Lo que Rajmáninov consiguió con su Isla de los muertos fue una pieza orquestal de gran intensidad, y de similitud artística a las intenciones simbolistas de Böcklin; es decir que, con este poema sinfónico, la idea del ruso fue evocar un estado de ánimo mas que describir un ambiente o contar una historia.

El inicio de la obra, casi inaudible, nos sugiere las aguas ondulantes del lago y cómo se desplaza la barca con el ataúd a través de ellas; para ello, Rajmáninov echó mano de una rítmica irregular de 5/4. Surge un lamento en la voz del corno; la marea del lago se hace más audible y enérgica al tiempo que el lamento pasa a la voz del oboe y posteriormente se transforma en un desafiante coral en los metales. De pronto, en medio de la intensidad sonora aparece una de las grandes obsesiones en la música de Rajmáninov: el tema del Dies Irae, aquel antiguo canto de la muerte en la misa católica de difuntos (**). Rajmáninov delinea posteriormente uno de sus movimientos lentos más conmovedores, tomando el tema del lamento y transformándolo en los instrumentos de cuerda. Un estallido orquestal irrumpe y nos lleva al final de la partitura con la reiteración casi nerviosa del Dies Irae sobre otras materias sonoras. Repentinamente, el ondulante sonido acuático se desvanece, el cielo parece tornarse más oscuro, el lamento concluye, la memoria se ha disipado. Silencio …el alma descansa en paz.

Rajmáninov dirigió el estreno de La isla de los muertos en Moscú, el 1 de mayo de 1909.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Sergei Rajmáninov: La isla de los muertos Op. 29

Versión: Orquesta Sinfónica de Saint Louis. Leonard Slatkin, director


(*).- Bien puede imaginarse que, cada viaje que quien esto escribe realiza a Nueva York -de negocios o placer- siempre debe estar coronado con la visita, casi con devoción, al Metropolitan Museum, en ocasiones sólo para ver aquel cuadro que ha tocado el alma sensible de tanta gente. Además de emocionarme al verlo, también he disfrutado enormemente otro de sus elementos: el marco de madera tallada que porta …¡es bellísimo!

(**).- Algunas otras obras en las que Rajmáninov cita el Dies Irae son: la Rapsodia sobre un tema de Paganini, las Danzas sinfónicas, la Tercera sinfonía, y muchas más de su nutrido catálogo.


Rajmáninov

A %d blogueros les gusta esto: