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FRANZ JOSEF HAYDN (1732-1809)

11 Feb

Sinfonía No. 86 en re mayor

  • Adagio: Allegro spiritoso
  • Capriccio; Largo
  • Menuetto
  • Allegro con spirito
Claude Francois Marie Rigoley, conde de Ogny, quien le solicitará a Haydn las hoy conocidas como Sinfonías París

Claude Francois Marie Rigoley, conde de Ogny, quien le solicitará a Haydn las hoy conocidas como Sinfonías París

 

Entre 1785 y 1786 Haydn fue comisionado por cierto famoso personaje de la vida musical parisina para que escribiera una serie de Sinfonías en honor de una no menos célebre serie de conciertos. Sí, señoras y señores: en el lapso de unos cuantos meses, el gran Haydn confeccionó la muy envidiable cantidad de seis partituras, que por razones más que obvias son conocidas hoy día con el nombre genérico de Sinfonías París. De hecho, el ilustre “chevalier” que solicitó los servicios de Haydn para tal empresa era el gran mecenas Claude Francois Marie Rigoley, conde de Ogny, sibarita en toda la extensión de la palabra y que gustaba de ofrendar sus ratos de ocio a la promoción musical. El finísimo conde de Ogny era el principal impulsor de una de las series de conciertos más prestigiadas en la ciudad luz: los Concerts de la Loge Olympique que se llevaban a cabo en la Salle des Gardes de las Tullerías. De hecho, existen muchas referencias que nos indican la importancia definitiva de estas presentaciones para el desarrollo musical de la ciudad, gran influencia para los músicos y compositores locales.

El caso es que cuando el conde de Ogny se acercó a Haydn para solicitarle el número citado de Sinfonías, éste se comprometió a poner en las manos del músico la cantidad de 25 luises de oro por cada obra que entregara. Ni tardo ni perezoso, Haydn comenzó a escribir con avidez, dando como resultado el grupo sinfónico referido que está constituido de la siguiente manera:

– Sinfonía No. 82, en do mayor, El oso

– Sinfonía No. 83, en sol menor, La gallina

– Sinfonía No. 84, en mi bemol mayor, In nomine Domini

– Sinfonía No. 85, en si bemol mayor, La reina de Francia

– Sinfonía No. 86, en re mayor

– Sinfonía No. 87, en la mayor

Curiosamente, estas seis Sinfonías resultaron un parteaguas en la creación sonora de Haydn. Recordemos que un gran número de sus piezas sinfónicas fue escrito al abrigo de su patrón, el príncipe Esterhazy, y tomando en cuenta las dimensiones ligeramente modestas de la principesca orquesta. Dado que el grupo para el cual Haydn compuso sus Sinfonías París en la Loge Olympique era de una gran calidad y con un sustancioso número de ejecutantes, el autor se vio en posibilidades de hacer innovaciones en su propio lenguaje musical, lo cual no sólo es obvio en este grupo sino también en sus Sinfonías tardías como la No. 92 y las que se agrupan como Sinfonías Londres (de la 93 a la 104). Al respecto, ese enorme impulso creativo que significaron las Sinfonías París en Haydn es refrendado por dos grandes autoridades: H.C. Robbins Landon (el más importante estudioso de Haydn en la segunda mitad del siglo XX) dijo que ellas son “milagros de belleza y perfección formal, combinadas con una gran profundidad…”; mientras, por su parte, David Ewen afirmó que “técnicamente hablando, lo más significativo de estas obras es la abundancia de ideas temáticas, y la visión engrandecida de las secciones de desarrollo.”

Haydn estaba muy contento con sus nuevas obras, por lo cual solicitó a dos editores distintos que las pusieran en imprenta de inmediato: su fiel editor Artaria de Viena y el Sr. Forster en Inglaterra. Igualmente, antes de entregar los manuscritos al conde de Ogny para cumplir cabalmente con la comisión, dirigió en casa de los Esterhazy el flamante ciclo sinfónico; y tan rebosante de felicidad estaba que también resolvió entregarlas al rey Federico Guillermo de Prusia, quien las aprobó con beneplácito al enviar un lujoso anillo al músico, mismo que permaneció en uno de sus dedos siempre que tomaba pluma y papel pautado para componer.

Federico II de Prusia

Federico II de Prusia

El caso es que una de las más importantes Sinfonías en este grupo es la No. 86, como Karl Geiringer lo afirma al decir que “ésta es una de las más hermosas del conjunto.” Su movimiento lento, que ha sido muy alabado por Robbins Landon, muestra -según Geiringer- “una afinidad entre las formas sonata y rondó pero sin adoptar ninguna de ellas. Haydn llamó a este movimiento -interesante y sorprendentemente serio- como Capriccio. El Allegro spiritoso del primer movimiento y el Allegro con spirito final sinceramente merecen la designación de ‘con espíritu’ ya que están llenos de vida e ingenio.”

Es definitivo el avance que logró Haydn con ésta y todas las Sinfonías París. Y no sólo eso: el conde de Ogny también quedó gratamente complacido con el trabajo del buen Haydn, al grado de solicitarle una Sinfonía más para sus Concerts de la Loge Olympique, que vendría a ser la No. 92 en su catálogo. Sin embargo la gente cambia y las circunstancias también: resulta que, quizá, al potentado conde se le acabó el dinero o le dio un severo ataque de tacañería, pues Haydn nunca vio ni medio centavo que compensara su trabajo. Se dice que los dos se hicieron de palabras, se agarraron literalmente “de la peluca”, y Haydn tomó muy ofendido su partitura usándola para la recepción del doctorado Honoris Causa que le fue conferido por la Universidad de Oxford. De ahí que esa obra, digno preludio de las excelsas Sinfonías Londres, porte el nombre de la célebre Universidad, la ciudad y el condado inglés.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Franz Josef Haydn: Sinfonía No. 86 en re mayor

Versión: Academia de Saint Martin-in-the-Fields. Sir Neville Marriner, director.

FRANZ JOSEF HAYDN (1732-1809)

4 Nov

Concierto para violonchelo y orquesta en re, Op. 101, Hob. VIIb:2

  • Allegro moderato
  • Adagio
  • Allegro

Franz Josef Haydn

En los primeros años del siglo XX poco se sabía del repertorio concertante que Haydn había aportado en su vida. Como siempre, su música religiosa y su colección de 104 sinfonías imperaron sobre cualquier otro género que haya abordado (como sus magníficas Sonatas para teclado). Así es que durante mucho tiempo sólo se tenía conocimiento (con la consabida difusión en conciertos) de un Concierto para piano en re, otro para violonchelo en la misma tonalidad y el tan famoso Concierto para trompeta en mi bemol mayor. Sin embargo, a mediados del siglo que agoniza, y especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, el conocimiento de conciertos de Haydn se elevó a unas veinticuatro partituras.

Por lo pronto, el Concierto para violonchelo que más se conocía hasta antes de los descubrimientos mencionados era el que portaba la tonalidad de re mayor, pieza contemporánea a las Sinfonías 79 a 81, a la Mariazellermesse y los Cuartetos de cuerdas correspondientes al Op. 50: es decir, dicho concierto data de 1783. Aún así, en aquellos años de su composición se tenían serias dudas de su autenticidad, ya que muchos entendidos de la época insistían que esta obra era original de Antonín Kraft, el primer chelo de la orquesta que Haydn tenía a su servicio en el Palacio del príncipe Esterházy. Poco después de ese revuelo, se supo que el chelista Kraft había contribuido a la técnica instrumental para el Concierto en re de Haydn. Pero la controversia continuaba, pues Haydn llegó a decir que él no necesitaba ayuda alguna para escribir música para violonchelo, como bien lo probó en el movimiento lento de su Sinfonía 13 del año 1763. La prueba más fehaciente de lo anterior vino a desenmascararse en el año 1961 cuando fue descubierto en el Museo Nacional de Praga, dentro de la Colección Radenin, el manuscrito de una obra anterior al Concierto en re, y que parecía haberse perdido para siempre: era un Concierto para chelo en do mayor. Sin embargo, la azarosa historia del Concierto en re ha seguido siendo motivo de múltiples conjeturas. Al publicarse como opus 101 alrededor de 1804, repentinamente la partitura apareció en un arreglo de C.F. Ebers para flauta y orquesta. Unos ochenta años después, una edición de Gevaert, que distorsionó en buena medida el peso específico y el sentimiento general de la obra, fue el que curiosamente cautivó a muchos intérpretes durante buena cantidad de años.

Estructuralmente, el Concierto en re para chelo posee enormes abismos junto a su “según-esto” hermano Concierto en do, pues si bien comparten la misma estructura en orquestación, el ambiente es absolutamente distinto. El primer movimiento del Concierto en re está totalmente enraizado en un ambiente barroco, con la forma de un ritornello-rondó. En contraste, el movimiento lento nos ofrece una deliciosa y nostálgica melodía a cargo de las cuerdas que pareciera ser interrumpida en momentos por el chelo solista. Mientras que en el movimiento final, Haydn (con la supuesta juventud que gozaba cuando concibió este Concierto) nos hace estallar con la alegría y fuerza que sólo puede provocarnos la tierna juventud, sentimiento digno de las primeras Sinfonías de este autor (6, 7 y 8 –El amanecer, el Mediodía y el Anochecer, respectivamente).

Descarga disponible:

Franz Josef Haydn: Concierto para violoncello en re mayor

Versión: Lynn Harrell, violoncello. Academia de Saint Martin-in-the-Fields. Sir Neville Marriner, director.


Este es el muy humilde Palacio Esterházy, donde Haydn vivió y compuso una parte sustancial de su catálogo (pobrecito).

Concierto para trompeta y orquesta en mi bemol mayor

  • Allegro
  • Andante
  • Allegro

En cuanto a su Concierto para trompeta éste debe mayor difusión en los tiempos en que fue escrito, por varias y poderosas razones, a uno de los más importantes constructores de instrumentos del siglo XVIII, con quien la fisonomía y técnica del instrumento alcanzó un esplendor que no pensó tener jamás desde sus orígenes. El susodicho se llamó Anton Weidinger, originario de Viena y extraordinario trompetista como aseguran las crónicas de la época. Weidinger construyó una trompeta de características especiales que incluían dos superficies curvas sobre una horizontal en donde las llaves o pistones se encontraban juntas en un mismo lugar del instrumento, de tal suerte que el intérprete pudiera utilizar para su ejecución sólo una de sus manos. Los sonidos emitidos por tal instrumento eran más suaves y menos penetrantes que el de una trompeta “natural” sin pistones, por lo que la creación de este trompetista y constructor fue denominada como un oboe o clarinete de sonido más amplio.

No se sabe a ciencia cierta si Haydn conoció los avances técnicos en la trompeta de Weidinger; sin embargo, es evidente que el compositor confeccionó en 1796 un Concierto de exquisita perfección para el solista, y que avizoraba cambios sustanciales en la trompeta pues en él las capacidades colorísticas y armónicas del instrumento son exploradas al máximo, sobre todo en su segundo movimiento. Debido a sus complicaciones interpretativas prácticamente nadie pudo tocar dicho Concierto hasta que llegó Weidinger con su flamante instrumento, y lo ejecutó sin mayor problema en un célebre concierto ocurrido en Viena el 28 de marzo de 1800 donde, además de tocar algunas otras obras virtuosas para trompeta, se dice que tomó un instante para hacer de conocimiento público que, para llevar a cabo la construcción de su “organisirte Trompete”, tuvo que emplear siete años de su vida. El Concierto para trompeta de Haydn es, junto con aquellos de Hummel y Stamitz, el parteaguas estético que ya era necesario para tal instrumento, en una época en la que Haydn también compuso su magnífico oratorio La creación y la célebre colección de Cuartetos Op. 76.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Franz Josef Haydn: Concierto para trompeta en mi bemol mayor

Versión: Håkan Hardenberger, trompeta. Academia de Saint Martin-in-the-Fields. Sir Neville Marriner, director.

FRANZ JOSEF HAYDN (1732-1809)

25 Jun

Sinfonía No. 48 en do mayor, María Teresa

Haydn

Las 104 Sinfonías de Haydn nos deslumbran por su frescura, vitalidad y perfección en la forma, algo que sólo Mozart fue capaz de continuar sin hacer menos a los grandes sinfonistas del siglo XIX. Pero no sólo en lo musical nos sorprenden estas partituras; existe otro elemento que si bien apela a los sonidos ahí desarrollados, en momentos parece que ni remotamente tuviera una conexión lógica con el contenido artístico de la música: hablo de los sobrenombres de algunas de sus Sinfonías.

Vale la pena echar una ojeada a esos nombres:

Sinfonía núm.  30              Aleluya

                        73                    La caza

                        101                  El reloj

                        60                    El distraído

                        103                  Redoble de timbal

                        45                    Los adioses

                        59                    Del fuego

                        31                    Toque de corno

                        53                    La imperial

                        26                    Lamentaciones

                        69                    Laudon

                        104                  Londres

                        48                    María Teresa

                        6                      La mañana

                        43                    Mercurio

                        7                      El mediodía

                        100                  Militar

                        96                    El milagro

                        82                    El oso

                        92                    Oxford

                        49                    La pasión

                        94                    La sorpresa

                        22                    El filósofo

                        83                    La gallina

                        85                    La reina

                        63                    La Roxelane

                        55                    El maestro de escuela

                        8                      La tarde

                        64                    Tempora mutantur

                        44                    Fúnebre

Aunque varios de estos títulos puedan sonar rimbombantes, chistosos o harto filosóficos, la verdad es que sí existen conexiones importantes entre el título y la música o bien en las circunstancias en que alguna de ellas fuera concebida o estrenada. Por ejemplo, la Sinfonía el Milagro tiene que ver (cuentan las crónicas de la época) con el estreno de la obra, durante el que -en un momento dado- el gran candil que pendía de las cabezas de los músicos de la orquesta se vino abajo, pero todos salieron ilesos (¡Milagro! ¡Salieron vivos!); El distraído (la número 60) tiene en su último movimiento un pasaje totalmente humorístico, donde el director detiene a la orquesta, el concertino se voltea hacia la sección de primeros violines, afina, y comienzan a tocar otra vez; la Sorpresa de la Sinfonía 96 está ligada a un exabrupto orquestal durante el segundo movimiento, casi planeado para despertar a los nobles que asistían a la presentación; el Reloj aparece en el segundo movimiento de la No. 101 con su insistente y muy cómico “tic tac”; y la de los Adioses, en la que Haydn estaba estampando en la cara del Príncipe Esterházy -su patrón- que sus músicos y él necesitaban vacaciones urgentes, por lo que en el último movimiento cada uno de los instrumentistas se iba levantando de su lugar, apagaba la vela de su atril y dejaba el lugar, permaneciendo únicamente el concertino hasta el final.

Esos son algunos ejemplos de lo que tienen de extra-musical esas Sinfonías de Haydn. Pero ahora, la incógnita: ¿Quién es la María Teresa de la Sinfonía 48?

Para responderlo, ahora démonos una ilustrativa vuelta por la historia:

María Teresa de Austria

Hacia 1740 murió el emperador Carlos VI de Austria, dando fin a toda una dinastía masculina: la de los Habsburgo. Con mucha anticipación a que este inevitable momento llegara, el también archiduque Carlos de la sucesión de España decidió que debía dejar la posesión de sus dominios territoriales y la corona misma a su descendencia femenina; es decir, que a la muerte de Carlos VI la emperatriz sería su hija María Teresa. Aunque los gobiernos europeos involucrados en ese imperio habían dado su aprobación a tal proceder, hubo dos personajes que siempre estuvieron en discordia con la monarca designada: Carlos Alberto, el príncipe elector de Baviera, yerno del emperador José I, y el rey Federico II de Prusia, conocido como “El Grande”.

