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ERNEST CHAUSSON (1855-1899)

2 Ago

Sinfonía en si bemol mayor, Op. 20

  • Lento; Allegro vivo
  • Très lent; Un peu plus vite
  • Animé; très animé

Desafortunadamente el nombre de Ernest Chausson no es familiar para mucha gente, quizá porque este elegante francés nunca estuvo metido en líos de faldas o provocara sonoros escándalos artísticos como algunos compositores del siglo XIX y buena parte del XX. Chausson fue un hombre bueno, obligado por sus padres a estudiar leyes; y aunque cumplió cabalmente con sus tareas universitarias y se adentró en el mundo de la música relativamente tarde, ya en 1877 produjo sus primeras canciones como Les lilas y L’ame des bois, contando éstas y algunas otras posteriores con textos de poetas magníficos como Théophile Gautier, Maurice Bouchor, Paul Verlaine, Maurice Maeterlinck y Leconte de Lisle. Esa predilección por la buena poesía era evidente en un ávido lector, quien además gustaba codearse con las altas esferas de la “intelligentsia” parisina de fines del siglo XIX.

Debussy sentado al piano en la casa del matrimonio Chausson

Así, el matrimonio Chausson (con todo y sus cinco hijos) organizaba semanalmente tertulias, cenas y “soirées” en su casa ubicada en el número 22 del Boulevard de Courcelles, y a las que estaban invitadas las grandes personalidades del momento, desde pintores, poetas y músicos hasta activistas políticos. Otra de las fascinaciones de Chausson fue la pintura, habiendo formado una colección de impresionantes dimensiones con obras de Delacroix, Degas, Gauguin, Renoir y Corot entre otros. Tan cultivado era este hombre que su autocrítica era mayúscula. No sólo mandó a la basura algunas de sus partituras, sino también sus efímeras incursiones en la poesía. Lo que sí se salvó es una novela (Jacques, de 1876), el libreto para su ópera Le Roi Arthus y una enorme cantidad de exquisita correspondencia.

Imaginemos la época en la que Chausson vivió en París y las grandes luminarias que daban lustre a la escena musical francesa: él estudió con Jules Massenet de manera privada a partir del otoño de 1878 y posteriormente en el Conservatorio de París. Más tarde fue el belga César Franck quien lo tomó bajo su guía.

Previamente, en 1871 Saint-Saëns fundó la Sociedad Nacional para la Música Francesa, con la intención de promover la actividad de los músicos y compositores locales y abolir de una vez por todas la tradición musical germana que imperaba en Francia. Saint-Saëns renunció a su puesto como presidente de esa Sociedad en 1886, siendo reemplazado por César Franck quien unió a sus alumnos para que lucharan a brazo partido en pro de la nueva música francesa. Así, Chausson y sus colegas Vincent D’Indy y Henri Duparc se vieron envueltos en tan loable labor que debía impulsar, principalmente, la música sinfónica.

En este sentido es curioso observar como en el catálogo de Chausson abundan los ciclos de canciones (tres en total más siete canciones sueltas) y piezas de música de cámara como su extraordinario Concierto para violín, piano y cuarteto de cuerdas Op. 21, resultante directo de la enorme impresión que causó en su espíritu el escuchar la Sonata para violín y piano que su profesor Franck compuso en 1886. Así, las obras puramente sinfónicas de Chausson se circunscriben a los poemas sinfónicos Viviane, Soir de Fête y Solitude dans le bois (éste último destruido por el propio autor), el Poème de l’amour et de la mer para mezzosoprano (o barítono) y orquesta, la Chanson perpétuelle con soprano, el Poème para violín y orquesta, la música incidental para La tempestad y su única Sinfonía Op. 20.

Ésta última fue concebida a partir de 1889 (época en la que también comenzó a trabajar en su Concierto Op. 21), gracias al consejo de su cuñado Henry Lerolle quien lo animó para que dejará París y escribiera una Sinfonía en su villa cercana a Ciboure en el sur de Francia. A Chausson le llamó la atención la sugerencia, especialmente al no estar contento en la “Ciudad luz” por considerarla ruidosa en exceso para poder componer música (qué bueno que Chausson no vivió en nuestros tiempos en que la divina París está más escandalosa y loca que nunca). Por otro lado, el reto lo incitaba en gran medida, pues al escribir una Sinfonía podría demostrarse a él mismo que era un compositor hecho y derecho y no un mero “artesano o miniaturista” como él mismo se definió alguna vez.

El trabajo de Chausson en su Sinfonía comenzó relativamente bien y con entereza, pero pronto comenzaron a rondar preocupaciones varias en su cabeza, dando como resultado una tremenda crisis creativa y de concentración. Aunque puso lo mejor de su alma en el movimiento lento, no sabía como continuar con el típico scherzo de la forma sinfónica romántica, por lo que decidió omitirlo. Igualmente, sus preferencias por las melodías expansivas, un cromatismo intenso y modulaciones frecuentes (todas ellas influencias de Franck) no le permitían abordar la forma sinfónica con naturalidad. Lo más interesante de ese período fue la correspondencia que mantuvo con su cuñado Lerolle, que muestran a un Chausson preocupado pero en momentos desenfadado, bromista y sumergido en la auto-flagelación. Para muestra, aquí van algunos delicados “botones”:

“Tú, pícaro, eres tú quien comenzó por mí esta confusa Sinfonía …Debido a ello te la he de dedicar …Todavía tengo algunos buenos días de tortura por delante.”

