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SERGEI RAJMÁNINOV (1873-1943)

3 May

Rapsodia sobre un tema de Paganini, para piano y orquesta, Op. 43

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Rajmáninov en Carnegie Hall

Así como en dos días y medio Rajmáninov concluyó una parte sustancial de su Primer concierto para piano, en 1934 le tomó seis semanas para escribir su Rapsodia sobre un tema de Paganini, de sol a sol frente a su papel pautado al abrigo de su villa en Lucerna, Suiza.
Hay muchas circunstancias que hacen a ésta, su Opus 43, una obra realmente excepcional: en primer lugar la estructura que utiliza el autor con una serie de variaciones arropadas por un estilo rapsódico. Igualmente, las variaciones son como un acto de prestidigitación al cambiar de fórmula de una a otra; toccatta, fuga, vals, invirtiendo la melodía, es decir un auténtico compendio de invención creativa.
Otro punto excepcional es la elección del tema sobre el cual se desarrollan las variaciones: el Capricho No. 24 Op. 1 para violín solo de Niccolò Paganini que es, en sí, una serie de tema y once variaciones que despliegan los máximos alcances del violín. Durante el siglo XIX muchos compositores asociados con el piano escribieron sendas partituras basadas en este Capricho, desde Schumann y Liszt, pasando por Brahms, hasta llegar al siglo XX con Witold Lutolsawski, Boris Blacher y el mexicano Javier Montiel.
Y un asunto adicional en esta obra (y que puede prestarse a inventar historias y/o leyendas macabras): El Capricho de Paganini es el número 24 de su Opus 1; la Rapsodia de Rajmáninov contiene 24 variaciones; y el autor ruso utiliza de forma obsesiva (como siempre lo hizo en su vida) el tema del Dies Irae, aquel canto terrible de la misa católica de diuntos en el que se evocan los horrores del Juicio Final.
Y se preguntará: ¿Qué tiene todo esto en común?
Muy sencillo: El coreógrafo Michel Fokine le hizo ver a Rajmáninov que había creado en su Rapsodia una pieza excepcional envuelta por un halo misterioso y diabólico. En ella conviven un tema violinístico endiablado de un personaje considerado como poseído por el maligno y el tema del Dies Irae. Rajmáninov aseguró que jamás intentó escribir esta partitura bajo un programa conductor. Pero el resultado es, para uno que le gusta encontrar mensajes ocultos en los sonidos, una “Rapsodia programática” que expresa el pacto de Paganini con el diablo. Fokine acosó durante algún tiempo a Rajmáninov para que le permitiera realizar una coreografía sobre su Rapsodia a lo cual accedió el compositor en una carta fechada el 29 de agosto de 1937 en la que, además, se prestó a colaborar en el libreto del ballet.
La Rapsodia sobre un tema de Paganini fue estrenada el 7 de noviembre de 1934 con el propio Rajmáninov como solista y la batuta de Leopold Stokowski en la ciudad de Baltimore, en Estados Unidos.
Y, last but not least, es necesario comentar el furor que ha causado en los más diversos públicos esta Rapsodia (especialmente su variación No. 18) desde la década de los años 80. Y ese entusiasmo está basado no tanto en la indudable belleza de esa variación sino en que fue incluida en la película de Jeannot Szwarc llamada en inglés Somewhere in Time y traducida al castellano como Pide al tiempo que vuelva (estelarizada por Christopher Reeve y Jane Seymour). La variación 18 es un punto recurrente en esta cinta para inmortalizar un amor que supuestamente fue pero que no pudo concretarse en lo terrenal. Importante es aclarar que la banda sonora es de la autoría de John Barry, pero que en un acto de sensibilización se les ocurrió la brillante idea de añadir a Rajmáninov en uno de los episodios “menos diabólicos” de la fabulosa Rapsodia.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Sergei Rajmáninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini Op. 43

Versión: Howard Shelley, piano. Orquesta Nacional Escocesa. Bryden Thomson, director.

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GEORGES ENESCO (1881-1995)

13 Mar

Rapsodia rumana en la mayor No. 1 Op. 11

Georges Enesco (o “Enescu”, como realmente es su apellido original)

Enesco fue descrito por el célebre violoncellista Pablo Casals como “el más grande músico desde la época de Mozart”. Y es por muchas cosas que Enesco se le recuerda y considera como uno de los más carismáticos compositores e intérpretes de Rumania. La fama que muy pronto obtuvo Enesco estuvo fincada en su extraordinaria memoria que atesoró, de oído, una buena cantidad de obras de los períodos clásico y romántico y que podía recitar de memoria sin ningún problema. Tan talentoso era que a los siete años de edad fue admitido en el Conservatorio de Viena para estudiar violín, aunque su meta original (desde tan temprana edad) fue ser compositor. Pero el talento exacerbado de este muchacho lo llevaría muy pronto a engrosar las filas del Conservatorio de París, donde estuvo bajo la guía experta de Gabriel Fauré y Jules Massenet. Con éste último entro en contacto gracias a que el joven de entonces 17 años de edad presenció una función de la ópera Werther de aquel autor, y al conocer al joven rumano no pudo más que escribir a su padre en lejanas tierras que: “su hijo es un personaje extraordinario; él es una de las más interesantes personalidades musicales que yo he conocido.” Francia fue benévola para Enesco, al grado de que varios años después de su llegada la decisión que tomó fue la de volverse francés de nacionalidad. Pero aunque sus esfuerzos en la Ciudad Luz se vieron ligados a la interpretación del violín, el piano y la dirección de orquesta, los momentos que él ofrendó a la composición estuvieron envueltos por su nostalgia hacia la tierra patria. Desde el Poema rumano que él compuso en 1897 los acentos, melodías y colores de la música rumana prevalecieron en su producción y siempre –en ese sentido- repudió cualquier influencia de la música francesa. Cuando él contaba con dieciséis años de edad compuso dos Sinfonías de estudio (o, también conocidas como Sinfonías de escuela); pero en su vida legó once obras orquestales de impresionante factura, entre las que se encuentran dos Sinfonías de estudio más, aunadas a cinco Sinfonías de su época madura, contando –además- con dos Rapsodias rumanas que aunque no reflejan absolutamente el estilo maduro de composición de Enesco son de las piezas que más le han dado fama en el orbe, especialmente la primera de esas Rapsodias. Las piezas hermanas que hemos citado anteriormente fueron producto de la influencia que en él ejerció la música del húngaro Franz Liszt con sus respectivas Rapsodias húngaras; en resumen, lo que Enesco hizo con este par de Rapsodias rumanas fue la elaboración de diversas melodías de origen popular en donde se puede palpar una notable orquestación  y comprensión del material sonoro original. Según han anotado varios musicólogos, la fuente de inspiración de Enesco para la Rapsodia No. 1 se encuentra en un tipo de danza conocido como doina, una especie de “canción-lamento” que está conectada íntimamente con la hora lunga rumana, un tipo de canción extensa en sus líneas melódicas. Ésta última forma de composición popular esta muy ligada a la improvisación y  al uso de las variaciones sobre un tema preciso, cosa que ocurre de manera singular en la Rapsodia No. 1 de Enesco, desde su melancólico inicio en el clarinete solo y la exposición del primer tema a cargo de las cuerdas, para a continuación dar paso a un impresionante despliegue de virtuosismo orquestal en el que los alientos se ven involucrados con maestría y un firme conocimiento de su color y técnica.

Uno de los asuntos que más interesan de la personalidad de Enesco como intérprete (más que nada como violinista), fue la fama que dio a Rumania en todo el mundo como solista virtuoso y que permitió que muchas de sus partituras se escucharan en los principales centros musicales europeos, así como llegara a América con estupendo éxito. Ese reconocimiento que se le ha dado ha la personalidad de Enesco en su país natal (aunque renegara de la nacionalidad rumana, únicamente por comodidad pero no por convicción) fue que la localidad en la que él nación llamada anteriormente Liveni Virnav, es conocida en nuestros días como George Enescu (*), asunto que llama la atención en un mundo donde lo más importante son los políticos (léase: Lázaro Cárdenas, Michoacán, entre otros lugares de la República Mexicana), futbolistas (me parece increíble que hasta la fecha no le hayan cambiado en nombre de Tres Coraçoes en Brasil por el del “rey Pelé”), entre muchos otros personajes que han aportado prestigio al lugar donde nacieron y lo llevaron al mundo, pero que difícilmente tocarán los corazones de la gente alrededor del mundo gracias a sus sonidos que perdurarán en la historia más que los goles y algunas otras cosas.

 JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Georges Enesco: Rapsodia rumana No. 1

Versión: Orquesta Nacional de la Radio Rumana. Horia Andreescu, director

(*) George Enescu es el apellido original de este compositor, pero desde que tomó la decisión de volverse francés el nombre se convirtió de la manera como ahora se le conoce: Georges Enesco. Usted, por supuesto, puede llamarlo como mejor le apetezca.

GEORGE GERSHWIN (1898-1937)

14 Feb

Rapsodia in blue

 

La historia del arte occidental ha dado testimonio de la existencia de un hombre que, al parecer, nunca estuvo totalmente consciente de sus capacidades artísticas, un hombre que ha sido colocado en un privilegiado lugar como uno de los más destacados melodistas junto a –nada más ni nada menos- que Tchaikovsky. Me refiero al estadounidense George Gershwin. Desde pequeño, en su natal Brooklyn, Gershwin se admiraba con las pianolas que veía en las tiendas de música y, aunque su familia era de pocos recursos materiales, un buen día  decidió conseguir trabajo en una editora musical, con tal de estar en contacto con el arte de los sonidos ordenados. Gershwin comenzó a ser reconocido como un extraordinario improvisador al piano y produjo sus primeras canciones cuando contaba con 21 años de edad. Ira, su hermano, fue un gran colaborador de toda la vida, proporcionándole la letra de muchas de las canciones que produjo George (en su catálogo se cuentan más de quinientas).

En la década de 1920 Gershwin marchó, con poco dinero pero con bastante ilusión, hacia París, para encontrarse con uno de sus héroes y solicitarle una que otra clase particular. Por supuesto, la fama de Gershwin como pianista de jazz e improvisador ya había trascendido el Océano Atlántico. Aquel “héroe” al que me refiero era Maurice Ravel. Dicen por ahí que el encuentro del aún veinteañero Gershwin con el famoso autor de Dafnís y Cloé fue muy impactante, pero que al salir a la plática la solicitud de unas “leccioncitas” Ravel (muy propio y elegante como era) soltó tremenda carcajada y pronunció la hoy famosa frase: “¿Para qué quiere ser un Ravel de segunda si usted ya es un Gershwin de primera?” ¡Imagínese nada más!

El pianista, compositor (y galán) George Gershwin

Cierto es que las dotes pianísticas de Gershwin eran fabulosas. Pero al ofrecérsele la oportunidad de presentarse “en sociedad” como un compositor “serio” le entró el pánico escénico. Era 1924 y la célebre Banda de jazz de Paul Whiteman le pidió una obra con piano solista y grupo de jazz. Ahí surgió la idea de componer la Rapsodia in blue. El autor no tuvo ningún problema para concebir la parte pianística, pero… ¿y el acompañamiento? El breve encuentro con Ravel no le permitió al joven ponerse en contacto con los secretos de la paleta orquestal, por lo que sinceramente no se sintió con los tamaños para realizarla. Se dice que entonces corrió al departamento de un colega, Ferde Grofé (el autor de la Suite de El Gran Cañón) para pedirle que “rapidito y sin chistar” le hiciera la orquestación de su Rapsodia, pero “de volada”, pues el estreno sería ¡tres días después!

También dicen que Grofé tuvo lista la instrumentación a la mañana siguiente de que Gershwin le entregara el manuscrito, y todo estuvo preparado para que la noche del 12 de febrero de 1924 se escuchara por vez primera la Rapsodia in blue con la banda de Whiteman y Gershwin en la parte solista, en la Aeolian Hall de Nueva York. Un poco más enterado del arte de la orquestación Gershwin realizó la instrumentación que hoy se conoce más de la obra un par de años más tarde.

Gershwin

Seguramente usted, fino lector, estará intrigado del por qué me he referido a esta partitura líneas arriba como Rapsodia in blue, si todos parecemos conocerla en español como Rapsodia en azul. Bien, quizá aquí exista una deformación en la traducción literal de este nombre; algún musicólogo citó en un grueso diccionario que “se piensa que (el título) se refiere al blues central de la partitura y no es así, sino un intento de asociar sonidos y colores…” Siento informarle que aunque sea un especialista quien afirmó lo anterior está completamente equivocado. En las propias palabras de Gershwin habita la razón: “es, más que nada, una evocación a ‘estar blue’.” Es decir, blue –en inglés- no sólo se refiere al color azul, sino que se utiliza coloquialmente para decir que alguien está “triste o melancólico”. De hecho, el blues como género tiene ese sentimiento como una de sus bases primordiales. ¡Ajá! A eso se refiere el título de esta obra: ¿acaso no nos suena sensual pero melancólico el solo de clarinete que abre la pieza?

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

George Gershwin: Rapsodia in blue

Versión: Benjamin Grosvenor, piano. Real Orquesta Filarmónica de Liverpool. James Judd, director.

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