A grosso modo, los acontecimientos se fueron sucediendo de esta manera: en 1740 Federico II ascendió al trono Prusiano y en octubre de ese año ocurrió la muerte del emperador Carlos VI, dejando en la corona a María Teresa; unos meses más tarde -ya en 1741- Federico II invadió la Silesia austriaca y pidió a cambio del reconocimiento de esos terrenos el apoyo del esposo de María Teresa para la sucesión imperial, lo cual fue negado. Entre alianzas y batallas, Carlos Alberto de Baviera estaba cerca de convertirse en emperador austriaco con el apoyo de las comunidades de la Baja Austria; Federico II y Baviera firmaron un acuerdo al que se sumó Felipe V de España para asegurarle el trono a Carlos Alberto, situación que se consolidó con la toma de Praga por parte de éste último. Así, el 12 de febrero de 1742 Carlos Alberto fue coronado emperador -como Carlos VII- en Frankfurt, terminando así con la tradición Habsburgo que venía desde el siglo XV. Pero la suerte no estuvo siempre del lado de este señor, pues meses más tarde los austriacos vencieron varias batallas y María Teresa recibió la corona de Bohemia en mayo de 1743. Otro factor importante para que María Teresa se mantuviera firme en su búsqueda por el trono austriaco fue la lealtad de sus súbditos, especialmente los del reino de Hungría; igualmente, a esta mujer la favoreció su alianza con los ingleses, acérrimos enemigos de los franceses que también estaban inmiscuidos en la pugna. Los ejércitos austriacos tomaron aire y desalojaron la ocupación francesa de los territorios de los Habsburgo, a lo que siguió la toma de Munich (capital de Baviera, con lo que Carlos VII se convirtió en un soberano errante. Todo ello fue apoyado financieramente por los ingleses y al percatarse de ello Federico II arremetió con su armada en la “segunda Guerra de Silesia”, entre 1744 y 1745. Estando en esas, murió Carlos VII en enero de 1745; su sucesor fue Maximiliano José de Baviera, quien firmó la Paz de Füssen con María Teresa, por la cual los bávaros recuperaron sus dominios y el esposo de la austriaca recibió el voto de confianza de Maximiliano para la sucesión de su mujer. El 13 de septiembre de ese año, y con el nombre de Francisco I, el esposo de María Teresa fue elegido emperador por unanimidad. Con esos acontecimientos, a Federico II se puso como basilisco y nuevamente atacó militarmente en Bohemia y entró triunfal a Dresde. Sin embargo, tuvo que desalojar Silesia y en la navidad de 1745 firmó la Paz de Dresde con la que reconoció, a regañadientes, a Francisco I como emperador, lo cual fue ratificado con la famosa Paz de Aquisgrán en 1748, que además tuvo un desafortunado final: María Teresa, quien tanto luchó por mantener a Silesia dentro de su territorio mediante un modelo de estado fuerte y moderno, perdió esos territorios al cedérselos a su enemigo Federico el Grande. Posteriormente, María Teresa vio subir al trono a su hijo José II en una época que estuvo dominada por la vigencia del Despotismo ilustrado, algo que promovió el mismo emperador; aún así, José II supo regirse con los designios que había establecido su madre como monarca. Y para mala fortuna de esta mujer, por mucho que luchara a lo largo de los años por regresar a Silesia a sus territorios no vivió para ver su sueño realizado.

En los años bélicos entre Prusia y Austria, específicamente en 1743, María Teresa en su calidad de “emperatriz designada” visitó Eisenstadt, sobre lo cual el Wiener Diarium reportó lo siguiente: “(ella) fue llevada al pabellón chino cuyas paredes cubiertas de espejos reflejaban candeleros y lamparones que inundaban el salón con luz. En una plataforma estaba colocada la orquesta “principesca” en uniforme de gala y tocó bajo la dirección de Haydn su nueva Sinfonía para honrar la visita imperial.”

Así es, señoras y señores: Haydn compuso su Sinfonía 48 especialmente para la visita de María Teresa de Austria a Eisenstadt, logrando una partitura perfecta para la ocasión, brillante y jovial, especialmente en el primer tema del primer movimiento para oboes y metales (cornos y trompetas), en la vivacidad de la melodía central en el Minuetto y con el bullicioso y enérgico final. Es curioso notar cómo esta Sinfonía lleva implícita una gran carga de felicidad y sonrisas, pues el período en el que Haydn la escribió es conocido por los musicólogos como “Sturm und Drang” (“Tormenta y tensión”), en el que las Sinfonías de este autor se ven protagonizadas -desde la número 39- por una severidad impresionante, y en donde la intensidad no está orientada a sentimientos positivos, sino a momentos trágicos en la expresión y de tonalidades oscuras; debido a ello la Sinfonía 44 es conocida como Fúnebre y, al término de este fuerte período creativo, Haydn denominó a la Sinfonía 49 como La pasión. Así pues, la Sinfonía María Teresa está un tanto aislada de los verdaderos sentimientos del compositor, quizá como obligación a mostrar un aura de bienestar frente a la monarca. Claro, estamos seguros de que a María Teresa le venía importando poco lo que pasara por el corazón y la mente de Haydn.

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ

Descarga disponible:

Franz Josef Haydn: Sinfonía No. 48 en do mayor “María Teresa”

Versión: Orquesta Austro-Húngara Haydn. Adam Fischer, director

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