Y más tarde Chausson le volvió a escribir:

“Tu confusa Sinfonía me está lanzando, realmente, a un buen estado. Terminé al fin el andante, o casi, pero de forma violenta. Pasé una tortura que no imaginas para escribir la sección central con una frase que no me gusta pero cuyo aspecto general ajusta en el movimiento. La opción por las modulaciones me hizo acabar pronto [el consejo de Franck a sus alumnos era: “cuando tengan dudas, ¡usen la modulación!”]. Me da placer pensar que he terminado. Cuando lo toqué completo (el movimiento) vi que la sección central no sólo era detestable, lo cual no me sorprende, sino que es totalmente inútil. Aún así, pienso que podré con ella. Lo mismo, me has hecho pasar un tiempo terrible. Y no está terminada. Reza para que encuentre algo bueno para el Finale; de otra manera tendré que insultarte por cartas, telegramas y cualquier forma que encuentre.”

Al tener Chausson dos movimientos de su Sinfonía terminados se percató que tenía la suficiente fuerza para concluirla con éxito. En una carta a su amigo Paul Poujard, Chausson se queja amargamente de su formación musical a partir de la escritura de canciones:

“Imagina, paré hace apenas un momento. Fue por vigésima vez hoy. Así es todos los días. Y así será mañana …Parece que estoy embrujado. Sólo piensa que desde que llegué aquí he trabajado como esclavo y estoy atorado ¡en un sólo compás! …y no lo puedo olvidar …así que me grito insultos y me golpeo con los puños. Como te imaginas, eso sirve bastante. Lo más horrible de todo es que lo que voy a escribir es muy bueno. En momentos lúcidos trato de reconocer mi enfermedad. Ésta, viene de mis Canciones. ¡Ah! Las detesto ahora y espero nunca volver a escribir una más en mi vida. Todas ellas son malas, excepto Hébé y probablemente unos quince compases de Nanny. ¡La crema de la música! ¡Choques armónicos que son bonitos pero que intoxican, enervan y llevan a la impotencia! …Envíame drogas, consejos sí pero consuelos no.”

Tal parece que la “droga” que Chausson encontró fue sumergirse algunos días en la partitura de La flauta mágica de Mozart, lo cual le permitió concluir con toda tranquilidad su Sinfonía en los últimos meses de 1890.

Chausson y su esposa (1890)

En términos generales, la Sinfonía de Chausson es una de las pocas obras francesas de aquellos tiempos que cumple cabalmente con los designios para este género. Aún así, el penetrante cromatismo de su música, como la de muchos de sus colegas -y de Franck mismo- no apelaba de ninguna manera a las características de la forma sonata, basada en etapas sucesivas: estabilidad (exposición), tensión (desarrollo) y resolución (recapitulación). Es comprensible la similitud de la Sinfonía de Chausson con la de Franck en cuanto a los patrones seguidos. Sin embargo, Chausson se muestra más rapsódico y espontáneo, menos denso y rígido que la Sinfonía de su maestro. Igualmente, ambas obras comparten la “forma cíclica” que Franck desarrolló al máximo; pero en el caso de Chausson él resolvió utilizarla bajo el siguiente procedimiento: comenzar y terminar con el mismo tema; sugerir el tema principal del tercer movimiento en el precedente; y utilizar el tema principal del primer movimiento en el transcurso del Finale.

Aunque parezca que el caos impera en esta partitura, la Sinfonía de Chausson está inflamada de hermosas melodías y de lo más bello en toda su producción (y que, la verdad sea dicha, hay bastante). Su estreno tuvo lugar el 18 de abril de 1891 en un concierto de la Sociedad Nacional dirigida por el autor. La recepción fue positiva, especialmente por la enorme cantidad de adeptos y amigos de Chausson que se dieron cita esa noche. Mas los críticos habrían de omitirla de sus comentarios, pues estaban en contra de la actividad de los adeptos a Franck. De tal suerte que esta obra no comenzó a ser admirada fuera de Francia sino hasta que Arthur Nikisch la dirigió con la Filarmónica de Berlín en 1897.

Si encontramos en Chausson a un personaje genial, rara avis entre los mortales, es de sorprender su muerte a destiempo a los cuarenta y cuatro años de edad, suceso que privó al mundo de aquel autor “hecho y derecho” que él mismo se negaba a encontrar en su talentosa carrera: el 10 de junio de 1899 Chausson paseaba en bicicleta por la localidad de Limay cuando perdió el control de la misma y se precipitó contra un muro de piedra, dando como consecuencia fractura de cráneo y otros daños internos fatales que le provocaron la muerte. Todo lo cual nos recuerda el tumor cerebral que segó la vida de su compatriota Maurice Ravel 38 años más tarde, provocado por un accidente que tuvo el músico en un taxi parisino.

Si la música de Chausson es tan original y sorprendente su deceso no pudo ser menos.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Ernest Chausson: Sinfonía en si bemol, Op. 20

Versión: Orquesta Sinfónica de Dallas. Eduardo Mata, director.

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